Mario Vargas LLosa — Travesuras de la niña mala..


Чтобы посмотреть этот PDF файл с форматированием и разметкой, скачайте его и откройте на своем компьютере.




ÍNDICE
• I. Las chilenitas
• II. El guerrillero
• III. Retratista de caballos en el swinging London
• IV. El Trujimán de Cháteau Meguru
• V. El niño sin voz
• VI. Arquímedes, constructor de rompeolas
• VII. Marcella en Lavapiés
Las chilenitas
Aquél fue un verano fabuloso. Vino Pérez Prado con su orquesta de doce profesores a
animar los bailes de Carnavales del Club Terrazas de Miraflores y del Lawn Te
nis de Lima, se
organizó un campeonato nacional de mambo en la Plaza de A
cho que fue un gran éxito pese a la
amenaza del Cardenal Juan Gualberto Guevara, arzobispo de Lima, de excomulgar a todas las
parejas participantes, y mi barrio, el Barrio Alegre de las calles miraflorinas de Diego Ferré, Juan
Fanning y Colón, disputó unas
olimpiadas de fulbito, ciclismo, atletismo y natación con el barrio de
la calle San Martín, que, por supuesto, ganamos.
Ocurrieron cosas extraordinarias en aquel verano de 1950. Cojinoba Lañas le cayó por
primera vez a una chica
la pelirroja Seminauel
ésta, ante la sorpresa de todo Miraflores, le
dijo que sí. Cojinoba se olvidó de su cojera y andaba desde entonces por las calles sacando pecho
como un Charles Atlas. Tico Tiravante rompió con Use y le cayó a Laurita, Víctor Ojeda le cayó a
Use y rompió c
on Inge, Juan Barreto le cayó a Inge y rompió con Ilse. Hu
bo tal recomposición
sentimental en el barrio que andába
mos aturdidos, los enamoramientos se deshacían y rehacían y
al salir de las fiestas de los sábados las parejas no siempre eran las mismas qu
e entraron. «¡Qué
relajo!», se escandali
zaba mi tía Alberta, con quien yo vivía desde la muerte de mis padres.
Las olas de los baños de Miraflores rompían dos
veces, allá a lo lejos, la primera a doscientos
metros de la
playa, y hasta allí íbamos a bajarl
as a pecho los valientes, y nos hacíamos arrastrar
unos cien metros, hasta donde las olas morían sólo para reconstituirse en airosos tumbos y
romper de nuevo, en una segunda reventazón que nos
deslizaba a los corredores de olas hasta las
piedrecitas de la
playa.
Aquel verano extraordinario, en las fiestas de Miraflores todo el mundo dejó de bailar
valses, corridos, blues, boleros y huarachas, porque el mambo arrasó. El mambo,
un terremoto
que tuvo moviéndose, saltando, brincando,
haciendo figuras, a todas l
as parejas infantiles,
adolescentes y
maduras en las fiestas del barrio. Y seguramente lo mis
mo ocurría fuera de
Miraflores, más allá del mundo y de la vida, en Lince, Breña, Chorrillos, o los todavía más exóti
cos
barrios de La Victoria, el centro de Lim
a, el Rímac y el Porvenir, que nosotros, los miraflorinos, no
habíamos pi
sado ni pensábamos tener que pisar jamás.
Y así como de los valsecitos y las huarachas, las sambas y las polcas habíamos pasado al
mambo, pasamos
también de los patines y los patinet
es a la bicicleta, y algu
nos, Tato Monje y Tony
Espejo por ejemplo, a la moto, e incluso uno o dos al automóvil, como el grandulón del
barrio,
Luchín, que le robaba a veces el Chevrolet conver
tible a su papá y nos llevaba a dar una vuelta por
los male
cone
s, desde el Terrazas hasta la quebrada de Armendáriz,
a cien por hora.
Pero el hecho más notable de aquel verano fue la lle
gada a Miraflores, desde Chile, su
lejanísimo país, de dos
hermanas cuya presencia llamativa y su inconfundible ma
nerita de hablar,
apidito, comiéndose las últimas sílabas de
las palabras y rematando las frases con una aspirada
exclamación que sonaba como un «pué», nos pusieron de vuelta
y media a todos los miraflorinos
que acabábamos de mudar
el pantalón corto por el largo. Y, a mí, m
ás que a los otros.
La menor parecía la mayor y viceversa. La mayor
se llamaba Lily y era algo más bajita que
Lucy, a la que le
llevaba un año. Lily tendría catorce o quince años a lo más
y Lucy trece o catorce. El
adjetivo llamativa parecía inventa
do par
a ellas, pero, sin dejar de serlo, Lucy no lo era tanto
como su
hermana, no sólo porque sus cabellos eran me
nos rubios y más cortos y porque se vestía con más
sobrie
dad que Lily, sino porque era más callada y, a la hora de bailar, aunque también hacía fi
guras
y quebraba la cintura con una audacia a la que ninguna miraflorina se atrevería,
parecía una chica
recatada, inhibida y casi sosa en compa
ración con ese trompo, esa llama al viento, ese fuego fatuo que
era Lily cuando, instalados los discos en el
pic
kup,
re
ventaba el mambo y nos poníamos a bailar.
Lily bailaba con un ritmo sabroso y mucha gracia,
sonriendo y canturreando la letra de la
canción, alzando los
brazos, mostrando las rodillas y moviendo cintura y hom
bros de manera que todo
su cuerpecito, a
l que modelaban
con tanta malicia y tantas curvas las faldas y blusas que lle
vaba,
parecía encresparse, vibrar y participar del baile de la
punta de los cabellos a los pies. Quien bailaba el
mambo con ella la pasaba siempre mal, porque ¿cómo seguir sin
en
redarse el torbellino endiablado
de esas piernas y patitas
saltarinas? ¡Imposible! Uno quedaba rezagado desde el prin
cipio y muy
consciente de que los ojos de todas las pare
jas estaban concentrados en las hazañas mamberas de Lily.
«¡Qué niñita!», se indi
gnaba mi tía Alberta, «baila como una
Tongolele, como una rumbera de película
mexicana». «Bue
no, no olvidemos que es chilena», se hacía eco ella misma,
«el fuerte de las mujeres de
ese país no es la virtud».
Yo de Lily me enamoré como un becerro, la forma
más romántica de enamorarse
se decía
también templar
se al cien
, y, en ese verano inolvidable, le caí tres veces. La primera, en la platea
alta del Ricardo Palma, ese cine
que estaba en el Parque Central de Miraflores, en la
matinée
del domingo, y me di
jo que no, era todavía muy joven para tener enamorado.
La segunda, en la pista de patinaje que se
inauguró justamente ese verano al pie del
Parque Salazar,
y me dijo no, necesitaba pensarlo porque, aunque yo le gus
taba un
poquito, sus padres le habían ped
ido que no tuvie
ra enamorado hasta que terminara
el cuarto de media y ella estaba todavía en tercero. Y, la última, pocos días antes del
gran lío, en el Cream Rica de la avenida Larco, mientras tomábamos un
milk
shake
de
vainilla, y, por supuesto, otra
ve
z que no, para qué me iba a decir que sí ya que
estando
como estábamos parecíamos enamorados. ¿No nos ponían siempre de
pareja donde Marta cuando jugábamos a las
verdades? ¿No nos sentábamos juntos en
la playa de Mira
flores? ¿No bailaba ella conmigo más qu
e con cualquiera
en las
fiestas? ¿Para qué, pues, me iba a dar formalmente el
sí si todo Miraflores ya nos creía
enamorados? Con su fachita de modelo, unos ojos oscuros y picaros y una boqui
ta de
labios carnosos, Lily era la coquetería hecha mujer.
«De ti,
me gusta todo», le decía yo. «Pero, lo que
más, tu manerita de hablar.» Era
chistosa y original, por su entonación y su música, tan distintas de las peruanas, y
también por
ciertas expresiones, palabritas y dichos que a los del barrio nos dejaban en la lu
na, tratando de
adivinar
lo que querían decir y si en ellos se escondía alguna burla.
Lily se pasaba la vida diciendo
cosas en doble sentido, ha
ciendo adivinanzas o contando unos chistes tan colorados que a las
chicas del barrio las hacían comerse un pavo.
«Esas chilenitas son
terribles»,
sentenciaba mi tía
Alberta,
quitándose y poniéndose los anteojos con el aire de profesora de colegio que tenía,
preocupada de que ese par de forasteras desintegrara la moral miraflorina.
Todavía no había edificios en el Mi
raflores de comienzos de los años cincuenta, barrio de
casitas de una
sola planta o a lo más dos, de jardines con los infaltables
geranios, las poncianas,
los laureles, las buganvillas, el cés
ped y las terrazas por las que trepaban las madreselvas o la
hie
dra, con mecedoras donde los vecinos esperaban la noche comadreando y oliendo el perfume
del jazmín. En algunos parques había ceibos espinosos de flores rojas y ro
sadas, y las rectas, limpias
veredas tenían arbolitos de suche,
Jacarandas, moras y la nota d
e color la ponían, tanto como
las
flores de los jardines, los amarillos carritos de los hela
deros de D'Onofrio, uniformados con
guardapolvos, blan
cos y gorrita negra, que recorrían las calles día y noche
anunciando su
presencia con una bocina cuyo lento u
lar a mí me hacía el efecto de un cuerno bárbaro, de una
reminiscencia prehistórica. Todavía se oía cantar a los pá
jaros en ese Miraflores donde las familias
cortaban los pi
nos cuando las muchachas llegaban a la edad casadera, pues,
si no lo hacían, la
pobres se quedarían solteronas como
mi tía Alberta.
Lily nunca me daba el sí, pero cierto que, salvo esa formalidad, en todo lo demás
parecíamos enamorados. Nos cogíamos de la mano en las
matinées
del Ricardo Palma, el
Leuro, el
Montecarlo y el Colina, y
, aunque no se pudie
ra decir que en la oscuridad de las plateas
tiráramos plan
como otras parejas más antiguas
tirar plan era una fór
mula en la que cabían
desde los besos anodinos hasta los
chupetazos lingüísticos y los malos tocamientos que había que
nfesarle al cura los primeros viernes como pecados
mortales
, Lily me dejaba besarla, en las
mejillas, en el
borde de las orejitas, en la esquina de la boca, y, a veces, por
un segundo, juntaba sus
labios con los míos y los apartaba con un mohín melodramát
ico: «No, no, eso sí que no, flaquito».
«Estás hecho un becerro, flaco, estás azul, flaco, te
derrites de tanto camote, flaco», se burlaban mis
amigos del
barrio. Jamás me llamaban por mi nombre
Ricardo So
mocurcio
, siempre por mi
apodo. No exageraban lo
más mínimo: estaba templado de Lily hasta el cien.
Por ella, aquel verano, me trompeé con Luquen, uno de mis mejores amigos. En una de
esas reuniones que
teníamos las chicas
los chicos del barrio en la esquina de
Colón y Diego
Ferré, en el jardín de los
Chacaltana, Luquen, haciéndose el gracioso, dijo de pronto que las
chilenitas eran unas huachafas, porque no eran rubias de ver
dad sino oxigenadas, y que, a mis
espaldas, en Miraílores habían comenzado a decirles las Cucarachas. Le lancé un
directo al
men
tón, que él esquivó, y fuimos a dirimir la di
ferencia a trompadas en la esquina del malecón de
la Re
serva, junto al acantilado. Estuvimos sin hablarnos toda
una semana, hasta que, en la
siguiente fiesta, las chicas y los
chicos del barrio nos hicieron am
istar.
A Lily le gustaba ir todas las tardes a esa esquina del Parque Salazar alborotada de
palmeras, floripondios y
campanillas desde cuyo murito de ladrillos rojos contem
plábamos toda
la bahía de Lima como contempla el mar
el capitán de un barco desde la
torre de mando. Si el
cielo
estaba despejado, y juraría que aquel verano el cielo es
tuvo siempre sin nubes y el sol brilló
sobre Mirarlores sin
fallarnos un solo día, se divisaba allá al fondo, en los con
fines del océano, el
disco rojo, llameando, despid
iéndose con rayos y luces de fogueo mientras se ahogaba en las
aguas del Pacífico. La carita de Lily se concentraba con el
mismo fervor con que iba a comulgar en
la misa de doce de la parroquia del Parque Central, la vista fija en aquella bola ígnea, esper
ando
el instante en que el mar se traga
ra el último rayito para formular el deseo que el astro, o
Dios,
materializaría. Yo pedía un deseo también, creyen
do sólo a medias que se haría realidad. Siempre
el mismo,
por supuesto: que me dijera por fin que sí,
que fuéramos enamorados, tiráramos plan,
nos quisiéramos, pasára
mos a novios y nos casáramos y termináramos en París,
ricos y felices.
Desde que tenía uso de razón soñaba con vivir en
París. Probablemente fue culpa de mi
papá, de esos libros
de Paul Féval
, Julio Verne, Alejandro Dumas y tantos otros
que me hizo leer antes
de matarse en el accidente que me
dejó huérfano. Esas novelas me llenaron la cabeza de aven
turas y me
convencieron de que en Francia la vida era más
rica, más alegre, más hermosa y más to
do que en
cual
quier otra parte. Por eso, además de mis clases de inglés
en el Instituto Peruano
Norteamericano, logré que mi tía
Alberta me matriculara en la Alliance Francaise de la ave
nida Wilson,
donde iba tres veces por semana a aprender la lengua de
los franchutes. Aunque me gustaba divertir
me con mis cumpas del barrio, era bastante chancón, sa
caba buenas notas y los idiomas me
encantaban.
Cuando las propinas me lo permitían, invitaba a
Lily a tomar el té
todavía no se había
puesto de moda
decir
omar lonche
en la Tiendecita Blanca, con su nívea
fachada, sus mesitas y sus
toldos sobre las veredas, y sus
miliunanochescos pasteles
¡las bizcotelas, los alfajores
rellenos de
manjar blanco, los piononos!
en el límite
mismo de la avenida Larco, la ave
nida Arequipa y la
ala
meda Ricardo Palma sombreada por las copas, de los altí
simos ficus.
Ir a la Tiendecita Blanca con Lily a tomar un hela
do y un pedazo de torta era una felicidad casi
siempre empañada, ay, por la presencia de su hermana Lucy, con la
e tenía yo que cargar
también en todas las salidas. Ella
tocaba violín sin la menor incomodidad, estropeándome
el plan e
impidiéndome conversar a solas con Lily y decir
le todas las cosas bonitas que yo soñaba con
murmurarle
al oído. Pero, aun cuando, debi
do a la vecindad de Lucy,
nuestra conversación debiera
evitar ciertos temas, era im
pagable estar junto a ella, viendo cómo danzaba su melenita
cada vez que movía la cabeza, la picardía de sus ojos color miel oscura, escuchar su
manerita de hablar tan di
fe
rente y divisar a veces, a la descuidada, en el escote de su
blusa pegadita, el comienzo de esos pechitos que apuntaban
ya, redondos, de tiernos
botones y, sin duda, firmes y sua
ves como unas frutas jóvenes.
«Yo no sé qué hago aquí con ustedes, tocando vi
lín», se excusaba Lucy, a veces. Yo le
mentía: «Qué ocu
rrencia, estamos felices con tu compañía, ¿no, Lily?». Lily
se reía, con un
diablito burlón en sus pupilas, y esa excla
mación: «Sí, puuuuu...».
Dar un paseo por la avenida Pardo, bajo la alame
da de
los ficus invadidos por los
pájaros cantores, entre las casitas de ambas orillas en cuyos jardines y terrazas corre
teaban
niños y niñas vigilados por niñeras uniformadas de
blanco almidonado, fue un rito de aquel
verano. Como, debido a la presencia de Lucy
, resultaba difícil hablar con
Lily de lo que me
hubiera gustado, yo llevaba la conversa
ción hacia temas anodinos: los planes para el futuro,
por ejemplo, cuando, graduado de abogado, me fuera a París
con un cargo diplomático
porque allá, en París, vivir
era vivir, Francia era el país de la cultura
o me dedicara tal vez a
la política, para ayudar un poco a este pobre Perú
a ser grande y próspero otra vez, con lo
que tendría que
aplazar un poco el viaje a Europa. ¿Y a ellas, qué les gusta
ría ser, hacer,
de
grandes? Lucy, juiciosa, tenía objetivos
muy precisos: «Ante todo, terminar el colegio.
Después,
conseguir un buen puesto, tal vez en una tienda de discos
debe ser la mar de
entretenido». Lily pensaba en una agen
cia de turismo o una compañía de aviaci
ón, como
azafata,
si convencía a sus papas, así viajaría gratis por el mundo entero. O artista de cine, tal
vez, pero nunca permitiría que la sacaran en bikini. Viajar, viajar, conocer todos los
países
era lo que más le gustaría. «Bueno, al menos ya conoce
s dos, Chile y Perú, qué más quieres»,
le decía yo. «Compárate conmigo, que nunca salí de Miraflores.»
Las cosas que Lily contaba de Santiago eran para
mí un anticipo del cielo parisino. ¡Con
qué envidia la
escuchaba! Allá, a diferencia de acá, no había po
bres ni
mendigos por las
calles, a los chicos y a las chicas los papas
los dejaban quedarse en las fiestas hasta el amanecer,
bai
lar
cheek to cheek,
y jamás se veía, como aquí, a los viejos,
a las mamas, a las tías, espiando a
los jóvenes cuando bai
laban
para reñirlos si se propasaban. En Chile a los chicos
y a las chicas
los dejaban entrar a películas de mayores y, desde que cumplían quince años, fumar sin
esconderse.
Allá la vida era más entretenida que en Lima porque había
más cines, circos,
teatros y
espectáculos, y fiestas con or
questas, y de Estados Unidos iban todo el tiempo a
San
tiago compañías de patinaje, de ballet, musicales, y, en
cualquier trabajo que tuvieran, los
chilenos ganaban el do
ble o el triple que aquí los peruanos.
Pero, si era as
í, ¿por qué los padres de las chilenitas
habían dejado ese maravilloso país
para venirse al Perú? Porque ellos no eran ricos sino, a simple vista, pobretones. Por lo
pronto, no vivían como nosotros, las chicas y
los chicos del Barrio Alegre, en casas con
ayordomos, co
cineras, sirvientas y jardineros, sino en un departamentito, en un angosto
edificio de tres pisos, en la calle Esperanza,
a la altura del restaurante Gamt inus. Y en el
Miraflores
de esos años, a diferencia de lo que ocurriría tiempo des
pués
, cuando empezaron
a brotar los edificios y a desapa
recer las casas, en los departamentos vivían sólo los pobre
tones,
esa disminuida especie humana a la que
ay, qué
pena
parecían pertenecer las chilenitas.
Nunca les vi la cara a sus papas. Ellas nunca n
os llevaron ni a mí ni a ninguna
chica o chico del
barrio
a su casa. Nunca celebraron un cumpleaños, ni dieron una
fiesta, ni
nos invitaron a tomar el té y a jugar, como si se
avergonzaran de que viéramos lo modesto que
era el lugar
donde vivían. A mí, que
fueran pobretones y que se aver
gonzaran de todo lo que no
tenían me llenaba de compa
sión, aumentaba mi amor por la chilenita y me infundía designios
altruistas: «Cuando Lily y yo nos casemos, nos
llevaremos a vivir con nosotros a toda su familia».
Pero,
a mis amigos, y sobre todo a mis amigas mi
raflorinas, les daba mala espina que Lucy
y Lily no nos abrieran las puertas de su casa. «¿Serán tan muertas de hambre que no pueden
organizar ni siquiera una fiesta?», se preguntaban. «Acaso no es por pobres, sino
por
amarretes», trataba de componerla Tico Tiravante, empeo
rándola.
Los chicos del barrio empezaron de pronto a ha
blar mal de las chilenitas por la manera
corno se maqui
llaban y vestían, a burlarse del escaso vestuario que lucían
todos conocíamos ya
de
memoria esas falditas, blusitas y sandalias que, para disimular, combinaban de todas las
maneras posibles
, y yo las defendía, lleno de santa in
dignación, esos rajes eran envidia,
envidia verde, envidia
ponzoñosa, porque en las fiestas las chilenitas nunc
a plan
chaban, todos los
chicos hacían cola para sacarlas a bailar
«Porque se dejan pegar el cuerpo, así quién va a planchar», replicaba Laura
porque, en las reuniones en el
barrio, en los juegos, en la playa o en el Parque Salazar,
eran
siempre el cen
tro de la atracción, y todos los chicos las
rodeaban, en tanto que a las otras...
«¡Porque son unas
agrandadas y unas descaradas y porque con ellas ustedes
se atreven a contar
unos chistes colorados que nosotras no
les permitiríamos!», contraatacaba Teres
ita
, y, por
últi
mo, porque las
chilenitas
eran regias, modernas, desper
cudidas, y ellas, en cambio, unas
remilgadas, unas atrasa
das, unas anticuadas, unas cucufatas y unas prejuiciadas. «¡A
mucha honra!», respondía Ilse, sacándonos cachita.
Pero, aunque
rajaban de ellas, las
chicas del Barrio
Alegre las seguían invitando a las fiestas y saliendo con
ellas en patota
a los baños de Miraflores, a la misa de doce
los domingos, a las m
atinées y
a dar las
vueltas obligadas
por el Parque Salazar desde el atarde
cer hasta la aparición de las
primeras estrellas que, en ese verano, chisporrotea
ron en el cielo de Lima de enero a
marzo sin que, estoy se
guro, ni un solo día las ocultaran las nubes, como ocurre
siempre en esta ciudad las cuatro quintas partes del año.
Lo hacían porque los chicos se
lo pedíamos, y porque, en el fondo, las chicas de Miraflores sentían por las chilenitas la
fascinación que ejerce sobre el pajarito la cobra que lo
hipnotiza antes de tragárselo, la
pecadora sobre la santa, el diablo sobre e
l ángel. Envidiaban en las forasteras venidas
de ese remoto país que era Chile la libertad, que ellas no tenían, de salir a todas partes
y quedarse paseando o bai
lando hasta tardísimo sin pedir permiso para un ratito más,
sin que su papá, su mamá o alguna
hermana mayor o una tía viniera a espiar por las
ventanas de la fiesta con quién y cómo bailaban, o a llevárselas a casa porque ya eran
las doce de la noche, hora en que las chicas decentes no es
taban bailando ni
conversando en las calles con hombres
o hacían las agrandadas, las huachafas y
las cholas
sino en sus casitas y en su cama, soñando con los angeli
tos. Envidiaban
que las chilenitas fueran tan sueltas, bai
laran con tantos disfuerzos sin importarles si
se les descu
brían las rodillas, y movie
ndo los hombros, los pechitos y
el potito como
no lo hacía ninguna chica en Miraflores,
y que, a lo mejor, se permitieran con los chicos
libertades
que ellas ni se atrevían a imaginar. Pero, si eran tan libres,
¿por
qué ni Lily
ni Lucy querían tener enamor
ado? ¿Por
qué nos decían que no a todos los que les
caíamos? No sólo
a mí me había dicho Lily que no; también a Lalo Molfino
y a Lucho Claux, y Lucy
les había dicho no a Loyer, a Pe
pe Cánepa y al pintoncito de Julio Bienvenida, el primer
miraflorino
al qu
e, sin siquiera haber terminado el colegio,
sus padres le regalaron un Volkswagen al cumplir
quince años. ¿Por qué las chilenitas, que eran tan libres, no que
rían tener enamorado?
Ese y otros misterios relacionados con Lily y Lucy
se aclararon inesperadam
ente el 30 de
marzo de 1950, el
último día de aquel verano memorable, en la fiesta de Marirosa Álvarez
Calderón, la gordita pufi. Una fiesta que
marcaría época y quedaría en la memoria de todos los
asis
tentes para siempre. La casa de los Álvarez
Calderón,
en
la esquina de 28 de Julio y La Paz,
era la más linda de Miraflores y acaso del Perú con sus jardines de altos árboles, sus tipas de flores
amarillas, sus campanillas, sus rosales y
su piscina de azulejos. Las fiestas de Marirosa eran siempre
con orquest
a y un enjambre de mozos que servían paste
les, bocaditos, sandwiches, jugos y toda
clase de bebidas
no alcohólicas a lo largo de la noche, unas fiestas para las que los invitados nos
preparábamos como para subir al cielo. Todo iba de maravillas hasta que,
con las luces apa
gadas,
el centenar de chicas y chicos rodeamos a Marirosa
y le cantamos el
Happy Birthday
y ella sopló y
apagó la tor
ta con las quince velitas e hicimos cola para darle el abra
zo consabido.
Cuando a Lily y Lucy les tocó el turno de abr
zarla, Marirosa, una chanchita feliz cuyos
rollos rebalsa
ban el rosado vestido con un gran moño a la espalda que
llevaba, después de
besarlas en la mejilla,, abrió mucho
los ojos:
¿Ustedes son chilenas, no? Les voy a presentar a
mi tía Adriana. Es chile
na también, acaba
de llegar de Santiago. Vengan, vengan.
Las cogió de la mano y se las llevó al interior de la casa, gritando: «Tía Adriana, tía Adriana,
aquí te tengo una sorpresa».
Por los cristales del largo ventanal, rectángulo iluminado que enmarcaba
un gran salón con
una chimenea apagada, paredes con paisajes y retratos al óleo, sillones, sofás, alfombras, y una
docena de señoras y señores con copas en las manos, ví irrumpir instantes después a Marirosa
con las chilenitas, y alcancé a ver, desvaída y
fugaz, la silueta de una señora muy alta, muy
arreglada, muy hermosa, con un cigarrillo humeando en la punta de una larga boquilla,
adelantándose a saludar a sus jóvenes compatriotas con una sonrisa condescendiente.
Me fui a tomar un jugo de mango y a fuma
r un Viceroy a escondidas, entre las casetas de
vestir de la piscina. Allí me encontré con Juan Barreto, mi amigo y compañero del Colegio
Champagnat, que había venido a refugiarse también en esas soledades para fumarse un pitillo. A
boca de jarro me pregun
tó:
¿Te importaría que le cayera a Lily, flaco?
Sabía que, aunque lo parecíamos, no éramos enamorados, y sabía también
como todo el
mundo, me pre
cisó
que yo le había caído tres veces y que las tres me había dicho nones. Le
respondí que me importaba muc
hísimo, porque, aunque Lily me había dicho no, ése era un
jueguecito que ella se traía
en Chile las chicas eran así
, pero, en realidad, yo le gustaba, era
como si fuéra
mos enamorados, y además, esta noche yo ya había empe
zado a caerle por cuarta y
defi
nitiva vez, y ella estaba por decirme que sí cuando la aparición de la torta con las quin
ce
velitas de la gordita pufi nos interrumpió. Pero, ahora que saliera de hablar con la tía de Marirosa,
le seguiría ca
yendo y ella me aceptaría y desde esta noche s
ería mi enamorada con todas las de la
ley.
Si es así, tendré que caerle a Lucy
se resignó Juan Barrete»
. La vaina es que a mí la
que me gusta es Lily, compadre.
Lo animé a que le cayera a Lucy y le prometí hacerle el bajo para que ella lo aceptara. Él c
on
Lucy y yo con Lily formaríamos un cuarteto bestial.
Conversando con Juan Barreto junto a la piscina y viendo bailar a las parejas en la pista de
baile al compás de la orquesta de los Hermanos Ormeño
no sería la de Pérez Prado, pero era
buenísima, qué t
rompetas, qué tambores
, nos fumamos un par de Viceroys. ¿Por qué se le
había ocurrido a Marirosa, justo en ese momento, presentar a su tía a Lucy y Lily? ¿Qué
comadreaban tanto? Se me estaba fregando el plan, caracho. Porque, era verdad, cuando
anunciaron
la torta con las quince velitas yo había comenzado mi cuarta
y, estaba seguro, esta
vez exito
declaración de amor a Lily, después de haber con
vencido a la orquesta que tocara
Me gustas, el bolero más propicio para caerles a las chicas.
Se demoraron
una eternidad en volver. Y volvie
ron transformadas: Lucy, muy pálida y
ojerosa, como si hubiera visto un fantasma y estuviera recobrándose de la impresión del otro
mundo, y Lily, enfurruñada, un mohín avinagrado, los ojos echando chispas, como si allá ade
ntro
esas señoras y señores tan pitucos la hubieran he
cho pasar muy mal rato. Ahí mismo la saqué a
bailar, uno de esos mambos que eran su especialidad
el Mambo nú
mero 5
, y, yo no podía
creerlo, Lily no daba pie con bola, perdía el ritmo, se distraía, s
e equivocaba, trope
aba, y el
gorrito marinero se le corrió, dándole un aspecto algo ridículo. Ella ni se preocupó de enderezarlo.
¿Qué había pasado?
Estoy seguro que al terminar el Mambo número 5 toda la fiesta lo sabía porque la gordita
pufi se había enc
argado de divulgarlo. ¡Qué gustazo se daría esa chismosa contándolo, con lujo de
detalles, coloreando y exagerando la historia, a la vez que ponía los ojos grandes, grandes, de
curiosidad y espanto y felicidad! ¡Qué malsana alegría habrían sentido
qué des
agravio, qué
venganza
todas las chicas del barrio que tanto envidiaban a esas chilenitas venidas a Miraflores
a revolucionar las costumbres de los niños que ese verano nos graduamos de adolescentes!
Yo fui el último en enterarme, cuando ya Lily y Lucy hab
ían misteriosamente desaparecido,
sin despedirse de Marirosa ni de nadie
«tascando el freno de la vergüenza», sentenciaría mi tía
Alberta
, y cuando el sibilino rumor se había extendido por toda la pista de baile y levantado en
vilo al centenar de chicos
y chicas que, olvidados de la orquesta, de sus enamorados y
enamoradas, de tirar plan, se secreteaban, se repetían, se alarmaban, se exaltaban, abriendo unos
ojazos que bullían de maledicencia: «¿Sabes? ¿Te enteraste? ¿Has oído? ¡Qué te parece! ¿Te das
cue
nta? ¿Te imaginas, te imaginas?». «¡No son chilenas! ¡No, no lo eran! ¡Puro cuento! ¡Ni
chilenas ni sabían nada de Chile! ¡Mintieron! ¡Engañaron! ¡Se inventaron todo! ¡La tía de Marirosa
les fregó el pastel! ¡Qué bandidas, qué ban
didas!»
Eran peruanitas,
nomás. ¡Pobres! ¡Pobrecitas! La tía Adriana, recién llegadita de Santiago,
debió llevarse la sorpresa de su vida al oírlas hablar con aquel acento que a no
sotros nos
engañaba tan bien pero que ella identificó de inmediato como una impostura. Qué mal debie
ron
sentirse las chilenitas cuando la tía de la gordita pufi, adivinando la farsa, comenzó a preguntarles
sobre su familia santiaguina, el barrio donde vivían en Santiago, el colegio en el que habían
estudiado en Santiago, sobre su parentela y las amistade
s de su familia en Santiago, haciendo
pasar a Lucy y Lily el trago más amargo de su corta vida, ensañándose con ellas hasta que,
despedidas de la sala, hechas unas ruinas, espiritual y físicamente demolidas, pudo proclamar
ante sus parientes y amistades y
la estupefacta Marirosa: «¡Qué chilenitas ni ocho cuartos! ¡Esas
niñas no han pisado jamás Santiago y son tan chilenas como yo tibetana!».
Aquel último día del verano de 1950
yo acaba
ba de cumplir quince años también
comenzó para mí la vida de verdad, l
a que divorcia los castillos en el aire, los espejismos y las
fábulas, de la cruda realidad.
La historia completa de las falsas chilenitas no la supe con exactitud, ni la supo nadie salvo
ellas, pero sí escuché las conjeturas, chismes, fantasías y supuesta
s revelaciones que, como una
estela rumorosa, persiguieron largo tiempo a las chilenitas de a mentiras, cuando éstas dejaron de
existir
una manera de decirlo
, porque nunca más fueron invitadas a las fiestas, ni a los juegos,
ni a los tes, ni a las reunio
nes del barrio. Las malas lenguas decían que, aunque las chicas decentes
del Barrio Alegre y de Miraflores ya no las frecuentaban, y les volteaban la cara si se las cruzaban
por la calle, los chicos, los muchachos, los hombres, sí las buscaban, a escondida
s, como se busca
a las huachafitas
¿y qué otra cosa eran Lily y Lucy sino dos huachafitas de algún barrio como
Breña o El Porvenir que, para ocultar su procedencia, se habían hecho pasar por extranjeras a fin
de colarse entre la gente decente de Miraflore
, para ti
rar plan con ellas, para hacerles esas
cosas que sólo las cholitas y las huachafitas se dejan hacer.
Después, me imagino, unos y otros se fueron olvidando de Lily y de Lucy, porque otras
personas, otros asuntos vinieron a reemplazar esa aventu
ra del último ve
rano de nuestra infancia.
Pero, yo no. Yo no las olvidé, sobre todo a Lily. Y aunque hayan corrido tantos años, y Miraflores
haya cambiado tanto, y lo mismo las cos
tumbres, y se eclipsaran barreras y prejuicios que antes
se exhibían con i
nsolencia y ahora se disimulan, yo la guardé en la memoria, y vuelvo a veces a
evocarla, a oír la risa traviesa y la mirada burlona de sus ojos color miel oscura, a verla
cimbreándose como una caña a los compases de los mambos. Y sigo pensando que, a pesar
de
haber vivido ya tantos veranos, aquél fue el más fabuloso de todos.
El guerrillero
El México Lindo estaba en la esquina de la rué des Canettes y la rué Guisarde, a un paso de
la place Saint Sulpice, y en mi primer año de París, en que pasé apuro
s de dinero, muchas noches
fui a apostarme a la puerta falsa de ese restaurante, a esperar a que Paúl se apareciera con un
paquetito de tamales, tortillas, carnitas o enchila
das, que yo me iba a despachar en mi buhardilla
del Hotel du Sénat antes de que s
e enfriaran. Paúl había entrado a trabajar en el México Lindo
como pinche de cocina, y al poco tiempo, gracias a sus habilidades culinarias, fue as
cendido a
ayudante del chef y cuando lo dejó todo para dedicarse en cuerpo y alma a la revolución ya era
coc
inero titular del establecimiento.
En esos comienzos de los años sesenta París vivía la fiebre de la Revolución Cubana y
pululaba de jóvenes venidos de los cinco continentes que, como Paúl, soña
ban con repetir en sus
países la gesta de Fidel Castro y sus
barbudos y se preparaban para ello, en serio o en juego, en
conspiraciones de café. Además de ganarse la vida en el México Lindo, cuando yo lo conocí, a los
pocos días de mi llegada a París, Paúl tomaba unos cursos de Biología en la Sorbona, que
abandonó t
ambién por la revolución.
Nos hicimos amigos en un cafecito del Barrio La
tino, donde nos reuníamos un grupo de
esos sudamerica
nos que Sebastián Salazar Bondy llamó en un libro de cuentos Pobre gente de
París. Paúl, al enterarse de mis apu
ros, me propuso
echarme una mano en lo concerniente a la
comida, pues en el México Lindo ella sobraba. Que, a eso de las diez de la noche, me pasara por la
puerta falsa y me ofrecería «un banquete gratis y caliente», algo que ha
bía hecho ya con otros
compatriotas menest
erosos.
Debía de tener unos veinticuatro o veinticinco años a lo más, y era un barrilito con pies
muy, muy gordo
, simpático, amiguero y conversador. Andaba siempre con una gran sonrisa en
la boca que le inflaba los cachetes. En el Perú había estudiado va
rios años de Medicina y pasó
algún tiempo en la cárcel por ser uno de los organizadores de la célebre huelga de la Universidad
de San Marcos del año 1952, cuando la dictadura del general Odría. Antes de llegar a París estuvo
un par de años en Madrid, donde
se casó con una chica de Burgos. Acababan de tener un hijo.
Vivía en el Marais, que, entonces, antes de que André Malraux, ministro de Cultura del
general De Gaulle, emprendiera la gran limpieza y rehabilitación de las anti
guas mansiones
desvencijadas y
arrebozadas de mugre de los siglos XVII y XVIII, era un barrio de artesanos,
ebanistas, zapateros, sastres y judíos pobres, y gran número de estudiantes y artistas insolventes.
Además de esos rápidos en
cuentros en la puerta de servicio del México Lindo, s
olíamos reunimos
también, al mediodía, en La Petite Source del Carrefour del Odeón o en la terraza de Le Cluny, en
la esquina de Saint Michel y Saint Germain, para tomar un café y contarnos nuestras andanzas.
Las mías consistían ex
clusivamente en múltiple
s gestiones para conseguir un trabajo, algo nada
fácil, pues mi título de abogado de una universidad peruana no impresionaba a nadie en París, ni
tampoco que me desenvolviera bastante bien en inglés y francés. Y las de él, en los preparativos
de la revoluc
ión que haría del Perú la segunda República Socialista de América Latina. Un día en
que de improviso me preguntó si me interesaría ir con una beca a Cuba a recibir instrucción
militar, le dije a Paúl que, aunque tenía toda la simpatía del mundo por él, la
política no me
interesaba lo más mínimo; más, la detestaba, y todas mis ilusiones se cifraban
per
dón por la
mediocridad pequeñoburguesa, compadre
en conseguir un trabajito estable que me permitiera
pasar sin pena ni gloria el resto de mis días en París
. Le dije tam
bién que no se le ocurriera
contarme nada de sus conspi
raciones, no quería vivir con la angustia de que se me fuera a escapar
alguna información que pudiera perjudicarlos a é! y a sus compañeros.
No te preocupes. Tengo confianza en ti, Ri
ardo.
Me la tenía, en efecto, y tanta que no me hizo caso. Me contaba todo lo que hacía y hasta
las complicacio
nes más íntimas de los preparativos revolucionarios. Paúl pertenecía al
Movimiento de Izquierda Revolucionaria, MIR, fundado por Luis de la Puen
te Uceda, un disidente
del Partido Aprista. El gobierno cubano había concedido al MIR un centenar de becas para que
muchachas y mu
chachos peruanos recibieran entrenamiento guerrillero. Eran los años de la
confrontación entre Pekín y Moscú y en ese momento
parecía que Cuba se inclinaría por la lí
nea
maoísta, aunque luego, por razones prácticas, terminó aliándose con los soviéticos. Los becarios,
debido al estric
to bloqueo impuesto por Estados Unidos a la isla, tenían que pasar por París
camino a su destin
o y Paúl se las veía negras para alojarlos en la escala parisina.
Yo le echaba una mano en esos trajines logísticos, ayudándolo a reservar cuartos en
hotelitos misérrimos
«de árabes», decía Paúl
en los que embutíamos a los futuros guerrilleros
de dos en
dos, y a veces hasta de tres en tres, en un cuartito charcheroso o en una chambre de
bonne de algún latinoamericano o francés dispuesto a poner su gra
nito de arena para la causa de
la revolución mundial. En mi buhardilla del Hotel du Sénat, de la rué Sain
t Sulpice, alojé alguna
vez, a escondidas de madame Auclair, la administradora, a alguno de esos becarios.
Constituían una fauna muy variada. Muchos eran alumnos de Letras, Derecho, Economía,
Ciencias y Educación de San Marcos, que habían militado en la Ju
ventud Comunista o en otras
organizaciones de izquierda, y, ade
más de limeños, aparecían muchachos de provincias, e in
cluso
algunos campesinos, indios de Puno, Cusco y Ayacucho, aturdidos por el salto de sus aldeas y
comunidades andinas, donde habían sid
o reclutados vaya usted a saber cómo, a París. Lo miraban
todo alelados. Por las pocas fra
ses que cambiaba con ellos en el trayecto de Orly a su hotel, me
daban a veces la impresión de no tener muy claro el ti
po de beca que iban a disfrutar ni darse
cuen
ta cabal de en qué consistía el entrenamiento que recibirían. No todos ha
bían sido becados
en el Perú. Algunos lo fueron en París, entre la variopinta masa de peruanos
estudiantes,
artistas, aventureros, bohemios
que merodeaban por el Barrio La
tino. En
tre ellos, el más
original resultó mi amigo Alfonso el Espiritista, enviado a Francia por una secta teosófica de Lima a
seguir estudios de parapsicología y teosofía, a quien la elocuencia de Paúl arrebató a los espíritus
e instaló en el mundo de la revoluc
ión. Era un muchacho blancón y tími
do, que apenas abría la
boca, y había en él algo descarnado e ido, de espíritu precoz. En nuestras conversaciones de me
diodía en Le Cluny o La Petite Source yo le insinuaba a Paúl que muchos de esos becarios que el
MIR
mandaba a Cuba, y a veces a Corea del Norte o China Popular, aprovechaban la ocasión para
hacer un poco de turismo, y que jamás su
birían a los Andes o se sumirían en la Amazonia con un
fusil al hombro y una mochila en la espalda.
Todo está calculado, mi
viejo
me respondía Paúl, posando de magíster que tiene de su
lado las leyes de la historia
. Si la mitad nos responde, la Revolución es pan comido.
Cierto, el MIR hacía las cosas con un poco de prisa, pero ¿cómo podía darse el lujo de
dormirse? La his
tor
ia, después de andar tantos años a paso de tortuga, de pronto, gracias a Cuba,
se volvió un bólido. Había que actuar, aprendiendo, tropezando, levantándose. No esta
ban los
tiempos para reclutar a los jóvenes guerrilleros ha
ciéndoles pasar exámenes de con
ocimiento,
pruebas físi
cas y tests psicológicos. Lo importante era sacar partido a esas cien becas antes de que
Cuba las ofreciera a otros gru
pos
el Partido Comunista, el Frente de Liberación, los trotskistas
que competían por ser los primeros en poner
en marcha la revolución peruana.
La mayoría de becarios que fui a recoger a Orly para llevarlos a los hotelitos y pensiones
donde pasarían encerrados la escala de París, eran varones y muy jóvenes, algunos adolescentes.
Un día descubrí que también había m
ujeres entre ellos.
Recógelas y llévatelas a este hotelito de la rué Gay
Lussac
me pidió Paúl
. Camarada
Ana, camarada Arlette y camarada Eufrasia. Trátalas bien.
Una regla sobre la que los becarios venían bien aleccionados era no dar a conocer sus
verda
deros nombres. Incluso entre ellos sólo usaban sus apodos o nombres de guerra. Apenas
aparecieron las tres chicas tuve la impre
sión de que a la camarada Arlette la había visto en alguna
parte.
La camarada Ana era una morochita de ademanes vivos, algo mayo
r que las otras, y por las
cosas que le oí aquella mañana y las dos o tres veces que la vi, debía de haber sido dirigente del
sindicato de maestras. La camarada Eufrasia, una chinita de huesos frágiles, parecía quinceañera.
Venía muerta de fatiga porque en
el largo viaje no había pegado los ojos y vomitó un par de veces
por las turbulencias. La camarada Arlette tenía una silueta gra
ciosa, una cintura delgadita, una piel
pálida, y aunque ves
tía, como las otras, con gran sencillez
faldas y chompas toscas,
blusas de
percala y unos zapatones sin taco y con pasadores de esos que venden en los mercados
, había
en ella algo muy femenino en la manera como caminaba y se movía, y, sobre todo, en el modo de
fruncir sus gruesos labios al hacer preguntas sobre las cal
les que el taxi atrave
saba. En sus ojos
oscuros, expresivos, titilaba algo ansioso contemplando los bulevares arbolados, los edificios
simé
tricos y la muchedumbre de jóvenes de ambos sexos con bolsas, libros y cuadernos que
merodeaban en las calles y bis
trots de los alrededores de la Sorbona, mientras nos acercábamos a
su hotelito de la rué Gay
Lussac. Les die
ron un cuarto sin baño ni ventanas, con dos camas que de
bían compartir las tres. Al despedirme, les repetí las ins
trucciones de Paúl: no moverse
de aquí
hasta que él, en algún momento de la tarde, pasara a verlas y les explicara su plan de trabajo en
París.
Estaba en la puerta del hotel, encendiendo un cigarrillo antes de partir, cuando me tocaron
el hombro:
Ese cuartito me da claustrofobia
me so
nrió la camarada Arlette
. Y, además, una no
llega todos los días a París, caramba.
Entonces, la reconocí. Había cambiado mucho, por supuesto, sobre todo su manera de
hablar, pero seguía manando de toda ella esa picardía que yo recordaba muy bien, algo atr
evido,
espontáneo y provocador, que si traslucía en su postura desafiante, el pechito y la cara
adelantados, un pie algo atrás, el culito en alto, y una mirada burlona que dejaba a su interlocutor
sin saber si hablaba en serio o bromeando. Era menuda, de p
ies y manos pe
queños y unos
cabellos, ahora negros en vez de claros, sujetos con una cinta, que le llegaban a los hombros. Y
aque
lla miel oscura en sus pupilas.
Advirtiéndole que lo que íbamos a hacer estaba terminantemente prohibido y que por esto
el ca
marada Jean (Paúl) nos reñiría, la llevé a dar una vuelta por el Panteón, la Sorbona, el Qdeón
y el Luxemburgo y por fin
¡un dispendio para mi economía!
a almorzar en L'Acropole, un
restaurancito griego de la rué de l'Ancienne Comedie. En esas tres horas
de conversación me
contó, violando las reglas del secretismo revolucionario, que había estudiado Letras y Derecho en
la Universidad Católica, que llevaba años militando en la clandestina Juventud Comunista y que, al
igual que otros camaradas, se había pas
ado al MIR porque éste era un movimiento revolucionario
de verdad y, aquél, un partido esclerotizado y anacrónico en los tiem
pos que corrían. Me decía
esas cosas de manera algo me
cánica, sin mucha convicción. Yo le conté mis trajines en busca de
trabajo
para poder quedarme en París y le dije que ahora tenía puestas todas mis esperanzas en
un con
curso para traductores de español, convocado por la Unesco, que pasaría al día siguiente.
Cruza los dedos y toca así la mesa tres veces, para que lo apruebes
dijo la camarada
Arlette, muy seria, mirándome fijamente.
¿Eran compatibles semejantes supersticiones con la doctrina científica del marxismo
leninismo?, la provoqué.
Para conseguir lo que se quiere, todo vale
me repuso en el acto, muy resuelta. Pero, d
inmediato, enco
giendo los hombros, sonrió
: También rezaré un rosario para que pases el
examen, aunque no sea creyente. ¿Me denunciarás al partido por supersticiosa? No creo. Tienes
una carita de buena gente...
Lanzó una risita y, al reírse, se le forma
ron en sus mejillas los mismos hoyuelos que cuando
niña. La acompañé de regreso a su hotel. Si estaba de acuerdo, le pediría permiso al camarada
Jean para sacarla a conocer otros lu
gares de París antes de que continuara su viaje revolucio
nario.
«Regio»,
apuntó, extendiéndome una mano lángui
da que demoró en separarse de la mía. Era
muy bonita y muy coqueta la guerrillera.
A la mañana siguiente pasé el examen para traductores en la Unesco con una veintena de
postulantes. Nos dieron a traducir media docena
de textos del inglés y del francés, bastante
fáciles. Vacilé con la expresión «art ro
mán», que traduje primero como «arte romano», pero lue
go, en la revisión, comprendí que se trataba de «arte ro
mánico». Al mediodía fui con Paúl a comer
una salchicha co
n papas fritas a La Petite Source y, sin preámbulos, le pedí permiso para sacar a la
camarada Arlette mientras es
tuviera en París. Me quedó mirando de manera socarrona y simuló
darme un sermón:
Está terminantemente prohibido tirarse a las camaradas. En C
uba y en China Popular,
durante la revolu
ción, un polvo a una guerrillera podía costarte el paredón. ¿Por qué quieres
sacarla? ¿Te gusta la muchacha?
Supongo que sí
le confesé, algo avergonza
. Pero, si eso te puede traer
problemas...
¿Te aguantaría
s las ganas?
se rió Paúl
. ¡No seas hipócrita, Ricardo! Sácala, sin que yo
me entere. Eso sí, después me lo cuentas todo. Y, sobre todo, usa con
dón.
Esa misma tarde fui a buscar a la camarada Arlette a su hotelito de la rué Gay
Lussac y la
llevé a conmer
un steak frites a La Petite Hostellerie, de la rué de l'Harpe. Y, luego, a una pequeña
boíte de nuit de la rué Monsieur le Prince, L'Escale, donde en esos días una chica española,
Carmencita, vestida toda de negro a la manera de Juliette Greco, acompañánd
ose de una guitarra
cantaba, o mejor dicho decía, poemas antiguos y canciones republicanas de la época de la guerra
civil. Tomamos unas copas de ron con coca
cola, una bebida que había empezado a llamarse ya
cubalibre. El local era pequeño, oscuro, humoso,
cáli
do, las canciones épicas o melancólicas, no
había mucha gente todavía, y, antes de habernos terminado el trago y después de contarle que
gracias a sus artes brujeriles y a su rosario me había ido bien en el examen de la Unesco, le cogí la
mano y entr
ecruzándole los dedos le pregunté si se había dado cuenta de que estaba enamorado
de ella des
de hacía diez años.
Se echó a reír:
¿Enamorado de mí sin conocerme? ¿Quieres de
cir que desde hace diez años esperabas
que un día se apa
reciera en tu vida una c
hica como yo?
Nos conocemos muy bien, sólo que tú no te acuerdas
le respondí, muy despacio,
espiando su reacción
. Entonces, te llamabas Lily y te hacías pasar por chilenita.
Pensé que la sorpresa haría que apartara su mano o que la cerrara crispada, en
movimiento nervioso, pero nada de eso. La dejó quieta en las mías, sin alterarse lo más mínimo.
¿Qué dices?
murmuró. En la penumbra, se inclinó y su cara se acercó tanto a la mía
que sentí su alien
to. Sus ojitos me escrutaban, tratando de adivinarme.
¿Todavía sabes imitar tan bien el cantito de las chilenas?
le pregunté, mientras le
besaba la mano
, No me digas que no sabes de qué hablo. ¿Tampoco te acuerdas que me
declaré tres veces y que siempre me diste calabazas?
¡Ricardo, Ricardito, Richard So
mocurcio!
exclamó, divertida, y ahora sí sentí la presión
de su mano
. ¡El flaquito! Ese mocoso tan arregladito, que parecía haber hecho la víspera la
sagrada comunión. Ja, ja! Eras tú. ¡Ay, qué risa! Ya entonces tenías carita de santurrón.
Sin embargo, u
n momento después, cuando le pregunté cómo y por qué se les había
ocurrido a ella y su hermana Lucy hacerse pasar por chilenitas al mudarse a la calle Esperanza, en
Miraflores, me negó con firmeza que supiera de qué le hablaba. ¿De dónde me había inventado
semejante cosa? Se trataba de otras personas. Ni ella se había llamado nunca Lily, ni tenía
hermana, ni había vivido jamás en ese barrio pituco. Ésa sería en adelante su acti
tud: negarme la
historia de las chilenitas, aunque, a veces, como aquella noche
en L'Escale, cuando me dijo
recono
cer en mí al mocosito medio bobo de diez años atrás, algo se le salía
una imagen, una
alusión
que la delataba como la falsa chilenita de nuestra adolescencia.
Nos quedamos en L'Escale hasta las mil quinientas y yo pude
besarla y acariciarla, pero sin
ser correspondido. No me apartaba los labios cuando yo se los buscaba; pero no hacía el menor
movimiento de respuesta, se dejaba besar con indiferencia, y, por supuesto, nunca abría la boca
para que yo pudiera sorber su sali
va. También su cuerpo parecía un témpano cuando mis manos
le acariciaban la cintura, los hombros, y se detenían en los duros pechitos de botones erectos.
Permaneció quieta, pasiva, resignada a aquellas efusiones como una reina a los homenajes de un
vasallo
, hasta que, por fin, con naturalidad, advirtiendo que mis caricias tomaban un rumbo
atrevido, me apartó.
Ésta es mi cuarta declaración de amor, chilenita
le dije, en la puerta del hotelito de la
rué Gay
Lussac
. ¿La respuesta es sí, por fin?
Ya veremos
me echó un beso volado, aleján
dose
. No pierdas las esperanzas, niño
bueno.
Los diez días que siguieron a este encuentro, la camarada Arlette y yo tuvimos algo
parecido a una luna de miel. Nos vimos todos los días y yo quemé en ellos todo el dinero que
me
quedaba de los giros de la tía Alberta. La llevé al Louvre y el Jeu de Paume, al museo Rodin y las
casas de Balzac y de Víctor Hugo, la Cinémathéque de la rué d'Ulm, a una función del Teatro
Nacional Popular que dirigía Jean Vilar (vimos Cefou de Platon
ov, de Chéjov, en que el propio Vilar
encarnaba al protagonista) y, el domingo, tomamos el tren a Versalles, donde, luego de visitar el
palacio, dimos un largo paseo por el bosque en el que nos sorprendió la lluvia y terminamos
empapados. En esos días cual
quiera nos habría tomado por amantes, pues andábamos todo el
tiempo de la mano y yo la besaba y acariciaba con cualquier pretexto. Ella me dejaba hacer,
divertida a veces, otras indiferente, y siempre terminaba poniendo fin a mis efusiones con un
mohín de
impacien
cia: «Y ahora basta, Ricardito». Alguna rara vez, ella toma
ba la iniciativa de
peinarme o despeinarme un mechón con su mano o pasarme un dedo afilado por la nariz o por la
boca como queriendo alisarlas, una caricia que se pare
cía a la de una ama
afectuosa a su caniche.
De esa intimidad de diez días saqué una certeza: a la camarada Arlette, la política en
general, y la revolución en particular, le importaban un comino. Era probablemen
te un cuento
chino su militancia en la Juventud Comu
nista y de
spués en el MIR, así como sus estudios en la
Universidad Católica. No sólo no hablaba jamás de temas políticos ni universitarios; cuando yo
llevaba la conversa
ción a ese terreno, no sabía qué decir, ignoraba las cosas más elementales y se
las arreglaba pa
ra cambiar de tema muy de prisa. Era evidente que se había conseguido esta beca
de guerrillera para salir del Perú y viajar por el mun
do, algo que de otro modo, siendo una chica
de origen muy humilde
saltaba a la vista
, jamás hubiera podido hacer. Pero
sobre nada de
esto me atreví a interrogarla para no ponerla en aprietos, ni obligarla a contarme otro cuento
chino.
Al día octavo de nuestra púdica luna de miel acce
dió, de manera inesperada, a pasar la
noche conmigo en el Hotel du Sénat. Era algo que yo
le había pedido
roga
en vano todos
los días anteriores. Esta vez, ella tomó la iniciativa:
Hoy te acompaño yo, si quieres
me dijo, en la noche, mientras comíamos un par de
sandwiches de pan baguette con queso gruyere (ya no me quedaban recursos para
un
restaurante) en un bistrotát la rué de Tournon. Mi pecho se aceleró como si acabara de correr la
maratón.
Después de una pesada negociación con el guar
dián del Hotel du Sénat
«Pos de visites
nocturnes a l´hotel, monsieur!»
, que a la camarada Arlette
la dejó impávida, pudimos subir los
cinco pisos sin ascensor hasta mi buhar
dilla. Se dejó besar, acariciar, desnudar, siempre con esa
curiosa actitud de prescindencia, sin permitirme acortar la invisible distancia que guardaba frente
a mis besos, abrazos
y cariños, aunque me abandonara su cuerpo. Me emocio
nó verla desnuda,
sobre la camita colocada en el rincón del cuarto donde el techo se inclinaba y apenas llegaba el
res
plandor de la única bombilla. Era muy delgada, de miem
bros bien proporcionados, co
n una
cintura tan estrecha que, me pareció, yo hubiera podido ceñirla con mis dos manos. Bajo la
pequeña mancha de vellos en el pubis, la piel lucía más clara que en el resto de su cuerpo. Su piel,
olivácea, de reminiscencias orientales, era suave y fresca
. Se dejó besar largamente de la cabeza a
los pies, manteniendo la pasivi
dad de costumbre, y escuchó como quien oye llover el poema
Material nupcial, de Neruda, que le recité al oído, y las palabras de amor que le balbuceaba, de
manera entre
cortada: ésta
era la noche más feliz de mi vida, nunca había deseado a nadie tanto
como a ella, siempre la querría.
Metámonos bajo la frazada porque hace mu
cho frío
me interrumpió, bajándome a la
pedestre rea
lidad
. Cómo no te hielas acá.
Estuve a punto de pregunta
rle si debía cuidarme, pero no lo hice, amoscado por su actitud
tan desenvuelta, como si tuviera siglos de experiencia en estas lides y fuera yo más bien el
primerizo. Hicimos el amor con dificultad. Ella se entregaba sin el menor embarazo, pero resultó
r muy estrecha y, en cada uno de mis esfuerzos para pene
trarla, se encogía, con una mueca de
dolor: “Más despaci
to, más despacito”. Al final, la amé y fui feliz amándola. Era cierto que nada
me hacía tanta ilusión como estar allí con ella, era cierto que
en mis escasas y siempre fugaces
aventuras nunca había sentido esa mezcla de ternura y de
seo que ella me inspiraba, pero dudo
que fuera también el caso de la camarada Arlette. Todo el tiempo me dio más bien la impresión
de hacer lo que hacía sin que en e
l fondo le importara.
A la mañana siguiente, cuando abrí los ojos, la vi, aseada y vestida, al pie de la cama,
observándome con una mirada que traslucía una profunda inquietud.
¿De veras estás enamorado de mí?
Asentí varias veces y estiré la mano para cog
er la suya, pero ella no me la alcanzó.
¿Quieres que me quede a vivir contigo, aquí en París?
me preguntó, con el tono de voz
con que me hu
biera podido proponer ir al cine ver una de las películas de la Nouvelle Vague, de
Godaid, Truffaut o de Louis Mal
le, que estaban en pleno apogeo.
Volví a asentir, totalmente desconcertado. ¿Significaba eso que la chilenita también se
había enamorado de mí?
No es por amor, para qué te voy a mentir
me respondió, con frialdad
. Pero, no
quiero ir a Cuba, y menos volve
r al Perú. Quisiera quedarme en París. Tú pue
des ayudarme a que
me libre del compromiso con el MIR. Háblale al camarada Jean y, si me libera, me vendré a vivir
contigo
vaciló un momento y, suspirando, hizo una con
cesión
: Capaz termino
enamorándome de t
El día noveno le hablé al gordo Paúl, en nuestro encuentro del mediodía, esta vez en Le
Cluny, ante dos croque monsieur y dos cafés expresos. Fue categórico:
No puedo liberarla, sólo la dirección del MIR podría. Pero, aun así, con sólo proponerlo a

se me crea
ría un problema del carajo. Que vaya a Cuba, que siga el curso. Que demuestre no
tener condiciones físicas ni psi
cológicas para la lucha armada. Entonces, yo podría suge
rirle a la
dirección que ella se quede aquí, ayudándome. Díselo y, sobre t
odo, que no comente esto con
nadie. El jodido sería yo, mi viejo.
Con el dolor de mi alma fui a transmitirle a la ca
marada Arlette la respuesta de Paúl. Y, lo
peor, la animé a que siguiera su consejo. Me apenaba más que a ella te
ner que separarnos. Pero,
no podíamos reventar a Paúl, ni ella debía indisponerse con el MÍR, podría traerle proble
mas en el
futuro. El curso duraba unos pocos meses. Que, desde el primer momento, mostrara una total
incapacidad para la vida guerrillera, simulando desmayos inclusi
ve. Mien
tras, yo, aquí en París,
encontraría trabajo, tomaría un departamentito, estaría esperándola...
Ya sé, llorarás, me extrañarás y pensarás en mí día y noche
me interrumpió, con
ademán impaciente, los ojos duros y la voz helada
. Bueno, ya veo que
no hay otro remedio. Nos
veremos dentro de tres meses Ricardito.
¿Por qué te despides desde ahora?
¿El camarada Jean no te contó? Parto a Cuba mañana temprano, vía Praga. Ya puedes
empezar a derra
mar las lágrimas de la despedida.
Partió al día siguien
te, en efecto, y yo no pude acompañarla al aeropuerto, porque Paúl me
lo prohibió. En nuestro próximo encuentro, el gordo me dejó total
mente desmoralizado
anunciándome que no podría escri
birle a la camarada Arlette, ni recibir cartas de ella, por
que, po
r
razones de seguridad, los becados debían cortar todo tipo de comunicación durante el
entrenamiento. Paúl ni siquiera estaba seguro de que, terminado el curso, la ca
marada Arlette
volviera a pasar por París en su ruta de re
greso a Lima.
Estuve muchos dí
as convertido en un zombie, reprochándome día y noche no haber tenido
el coraje de decirle a la camarada Arlette que, pese a la prohibición de Paúl, se quedara conmigo
en París, en vez de exhortar
la a continuar esa aventura que sabe Dios cómo termina
ría.
Hasta que,
una mañana, al salir de mi buhardilla a tomar el desayuno en el Café de la Marie en la place Saint
Sulpice, madame Auclair me entregó un sobre con el sello de la Unesco. Había aprobado el
examen y el jefe del departamento de traductores me cita
ba en su oficina. Era un español canoso
y elegante, apellidado Chames. Fue muy amable. Se rió de buena gana cuando me preguntó por
mis «planes a largo plazo» y le respondí: «Morirme de viejo en París». No había aún ninguna
vacante para un puesto permanente
, pero podía contratarme como «temporero» durante la
asamblea general y en los períodos en que la institución estuviera sobrecargada de trabajo, algo
que ocurría con cierta frecuencia. Desde ese momento tuve la seguri
dad de que mi sueño de
siempre
bueno,
desde que tuve uso de razón
, vivir en esta ciudad el resto de mi vida,
comenzaba a hacerse realidad.
Mi existencia dio un salto mortal a partir de ese día. Empecé a cortarme el pelo dos veces al
mes y a poner
me saco y corbata todas las mañanas. Tomaba e
l metro en Saint Germain o el
Odeón para ir hasta la estación de Se
gur, la más cercana a la Unesco, y permanecía allí de nueve y
media a una y de dos y media a seis de la tarde, en un pequeño cubículo, traduciendo al español
documentos generalmente plúmbe
os sobre el traslado de los templos de Abu Sirnbel en el Nilo o
la preservación de los restos de escritu
ra cuneiforme descubiertos en unas cavernas del desierto
de Sahara, a la altura de Mali.
Curiosamente, al mismo tiempo que la mía, tam
bién cambió la v
ida de Paúl. Seguía siendo
mi mejor ami
go, pero empezamos a vernos de manera cada vez más espa
ciada, por mis
obligaciones recién contraídas de burócrata y porque él comenzó a recorrer el mundo,
representando al MIR en congresos o encuentros para la paz,
por la libera
ción del Tercer Mundo,
por la lucha contra el armamentis
mo nuclear, contra el colonialismo y el imperialismo y mil causas
progresistas más. Paúl se sentía a veces aturdido, vi
viendo un sueño, cuando me contaba
vez
que volvía a París me lla
maba y comíamos o tomábamos un café dos o tres veces por semana
mientras se quedaba en la ciudad
que acababa de regresar de Pekín, de El Cairo, de La Ha
bana,
de Pyongyang o de Hanoi, donde había tenido que hablar sobre las perspectivas de la revolución
n América Latina ante 1.500 delegados de 50 organizaciones revolu
cionarias de una treintena de
países en nombre de una re
volución peruana que ni siquiera había comenzado.
Si no hubiera conocido tan bien esa integridad que rezumaba por todos sus poros, mu
chas
veces habría creído que exageraba, para impresionarme. ¿Cómo iba a ser posible que este
sudamericano de París que hacía unos meses se ganaba la vida como pinche de cocina del México
Lindo fuera ahora un personaje de la jet
set revolucionaria, que hací
a vuelos trasatlánticos y se
codeaba con los líderes de China, Cuba, Vietnam, Egipto, Corea de! Norte, Libia, Indonesia? Pero,
era verdad. Paúl, por los imponderables y la extraña madeja de relaciones, intereses y confusiones
de que estaba hecha la revoluc
ión, se había convertido en un personaje internacional. Lo confirmé
en aquellos días de 1962 en que hubo un pequeño alboroto periodístico con motivo de un intento
de asesinato al líder revolucionario marro
quí Ben Barka, apodado el Dínamo, al que tres años
des
pués, en octubre de 1965, secuestrarían y desaparecería para siempre al salir de Chez Lipp, un
restaurante de Saint Germain
des
Prés. Paúl vino a buscarme al mediodía a la Unesco y fuimos a
la cafetería a comer un sandwich. Esta
ba pálido, ojeroso y c
on la voz alterada, un nerviosismo in
sólito en él. Ben Barka presidía un congreso internacional de fuerzas revolucionarias en cuya
directiva estaba también Paúl. Ambos habían estado viéndose mucho y viajando juntos en las
últimas semanas. El intento de as
esinato de Ben Barka sólo podía ser obra de la CÍA y el MIR se
sentía ahora en peligro, en París. ¿Podía yo, por unos días, mien
tras tomaban las providencias
debidas, guardar un par de maletas en mi buhardilla?
No te pediría una cosa así, si tuviera algu
na alternativa. Si me dices que no, ningún
problema, Ricardo.
Lo haría, si me decía qué contenían las maletas.
Una, papeles. Dinamita pura: planes, direccio
nes, preparativos de las acciones en el Perú.
La otra, dó
lares.
¿Cuántos?
Cincuenta mil.
Estuve
pensando, un momento.
¿Si entrego esas maletas a la CÍA me dejarán quedarme con los cincuenta mil?
Piensa que, cuando la revolución triunfe, te po
dríamos nombrar embajador ante la
Unesco
me siguió la cuerda Paúl.
Bromeamos un rato y al anochecer me l
levó las dos maletas, que metimos debajo de mi
cama. Pasé una semana con los pelos de punta, pensando que si a cualquier ladrón se le ocurría
robarse ese dinero, el MIR nunca se creería lo del robo y yo me convertiría en un blanco de la
revolución. Al sext
o día, Paúl vino con tres desconocidos a llevarse esos incómodos huéspedes.
Cada vez que nos veíamos yo le preguntaba por la camarada Arlette y él nunca trató de
engañarme dándo
me noticias falsas. Lo sentía mucho pero no había podido averiguar nada. Los
ubanos eran muy estrictos en cuestiones de seguridad y guardaban la más absoluta reserva
sobre su paradero. Lo único seguro era que todavía no ha
bía pasado por París, pues él tenía todo
el registro de los becados que retornaban al Perú.
Cuando pase, será
s el primero en saberlo. La muchacha te agarró fuerte, ¿no? Pero, por
qué, viejito, ni que fuera tan bonita.
No sé por qué, Paúl. Pero, la verdad, me agarró fuerte, sí.
Con el nuevo tipo de vida que Paúl llevaba, el me
dio peruano de París comenzó a habla
r
mal de él. Eran es
critores que no escribían, pintores que no pintaban, músi
cos que no tocaban ni
componían y revolucionarios de café que desahogaban su frustración, envidia y aburrimiento di
ciendo que Paúl se había «sensualizado>, vuelto un «buró
crat
a de la revolución». ¿Qué hacía en
París? ¿Por qué no estaba allá, con esos muchachos a los que mandaba a re
cibir entrenamiento
militar y metía luego a escondidas al Perú para que comenzaran las acciones guerrilleras en los
Andes? Yo lo defendía, en acalo
radas discusiones. Me cons
taba que, a pesar de su nuevo
estatuto, Paúl seguía vivien
do con absoluta modestia. Hasta hacía muy poco, su mujer había
trabajado limpiando casas para sostener la economía familiar. Ahora, el MIR, aprovechando su
pasaporte de e
spañola, la tenía de correo y la enviaba con frecuencia al Perú, acompañando a los
becados que volvían o llevando dinero e instrucciones, en unos viajes que a Paúl lo llenaban de zo
zobra. De otro lado, por sus confidencias, sabía que esta vida que le habí
an impuesto las
circunstancias y que su je
fe le exigía siguiera llevando, cada día lo irritaba más. Es
taba impaciente
por regresar al Perú, donde las acciones empezarían muy pronto. Él quería ayudar a prepararlas,
sobre el terreno. La dirección del MIR n
o se lo autorizaba y esto lo enfurecía. «Son las
consecuencias de saber idio
mas, maldita sea», protestaba, riendo en medio de su mal
humor.
Gracias a Paúl, en esos meses y años de París, cono
cí a los principales dirigentes del MIR,
empezando por su líder
y fundador, Luis de la Puente Uceda, y terminando por Guillermo
Lobatón. El líder del MIR era un abogado trujillano, nacido en 1926, disidente del Partido Aprista,
delgado y con anteojos, de tez y cabellos claros, que llevaba siempre alisados hacia atrás
como un
actor argentino. Las dos o tres veces que le vi iba vestido muy formal, con corbata y una casaca de
cuero marrón. Hablaba con suavidad, como un abogado en funciones, dando precisiones
legalísticas y usando un vocabulario elaborado, de alegato juríd
ico. Siempre lo vi rodeado de dos o
tres tipos fortachones, que debían ser sus guardaespaldas, unos hombres que lo contemplaban
con veneración y que jamás opinaban. Había en todo lo que decía algo tan cerebral, tan abstracto,
que me costaba trabajo imaginá
rmelo de guerrillero, con una metralleta al hombro, trepando y
bajando los riscos de los An
des. Y, sin embargo, había estado varias veces preso, exiliado en
México, y viviendo en la clandestinidad. Daba la impre
sión, más bien, de haber nacido para brilla
en el foro, en el parlamento, en las tribunas y en las negociaciones políticas, es decir, en todo
aquello que él y sus camaradas desprecia
ban como las triquiñuelas de la democracia burguesa.
Guillermo Lobatón era otra cosa. De la muchedumbre de revoluci
onarios que gracias a Paúl
me tocó co
nocer en París, ninguno me pareció tan inteligente, culto y resuelto como él. Era aún
muy joven, apenas vencida la treintena, pero tenía ya un rico pasado de hombre de ac
ción. Había
sido el líder de la gran huelga de
la Universi
dad de San Marcos de 1952 contra la dictadura de
Odría (desde entonces era amigo de Paúl), a raíz de la cual fue apresado, enviado al Frontón y
torturado. De esta manera se truncaron sus estudios de filosofía, en los que, se decía en San
Marcos
, competía con Li Carrillo, futuro discípu
lo de Heidegger, en ser el más brillante estudiante
de la Facultad de Letras. En 1954 fue expulsado del país por el gobierno militar y, luego de mil
pellejerías, llegó a París, donde, a la vez que se ganaba la vid
a con las manos, reto
mó sus estudios
de filosofía en la Sorbona. El Partido Co
munista le consiguió luego una beca en Alemania Orien
tal,
en Leipzig, donde continuó sus estudios de filosofía y estuvo en una escuela de cuadros del
Partido. Allí lo sor
pren
dió la Revolución Cubana. Lo sucedido en Cuba lo lle
vó a reflexionar de
manera muy crítica sobre la estrategia de los partidos comunistas latinoamericanos y el espíritu
dogmático del estalinismo. Antes de conocerlo en persona yo había leído un trabajo suy
o, que
circuló en París im
preso a mimeógrafo, en que acusaba a aquellos partidos de haberse cortado de
las masas por su sumisión a los dic
tados de Moscú, olvidando que, como había escrito el Che
Guevara, «el primer deber de un revolucionario era nacer la
revolución». En ese trabajo, en el que
exaltaba el ejem
plo de Fidel Castro y sus compañeros como modelos re
volucionarios, había una
cita de Trotski. Por esta cita fue sometido a un tribunal de disciplina en Leipzig y expulsado de
manera infamante de Ale
maniaOriental y del Partido Comunista peruano. Así llegó a París, donde
se había casado con una muchacha francesa. Jacqueline, también militante revolucionaria. En
París encontró a Paúl, su viejo amigo de San Marcos, y se afilió al MIR. Había recibido form
ación
guerrillera en Cuba y contaba las horas para re
gresar al Perú y pasar a la acción. Durante los días
de la invasión a Cuba en Bahía de Cochinos, lo vi multiplicar
se, asistiendo a todas las
manifestaciones de solidaridad con Cuba y hablando en un par
de ellas, en un buen francés, con
una arrolladora retórica.
Era un muchacho delgado y alto, de piel ébano claro, con una sonrisa que mostraba su
magnífica denta
dura. A la vez que podía discutir horas, con gran solvencia intelectual, sobre temas
políticos
, era capaz de enfrascar
se en apasionantes diálogos sobre literatura, arte o de
portes, en
especial el fútbol y las proezas de su cuadro, el Alianza Lima. Había en su manera de ser algo que
conta
giaba su entusiasmo, su idealismo, el desprendimiento y sen
tido acerado de la justicia que
guiaban su vida, algo que no creo haber advertido
sobre todo, de manera tan genuina
en
ninguno de los revolucionarios que pasaban por París en los sesenta. Que hubiera aceptado ser
apenas un militante de! MIR, donde no hab
ía nadie que tuviera su talento y su carisma, decía muy
a las claras la pureza de su vocación revolucionaria. Las tres o cuatro veces que con
versé con él
quedé convencido, pese a mi escepticismo, de que, si alguien con la lucidez y la energía de
Lobatón e
staba al frente de los revolucionarios, el Perú podía ser la segun
da Cuba de América
Latina.
Fue por lo menos seis meses después de su partida cuando volví a tener noticias de la
camarada Arlette, a través de Paúl. Como mi contrato de «temporero» me dejab
a muchos
períodos libres, me había puesto a estudiar ruso, pensando que si llegaba a traducir también de
esta lengua
una de las cuatro oficiales de la ONU y sus filiales en esa época
mi trabajo de
traductor sería más seguro, y a se
guir un curso de inter
pretación simultánea. Los intérpretes
tenían un trabajo más intenso y difícil que el de los traduc
tores, pero, por eso mismo, eran más
buscados. Uno de esos días, al salir de mi clase de ruso en la Escuela Berlitz, en el boulevard des
Capucines, encontré
al gordo Paúl esperándome en la puerta del edificio de la Escuela.
Noticias de la muchacha, por fin
me dijo, a modo de saludo, con la cara larga
. Lo
siento, pero no son buenas, mi viejo.
Lo invité a uno de los bistrots de los alrededores de l'Opéra, a t
omarnos un trago, para
digerir mejor la mala noticia. Nos sentamos en la terraza, al aire libre. Era un anochecer
primaveral, cálido, con estrellas tempraneras, y todo París parecía haberse volcado a la calle para
gozar del buen tiempo. Pedimos dos cerveza
Supongo que después de tanto tiempo ya no si
gues enamorado de ella
me preparó
Paúl.
Supongo que no
le respondí
. Cuéntamelo de una vez y no jodas, Paúl.
Acababa de pasar unos días en La Habana y la camarada Arlette estaba en la boca de todos
los mu
chachos peruanos del MIR porque, según rumores efervescentes, protagonizaba unos
amores afiebrados con el comandan
te Chacón, el segundo de Osmani Cienfuegos, el herma
no
menor de Camilo, el gran héroe desaparecido de la Revolución. El comandante Osmani
enfuegos era el jefe de la organización que prestaba la ayuda a todos los movimientos
revolucionarios y partidos hermanos y el que coordinaba las acciones rebeldes en todos los
rincones del mundo. El comandante Chacón, sobreviviente de la Sierra Maestra, e
ra su brazo
derecho.
¿Te das cuenta del notición con que me recibie
ron?
se rascaba la cabeza Paúl
lisa flaquita
sin pena ni gloria ¡en amores con uno de los comandantes históri
cos! ¡Nada menos que el
comandante Chacón!
¿No será un simple chisme, Paú
l? Movió la cabeza, compungido, y me palmeó el brazo,
dándome ánimos.
Estuve con ellos yo mismo, en una reunión en la Casa de las Américas. Viven juntos. La
camarada Arlette, aunque no te lo creas, se ha convertido en una persona influyente, de cama y
mes
a con los comandantes.
Para el MIR es cojonudo
dije yo.
Pero, para ti, una mierda
me dio otra palma
da Paúl
. Maldita sea el tener que darte
esta noticia, mi viejo. Pero, era mejor que lo supieras, ¿no? Bueno, el mun
do no se va a acabar.
Además, París
está lleno de hembras del carajo. Mira, nomás.
Después de intentar algunas bromas, sin el menor éxito, le pregunté a Paúl por la camarada
Arlette.
Como compañera de un comandante de la re
volución no le falta nada, supongo
se
escabulló
. ¿Es eso lo que
quieres saber? ¿O si está más rica o más fea que cuando pasó por
aquí? Igual, creo. Un poco más quemadita por el sol del Caribe. Tú ya sabes, a mí ella nunca me
pareció cosa del otro mundo. En fin, no pongas esa cara que no es para tanto, mi viejo.
Muchas
veces, en los días, semanas y meses que siguieron a aquel encuentro con Paúl,
traté de imaginarme a la chilenita convertida en la pareja del comandante Cha
cón, vestida de
guerrillera y con una pistola en la cintura, boina azul y botas, alternando con Fide
l y Raúl Castro en
los grandes desfiles y manifestaciones de la revolución, haciendo trabajo voluntario los fines de
semana y sudan
do la gota gorda en los cañaverales mientras sus pequeñas manos de dedos
delicados hacían esfuerzos para sostener el machete
, y, acaso, con esa facilidad para la
metamorfosis, fonética que yo le conocía, hablando ya con la musiquita demorada y sensual de
los caribeños. La verdad, no conseguía adivinarla en su nuevo papel: su figurita se me escu
rría
como si fuera líquida. ¿Se h
abría enamorado del tal co
mandante? ¿O había sido este un
instrumento para librarse del entrenamiento guerrillero y, sobre todo, del compro
miso con el MIR
para ir luego a hacer la guerra revolucionaria en el Perú? No me hacía nada bien pensar en la
camar
ada Arlette, cada vez sentía como si se me abriera una úlcera en la boca del estómago. Para
evitarlo, algo que conseguí sólo a medias, me entregué a mis clases de ruso y de interpretación
simultánea con verdadero ahínco, todos los períodos en que el señor
Chames, con quien hice
excelen
tes migas, no me ofrecía un contrato. Y a la tía Alberta, a quien en una carta había
cometido la debilidad de confe
sarle que estaba enamorado de una chica llamada Arlette y que
siempre me pedía una foto de ella, le conté que
bíamos roto, que se olvidara del asunto para
siempre.
Habrían pasado unos seis u ocho meses de aquella tarde en que Paúl me dio las malas
noticias de la camarada Arlette, cuando, una mañana muy temprano, el gordo, a quien no veía
hacía tiempo, vino a b
uscarme al hotel para que desayunáramos juntos. Fuimos a Le Tournon, un
bistrot en la calle de ese nombre, en la esquina de Vaugirard.
Aunque no te lo debería decir, he venido a des
pedirme
me anunció
. Dejo París. Sí, mi
viejo, parto al Perú. Nadie lo s
abe aquí, así que no sabes nada tú tampoco. Mi mujer y Jean
Paul
ya están allá.
La noticia me dejó mudo. Y, de pronto, me entró un miedo espantoso, que traté de ocultar.
No te preocupes
me tranquilizó Paúl, con esa sonrisa que le inflaba los cachetes y d
aba
a su cara un aspecto
de payaso
. No me pasará nada, ya verás. Y, cuando la revolución triunfe, te mandaremos
de embajador a la Unesco. ¡Prometido!
Durante un rato estuvimos sorbiendo nuestras ta
zas de café, en silencio. Mi croissant se
había quedado i
tacto sobre la mesa y Paúl, empeñado en bromear, me dijo que, como por lo
visto algo me estaba quitando el apetito, él se sacrificaría dando cuenta de esa crujiente
medialuna.
A donde voy los croissants deben ser malísimos
añadió.
Entonces, sin poder c
ontenerme más, le dije que iba a hacer una imperdonable estupidez.
No iba a ayudar a la revolución, ni al MIR, ni a sus camaradas. El lo sabía tan bien como yo. Su
gordura, que lo dejaba acezando ape
nas caminaba una cuadra en Saint Germain, sería en los
ndes un estorbo tremendo para la guerrilla, y, por eso mis
mo, él sería uno de los primeros a
quienes los soldados ma
tarían apenas se iniciara el alzamiento.
¿Te vas a hacer matar por los chismes estúpidos de cuatro resentidos de París que te
acusan de o
portunista? Recapacita, gordo, no puedes hacer una cojudez así.
Lo que digan los peruanitos de París me impor
ta un carajo, compadre. No se trata de
ellos, se trata de mí. Es una cuestión de principio. Mi obligación es estar allá.
Y pasó otra vez a bromea
r y a asegurarme que, a pesar de sus 120 kiios, en el
entrenamiento militar había pasado todas las pruebas y, además, mostrado una excelen
te
puntería. Su decisión de volver al Perú le había traído discusiones con Luis de la Puente y la
dirección del MIR.
Todos querían que siguiera en Europa, como representan
te del movimiento
ante las organizaciones y gobiernos hermanos, pero él, con su terquedad a prueba de balas,
terminó por imponerse. Viendo que no había nada que hacer y que mi mejor amigo de París habí
decidido poco menos que suicidarse, le pregunté si su partida significaba que la insurrección
estallaría pronto.
Cuestión de un par de meses, acaso menos.
Tenían tres campamentos montados en la sierra, uno en el departamento del Cuzco, otro
en Piura y o
tro en la región del centro, en la vertiente oriental de la Cordillera, por la ceja de selva
de Junín. Contrariamente a mis profecías, me aseguró que la gran mayoría de los becados se ha
bían internado en los Andes. Las deserciones habían sido menos del di
ez por ciento. Con un
entusiasmo que a ratos se volvía euforia, me dijo que la operación retorno de los becados había
sido un éxito. Estaba feliz, porque la había dirigi
do él mismo. Habían vuelto de uno en uno o de
dos en dos, en complicadas trayectorias
que a algunos muchachos, para borrar las pistas, les
hicieron dar la vuelta al mundo. Nadie había sido descubierto. En el Perú, De la Puente, Lobatón y
los demás habían tendido redes urbanas de apoyo, forma
do equipos médicos, instalado en los
campamentos
estacio
nes de radio, así como escondites dispersos para el parque y los explosivos.
Los contactos con los sindicatos campesinos, sobre todo en el Cuzco, eran excelentes y esperaban
que, una vez iniciada la rebelión, muchos comuneros se incorporaran a la l
ucha. Hablaba con
alegría, convencido de lo que decía, con seguridad, exaltado. Yo no podía disimular mi tristeza.
Ya sé que no me crees nada, don incrédulo
murmuró, al fin.
Te juro que nada me gustaría más que creerte, Paúl. Y tener el entusiasmo que t
Él asintió, observándome con su afectuosa sonrisa de luna llena.
¿Y tú?
me preguntó, cogiéndome el brazo
. ¿Tú qué, mi viejo?
Yo, nada
le respondí
. Yo, aquí, de traduc
tor en !a Unesco, en París.
Vaciló un momento, temeroso de que lo que iba a deci
r pudiera lastimarme. Era una
pregunta que, sin du
da, había estado comiéndole la lengua hacía tiempo.
¿Eso es lo que quieres ser en la vida? ¿Nada más que eso? Todos los que vienen a París
aspiran a ser pinto
res, escritores, músicos, actores, directores
de teatro, a ha
cer un doctorado o la
revolución. ¿Tú sólo quieres eso, vi
vir en París? Nunca me lo he tragado, viejito, te confieso.
Ya sé que no. Pero, es la pura verdad, Paúl. De chiquito, decía que quería ser diplomático,
pero era sólo para que me m
andaran a París. Eso es lo que quiero: vivir aquí. ¿Te parece poco?
Le señalé los árboles del Luxemburgo: cargados de verdura, desbordaban las rejas del jardín
y lucían airosos bajo el cielo encapotado. ¿No era lo mejor que podía pa
sarle a una persona?
ivir, como en el verso de Vallejo, entre «los frondosos castaños de París»?
Reconoce que escribes poesías a escondidas
insistió Paúl
. Que es tu vicio secreto.
Muchas veces he
mos hablado de eso, con otros peruanos. Todos creen que escribes y que no te
treves a confesarlo por tu espíritu autocrítico. O por timidez. Todos los sudamericanos vienen a
París a hacer grandes cosas ¿Quieres hacerme creer que tú eres la excepción a la regla?
Te juro que lo soy, Paúl. No tengo más ambi
ciones que seguir aquí, co
mo ahora.
Lo acompañé a tomar el metro en el Carrefour del Odeón. Cuando nos abrazamos, no pude
evitar que se me mojaran los ojos.
Cuídate, gordo. No hagas cojudeces alla arriba, por favor.
Sí, sí, claro que sí, Ricardo
me volvió a abrazar. Y vi que él
también tenía los ojos
húmedos.
Me quedé allí, en la boca de la estación, viéndolo bajar las escaleras con lentitud, estorbado
por su redondo corpachón. Tuve la seguridad absoluta de que era la últi
ma vez que lo veía.
La partida del gordo Paúl me dejó al
go vacío, por
que él fue el mejor compañero de aquellos
tiempos incier
tos de mi instalación en París. Felizmente, los contratos de «temporero» en la
Unesco y mis clases de ruso y de interpretación simultánea me tenían muy ocupado y en las
noches llegaba a
mi buhardilla del Hotel du Sénat casi sin fuerzas para pensar en la camarada
Arlette o el gordo Paúl. A partir de esa época, creo, sin habérmelo propuesto, fui insensiblemente
apartándome de los peruanos de París, a los que antes veía con cierta frecuenci
a. No buscaba la
ledad, pero ésta no era problema para mí desde que quedé huérfano y mi tía Alberta me tomó
a su cargo. Gracias a la Unesco ya no tenía angustias de supervivencia; el sueldo de traductor y los
giros esporádicos de mi tía me alcanza
ban p
ara vivir y pagarme mis placeres parisinos: el cine, las
exposiciones, el teatro y los libros. Era un cliente asi
duo de la librería La Joie de Lire, de la rué Saint
Séverin, y de los bouquinistes de los muelles del Sena. Iba al TNP, a la Comedie Francaise
, al
Odeón y, de vez en cuando, a los conciertos en la Sala Pleyel.
Y por esa época tuve también el amago de un romance con Carmencita, la muchacha
española que, vesti
da de negro de pies a cabeza como Juliette Greco, cantaba, acompañándose
de una guitarra
, en L'Escale, el barcito de la rue Monsieur le Prince frecuentado por españoles y
sudamericanos. Era española pero no había pisado nunca su país, porque sus padres,
republicanos, no podían o no querían volver allá mientras viviera Franco. Esa ambigua situ
ación la
atormentaba y aparecía con frecuencia en su conversación. Carmencita era alta, delgada, con una
melenita a lo garcón y unos ojos melancólicos. No tenía una gran voz, pero sí muy melodiosa, y
sobre todo decía ma
ravillosamente, susurrándolas y con
unas pausas y énfasis de mucho efecto,
canciones adaptadas de letrillas, poemas, refranes y decires del Siglo de Oro. Había vivido un par
de años con un actor y la ruptura con él la dejó tan afecta
da que
me lo dijo con esa brusquedad
que tanto me chocaba
al principio en mis colegas españoles de la Unesco
«no quería liarse con
ningún tío por el momento» Pero aceptaba que la invitara al cine, a cenar y, una no
che, fuimos al
Olympia a oír a Leo Ferré, al que los dos preferíamos a los otros cantantes de mod
a del momento;
Charles Aznavour y Georges Brassens. Al despedirnos¡ lue
go del concierto, en el metro de l'Opéra,
me dijo, rozán
dome los labios: «Estás empezando a gustarme, peruanito». Absurdamente, cada
vez que salía con Carmencita me invadía un malesta
r, el sentimiento de estar siendo des
leal con la
amante del comandante Chacón, un personaje al que me imaginaba de grandes bigotes y
contoneando en las caderas un par de pistolones. Mi relación con la española no pasó de ahí
porque una noche la descubrí e
n un rincón de L'Escale muy acarameladita en brazos de un señor
enchalinado y patilludo.
Unos meses después de la partida de Paúl el señor Chames, cuando no había trabajo para
mí en la Unesco, comenzó a recomendarme para que me contrataran tam
bién de trad
uctor en
conferencias y congresos interna
cionales en París o en otras ciudades europeas. Mi primer
contrato fue en la Junta de Energía Atómica, en Viena, y, el segundo, en Atenas, un congreso
internacional del al
godón. Esos viajes de pocos días, bien pa
gados, me per
mitían conocer lugares
donde de otro modo nunca hu
biera ido. Aunque los nuevos trabajos recortaron algo mi tiempo,
no abandoné mi estudios de ruso ni las prácticas de interpretación, pero seguí con ellos de
manera interrum
pida.
Fue a la vue
lta de uno de esos viajecitos de trabajo, esta vez a Glasgow, una conferencia
sobre tarifas aduaneras en Europa, que me encontré en el Hotel du Sénat una carta de un primo
hermano de mi padre, el Dr. Ataúlfo Lamiel, abogado de Lima. Este tío segundo, al qu
e apenas
había tratado, me informaba que mi tía Alberta había muerto, de una pulmonía, y me había hecho
su heredero universal. Era indispensable que fuera a Lima para acelerar los trámites de la
sucesión. El tío Ataúlfo me ofrecía adelantarme el pasaje en
avión, a cuenta de aquella herencia,
que, me anunciaba, no haría de mí un millonario pero sería una buena ayuda en mi estancia
parisina. Fui a la oficina de correos de Vaugirard a enviarle un telegrama, diciéndole que yo me
paga
ría el pasaje y que viajarí
a a Lima lo antes posible.
La muerte de la tía Alberta me dejó hecho una no
che muchos días. Era una mujer sana y no
había cumplido setenta años. Aunque conservadora y prejuiciosa a más no poder, esta tía
solterona, hermana mayor de mi padre, ha
bía sido s
iempre muy cariñosa conmigo y, sin su
generosi
dad y cuidados, no sé qué hubiera sido de mí. A la muerte de mis padres, en un estúpido
accidente automovilístico, atropellados por un camión que se dio a la fuga, cuando viajaban a
Trujillo, a la boda de la h
ija de unos íntimos amigos
yo tenía diez años
, ella los reemplazó.
Hasta que terminé la carrera de abogado y me vine a París, viví en su casa y, aunque sus
anacrónicas manías a menudo me exasperaban, la quería mucho. Ella, desde que me adoptó, se
dedicó
a mí en cuerpo y alma. Sin la tía Alberta, me iba a quedar solo como un hongo y mis
vínculos con el Perú tarde o temprano se eclipsarían.
Esa misma tarde fui a las oficinas de Air France a comprar un pasaje de ida y vuelta a Lima, y
luego pasé por la Unesc
o a explicarle al señor Chames que debía to
mar unas vacaciones forzosas.
Cruzaba el hall de la entra
da cuando me di con una elegante señora de tacones de aguja, envuelta
en una capa negra con filos de piel, que me quedó mirando como si nos conociéramos.
Vaya, vaya, qué chiquito es el mundo
me di
jo, acercándose y tendiéndome la mejilla
¿Qué haces tú por acá, niño bueno?
Trabajo aquí, de traductor
alcancé a balbu
cear, totalmente desconcertado por la
sorpresa, y muy cons
ciente del perfume a esencia
de lavanda que me entró por las narices al
besarla. Era ella, pero había que hacer un gran esfuerzo para reconocer en esa cara tan bien
maquillada, en esos labios rojos, en esas cejas depiladas, en esas pesta
ñas sedosas y curvas que
sombreaban unos ojos p
icaros que el lápiz negro había alargado y profundizado y en esas manos
de largas uñas que parecían recién salidas de la manicurista, a la camarada Arlette.
Cómo has cambiado desde la última vez
le di
je, mirándola de arriba abajo
. ¿Hace
como tres años,
no?
¿Cambiado para mejor o para peor?
me preguntó, totalmente dueña de sí misma,
haciendo sobre el sitio, con las manos en la cintura, una media vuelta de modelo.
Para mejor
reconocí, sin reponerme todavía de la impresión
La verdad, estás
lindísima.
Supongo que ya no te puedo llamar Lily ni chilenita, ni camarada Arlette la guerrillera.
¿Cómo diablos te llamas ahora?
Ella se rió, mostrándome la sortija de oro de su ma
no derecha:
Ahora llevo el nombre de mi marido, como se usa en Francia: madame Robe
rt Arnoux.
Me atreví a preguntarle si podíamos tomar un ca
fé, para recordar los viejos tiempos.
Ahora no, mi marido me está esperando
se excusó, con burla
. Es diplomático y
trabaja aquí, en la delegación francesa. Mañana a las once, en Les Deux Magots.
¿Conoces, no?
Esa noche estuve largamente desvelado, pensan
do en ella y en la tía Alberta. Cuando al fin
pesqué el sueño tuve una disparatada pesadilla en que ambas aparecían agrediéndose con
ferocidad, indiferentes a mis súplicas pa
ra que resolvieran s
u diferendo como personas civilizadas.
La pelea se debía a que mi tía Alberta acusaba a la chilenita de haberle robado su nuevo nombre a
un personaje de Flaubert. Me desperté agitado, sudando, todavía oscu
ro, entre maullidos de gato.
Cuando llegué a Les D
eux Magots, madame Ro
ben Arnoux estaba ya allí, en una mesa de la
terraza prote
gida por una vidriera, fumando con boquilla de marfil, y tomándose un café. Parecía
un maniquí de Vogue vestida toda de amarillo, con unos zapatitos blancos y una sombri
lla
loreada. El cambio era extraordinario, en verdad.
¿Todavía sigues enamorado de mí?
me dijo de entrada, rompiendo el hielo.
Lo peor es que creo que sí
admití, sintiendo calor en las mejillas
. Y, si no lo estuviera,
volvería a estarlo desde hoy mismo. T
e has convertido en una mujer bellísima, además de
elegantísima. Te veo y no creo lo que veo, niña mala.
Ya ves lo que te perdiste por cobarde
replicó, sus ojitos color miel constelados de
chispas burlonas
mientras me echaba una bocanada de humo a la ca
ra con toda intención
. Si
aquella vez que te propuse quedarme con
tigo me hubieras dicho sí, ahora sería tu mujer. Pero no
querías quedar mal con tu amigo, el camarada Jean, y me despachaste a Cuba. Perdiste la ocasión
de tu vida, Ricardito.
¿No tiene c
ompostura? ¿No puedo hacer exa
men de conciencia, dolor de corazón y
propósito de en
mienda?
Ahora ya es tarde, niño bueno. ¿Qué partido puede ser para la esposa de un diplomático
francés un pichiruchi traductor de la Unesco?
Hablaba sin dejar de sonreír,
moviendo su boca con una coquetería más refinada que la
que yo le recorda
ba. Contemplando sus labios tan marcados y sensuales, arrullado por la música
de su voz, tuve unos deseos enor
mes de besarla. Sentí que se me apuraba el corazón.
Bueno, si ya no p
uedes ser mi mujer, queda siempre la posibilidad de que seamos
amantes.
Soy una esposa fiel, la perfecta casada
me aseguró, simulando ponerse seria. Y, sin
transición
: ¿Qué fue del camarada Jean?. ¿Regresó al Perú a hacer la revolución?
Hace varios mes
es. No he sabido nada de él ni de los otros. Ni he leído ni oído que haya
guerrillas por allá. A lo mejor todos esos castillos en el aire revoluciona
rios se hicieron humo. Y
todos los guerrilleros se volvie
ron a sus casas y se olvidaron del asunto.
Conve
rsamos cerca de dos, horas. Naturalmente, me aseguró que aquella historia de amor
con el comandan
te Chacón eran puras habladurías de los peruanos de La Habana; en realidad, con
el tal comandante sólo habían tenido una buena amistad. No me quiso contar nad
a sobre su
entrenamiento militar y, como siempre, evadió todo comentario político y darme detalles sobre
su vida en la isla. Su único amor cubano había sido el encargado de negocios de la embajada
francesa, ahora promovido a ministro consejero, Roben Arno
ux, su esposo. Muerta de risa y de
cóle
ra retrospectiva, me relató los obstáculos burocráticos que debieron vencer para casarse,
porque era casi impensable en Cuba que una becada abandonara el entrenamiento. Pero, en esto
sí, el comandante Chacón había si
do «amo
roso» y la había ayudado a derrotar a la maldita
burocracia.
Apuesto lo que quieras a que te acostaste con ese maldito comandante.
¿Te da celos?
Le dije que sí, muchos. Y que estaba tan linda que vendería mi alma al diablo, cualquier
cosa, con ta
l de hacer
le el amor o, siquiera, besarla. Le cogí la mano y se la besé.
Estate quieto
me dijo, mirando en torno, con falsa alarma
. ¿Te olvidas que soy una
señora casada? ¿Y si alguno de éstos conociera a Robert y le fuera con el chisme?
Le dije que sa
bía perfectamente que su matrimo
nio con el diplomático era un mero trámite
al que había tenido que resignarse para poder salir de Cuba e instalar
se en París. Lo que me
parecía muy bien, porque yo tam
bién creía que por París uno podía hacer todos los sac
rifi
cios.
Pero que, cuando estuviéramos solos, no me hiciera el número de la esposa fiel y enamorada,
porque los dos sabíamos muy bien que eso era puro cuento. Sin enojarse lo más mínimo, cambió
de tema y me contó que aquí tam
bién la burocracia era maldi
ta y que no podría obtener la
nacionalidad francesa antes de dos años, pese a estar casa
da en toda regla con un ciudada no
francés. Y que acaba
ban de alquilar un pisito en Passy. Estaba ahora arreglán
dolo y, una vez que
estuviera presentable, me invitar
ía, para presentarme a mi rival, quien, además de simpático, era
un hombre cultísimo.
Me voy mañana a Lima
le conté
. ¿Cómo haré para verte a mi vuelta?
Me dio su teléfono, la dirección de su casa, y me preguntó si seguía viviendo en ese
cuartito, en el
que se pasaba tanto frío, en la buhardilla del Hotel du Sénat.
Me cuesta trabajo dejarlo porque la mejor experiencia de mi vida la tuve allí. Por eso,
para mí, ese cuchi
tril es un palacio.
¿Esa experiencia es la que me figuro?
me preguntó, adelantando
la carita en la que a la
curiosidad y a la coquetería se mezclaba siempre la malicia.
Esa misma.
Por eso que has dicho, te debo un beso. Hazme recuerdo, la próxima vez que nos
veamos.
Pero, un momento después, al despedirnos, olvidando las precauciones m
aritales, en vez
de la mejilla me ofreció sus labios. Los tenía gruesos y sensuales y los segundos que los tuve
apoyados en los míos los sentí moverse despacito, en una caricia suplementaria, llenos de incita
ciones. Cuando ya había cruzado Saint Germain r
umbo a mi hotel, me volví a verla y seguía allí, en
la esquina de Les Deux Magots, una figurita clara y dorada, de zapatos blan
cos, observándome
alejarme. Le hice adiós y ella agitó la mano en que llevaba la sombrilla floreada. Me bastó verla
para descubr
ir que, en estos años, no la había olvidado un solo momento, que estaba tan
enamorado de ella como el primer día.
Cuando llegué a Lima, en marzo de 1965, poco antes de cumplir treinta años, las fotos de
Luis de la Puen
te, Guillermo Lobatón, el gordo Paúl
y otros dirigentes del MIR estaban en todos
los periódicos y en la televisión
ahora ya había televisión en el Perú
, y todo el mun
do hablaba
de ellos. La rebelión del MIR tenía un sem
blante romántico a más no poder. Las fotos las habían
viado los mis
mos miristas a los medios anunciando que el Movimiento de Izquierda
Revolucionaria, en vista de las condiciones inicuas de explotación de que eran víctimas los
campesinos y los obreros, y el sometimiento del go
bierno de Belaunde Terry al imperialismo,
hab
ía decidido pasar a la acción. Los dirigentes del MIR mostraban sus caras y aparecían con los
cabellos largos y la barba crecida, con fusiles en las manos y unos uniformes de campaña de
chompas negras de cuello subido, pantalón caqui y botas. Noté a Paúl t
an gordo como siempre.
En la foto que Co
rreo publicaba en primera página, él, rodeado de otros cuatro, era el único que
sonreía.
Estos loquitos no durarán ni un mes
pronos
ticó el Dr. Ataúlfo Lamiel, en su estudio del
centro de Li
ma, en la calle Boza,
la mañana que fui a verlo
. ¡Conver
tir al Perú en una segunda
Cuba! A tu pobre tía Alberta le hubiera dado un patatús al ver las caras de forajidos de nues
tros
flamantes guerrilleros.
Mi tío no tomaba muy en serio el anuncio de las acciones armadas y est
e sentimiento
parecía muy extendi
do. La gente pensaba que era una iniciativa descabellada, que terminaría en
un dos por tres. Las semanas que pasé en el Perú estuve abatido por una sensación opresiva y
sintiéndome un huérfano en mi propio país. Viví en el
departamento de mi tía Alberta, en la calle
Colón, de Miraflores, impregnado de ella todavía, donde todo me la recordaba, así como a mis
años universitarios y mi adolescencia sin padres. Me emocionó encontrar en su velador,
ordenadas cronológicamente, tod
as las cartas que le escribí desde Pa
rís. Vi a algunos de mis viejos
amigos miraflorinos del Ba
rrio Alegre y con media docena de ellos fuimos un sábado a comer al
chifa Kuo Wha, junto a la Vía Expresa, a reme
morar los viejos tiempos. Salvo los recuerdos
no
teníamos ya mucho en común, pues sus vidas de jóvenes profesiona
les y hombres de negocios
dos de ellos trabajaban en las empresas de sus padres
no tenían nada que ver con lo que yo
hacía allá, en Francia. Tres se habían casado, uno había comenzado y
a a reproducirse, y los otros
tres tenían unas enamoradas que pronto se convertirían en sus novias. En las bromas que
intercambiábamos
una manera de llenar los vacíos de la conversación
todos fingían
envidiarme por vivir en la ciudad de los placeres, ti
rándome a esas francesas que tenían fama de
ser unas fieras en la ca
ma. La sorpresa que se llevarían si les confesaba que, en mis años en París,
la única muchacha con la que me había acostado había sido una peruana, y nada menos que Lily,
la falsa chileni
ta de nuestra infancia. ¿Qué pensaban de las guerrillas que se anunciaban en los
periódicos? Como el tío Ataúlfo, no les daban importancia. Esos castristas envia
dos por Cuba no
durarían mucho. ¿Quién se podía creer que en el Perú iba a triunfar una revolu
ción comunista? Si
el gobierno de Belaunde no era capaz de pararlos, vendrían otra vez los militares a poner orden,
algo que tampoco les hacía mucha gracia. Eso era también lo que temía el Dr. Ataúlfo Lamiel:
Estos idiotas lo único que van a conseguir jug
an
do a las guerrillas es servir en bandeja a
los militares el pre
texto para un golpe de Estado. Y enchufarnos otros ocho o diez años de
dictadura militar. A quién se le ocurre hacerle una revolución a un gobierno civil y democrático al
que, por lo demás,
toda la oligarquía peruana, empezando por La Prensa y El Comercio, acusan de
comunista por querer ha
cer una reforma agraria. El Perú es la confusión, sobrino, has hecho bien
en irte a vivir al país de la claridad cartesiana. El tío Ataúlfo era un cuarent
ón alargado y bigotu
do
que vestía siempre con chaleco, corbatita michi, casado con la tía Dolores, una señora bondadosa
y pálida, que lle
vaba inválida cerca de diez años y a la que él cuidaba con devoción. Vivían en una
casita simpática, con libros y dis
cos, en el Olivar de San Isidro, adonde me invitaron a al
morzar y a
comer. La tía Dolores sobrellevaba su enferme
dad sin amargura y se distraía tocando el piano y
viendo sus telenovelas. Cuando recordamos a la tía Alberta, se echó a llorar. No tenían hi
jos y él,
además de su estudio de abogado, daba clases de Derecho Mercantil en la Universidad Católica.
Tenía una buena biblioteca y se interesaba mu
cho por la política local, sin ocultar sus simpatías
por el reformismo democrático que a sus ojos encarnab
a Belaunde Terry. Se portó muy bien
conmigo, acelerando todo lo que pudo los trámites de la sucesión y negándose a cobrar
me un
centavo por sus servicios: «No faltaba más, yo que
ría mucho a Alberta y a tus padres, sobrino».
Fueron unos días pesados, con s
órdidas comparecencias ante notarios y jueces, llevando y
trayendo documentos al laberíntico Pa
lacio de Justicia, que, en las noches, me dejaban desvelado
y cada vez más impaciente por regresar a París. En los hue
cos libres, releía La educación
sentiment
al, de Flaubert, por
que, ahora, la madame Arnoux de la novela tenía para mí no sólo el
nombre, también la cara de la niña mala. Una vez deducidos los impuestos a la sucesión y hechos
los pagos pendientes que dejó la tía Alberta, el tío Ataúlfo me anun
ció
que, vendido el
departamento y rematados los mue
bles, yo podría disponer de unos sesenta mil dólares, acaso
algo más. Una linda suma, que no pensé llegar a tener nun
ca. Gracias a la tía Alberta podría
comprarme un pisito en París.
Apenas regresé a Franc
ia, luego de subir a mi buhardilla del Hotel du Sénat y aun antes de
desempacar, lo primero que hice fue llamar por teléfono a madame Robert Arnoux.
Me dio cita al día siguiente y me dijo que, si que
ría, podíamos almorzar juntos. La recogí a la
salida de
la Alliance Francaise, en el boulevard Raspail, donde estaba siguiendo un curso acelerado
de francés, y fuimos a almorzar un curry d'agneau a La Coupole, en el boulevard Montparnasse.
Estaba vestida con sencillez, pantalones y sandalias y una casaca ligera
. Llevaba unos pendientes
de colores que hacían juego con su collar y su pulsera y un bolso colgado al hombro, y cada vez
que movía la cabeza sus cabellos ondeaban con alegría. La besé en las mejillas y en las manos y
ella me saludó con un «Creí que vendrí
as más quemadito del verano limeño, Ricardito». Se había
vuelto una mujercita muy elegante, en verdad: combinaba los colores con gusto y se maquillaba
con mucha gracia. Yo la observaba, todavía estupefacto con su mudanza. «No quiero que me
cuentes nada del
Perú», me advirtió, de modo tan categórico que no le pregunté por qué. Más
bien, le conté lo de mi herencia. ¿Me ayudaría a buscar un pisito donde mudarme?
Aplaudió, entusiasmada:
Me encanta la idea, niño bueno. Y te ayudaré a amueblarlo y decorarlo. Ya
tengo
práctica, con el mío. Está quedando lindo, verás.
Luego de una semana de trajines, en las tardes, después de sus clases de francés, que nos
llevaban a reco
rrer agencias y pisos en el Barrio Latino, Montparnasse y el XIVéme, encontré un
departamento
de dos cuartos, baño y cocina en la rué Joseph Granier, en un edificio art déco de
los años treinta, con dibujos geométricos
rom
bos, triángulos y círculos
en la fachada, por las
vecinda
des de la École Militaire, en el VIIéme, muy cerca de la Unesco. Es
taba en buen estado y,
aunque daba a un patio interior y por ahora había que subir a pie los cuatro pisos del edificio
el
ascensor estaba en construcción
, tenía mucha luz, pues, además de dos ventanales, una gran
cla
raboya cóncava lo exponía al cielo de
París. Costaba cerca de setenta mil dólares pero no tuve
dificultad en que la Société Genérale, el banco donde tenía mi cuenta, me concediera un
préstamo por lo que me faltaba. Aquellas semanas, buscando piso y, luego, mientras lo hacía
vivible,
limpiánd
olo, pintándolo y amueblándolo con cuatro cachivaches comprados en La
Samaritaine y en el Marché aux Puces, veía a madame Robert Arnoux todos los días, de lunes a
viernes
sábados y domingos ella los pasaba con su marido, en el campo
, desde la salida de s
us
cla
ses hasta las cuatro o cinco de la tarde. Se divertía ayudán
dome en mis trajines, practicando su
francés con corredo
res inmobiliarios y porteras, y mostraba tan buen humor que
se lo dije
parecía que aquel departamentito al que estaba dando vida
fuera para que lo compartiéramos.
Es lo que te gustaría, ¿no, niño bueno?
Estábamos en un bistrot de l'avenue de Tourville, junto a les Invalides, y yo le besaba las
manos y le buscaba la boca, loco de amor y de deseo. Asentí, varias veces.
El día que te
mudes, lo estrenaremos
me prometió.
Cumplió su promesa. Fue la segunda vez que hici
mos el amor, esta vez a plena luz de un día
que entraba a chorros por la ancha claraboya desde la cual unas palomas curiosas nos observaban
desnudos y abrazados sobre el
colchón sin sábanas, recién liberado del plástico en que lo había
traído envuelto el camión de La Samaritaine. Las paredes olían a pintura fresca. Su cuerpo seguía
tan delgadito y bien formado como en mi memoria, con su estrecha cintura que parecía caber e
mis manos y su pubis de ralos vellos, más blanco que el terso vientre o los muslos donde la piel se
oscurecía y matizaba con un viso verdoso pálido. Toda ella despedía una fragancia delicada, pero
se acentuaba en el nido tibio de sus axilas depiladas, tr
as de sus orejas y en su sexo pequeñito y
húmedo. En sus arqueados empeines la piel dejaba traslucir unas venitas azu
les y a mí me
enternecía imaginar la sangre fluyendo des
pacito por ellas. Como la vez anterior, se dejó acariciar
con total pasividad y e
scuchó callada, fingiendo una exa
gerada atención o como si no oyera nada
y pensara en otra cosa, las palabras intensas, atropelladas, que yo le decía al oído o a la boca
mientras pugnaba por separarle los labios.
Hazme venir, primero
me susurró, con un
tonito que escondía una orden
. Con tu
boca. Después, será más fácil que entres. No te vayas a venir todavía. Me gusta sentirme irrigada.
Hablaba con tanta frialdad que no parecía una muchacha haciendo el amor sino un médico
que formula una descripción téc
nica y ajena del placer. No me impor
taba nada, era totalmente
feliz, como no lo había sido en mucho tiempo, acaso nunca. «Jamás podré pagarte tanta felicidad,
niña mala.» Estuve largo rato con mis labios aplas
tados contra su sexo fruncido, sintiendo que
los
vellos de su pubis me cosquilleaban la nariz, lamiendo con avidez, con ternura, su clítoris
pequeñito, hasta que la sentí mover
se, excitada, y terminar con un temblor de su bajo vientre y
sus piernas.
Entra, ahora
susurró, con la misma vocecita mand
ona.
Tampoco esta vez fue fácil. Era estrecha, se enco
gía, me resistía, se quejaba, hasta que por
fin lo conseguí. Sentí mi sexo como fracturado por esa viscera palpitante que lo estrangulaba.
Pero era un dolor maravilloso, un vér
tigo en el que me hundía
, trémulo. Casi inmediatamente
eyaculé.
Te vienes muy rápido
me riñó la señora Arnoux, jalándome los cabellos
. Tienes que
aprender a de
morarte, si quieres hacerme gozar.
Aprenderé todo lo que tú quieras, guerrillera, pero ahora calla y bésame.
Ese mis
mo día, al despedirnos, me invitó a cenar, para presentarme a su marido. Tomamos
una copa en su bonito departamento de Passy, decorado de la manera más burguesa que cabía
imaginar, con cortinajes de terciopelo, mullidas alfombras, muebles de época, mesitas
con figuri
tas de porcelana y, en las paredes, unos grabados de Gavarni y de Daumier con escenas picantes.
Fuimos a cenar a un bistrot de la vecindad cuya especialidad, según el diplomático, era coq au vin.
Y, de postre, sugería la tarte tatin.
Monsieur R
obert Arnoux era bajito, calvo, con un bigotito mosca que se movía cuando
hablaba, de anteojos de espesos cristales, y debía doblarle la edad a su mujer. La trataba con
grandes miramientos, poniéndole o retirándo
le la silla y ayudándola con el impermeable
. Toda la
noche estuvo alerta, sirviéndole vino cuando se le vaciaba la copa y alcanzándole la panera si le
hacía falta pan. No era muy simpático, más bien algo estirado y cortante, pero parecía muy culto,
en efecto, y hablaba de Cuba y de América Latina c
on gran seguridad. Su español era perfecto,
con un li
gero deje en el que se advertían los años que había servido en el Caribe. En verdad, no
estaba en la delegación francesa de la Unesco sino cedido por el Quai d'Orsay como asesor y
director de gabinete d
el director general, René Maheu, un compañero de Jean
Paul Sartre y de
Raymond Aron en la École Nórmale, del que se decía que era un discreto genio. Yo lo había visto
algunas veces, siempre escoltado por ese calvito bizco que resultó ser el marido de madam
Arnoux. Cuando le conté que trabajaba como traductor «temporero» para el departamento de
español, me ofreció recomendarme a «Chames, una excelente persona». Me pre
guntó qué
pensaba de lo que ocurría en el Perú y yo le dije que hacía tiempo no recibía no
ticias de Lima.
Bueno, esas guerrillas en la sierra
dijo, encogiéndose de hombros, como si no les diera
mucha importancia
. Esos atracos a haciendas y asaltos a la policía. ¡Qué absurdo! Justamente
en el Perú, uno de los pocos países latinoamericanos que
está tratando de construir una
democracia.
Así, pues, ya habían ocurrido las primeras accio
nes de la guerrilla mirista.
Tienes que dejar a ese caballero cuanto antes y casarte conmigo
le dije a la chilenita, la
próxima vez que nos vimos
. ¿Me vas a ha
cer creer que estás enamo
rada de un Matusalén que,
además de parecer tu abuelo, es feísimo?
Otra calumnia contra mi marido y no me verás nunca más
me amenazó, y, en una de
esas fulminantes mudanzas que eran su especialidad, se rió
: ¿De veras parece vie
jísimo a mi
lado?
Esta mi segunda luna de miel con madame Arnoux terminó poco después de aquella cena
porque, apenas me mudé al barrio de la Ecole Militaire, el señor Chames me renovó mi contrato.
Entonces, debido a mis horarios, ya no pude verla sino a ra
titos, algún mediodía en que, en esa
hora y media libre entre la una y las dos y media, en vez de subir al restaurante de la Unesco, me
iba a comer un sandwich con ella en cualquier bistrot, o algunas tardes en que, no sé con qué
pretextos, ella se libraba
de monsieur Arnoux para ir a un cine conmigo. Veíamos la película to
mados de la mano y yo la besaba en la oscuridad. “Tu m´embetes”, practicaba ella su francés.
«Je
veux voír le film, grosse béte.»
Había hecho rápidos progresos en la lengua de Montaigne;
se
lanzaba a hablarla sin el menor pudor y sus faltas de sintaxis y de fonética resultaban divertidas,
una gracia más de su personalidad. No volvimos a hacer el amor hasta muchas semanas después,
luego de un viaje de ella a Suiza, sola, del que volvió a P
arís varias horas antes de lo previsto para
pasar un rato conmigo en su departa
mento de la rué Joseph Granier.
Todo en la vida de la señora Arnoux seguía siendo bastante misterioso, como lo había sido
en la de Lily la chilenita y en la de la guerrillera A
rlette. Si era cierto lo que me contaba, hacía
ahora una intensa vida social, de recepciones, cenas y cócteles, donde se codeaba con el tout
París, y, por ejemplo, ayer había conocido a Maurice Couve de Murville, ministro de Relaciones
Exteriores del gene
ral De Gaulle, y la semana pasada vio a Jean Cocteau presentarse, en una
proyección privada de Morir en Madrid, un documental de Frédéric Rossif, del brazo de su
amante, el actor Jean Marais, que, dicho sea de paso, era guapísimo, y mañana iría a un té que
le
daban sus amigas a Farah Diba, la esposa del Sha de Irán, en visita privada a París. ¿Me
ros delirios
de grandeza y esnobismo o, en efecto, su mari
do la había introducido en ese mundillo de
luminarias y frivolidades que la deslumbraba? Por otra parte,
constantemente estaba haciendo, o
me decía que estaba haciendo, viajes a Suiza, a Alemania, a Bélgica, de apenas dos o tres días, por
razones nunca claras: exposiciones, galas, fiestas, conciertos. Como sus explicaciones me parecían
tan evi
dentemente fan
tasiosas opté por no hacerle más pregun
tas sobre sus viajes, simulando
creerle al pie de la letra las razones que se dignaba darme a veces de esos centelleantes
desplazamientos.
Una tarde de mediados de 1965, en la Unesco, un compañero de oficina, un viej
republicano español que hacía años escribía «una novela definitiva sobre la guerra civil que
corregiría las inexactitudes de Hemingway», y que se titularía Por quién no doblan las campanas,
me al
canzó el ejemplar de Le Monde que hojeaba. Los guerrille
os de la columna Túpac Amaru del
MIR, que dirigía Lobatón y operaba en las provincias de La Concepción y Satipo, en el
departamento de Junín, habían saqueado el polvorín de una mina, volado un puente sobre el río
Moraniyoc, ocupado la hacienda Runatullo y
repartido los ví
veres entre los campesinos. Y, un par
de semanas después, emboscado a un destacamento de la Guardia Civil en el
desfiladero de Yahuarina. Nueve guardias civiles, entre ellos el mayor al mando de la
patrulla, murieron en el comba
te. En Lim
a, había habido atentados con bombas en el Hotel Crillón
y el Club Nacional. El gobierno de Belaunde había decretado el estado de sitio en toda la sierra
cen
tral. Sentí que se me encogía el corazón. Ese día y los si
guientes estuve desasosegado, con la
ra del gordo Paúl estampillada en mi mente.
El tío Ataúlfo me escribía de cuando en cuando
había reemplazado a la tía Alberta como
mi único corresponsal en el Perú
unas cartas llenas de comentarios sobre la actualidad política.
Por él me enteré de que, a
que la guerrilla actuaba de manera muy esporádica en Li
ma, las
acciones militares en el centro y el sur de los Andes tenían convulsionado al país. El Comercio y La
Prensa, y apristas y odriístas, ahora aliados contra el gobierno, acu
saban a Belaunde T
erry de
debilidad frente a los rebeldes castristas, y hasta de secretas complicidades con la insu
rrección. El
gobierno había encargado al Ejército la repre
sión de los rebeldes. «Esto se está poniendo feo,
sobrino, y me temo que en cualquier momento haya
golpe. Se oye ruido de sables en el ambiente.
¡Cuándo no será Pascua en diciembre en nuestro Perú!» En sus cariñosas cartas, la tía Dolores
ponía siempre un recuerdo de su puño y letra.
De una manera totalmente inesperada, resulté haciendo buenas migas con
monsieur
Robert Arnoux. Se presentó un día en la oficina de español de la Unesco a proponerme, a la hora
del almuerzo, que subiéramos a la cafe
tería a tomar un bocado juntos. Por ninguna razón
especial, para charlar un poco, el tiempo de despachar un Git
anes con filtro, la marca que
fumábamos los dos. Desde enton
ces caía a veces, cuando sus compromisos se lo permitían, e
íbamos a tomar un café y un bocadillo mientras comen
tábamos la actualidad política en Francia y
en América Latina, y la vida cultural
parisina, de la que estaba tam
bién muy al día. Era un hombre
con lecturas e ideas y se quejaba de que, aunque trabajar junto a Rene Maheu era interesante,
tenía el inconveniente de que sólo le quedaba tiempo para leer los fines de semana e ir muy rara
vez
al teatro y a conciertos.
Gracias a él tuve que alquilar un esmoquin y ves
tirme de etiqueta, por primera y sin duda
última vez en mi vida, para asistir a un ballet, seguido de cena y baile, a beneficio de la Unesco, en
l'Opéra de París. Nunca había entra
do en el imponente local, engalanado con los frescos para la
cúpula pintados por Chagall. Todo me pareció hermoso y elegante. Pero aún me lo pareció más la
ex chilenita y ex guerrillera, que, con un vaporoso vestido de gasa blanca con flores estampadas
le dejaba los hom
bros descubiertos, y un peinado alto, llena de alhajas en el cuello, las orejas
y las manos, me dejó boquiabierto de ad
miración. Toda la noche los vejetes conocidos de
monsieur Arnoux se le acercaban, le besaban la mano y la mi
raban co
n brillos codiciosos en los
ojos. «Quelle beauté exotiqué!», le oí decir a uno de esos excitados moscardones. Por fin pude
sacarla a bailar. Apretándola, le dije al oído que nunca había imaginado siquiera que podía estar
algu
na vez tan bella como en ese m
omento. Y que me desga
rraba las entrañas pensar que, luego
del baile, en su casa de Passy sería su marido y no yo quien la desnudaría y ama
ría. La beauté
exotiqué se dejaba adorar con una sonrisita condescendiente, que remató con un comentario
cruel: «Qu
é huachaferías me dices, Ricardito». Yo aspiraba la fra
gancia que manaba de toda ella y
sentía tanto deseo de poseerla que apenas podía respirar.
¿De dónde sacaba dinero para esos vestidos y jo
yas? Aunque yo no era un experto en lujos,
me daba cuen
ta de
que, para lucir esos modelos exclusivos y para cambiar de vestuario de ese
modo
cada vez que la veía estaba con un vestido nuevo y estrenando unos primorosos
zapatitos
, se necesitaban más ingresos de los que podía tener un funcionario de la Unesco, por
más que fuera el brazo derecho del Director. Se lo traté de sonsacar, preguntándole si, además de
engañar de vez en cuando a monsieur Robert Arnoux conmigo, no lo engañaba también con algún
millonario gracias al cual podía vestirse con modelos de las grand
es tiendas y con joyas de las mil y
una noches.
Si sólo te tuviera como amante a ti, andaría co
mo una pordiosera, pichiruchi
me
respondió, y no bro
meaba.
Pero inmediatamente me dio una explicación que parecía impecable, aunque yo estaba
seguro de que e
ra fal
sa. Los vestidos y las joyas que llevaba no eran comprados sino prestados por
los grandes modistos de l'avenue Mon
taigne y los joyeros de la place Vendóme, que, a manera de
publicidad para sus creaciones, los hacían lucir por las damas chic que fre
cuentaban el gran
mundo. De modo que gracias a sus relaciones sociales ella podía vestirse y adornarse como las
elegantes de París. ¿O me creía yo que con el sueldito de un diplomático francés podía ella
competir en lujos con las grandes damas de la Ciudad
Luz?
Algunas semanas después de aquel baile de l'Opera recibí una llamada de la niña mala en la
oficina de la Unesco.
Robert tiene que acompañar a su jefe a Varsovia este fin de semana
me anunció
. ¡Te
sacaste la lo
tería, niño bueno! Te puedo dedicar s
ábado y domingo a ti sólito. A ver qué programa
me preparas.
Dediqué horas a imaginar qué podía sorprenderla y divertirla, qué lugares curiosos de París
no conocía, a estudiar qué espectáculos daban ese sábado y qué restaurante, bar o bistrot podía
llamarl
e la atención por su originalidad o carácter secreto y exclusivo. Al final, después de barajar
mil posibilidades y descartarlas todas, terminé eligiendo, para la mañana del sábado, si hacía buen
tiempo, un paseo al cementerio de perros de Asniéres, situado
en una islita de árboles frondosos
en medio del río, y una ce
na en Chez Allard, de la rué de Saint André des Arts, en la misma mesa
en la que yo había visto una noche a Pablo Neruda cenando con dos cucharas, una en cada mano.
Para prestigiar el local a s
us ojos, diría a la señora Arnoux que ése era el restaurante favorito del
poeta y le inventaría el menú que ordenaba siempre. La idea de pasar una noche entera con ella,
de hacerle el amor, gustar en mis labios el parpadeo de «su sexo de pestañas nocturnas
» (un
verso del poema Material nupcial, de Neruda, que yo le había reci
tado al oído la primera noche
que pasamos juntos, en mi buhardilla del Hotel du Sénat), sentir que se dormía en mis brazos y
despertar en la mañana del domingo con su cuerpecito tibio
acurrucado contra el mío, me tuvo
los tres o cuatro días que faltaban para el sábado en un estado en el que la ilusión, la alegría y el
miedo a que algo frustra
ra el plan apenas me permitían concentrarme en el traba
jo. El revisor de
mis traducciones debi
ó enmendarme la pla
na un par de veces.
Ese sábado fue esplendoroso. En mi flamante Dauphine, comprada hacía un mes, llevé a
madame Arnoux a media mañana al cementerio de perros de Asniéres, que ella no conocía.
Estuvimos más de una hora curioseando entre
las tumbas
además de perros, había gatos,
conejitos y loros enterrados allí
y leyendo los epitafios sentidos, poéticos, risueños y absurdos
con que los dueños habían despedido a sus animales queridos. Ella parecía de veras divertida.
Sonreía, su mano aba
ndonada en la mía, con sus ojos color miel oscura encendidos por el sol
prima
veral y los cabellos agitados por una brisa que corría con el río. Llevaba una blusa ligera,
transparente, que dejaba ver la orilla de sus pechos, una casaca suelta que aleteaba
con sus
movimientos y unos botines de taco alto color ladrillo. Se quedó un buen rato contemplando la
estatua al perro desconocido de la entrada y, con aire melancólico, lamentó tener una vida «tan
complicada», si no, le hubiera gustado adoptar un cachorr
ito. Tomé nota, mentalmente: ése sería
mi regalo el día de su cumpleaños, si conseguía averiguarlo.
La estreché por la cintura, la atraje hacia mí y le dije que si se decidía a dejar a monsieur
Arnoux y casarse conmigo me comprometía a que tuviera una vid
a normal y criara todos los
perros que se le antojara. En vez de contestarme, me preguntó, burlándose:
¿La idea de pasar la noche conmigo te hace el hombre más feliz del mundo, miraflorino?
Te lo pregun
to, para que me digas una de esas huachaferías que t
anto te gusta decirme.
Nada podría hacerme más feliz
le dije, apre
tando mis labios contra los suyos
. Hace
años que sueño con eso, guerrillera.
¿Cuántas veces me vas a hacer el amor?
guió ella, con el mismo tonito burlón.
Todas las que pueda, niña
mala. Diez, si me da el cuerpo.
Te permito sólo dos
me advirtió, mordiéndo
me la oreja
. Una al acostarnos y otra al
despertarnos. Eso sí, nada de levantarse tempranito. Para no tener nunca arrugas, necesito ocho
horas de sueño como mínimo.
Nunca había
estado tan juguetona como esa mañana.Y creo que nunca lo estaría después,
tampoco. No la recordaba tan natural, abandonándose al instante, sin posar, sin inventarse un rol,
mientras aspiraba la tibieza del día y se dejaba invadir por la luz que tamizaban l
as copas de los
sauces llorones y adorar. Parecía más muchachita de lo que era, casi una adolescente, y no una
mujer de cerca de trein
ta años. Comimos un sandwich de jamón con pepinillos y un vaso de vino
en un bistrot de Asniéres, a orillas del río, y lu
ego fuimos a la Cinémathéque de la rué d'Ulm a ver
Les enfants du Paradis, de Marcel Carné, que yo había visto pero ella no. A la salida, habló de lo
jovencitos que apare
cían Jean
Louis Barrault y María Casares, ya no se hacían películas así, y me
confesó
que el final la había hecho lagrimear. Le propuse que fuéramos a mi departamento a des
cansar hasta la hora de la cena, pero no quiso, meternos en la casa ahora me daría malas ideas.
Más bien, aprovechan
do la tarde tan bonita, que camináramos un poco. Es
tuvi
mos entrando y
saliendo de las galerías de la rué de Seine y luego nos sentamos a tomar un refresco en una
terraza de la rué de Buci. Le conté que una mañana había visto por allí, comprando pescado
fresco, a André Bretón. Las calles y los cafés estaba
n repletos y los parisinos tenían esas expre
siones distendidas y simpáticas que ponen los días de buen tiempo, esa rareza. Hacía mucho que
no me sentía tan con
tento, optimista y esperanzado. Entonces, el diablo sacó la cola y divisé el
titular de Le Mond
e que leía mi vecino: «El Ejército destruye el cuartel general de la guerrilla
peruana». El subtítulo decía: «Mueren Luis de la Puente y varios líde
res del MIR». Corrí a comprar
el periódico al quiosco de la esquina. Firmaba la noticia el corresponsal del
diario en América del
Sur, Marcel Niedergang, y había un recuadro de Claude Julien explicando qué era el MIR peruano
y dando información sobre Luis de la Puente y la situación política del Perú. En agosto de 1965,
fuerzas especiales del Ejército peruano h
abían cercado Mesa Pelada, una monta
ña al este de la
ciudad de Quillabamba, en el valle cusqueño de La Convención, y capturado el campamento
Illarec ch'aska (lucero del alba), dando muerte a muchos guerrille
ros. Luis de la Puente, Paúl
Escobar y un puñad
o de seguídores habían conseguido huir pero los comandos, luego de una
larga cacería, los cercaron y les dieron muerte. La información precisaba que aviones militares
habían bombardeado Mesa Pelada, usando napalm. Los cadáveres no habían sido entregados a
los familiares ni exhibidos a la prensa. Según el comunicado oficial, fueron enterrados en un lugar
desconocido, para evitar que sus tumbas se convirtieran en sitios de peregrinación revolucionaria.
El Ejér
cito mostró a los periodistas las armas, los unif
ormes y mu
chos documentos, así como
mapas y equipos de radio que los guerrilleros tenían en Mesa Pelada. De este modo, la columna
Pachacútec, uno de los focos rebeldes de la revolución peruana, quedaba aniquilada. El Ejército
esperaba que la columna Túpac
Amaru, dirigida por Guillermo Lobatón, también cercada, cayera
pronto.
No sé por qué pones esa cara, tú sabías que esto ocurriría tarde o temprano
se
sorprendió madame Arnoux
. Tú mismo me dijiste muchas veces que eso sólo podía terminar
así.
Lo decía
como un conjuro, para que no ocu
rriera.
Se lo había dicho y lo había pensado y temido, por supuesto, pero otra cosa era saber que
había ocurrido y que Paúl, el buen amigo y compañero de mis primeros tiempos en París, era
ahora un cadáver pudriéndose en al
gún despoblado de los Andes orientales, tal vez después de
haber sido ejecutado, y sin duda torturado si los soldados lo cogieron vivo. Haciendo de tripas
corazón, le propuse a la chilenita que nos olvidáramos del tema y que no dejára
mos que esa
noticia e
stropeara el regalo de los dioses que era tenerla para mí todo un fin de semana. Ella lo
consi
guió sin dificultad; el Perú, me parecía, era para ella algo que con toda deliberación había
expulsado de su memoria como una masa de malos recuerdos (¿pobreza,
racismo, discriminación,
postergación, frustraciones múltiples?), y, tal vez, hacía tiempo que había tomado la decisión de
cor
tar para siempre con su tierra natal. Yo, en cambio, pese a mis esfuerzos por olvidarme de la
maldita noticia de Le Monde y conce
ntrarme en la niña mala, no pude. A lo lar
go de toda la cena
en Chez Allard el fantasma de mi amigo estuvo quitándome el apetito y el humor.
Me parece que no estás para faire la fète
me dijo, compasiva, a la hora del postre
¿Quieres que lo de
jemos pa
ra otra vez, Picardito?
Protesté que no y le besé las manos y le juré que, pese a la horrible noticia, pasar una
noche con ella era lo más maravilloso que me había ocurrido nunca. Pero, cuan
do llegamos a mi
departamento de Joseph Granier y ella sacó de su
maletín de mano un coqueto baby doll, su esco
billa de dientes y una muda de ropa para el día siguiente, y nos tendimos sobre la cama
yo
había comprado flores para la salita y el dormitorio
y comencé a acariciarla, me di cuenta,
avergonzado y humillado,
que no estaba en condiciones de hacerle el amor.
A esto, los franceses le llaman un fiasco
dijo, riéndose
. ¿Sabes que es la primera vez
que me pasa con un hombre?
¿Cuántos has tenido? Deja que adivine. ¿Diez? ¿Veinte?
Soy pésima en matemáticas
se en
ojó. Y se vengó con una orden
: Más bien, hazme
terminar con tu bo
ca. Yo no tengo por qué guardar luto. Apenas conocí a tu amigo Paúl, y,
además, acuérdate, por su culpa tuve que ir a Cuba.
Y, sin más, con la misma naturalidad con que hu
biera encendido u
n cigarrillo, abrió las
piernas y se tendió de espaldas, con un brazo sobre los ojos, en esa inmovili
dad total, de
concentración profunda en que, olvidándose de mí y del mundo circundante, acostumbraba
sumirse a esperar su placer. Tardaba siempre mucho en
excitarse y terminar, pero esa noche
tardó todavía más que de cos
tumbre, y, dos o tres veces, con la lengua acalambrada, debí parar
unos instantes de besarla y sorberla. Cada vez, su mano me amonestaba, tirándome de los
cabellos o pe
llizcándome la espal
da. Al fin, la sentí moverse y oí ese ronroneo suavecito que
parecía subirle a la boca desde el vientre, y sentí el encogimiento de sus miembros y su lar
go
suspiro complacido. «Gracias, Ricardito», murmuró. Casi de inmediato, se quedó dormida. Yo
estuve d
esvela
do mucho rato, con una angustia que me estrujaba la gar
ganta. Tuve un sueño
difícil, con pesadillas que al día si
guiente apenas recordaba.
Desperté cerca de las nueve de la mañana. Ya no había sol. Por la claraboya se divisaba el
cielo encapotado,
color panza de burro, el eterno cielo parisino. Ella dormía, dándome la espalda.
Parecía muy joven y frágil, con ese cuerpecito de niña, ahora sosegado, apenas conmovido por
una respiración ligera y espaciada. Nadie, viéndola así, se hubiera imaginado la
vida difícil que
debió haber llevado desde que nació. Traté de imaginarme la infancia que tu
vo, por ser pobre en
ese infierno que es el Perú para los po
bres, y su adolescencia, acaso todavía peor, las mil pelle
jerías, entregas, sacrificios, concesiones,
que habría debido de hacer, en el Perú, en Cuba, para
salir adelante y llegar donde había llegado. Y lo dura y fría que la había vuelto el tener que
defenderse con uñas y dientes contra el infor
tunio, todas las camas por las que debió pasar para
no ser a
plastada en ese campo de batalla que sus experiencias la habían convencido era la vida.
Sentía una inmensa ternura por ella. Estaba seguro que la querría siempre, para mi dicha y
también mi desdicha. Verla y sentirla respirar me inflamaron. Comencé a besar
le la espalda, muy
despacio, el culito respingado, el cuello y los hombros, y, haciéndola ladearse, los pechos y la
boca. Ella simulaba dormir, pero estaba ya despierta, pues se acomodó de espaldas de mane
ra
que pudiera recibirme. La sentí húmeda, y, por
primera vez, pude entrar en ella sin dificultad, sin
sentirme hacien
do el amor a una virgen. La quería, la quería, no podía vivir sin ella. Le rogué que
dejara a monsieur Arnoux y se vinie
ra conmigo, ganaría mucho dinero, la engreiría, le costea
ría
todo
s los caprichos, le...
Vaya, te has redimido
se echó a reír
, y hasta te aguantaste más que otras veces. Creí
que te habías vuel
to impotente, después del fiasco de anoche.
Le propuse prepararle el desayuno, pero ella prefirió que saliésemos a tomarlo a
la calle,
estaba antojada de un croissant croustillant. Nos duchamos juntos, me dejó jabonarla y secarla y,
sentado en la cama, verla vestirse, peinarse y arreglarse. Yo mismo le calcé los mocasines,
besándole antes, uno por uno, los dedos de los pies. Fui
mos de la mano a un bistrot de l'avenue
de la Bourdonnais, donde, en efecto, las mediaslunas crujían como si acabaran de salir del horno.
Si esa vez, en lugar de despacharme a Cuba, me hubieras hecho quedar contigo aquí en
París, ¿cuánto habríamos durado,
Ricardito?
Toda la vida. Te habría hecho tan feliz que no me hubieras dejado nunca.
Dejó de hablar en broma y me miró, muy seria y algo despectiva:
Qué ingenuo y qué iluso eres
silabeó, desafiándome con sus ojos
. No me conoces. Yo
sólo me quedaría par
a siempre con un hombre que fuera muy, muy rico y poderoso. Tú nunca lo
serás, por desgracia.
¿Y si el dinero no fuera la felicidad, niña mala?
Felicidad, no sé ni me importa lo que es, Ricar
dito. De lo que sí estoy segura es que no es
esa cosa romántic
a y huachafa que es para ti. El dinero da seguridad, te defiende, te permite
gozar a fondo de la vida sin preocu
parte por el mañana. La única felicidad que se puede tocar.
Se me quedó mirando, con esa expresión fría que se agudizaba a veces de manera ext
raña
y parecía congelar la vida a su alrededor.
Tú eres buena gente, pero tienes un terrible defecto: tu falta de ambición. Estás contento
con lo que has conseguido, ¿no? Pero eso es nada, niño bueno. Por eso no podría ser tu mujer. Yo
nunca estaré conten
ta con lo que tenga. Siempre querré más.
No supe qué contestarle, porque, aunque me do
liese, había dicho algo cierto. Para mí la
felicidad era tener
la a ella y vivir en París. ¿Significaba eso que eras un irredi
mible mediocre,
Ricardito? Sí, probablemen
te. Antes de regresar al departamento, madame Robert Arnoux se le
vantó a telefonear. Volvió con la cara preocupada.
Lo siento, pero tengo que irme, niño bueno. Se me han complicado las cosas.
No me dio más explicaciones ni aceptó que la lle
vara a su cas
a o donde tenía que ir.
Subimos a que reco
giera su maletín de mano y la acompañé a tomar un taxi a la estación, junto al
metro de la Ecole Militaire.
Pese a todo, fue un bonito fin de semana
se despidió, rozándome los labios
. Chau,
mon amour.
Al volver
a mi casa, sorprendido por su brusca partida, descubrí que había dejado olvidada
su escobilla de dientes en el cuarto de baño. Una preciosa escobillita que llevaba impresa en el
estuche la firma del fabricante: Guer
lain. ¿Olvidada? A lo mejor, no. A lo m
ejor era un olvido
deliberado para dejarme un recuerdo de esa noche triste y ese despertar feliz.
Esa semana no pude verla ni hablar con ella y, la siguiente, sin conseguir tampoco
despedirme
su teléfono no contestaba a ninguna hora
, partí a Viena, a tra
bajar
una quincena
de días en la Junta de Energía Atómica.
encantaba esa ciudad barroca, elegante y próspera,
pero
el trabajo de un «temporero» en esos períodos en que las
organizaciones internacionales tienen
congresos, juntas
generales o la conferenc
ia anual
que es cuando necesi
tan traductores e
ntérpretes extras
es tan intenso que
no me dejaba tiempo para museos, conciertos y funciones
de ópera, salvo, algún mediodía, una visita a la carrera al Albertina. En las noches, muerto de
cansancio, ape
as alcanzaba a meterme en uno de esos antiguos cafés, el
Central, el Landtmann,
el Hawelka, el Frauenhuber, que
parecían decorados belle époque, a tomar un wiener schnitzel, la
versión austriaca del bistec apañado que preparaba mi tía Alberta, y un vaso de
espumosa
cerveza. Llegaba a mi cama medio grogui. Varias veces llamé a la niña ma
la, pero nadie
contestaba el teléfono o sonaba siempre ocu
pado. No me atrevía a telefonear a Robert Arnoux a
la Unesco para no despertar sus sospechas. Terminados los quinc
e días, el señor Chames me
telegrafió proponién
dome diez días de contrato en Roma, en un seminario se
guido de una
conferencia de la FAO, de modo que viajé a Italia sin pasar por París. Tampoco desde Roma pude
hablar con ella. Apenas volví a Francia, la l
lamé. Sin éxi
to, por supuesto. ¿Qué pasaba? Empecé a
pensar, angustiado, en un accidente, una enfermedad, una tragedia do
méstica.
Estaba tan nervioso por la imposibilidad de comunicarme con madame Arnoux, que tuve
que leer dos veces la última carta del t
ío Ataúlfo, que encontré esperándome en París. No podía
concentrarme, sacar de la ca
beza a la chilenita. El tío Ataúlfo me daba largas explicacio
nes sobre
la situación política peruana. La columna Túpac Amaru del MIR, encabezada por Lobatón, no
había sid
o capturada aún, aunque los comunicados del Ejército daban parte de choques
constantes en los que siempre tenían bajas los guerrilleros. Según la prensa, Lobatón y su gente se
bían internado en la selva y conseguido aliados entre las tri
bus amazónicas,
principalmente los
ashaninka, diseminados en la región encuadrada por los ríos Ene, Perene, Satipo y Anapati. Había
rumores de que comunidades ashaninka, seducidas por la personalidad de Lobatón, lo identifica
ban con un héroe mítico, el justiciero atávic
o Itomi Pava, que, según la leyenda, volvería alguna
vez para restaurar el poderío de esa nación. La aviación militar había bombar
deado aldeas
selváticas, sospechando que ocultaban a los miristas.
Después de nuevos intentos infructuosos de ha
blar con mad
ame Arnoux, decidí ir a la
Unesco a buscar a su marido, con el pretexto de invitarlos a cenar. Pasé an
tes a saludar al señor
Chames y a los colegas de la oficina de español. Luego subí al sexto piso, el sanctasanctórum,
donde estaban los despachos de los
jefes. Desde la puerta divisé la cara desmoronada y el bigotito
mosca de monsieur Arnoux. Dio un extraño respingo al verme, y lo no
té más hosco que nunca,
como si mi presencia le desagra
dara. ¿Estaba enfermo? Parecía haber envejecido diez años en las
poc
as semanas que no lo veía. Me estiró una mano encogida sin decir una palabra, y esperó que
yo habla
ra, clavándome una mirada perforante ton sus ojitos de roedor.
He estado trabajando fuera de París, en Viena y en Roma, este último mes. Me gustaría
invita
rlos a cenar una de estas noches que tengan libre.
Me siguió mirando, sin responder. Estaba muy pálido ahora, tenía una expresión desolada y
fruncía la boca, como si le costara esfuerzo hablar. Me temblaron las ma
nos. ¿Me iba a decir que
su mujer había mu
erto?
Entonces, usted no está enterado
murmuró, con sequedad
. ¿O juega una comedia?
Desconcertado, no supe qué responderle.
Toda la Unesco lo sabe
añadió, bajito, con sorna
. Soy el hazmerreír de la
organización. Mi mujer me ha dejado, y ni siquiera s
é por quién. Pensé que era por usted, señor
Somocurcio.
Se le cortó la voz antes de terminar de decir mi apellido. La barbilla le temblaba y me
pareció que le chocaban los dientes. Balbuceé que lo sentía, no estaba al corriente de nada, repetí
tontamente q
ue este mes había estado trabajando fuera de París, en Viena y Roma. Y me despedí,
sin que monsieur Arnoux me devolviera el hasta luego.
La sorpresa y el disgusto fueron tan grandes que, en el ascensor, me vino una arcada y, en
el bañito del pa
sillo, vomi
té. ¿Con quién se había ido? ¿Seguiría viviendo en París con su amante?
Un pensamiento me acompañó todos los días siguientes: ese fin de semana que me regaló era
una despedida. Para que yo tuviera algo especial que añorar. Las sobras que se echan al perro,
Ricardito. Unos días siniestros siguieron a aquella brevísima visita a mon
sieur Arnoux. Por primera
vez en mi vida, padecí de in
somnio. Me pasaba las noches sudando, con la mente en blanco,
apretando la escobülita de dientes de Guerlain que había guarda
do como un amuleto en mi
velador, rumian
do mi despecho y mis celos. Al día siguiente estaba hecho una ruina, el cuerpo
cortado por escalofríos y sin ánimos para nada, ni ganas de comer. El médico me recetó unos
Nembutales que, más que dormirme, me desmaya
ban. Tenía un despertar desasosegado y con
muñecos, como si arrastrara una resaca feroz. Todo el tiempo me maldecía por lo estúpido que fui
aquella vez, despachándola a Cuba, anteponiendo mi amistad con Paúl al amor que sentía por
ella. Si la hubiera reten
ido, seguiríamos juntos y la vida no sería este desvelo, este vacío, esta bilis.
El señor Chames me ayudó a salir de la lenta disolución emocional en que me hallaba,
dándome un contrato de un mes. Tuve ganas de agradecérselo de rodillas. Gracias a la rutin
a del
trabajo en la Unesco fui saliendo poco a poco de la crisis en que me dejó la desaparición de la ex
chilenita, la ex guerrillera, la ex madame Arnoux. ¿Có
mo se llamaba ahora? ¿Qué personalidad,
qué nombre, qué historia había adoptado en esta nueva et
apa de su vida? Su nuevo amante debía
ser muy importante, bastante más que ese asesor del Director de la Unesco, ya muy modesto
para sus ambiciones, al que había dejado hecho un trapo. Me lo había advertido claramente
aquella última mañana: «Yo sólo me que
daría para siempre con un hombre que fuera muy rico y
poderoso». Estaba seguro de que, esta vez sí, no la vería más. Tenías que sobreponerte y olvidar a
la peruanita milcaras, convencerte de que ella fue sólo un mal sueño, niño bueno.
Pero a los pocos días
de haber retomado el trabajo en la Unesco, monsieur Arnoux se
presentó en el cubícu
lo que era mi oficina, mientras yo traducía un informe sobre la educación
bilingüe en los países del África subsahariana.
Lamento haber sido brusco con usted el otro día
me dijo, incómodo
. Estaba en muy
mal estado de ánimo en aquel momento.
Me propuso que cenáramos juntos. Y, aunque sa
bía que aquella cena sería catastrófica
para mi estado de ánimo, la curiosidad, oír hablar de ella, saber qué pasó, fueron más fuertes, y
acepté.
Fuimos a Chez Eux, un restaurante en el VIIème, no lejos de mi casa. Fue la cena más tensa
y difícil a la que he asistido nunca. Pero, también, fascinante, porque en ella descubrí muchas
cosas de la ex madame Arnoux, y su
pe, asimismo, lo lejos qu
e había llegado ya en su búsqueda de
esa seguridad que ella identificaba con la riqueza.
Pedimos un whisky con hielo y Perrier como aperitivo y, luego, vino tinto, con una comida
que apenas probamos. Chez Eux tenía un menú fijo, compuesto de exquisiteces q
ue venían en
unos cazos hondos, y nuestra mesa se fue llenando de patés, caracoles, ensaladas, pesca
dos y
carnes, que los sorprendidos camareros se iban lle
vando casi intactos para hacer sitio a una gran
variedad de postres, uno bañado en chocolate hirvi
endo, sin entender por qué desairábamos
todos esos manjares.
Robert Arnoux me preguntó desde cuándo la co
nocía. Le mentí que sólo desde 1960 o
1961, en París, cuando pasó rumbo a Cuba como una de las becadas del MIR para recibir
entrenamiento guerrillero.
Es decir, no sabe usted nada de su pasado, de su familia
asintió el señor Arnoux, como
hablando solo
. Yo siempre supe que me mentía. Respecto a su familia y a su infancia, quiero
decir. Pero, la excusaba. Me parecían mentiras piadosas, para disimular u
na niñez y una juven
tud
que la avergonzaban. Porque ella debe ser de una clase social muy modesta, ¿no es verdad?
No le gustaba hablar de eso. Nunca me contó nada de su familia. Pero, sin duda, sí, de
una clase muy modesta.
A mí me daba pena, adivinaba
toda esa monta
ña de prejuicios de la sociedad peruana,
los grandes apelli
dos, el racismo
me interrumpió
. Que había estado en el Sophianum, el
mejor colegio de monjas de Lima, donde se educaban las chicas de la alta sociedad. Que su padre
era dueño de u
na hacienda algodonera. Que había roto con su familia por idealismo, para hacerse
revolucionaria ¡Nunca le interesó la revolución, estoy seguro! Jamás le oí una sola opinión política
desde que la conocí. Hubiera he
cho cualquier cosa para salir de Cuba. Ha
sta casarse con
migo.
Cuando salimos, le propuse un viaje al Perú, para conocer a su familia. Me contó otras fábulas, por
supues
to. Que, por haber estado en el MIR y en Cuba, si ponía los pies en el Perú la meterían
presa. Yo le perdonaba esas fantasías.
Comprendía que nacían de su inseguridad. Le habían
contagiado esos prejuicios sociales y raciales, tan fuertes en los países sudamericanos. Por eso me
inventó esa biografía de niña aristócrata que nunca fue.
A ratos tenía la impresión de que monsieur Arnou
x se olvidaba de mí. Incluso su mirada se
perdía en algún punto del vacío y bajaba tanto la voz que sus pala
bras se volvían un murmullo
inaudible. Otras veces, vol
viendo en sí, me miraba con desconfianza y odio y me urgía a decirle si
yo estaba enterado
de que ella tenía un aman
te. Yo era su compatriota, su amigo, ¿no me había
hecho nunca confidencias?
Jamás me dijo una palabra. Nunca lo sospeché. Yo creía que ustedes se llevaban muy
bien, que eran felices.
Yo también lo creía
murmuró, cabizbajo. Pi
ió otra botella de vino. Y añadió, con la
vista velada y la voz acida
: No tenía necesidad de hacer lo que hizo. Fue feo, fue sucio, fue
desleal actuar así conmigo. Yo le había dado mi nombre, me desvivía por hacerla feliz. Puse en
peligro mi carrera para
sacarla de Cuba. Aquello fue un verdadero víacrucis. La deslealtad no
puede llegar a esos extremos. Tanto cálculo, tanta hipocresía, es inhumano.
Se calló de golpe. Movía los labios sin emitir soni
do y su bigotito cuadriculado se retorcía y
estiraba. Habí
a empuñado el vaso vacío y lo estrujaba como si quisiera hacerlo añicos. Tenía los
ojitos inyectados y húmedos.
No sabía qué decirle, cualquier frase de consuelo me saldría falsa y ridícula. De pronto,
comprendí que tanta desesperación no sólo se debía al
abandono. Había algo más que quería
contarme, pero le costaba trabajo.
Los ahorros de toda mi vida
susurró monsieur Arnoux, mirándome de manera
acusadora, como si yo fuera culpable de su tragedia
. ¿Usted se da cuenta? Soy un hombre
mayor, no estoy en co
ndiciones de reha
cer toda una vida. ¿Lo comprende? No sólo engañarme
vaya usted a saber con quién, un gángster con el que de
bió planear la fechoría. Además, eso:
mandarse mudar con todo el dinero de la cuenta que teníamos en Suiza. Yo le había dado esa
rueba de confianza, ¿lo ve usted? Una cuenta conjunta. Por si tenía yo un accidente, una muer
te
súbita. Para que los impuestos a la sucesión no se lle
varan todo lo que había ahorrado en una vida
de trabajo y sacrificio. ¿Se da cuenta qué deslealtad, qué
vileza? Fue a Suiza a hacer un depósito y
se llevó todo, todo, y me dejó en la ruina. Chapean, un coup de maitre! Ella sabía que no podía
denunciarla sin delatarme, sin arruinar mi reputación y mi cargo. Sabía que si la denunciaba sería
el primer perjudica
do, por tener cuentas secretas, por evadir impuestos. ¿Se da cuenta qué bien
planeado? ¿Cree usted posible tanta crueldad, con alguien que sólo le dio amor, devoción?
Iba y volvía sobre el mismo tema, con intervalos en los que bebíamos vino, callados, cada
uno absorto en sus propios pensamientos. ¿Era perverso preguntarme qué le dolía más, el
abandono o el robo de su cuenta secreta en Suiza? Yo sentía lástima por él, y remordimientos de
conciencia, pero no sabía cómo animarlo. Me limitaba a intercalar frase
s breves, amistosas, de
tiempo en tiempo. En realidad, no quería conversar conmigo. Me había invitado porque
necesitaba que alguien lo escuchara, decir en voz alta ante un testigo cosas que desde la
desaparición de su mujer le quemaban el corazón.
Disculp
e usted, necesitaba desahogarme
me dijo al fin, cuando, partidos todos los
comensales, queda
mos solitarios, observados con miradas impacientes por los mozos de Chez
Eux
. Le agradezco su paciencia. Es
pero que esta catarsis me haga bien.
Le dije que, den
tro de un tiempo, todo esto queda
ría atrás, que no había mal que durara
cien años. Y, mien
tras hablaba, me sentí completamente hipócrita, tan culpa
ble como si yo
hubiera planeado la fuga de la ex madame Arnoux y el saqueo de su cuenta secreta.
Si se la
encuentra alguna vez, dígaselo, por favor. No necesitaba hacer eso. Yo le hubiera
dado todo. ¿Quería mi dinero? Se lo hubiera dado. Pero, no así, no así.
Nos despedimos en la puerta del restaurante, bajo el resplandor de las luces de la Torre
Eiffel. Fue
la última vez que vi al maltratado monsieur Robert Arnoux.
La columna Túpac Amaru del MIR comandada por Guillermo Lobatón duró unos cinco
meses más que la que tenía su cuartel general en Mesa Pelada. Como ha
bía ocurrido con Luis de
la Puente, Paúl Escobar
y los miristas que perecieron en el valle de La Convención, tampoco el
Ejército dio precisiones sobre la manera como aniquiló a todos los miembros de esa guerrilla. A lo
largo de todo el segundo semestre de 1965, ayudados por los ashaninka del Gran Pajona
l,
Lobatón y sus compañeros estuvieron eludiendo la persecución de las fuerzas especiales del
Ejército que se movilizaban en helicópteros y por tierra y escarmentaban con ferocidad a los
caseríos indígenas que los escondían y alimentaban. Al final, la colu
mna en rui
nas, doce hombres
destrozados por los mosquitos, la fa
tiga y las enfermedades, el 7 de enero de 1966 cayó en las
cercanías del río Sotziqui. ¿Murieron en combate o los capturaron vivos y ejecutaron? Nunca se
encontraron sus tumbas. Según rumore
s inverificables, Lobatón y su segundo fueron subidos a un
helicóptero y arrojados a la selva para que los animales desaparecieran sus cadáveres. La
compañera francesa de Lobatón, Jacqueline, intentó a lo largo de varios años, a través de
campañas en el Pe
rú y en el extranjero, que el gobierno revelara dónde estaban las tumbas de los
alzados de esa guerrilla efímera, sin con
seguirlo. ¿Hubo sobrevivientes? ¿Llevaban una existencia
clandestina en ese Perú convulsionado y dividido de los últimos tiempos de Be
launde Terry? Yo,
mientras poqui
to a poquito me reponía de la desaparición de la niña mala, seguía aquellos lejanos
sucesos a través de las cartas del tío Ataúlfo. Lo notaba cada vez más pesimista sobre la
posibilidad de que no se desplomara la democracia
en el Perú. «Los mismos militares que
derrotaron a las guerri
llas se preparan ahora para derrotar al Estado de Derecho y dar otro
cuartelazo», me aseguraba.
Un buen día, de la manera más inesperada, me di de bruces en Alemania con un
sobreviviente de Mes
a Pela
da: nada menos que Alfonso el Espiritista, aquel muchacho enviado a
París por un grupo teosófico de Lima al que el gordo Paúl arrebató a los espíritus y a la ultratumba
para hacer de él un guerrillero. Yo estaba en Frankfurt, trabajan
do en una conf
erencia
internacional sobre comunicaciones; y, en un descanso, escapé a un almacén a hacer unas com
pras. Junto a la caja, alguien me cogió del brazo. Lo reco
nocí al instante. En los cuatro años que no
lo veía había en
gordado y se había dejado el pelo mu
y largo
la nueva moda en Europa
, pero
su cara blancona, de expresión reservada y algo triste, era la misma. Estaba en Alemania desde
hacía unos meses. Había obtenido el estatuto de re
fugiado político y vivía con una chica de
Frankfurt a la que había con
ocido en París, en los tiempos de Paúl. Fuimos a tomar un café en la
misma cafetería del almacén, llena de señoras con niños regordetes y atendida por turcos.
Alfonso el Espiritista se salvó de milagro del ata
que de los comandos del Ejército que
arrasaron
Mesa Pe
lada. Había sido enviado a Quillabamba pocos días antes por Luis de la Puente;
las comunicaciones no estaban fun
cionando bien con las bases de apoyo urbanas y en el cam
pamento no se tenía noticias de un grupo de cinco mu
chachos ya entrenados cu
ya venida estaba
prevista para semanas atrás.
La base de apoyo cusqueña estaba infiltrada
me explicó, hablando con la misma calma
que yo le re
cordaba
. Capturaron a varios, y, en la tortura, alguno habló. Así llegaron a Mesa
Pelada. Nosotros no habíamos
empezado las operaciones, en verdad. Lobatón y Máxi
mo Velando
se adelantaron a los planes, allá en Junín. Y, luego de esa emboscada de Yahuarina en que
mataron a tantos policías, nos echaron al Ejército encima. Noso
tros, en el Cuzco, todavía no
habíamos
empezado a mo
vernos. La idea de De la Puente no era quedarse en el campamento,
sino ir de un lado al otro. «El foco guerrille
ro es el movimiento perpetuo», la enseñanza del Che.
Pero no nos dieron tiempo y quedamos encerrados en la zona de seguridad.
Espiritista hablaba con una curiosa distancia sobre lo que decía, como si aquello hubiera
ocurrido hacía siglos. No sabía por qué conjunción de circunstancias no cayó en las redadas que
desmantelaron las bases de apoyo del MIR en Quillabamba y en el Cuzco
. Estuvo escondi
do en
casa de una familia cuzqueña, a la que conocía de antaño, por su secta teosófica. Se portaron muy
bien con él, pese al miedo que tenían. Luego de un par de meses, lo sacaron de la ciudad, oculto
en un camión de mercancías, hasta Puno
. De allí, le fue fácil pasar a Bolivia, donde, luego de un
largo trámite, consiguió que Alemania Occidental lo admitiera como refugiado político.
Cuéntame del gordo Paúl, allá arriba, en Mesa Pelada.
Se había adaptado bien a esa vida y a los 3.800 me
tro
s de altura, por lo visto. Su ánimo no
decayó nunca, aunque a veces, en las marchas explorando el territorio en torno al campamento,
su corpachón le jugaba malas pasa
das. Sobre todo cuando había que trepar montañas o bajar
precipicios bajo lluvias diluvia
les. Una vez se cayó, en una cuesta que era un lodazal, y rodó veinte,
treinta metros. Sus compañeros creían que se había abierto la cabeza, pero se levantó de lo más
fresco, bañado en barro de pies a cabeza.
Adelgazó bastante
añadió Alfonso
. La mañana
en que me despedí de él, en Illarec
ch'aska, estaba casi tan delgado como tú. Algunas veces hablábamos de ti. «¿Qué estará haciendo
nuestro embajador en la Unesco?», decía. «¿Se habrá animado a publicar esas poesías que
escribe a escondidas?» Nunca perdió
el humor. Siempre ganaba los concursos de chistes que
hacíamos en las no
ches, para no aburrirnos. Su mujer y su hijo están viviendo ahora en Cuba.
Hubiera querido quedarme un buen rato con Al
fonso el Espiritista, pero tenía que volver a
la conferencia. N
os despedimos con un abrazo y le di mi teléfono para que me llamara si alguna
vez pasaba por París.
Poco antes o poco después de esta conversación, se cumplieron las torvas profecías del tío
Ataúlfo. El 3 de octubre de 1968 los militares, encabezados por e
l general Juan Velasco Alvarado,
dieron el cuartelazo que acabó con la democracia que presidía Belaunde Terry, éste fue
despachado al exilio y se inauguró una nueva dictadura militar en el Perú que duraría doce años.
Retratista de caballos en el swing
ing London
En la segunda mitad de los sesenta, Londres des
plazó a París como la ciudad de las modas que, partiendo
de Europa, se desparramaban por el mundo. La música reemplazó a los libros y a las ideas como centro de
atrac
ción de los jóvenes, sobre t
odo a partir de los Beatles, pero también de Cliff Richard, los Shadows, los
Rolling Stones con Mick Jagger y otras bandas y cantantes ingleses, y de los hippies y la revolución psicodélica
de los flower children. Como antes a París a hacer la revolución,
muchos latinoamericanos emigraron a Londres
a enrolarse en las huestes del cannabis, la música pop y la vida promiscua. Carnaby Street sustituyó a Saint
Germain como ombligo del mundo. En Londres nacieron la minifalda, los largos cabellos y los estrafalari
os
atuendos que consagraron los musicales Hair y Jesus Christ Superstar, la popularización de las drogas,
comenzando por la marihuana y terminan
do por el ácido lisérgico, la fascinación por el espiritualismo hindú, el
budismo, la práctica del amor libre,
la salida del ropero de los homosexuales y las campañas del orgullo gay, así
como un rechazo en bloque del establishment burgués, no en nombre de la revolución socialista a la que los
hippies eran indiferentes, sino de un pacifismo hedonista y anár
quico,
amansado por el amor a la naturaleza y a
los anima
les y una abjuración de la moral tradicional. Ya no fueron los debates de la Mutualité, el Nouveau
Román, refinados cantautores como Leo Ferré o Georges Brassens, ni los cine
mas de arte parisino, los punt
os
de referencia para los jóvenes rebeldes, sino Trafalgar Square y los parques donde, detrás de Vanessa Redgrave
y Tariq Alí, se manifestaban contra la guerra de Vietnam entre conciertos multitudi
narios de los grandes ídolos y
soplidos de hierba colom
ana, y con los pubs y las discotecas como símbolos de la nueva cultura que tenía a
millones de jóvenes de ambos sexos imantados por Londres. Aquellos años fueron tam
bién, en Inglaterra, de
esplendor teatral, y el montaje del Marat
Sade, de Peter Weiss, qu
e en 1964 dirigió Peter Brook, hasta entonces
conocido sobre todo por sus revolu
cionarias escenificaciones de Shakespeare, fue un aconteci
miento en toda
Europa. Nunca volví a ver en un escenario nada que se me grabara con tanta fuerza en la memoria.
Por
una de esas extrañas conjugaciones que trama el azar, resulté, en los años finales de los sesenta,
pasando muchas temporadas en Inglaterra y viviendo en el cora
zón mismo del swinging London: en Earl's
Court, una zo
na muy animada y cosmopolita de Kensingt
on que, por la afluencia de neozelandeses y
australianos, era conocida co
mo el Valle del Canguro (Kangaroo Valley). Precisamen
te, la aventura de mayo de
1968, en que los jóvenes de París llenaron el Barrio Latino de barricadas y declararon que había que
ser realistas
eligiendo lo imposible, a mí me sorprendió en Londres, donde, debido a las huelgas que paralizaron las
estaciones y aeropuertos de Francia, quedé varado un par de semanas, sin poder averiguar si le había ocurrido
algo a mi pisito de la Ecole
Militaire.
Al volver a París descubrí que estaba intacto, pues la revolución de mayo del 68 en realidad no había des
bordado el perímetro del Barrio Latino y Saint Germain
des
Prés. Contrariamente a lo que muchos profetizaron
en aquellos días de euforia, n
o tuvo mayor trascendencia política, salvo acelerar la caída de De Gaulle,
inaugurar la breve era de cinco años de Pompidou y revelar la existencia de una izquierda más moderna que la
del Partido Co
munista francés («la crapule stalinienne», según expresió
n de Cohn
Bendit, uno de los líderes del
68). Las costum
bres se volvieron más libres, pero, desde el punto de vis
ta cultural, con la desaparición de toda
una ilustre ge
neración
Mauriac, Camus, Sartre, Aron, Merleau Ponty, Malraux
, en aquellos años vin
o una
discreta retracción cultural, en la que, en vez de creadores, los maitres à penser pasaron a ser los críticos,
estructuralistas primero, a la manera de Michel Foucault y Roland Barthes, y luego los deconstructivistas, tipo
Gilíes Deleuze y Jacques De
rrida, de arrogantes y esotéricas retóricas, aislados en sus caba
las de devotos y
alejados del gran público, cuya vida cultu
ral, a consecuencia de esa evolución, resultó banalizándose cada vez
más.
Aquéllos fueron unos años de mucho trabajo para mí, aunq
ue, como hubiera dicho la niña mala, de
medio
cres logros: saltar de traductor a intérprete. Como la pri
mera vez, llené el hueco de su desaparición
abrumándome de obligaciones. Retomé mis clases de ruso y de interpre
tación simultánea, a las que me
dediqu
é con tesón, des
pués de las horas que pasaba en la Unesco. Estuve dos ve
ranos en la URSS, por dos
meses cada vez, la primera en Moscú y la segunda en Leningrado, siguiendo cursos in
tensivos en lengua rusa
especiales para intérpretes, en unos recintos un
iversitarios desolados, donde nos sentíamos co
mo en un
internado de jesuítas.
Unos dos años después de mi última cena con Robert Arnoux, tuve una relación sentimental un tanto
apagada con Cécile, funcionaria de la Unesco, atractiva y simpática, pero abste
mia, vegetariana y católica a
macha
martillo, con la que la compenetración era perfecta sólo cuando hacíamos el amor, pues en todo lo
demás encar
nábamos las antípodas. En algún momento contemplamos la posibilidad de vivir juntos, pero los
dos nos asustamo
sobre todo, yo
con la perspectiva de la cohabitación siendo tan diferentes y no
existiendo, en el fondo, entre nosotros, ni sombra de verdadero amor. Nuestra relación se marchitó por
aburrimiento y un buen día dejamos de vernos y llamarnos.
Me costó tr
abajo obtener mis primeros contratos como intérprete, a pesar de superar todas las pruebas
y te
ner los diplomas correspondientes. Pero este circuito era más cerrado que el de los traductores y las
asociaciones del gremio, verdaderas mafias, admitían nuevo
s miembros a cuentagotas. Sólo lo conseguí
cuando, al ingles y al francés, pude añadir el ruso entre los idiomas que traducía al español. Los contratos como
intérprete me hicieron viajar mucho por Europa y con frecuencia a Londres, sobre to
do para confere
ncias y
seminarios económicos. Un buen día de 1970, en el consulado del Perú, en Sloane Street, donde había ido a
renovar mi pasaporte, me encontré con un amigo de infancia y compañero del Colegio Champagnat de
Miraflores que hacía lo mismo: Juan Barreto,
Estaba convertido en un hippy, pero no del géne
ro zarrapastroso, sino elegante. Llevaba sueltos hasta los
hombros y pintando algunas canas unos cabellos sedosos, y exhibía una barbita algo rala que formaba en torno
a su boca un cuidado bozal. Yo lo record
aba gordito y chato, pero ahora me sobrepasaba por unos centímetros
y lucía delgado como un figurín. Vestía unos pantalones de ter
ciopelo color guinda y unas sandalias que, en vez
de cue
ro, parecían de pergamino, un blusón oriental de seda con figurillas
estampadas, una llamarada de color
emir as dos batientes de su chaleco abierto y campanudo, que me re
cordó los de unos pastores turcomanos de
un documental sobre Mesopotamia que vi en el Palais de Chaillot, dentro de la serie Connaissance du monde,
que y
o seguía cada mes.
Fuimos a tomar un café, en los alrededores del consulado, y la conversación resultó tan amena que lo
invité a almorzar a un pub de Kensington Gardens. Estuvimos juntos más de dos horas, él hablando y yo
escuchando e intercalando monosí
labos.
Su historia era novelable. Yo recordaba que, en los últimos años de colegio, Juan había comenzado a
colabo
rar en Radio El Sol como comentarista y locutor de fútbol, y que sus compañeros maristas le
augurábamos un gran futuro de periodista deportivo
. «Pero, en realidad, eso era un juego de niños», me dijo,
«mi verdadera vocación fue siempre la pintura». Estuvo en la Escuela de Bellas Artes de Lima y llegó a participar
en una exhibición colectiva en el Instituto de Arte Contemporáneo del jirón Ocoña.
Lue
go su padre lo envió a
seguir un curso de diseño y color a la St. Martin School of Arts de Londres. Apenas llegó a Inglaterra, decidió que
esa ciudad era la suya («Parecía que me estaba esperando, hermano») y que no la abando
naría nunca más.
Cuando an
unció a su padre que no re
gresaría al Perú, aquél le cortó los viáticos. Inició entonces una existencia
paupérrima, de artista callejero, haciendo retratos a turistas en Leicester Square o en las puertas de Harrods, y
pintando con tiza en las veredas el P
arlamento, el Big Ben o la Torre de Londres y pasando luego la gorra a los
mirones. Durmió en el YMCA y en bed and breakfast miserables y, como otros drop outs, las noches de in
vierno
se refugió en asilos religiosos para desechos huma
nos e hizo largas co
las en las parroquias e instituciones de
beneficencia donde repartían dos veces al día un plato de sopa caliente. Muchas veces pernoctó a la
intemperie, en los parques o, envuelto en cartones, en los vestíbulos de las tiendas. «Llegué a estar
desesperado,
pero, ni una sola vez en todo ese tiempo me sentí tan jodido como para pe
dirle a mi padre el
pasaje de regreso al Perú.»
Pese a su insolvencia, con otros hippies vagabun
dos se las arregló para llegar a Katmandú, donde
descubrió que en el espiritualizado
Nepal era más difícil sobrevivir sin dinero que en la materialista Europa. La
solidaridad de sus compañeros de trashumancia fue decisiva para que no se muriera de hambre ni de
enfermedad, porque en la In
dia tuvo una fiebre de malta que lo puso en un tris
de par
tir al otro mundo. La chica
y los dos chicos que viajaban con él se turnaron a su cabecera, mientras convalecía en un inmundo hospital de
Madras donde las ratas se paseaban entre los enfermos tendidos en el suelo sobre esteras.
Ya me había acostumb
rado totalmente a esa vi
da de tramp, a que mi casa fuera la calle, cuando
cambió mi suerte.
Estaba pintando retratos a carboncillo, por un par de libras esterlinas cada uno, a las puertas del Victoria
& Albert Museum, en Brompton Road, cuando, inespera
mente, una señora con una sombrilla para el sol y
unos guantes de gasa le pidió que retratara a la perrita que pa
seaba, una King Charles de manchas blancas y
cafés, cepi
llada, lavada y peinada con aires de lady. La perrita se lla
maba Esther. El dibujo d
oble que le hizo
Juan, «de frente y de perfil», encantó a la señora. Cuando iba a pagarle des
cubrió que no llevaba consigo ni un
centavo, porque le ha
bían robado la cartera o la había olvidado en casa. «No im
porta», le dijo Juan. «Ha sido un
honor traba
jar para una modelo tan distinguida.» La señora, confundida y llena de agradecimiento, se fue. Pero
luego de dar unos pasos, regresó y alcanzó a Juan una tarjeta. «Si alguna vez pasa por aquí, toque la puerta,
para que salude a su nueva amiga.» Le señalaba
a la perrita.
Mrs. Stubard, enfermera jubilada, viuda y sin hi
jos, se convirtió en el hada madrina cuya varita mágica sa
có a Juan Barrete de las calles de Londres y, poco a poco, lo fue limpiando («Una de las consecuencias de ser un
tramp es que no te b
añas nunca y ni hueles lo hediondo que es
tás»), alimentando, vistiendo, y, finalmente,
catapultando al medio más inglés de los ingleses: el mundo de los due
ños de establos, jinetes, preparadores y
aficionados a la hí
pica de Newmarket, donde nacen, crece
n, mueren y se entierran los caballos de carreras más
famosos de Gran Bretaña y acaso del mundo.
Mrs. Stubard vivía sola, con la pequeña Esther, en una casita de ladrillos rojos y un pequeño jardín que
ella rnisma cuidaba y mantenía primoroso, en una secci
ón tranquila y próspera de Saint John's Wood. La había
heredado de su marido, un pediatra que se pasó toda su vida en los pabellones y consultorios del Charing Cross
Hospi
tal cuidando niños ajenos y que nunca pudo tener uno pro
pio. Juan Barreto tocó la p
uerta de la viuda un
mediodía en que tenía más hambre, soledad y angustia que otros. Ella lo reconoció enseguida.
He venido a saber cómo anda mi amiga Esther. Y, si no es mucho pedir, a que me convide un pedazo
de pan.
Pase, artista
le sonrió ella
. ¿Le
importaría sa
cudirse un poco esas asquerosas sandalias que lleva? Y
aproveche también para lavarse los pies en el caño del jardín.
«Mrs. Stubard era un ángel caído del cielo», según Juan Barreto. «Había enmarcado mi carboncillo de la
perrita y lo tenía e
n una mesita de la sala. Se veía muy bien.» Hizo que Juan se lavara también las manos con
agua y ja
bón («Desde el primer momento adoptó ese aire de mamá mandona que todavía tiene conmigo») y le
preparó un par de sandwiches de tomate, queso y pepinillos y
una taza de té. Estuvieron conversando un buen
rato y ella exigió que Juan le contara su vida de pe a pa. Era alerta y ávida por saberlo todo sobre el mundo, e
insistía en que Juan le describiera con lujo de detalles cómo eran, de dónde salían y qué vidas
llevaban los
hippies.
«Aunque no te lo creas, el que resultó fascinado por la viejita fui yo. Iba a verla no sólo para que me
diera de comer, sino porque la pasaba bacán conversando con ella. Tenía un cuerpo de setenta, pero un espíritu
de quince. Y, muér
ete, la volví una hippy.»
Juan caía por la casita de St. John's Wood una vez por semana, bañaba y peinaba a Esther, ayudaba a
Mrs. Stubard a podar y regar el jardín, y, a veces, la acompaña
ba a hacer la compra al vecino almacén de
Sainsbury. Los aburguesa
dos residentes de St. John's Wood observarían extrañados a la asimétrica pareja. Juan
la ayudaba a coci
nar
le enseñó las recetas peruanas de la papa rellena, el ají de gallina y el ceviche
, le
lavaba los platos y luego tenían conversadas sobremesas en l
as que Juan le hacía oír conciertos de los Beatles y
los Rolling Stones, le contaba sus mil y una aventuras y anécdotas de los chicos y chicas hippies que había
conocido en sus peregrinaciones por Londres, la India y el Nepal. La curiosidad de Mrs. Stubard
no se contentó
con las explicaciones de Juan sobre cómo el cannabis agudizaba la lucidez y la sensibilidad, princi
palmente para
la música. Al final, venciendo sus prejuicios
era una metodista practicante
, dio dinero a Juan para que le
hiciera probar la
marihuana. «Era tan inquieta que, te juro, hubiera sido capaz de aventarse una cápsula de LSD
si yo la animaba.» La sesión de marihuana se hizo con el fondo musical de la banda sonora de Yellow
Submarine, la película de los Beatles que Mrs. Stubard y Juan
fueron a ver del brazo a un cine de estreno en
Picadilly Circus. Mi amigo estaba asustado de que a su protectora y amiga el viaje le sentara mal, y, en efecto,
terminó que
jándose de dolor de cabeza y quedándose dormida patas arriba sobre la alfombra de l
a sala,
después de dos horas de
una excitación extraordinaria, en las que habló como una lora, lanzando carcajadas y haciendo unas
figuras de ballet ante los ojos estupefactos de Juan y Esther.
La relación se convirtió en algo más que amistad, en un compañ
erismo cómplice y fraterno, pese a las
dife
rencias de edad, lengua y procedencia. «Con ella me sen
tía como si fuera mi mamá, mi hermana, mi
compinche y mi ángel de la guarda.»
Como si los testimonios de Juan sobre la subcul
tura hippy no le bastaran, Mrs
. Stubard le propuso un día
que invitara a dos o tres de sus amigos a tomar el té. Él tenía toda clase de dudas. Temía las consecuencias de
aquel intento de mezclar el agua y el aceite, pero, al final, organizó la reunión. Seleccionó a tres entre las más
resenta
bles de sus amistades hippies y Íes advirtió que si hacían pasar un mal rato a Mrs. Stubard, o se
robaban algo de su casa, él, rompiendo su vocación pacifista, les apretaría el pescuezo. Las dos chicas y el
muchacho
Rene, Jody y Aspern
vendían in
cienso y unos bolsos tejidos según su
puestos modelos afganos en
las calles de Earl's Court. Se comportaron más o menos bien y dieron buena cuenta de la torta de fresas inflada
de crema y de los pastelillos que les preparó Mrs. Stubard, pero, cuando encend
ieron un palito de incienso
explicando a la dueña de casa que así se purificaría espiritualmente el ambiente y el karma de cada uno de los
presentes se manifestaría mejor, resultó que Mrs. Stubard tenía un organismo alérgico a las nubéculas
purificaderas:
le vinieron unas ruidosas e imparables ra
chas de estornudos que le enrojecieron los ojos y la nariz
y dispararon los ladridos de Esther. Superado este inciden
te, la velada procedió más o menos bien hasta que
Rene, Jody y Aspern explicaron a Mrs. Stubard
que formaban un triángulo amoroso y que hacer el amor a tres
era ren
dir culto a la Santísima Trinidad
Dios Padre, Dios Hijo y Espíritu Santo
y una manera todavía más
firme de po
ner en práctica la divisa «Hagan el amor, no la guerra», que había aprobado
en la última
demostración de Trafalgar Square contra la guerra de Vietnam nada menos que el fi
lósofo y matemático
Bertrand Russell. Para la moral meto
dista en la que había sido educada, aquello del amor tripar
tito resultó algo
que Mrs. Stubard no había
imaginado ni en la pesadilla más escabrosa. «A la pobre se le descolgó la mandíbula
y el resto de la tarde estuvo mirando con un estupor catatónico al trío que le llevé. Después, me confe
só, con
aire melancólico, que, educándola como se educa
ban las ing
lesas de su generación, a ella la habían privado de
muchas cosas curiosas de la vida. Y me contó que nunca había visto desnudo a su marido, porque, desde el
primero hasta el último día, hicieron el amor a oscuras.»
De visitarla una vez por semana, Juan pas
ó a dos, a tres y, finalmente, a vivir con Mrs. Stubard, quien le
arre
gló el cuartito que había sido el de su finado esposo, pues en los últimos años tuvieron cuartos separados.
La convi
vencia, contrariamente a lo que Juan temía, fue perfecta. La dueña d
e casa no intentaba entrometerse
para nada en la vida de Juan, ni le preguntaba por qué algunas noches se quedaba a dormir afuera o llegaba a
acostarse cuando los vecinos de St. John's Wood partían al trabajo. Le dio llave de la casa. «Lo único que le
preo
cupaba es que me diera un baño un par de veces por semana», se reía Juan. «Porque, aunque no te lo
creas, casi tres años de hippy ca
llejero me quitaron la costumbre de la ducha. En casa de Mrs. Stubard, poco a
poco, fui redescubriendo la perversión mirafl
orina de la ducha diaria.»
Además de ayudarla en el jardín, en la cocina, a pasear a Esther y sacar a la calle el tarro de la basura,
Juan tenía con Mrs. Stubard largas pláticas familiares, cada uno con una taza de té en las manos y una fuente de
galletita
s de jengibre frente a ellos. Él le contaba cosas del Perú y ella de una Inglaterra que, desde la
perspectiva del swinging London, parecía prehistórica: niños y niñas que hasta los dieciséis años permanecían
en severos internados y donde, salvo en los barr
ios mal afamados de Soho, St. Pan
eras y el East End, la vida
cesaba a las nueve de la noche. La única diversión que se permitían Mrs. Stubard y su es
poso era ir de vez en
cuando a algún concierto o a alguna ópera en el Covent Carden. En las vacaciones de
verano pasaban una
semana en Bristol, en casa de unos cuñados, y otra en los lagos de Escocia, que a su esposo le encanta
ban. Mrs.
Stubard nunca había salido de Gran Bretaña. Pero se interesaba por las cosas del mundo: leía The Times con
atención, empeza
ndo por las necrológicas, y escuchaba en la radio las noticias de la BBC a la una y a las ocho de
la noche. Nunca se le había pasado por la cabeza comprar un aparato de televisión e iba al cine rara vez. Pero
tenía un tocadiscos, donde oía sinfonías de Moz
art, de Beethoven y de Benjamín Britten.
Un buen día vino a tomar el té con ella su sobrino Charles, el único pariente cercano que le quedaba. Era
preparador de caballos en Newmarket, todo un personaje según su tía. Y debía de serlo, a juzgar por el Jaguar
rojo que estacionó en la puerta de la casa. Joven y jovial, de ru
bios pelos crespos y cachetes encarnados, se
sorprendió de que en la casa no hubiera una sola botella de good Scotch y que tuviera que contentarse con una
copa de un vinito dulce de moscate
l que, después del té y los consabidos pastelitos de pepino y la torta de
queso y limón, sacó Mrs. Stubard para agasajarlo. Se mostró muy cordial con Juan, aunque tuvo dificultad para
situar en el mundo el exótico país del que procedía el hippy de la casa
confundía al Perú con México
, algo
que él mismo se censuró con es
píritu deportivo: «Me compraré un mapamundi y un manual de geografía para
no volver a meter la pata como hoy». Se quedó hasta el anochecer, contando anécdotas de los pura sangre que
prepar
aba en Newmarket para las carre
ras. Y les confesó que había resultado preparador porque no pudo ser
jockey, debido a su contextura robusta. «Ser jockey es terriblemente sacrificado, pero, también, la pro
fesión
más hermosa del mundo. ¡Ganar el Derby, triu
nfar en Ascot, imagínense! Mejor que sacarse el primer premio
de la lotería.»
Antes de irse estuvo contemplando, complacido, el carboncillo que Juan Barreto le había hecho a Esther.
«Ésta es una obra de arte», dictaminó. «Yo, en mis aden
tros, me reía de é
l tomándolo por un palurdo», se
recrimi
naba Juan Barreto.
Algún tiempito después mi amigo recibió unas lí
neas que, luego del encuentro callejero con Mrs. Stubard
y Esther, cambiaron definitivamente el rumbo de su vida. ¿Se animaría el «artista» a pintar
un retrato de
Primrose, la yegua estrella del establo de Mr. Patrick Chick, a la que él preparaba, y cuyo dueño, feliz con las
satisfacciones que le daba en los hipódromos, quería eternizarla en un óleo? Le ofrecía 200 libras si el retrato le
gustaba; si n
o, Juan po
dría quedarse con la tela y recibiría 50 pounds por el es
fuerzo. «Todavía me zumban las
orejas del vértigo que tu
ve leyendo aquella carta de Charles.» Juan revolvía los ojos con excitación
retrospectiva.
Gracias a Primrose, a Charles y a Mr. C
hick, Juan Barreto dejó de ser un hippy insolvente y pasó a ser un
hippy de salón, al que su talento para inmortalizar en las telas a potrancas, yeguas, reproductores y corredores
(«bi
chos de los que yo era completamente ignorante») fue abriendo poco a po
co las puertas de las casas de los
dueños y criadores de caballos de Newmarket. A Mr. Chick el óleo de Primrose le gustó y le alcanzó al
maravillado Juan Barreto las 200 libras prometidas. Lo primero que hizo Juan fue comprarle a Mrs. Stubard un
sombrerito
con flores y un paraguas que hacía juego con él.
Habían pasado cuatro años desde entonces. Juan no se acababa de creer del todo la fantástica mutación
de su fortuna. Había pintado por lo menos un centenar de óleos de caballos e innumerables dibujos, apunt
es,
bocetos a lá
piz y a carboncillo y tenía tanto trabajo que los dueños de establos de Newmarket debían esperar
semanas para que atendiera sus pedidos. Se había comprado una casita en el campo a medio camino entre
Cambridge y Newmarket y un pied
terre
en Earl's Court, para sus temporadas en Londres. Todas las veces que
venía a la ciudad iba a visitar a su hada madrina y a sacar de paseo a Esther. Cuando.la perrita murió él y Mrs.
Stubard la enterraron en el jardín de la casa.
Vi a Juan Barreto varias ve
ces en el curso de aquel año, en todas mis idas a Londres, y lo tuve alojado
unos días en mi piso de París durante unas vacaciones que se tomó para ver en el Grand Palais una exposición
dedicada a «El Siglo de Rembrandt». La moda hippy había entrado en Fra
ncia apenas y las gentes se volvían en
la calle a mirar a Juan por su indumentaria. Era una excelente persona. Cada vez que yo iba a Londres a trabajar
le avisaba con antelación y él se las arreglaba para dejar Newmarket y darme por lo menos una noche de
úsica pop y disipa
ción londinense. Gracias a él hice cosas que nunca había hecho, pasar noches blancas en
discotecas o en fiestas hippies en las que el olor de la hierba impregnaba el aire y se servían unos pasteles
preparados con hachís que dispara
ban a
l novato que era yo en unos gelatinosos viajes supra
sensibles, a veces
divertidos y a veces pesadillescos.
Lo que resultó para mí más sorprendente
y agradable, por qué no
fue lo fácil que resultaba en esas
fiestas acariciar y hacer el amor a cualquier c
hica. Sólo entonces descubrí hasta qué punto se habían
ensanchado los marcos morales en los que yo había sido educado por mi tía Alberta y que, en cierta forma,
seguían regulando más o menos mi vida en París. Las francesas tenían, en el imaginario uni
vers
al, la fama de ser
libres, desprejuiciadas y de no oponer demasiados remilgos a la hora de irse a la cama con un va
rón, pero, en
verdad, quienes llevaron esa libertad a un ex
tremo sin precedentes fueron las chicas y los chicos de la re
volución hippy lon
dinense, que, por lo menos en el círculo de conocidos de Juan Barreto, se iban a la cama con
el des
conocido o la desconocida con quien acababan de bailar y volvían al poco rato como si nada a seguir la
fiesta y repetir el plato.
La vida que has llevado e
n París es la de un funcionario de la Unesco, Ricardo
se burlaba Juan
, la
de un miraflorino puritano. Te aseguro que en muchos am
bientes de París hay la misma libertad que aquí.
Seguramente era verdad. Mi vida parisina
mi vida, en general
había sido b
astante sobria, incluso en
los períodos sin contrato de trabajo, en los que, casi siem
pre, en lugar de echar una cana al aire, me dedicaba a
per
feccionar el ruso con un profesor particular, porque, aun
que podía interpretarlo, no me sentía tan seguro
con
la lengua de Tolstoi y Dostoievski como con el inglés y el francés. Le había tomado el gusto y leía en ruso
más que en ningún otro idioma. Aquellos esporádicos fines de se
mana en Inglaterra, participando en las noches
de música pop, hierba y sexo del swi
nging London, marcaron una in
flexión en lo que había sido antes (y seguiría
siendo des
pués) una vida muy austera. Pero en aquellos fines de se
mana londinenses, que me regalaba a mí
mismo luego de terminar un contrato de trabajo, gracias al retratista de
ballos terminé haciendo cosas en las
que no me reconocía: bailar como un desmelenado y sin zapatos, fumar hierba o mascar pepitas de peyote y,
casi siempre, como remate de esas noches agitadas, hacer el amor, a menudo en los lugares más inaparentes,
jo las mesas, en cuartos de ba
ño minúsculos, en clósets, en jardines, con alguna chica, a veces muy joven, con
la que apenas cambiábamos palabra y de cuyo nombre no volvería a acordarme después de aquella vez.
Juan insistió mucho, desde nuestro primer en
cuentro, en que cada vez que fuera a Londres me quedara
en su pied
terre de Earl's Court. Él lo ocupaba apenas porque la mayor parte del tiempo la pasaba en
Newmarket transfiriendo equinos de la realidad a las telas. Yo le haría un favor desapolillando e
l pisito de
cuando en cuan
do. Si coincidíamos en Londres, tampoco habría pro
blema porque él podía dormir donde Mrs.
Stubard
guía conservando su cuarto
y, en último caso, en su pied
terre se podía instalar una cama
plegable en el único dormitorio.
Insistió tanto que, al final, acepté. Como no permitió que le pagara ni un
centavo por el alquiler, yo trataba de compensarlo trayéndole cada vez, de París, al
guna buena botella de
Bordeaux, unos quesos Camembert o Brie y unas latitas de páté de foie que
le hacían bri
llar los ojos. Juan era
ahora un hippy que no hacía dietas ni creía en el vegetarianismo.
Me gustó mucho Earl's Court, me enamoré de su fauna. El barrio respiraba juventud, música, unas vidas
sin orejeras ni cálculos, grandes dosis de ingenui
dad, la voluntad de vivir al día, fuera de la moral y los valores
convencionales, buscando un placer que rehuía los viejos mitos burgueses de la felicidad
el dinero, el poder,
la familia, la posición, el éxito social
y lo encontraba en formas simples y p
asivas de existencia: la música, los
paraísos ar
tificiales, la promiscuidad y un absoluto desinterés por el resto de los problemas que sacudían a la
sociedad. Con su hedonismo tranquilo, pacífico, los hippies no hacían da
ño a nadie; tampoco ejercían el
postolado, no querían convencer ni reclutar a esas gentes con las que habían roto para llevar su vida
alternativa: querían que los dejaran en paz, absortos en su egoísmo frugal y su sueño psicodélico.
Yo sabía que nunca sería uno de ellos, porque, pe
se a
creerme una persona bastante libre de prejuicios,
más me sentiría natural dejándome crecer los pelos hasta los hombros o vistiéndome con capas, collares y
blusas tornasoladas, ni practicando entreveros sexuales colectivos. Pero sentía una gran simpatía
y hasta una
envidia melancólica por esos muchachos y muchachas, entregados sin la menor aprensión al confuso idealismo
que guiaba sus conductas y sin imaginar los riesgos que por todo ello estaban obligados a correr.
Todavía en esos años, aunque no por muc
ho tiempo más, los empleados de los bancos, aseguradoras y
compañías financieras de la City vestían el atuendo tradicional de pantalón a rayas, chaqueta negra, sombrerito
bombín y el infaltable paraguas negro bajo el brazo. Pero, en las callecitas de casas
de dos o tres pisos, con
jardincillos a la en
trada y en la parte trasera, de Earl's Court, se veía a las gentes vestidas como si fueran a un
baile de disfraces, incluso en harapos, a menudo descalzas, pero siempre con un sentido estético aguzado,
buscand
o lo llamativo, lo exótico, lo distinto, y con detalles de picardía y humor. A mí me maravillaba mi vecina,
Marina, una colombiana que había venido a Londres a estudiar danza. Tenía un hámster que constantemente
se le escapaba al pied
terre de Juan y a m
í me daba tremendos sustos pues solía treparse a la cama y
acurrucarse entre las sábanas. Marina, aunque vivía con grandes apuros de dinero y debía de tener muy poca
ropa, rara vez se vestía dos veces de la misma manera: aparecía un
día con unos grandes o
veroles de payaso y un tongo en la cabeza y al día siguiente con una minifalda que
prácticamente no dejaba ningún secreto de su cuerpo librado a la fantasía de los paseantes. Un día me la
encontré en la esta
ción de Earl's Court montada en unos zancos y co
n la cara desfigurada por la Unionjack, la
bandera británica, pintada de oreja a oreja.
Muchos hippies, acaso la mayoría, procedían de la clase media o alta, y su rebelión era familiar, dirigida
con
tra la regulada vida de sus padres, contra lo que conside
ra
ban la hipocresía de sus costumbres puritanas y
las facha
das sociales tras las que escondían su egoísmo, su espíritu insular y su falta de imaginación. Eran
simpáticos su pacifismo, su naturismo, su vegetarianismo, su afanosa búsqueda de una vida espir
itual que diera
trascendencia a su rechazo de un mundo materialista y roído por prejuicios clasistas, sociales y sexuales con el
que no querían saber nada. Pero todo ello era anárquico, espontáneo, sin centro ni dirección, ni siquiera ideas,
porque los hip
pies
por lo menos los que conocí y observé de cerca
, aunque decían identificarse con la
poesía de los beatniks
Alien Ginsberg hizo un recital de sus poemas en Trafalgar Square en el que cantó y bailó
danzas hindúes y al que asistieron miles de jóvenes
,
lo cierto es que leían muy poco o no leían nada. Su
filosofía no estaba basada en el pensamiento y la razón sino en los sentimientos: en el feeling.
Una mañana en que me hallaba en el pied
terre de Juan dedicado a la prosaica tarea de planchar unas
sas y calzoncillos que acababa de lavar en la Laundromat de Earl's Court, me tocaron la puerta. Abrí y me
contré con media docena de muchachos rapados al coco, que llevaban botas comando, pantalones cortos y
casacas de cuero de corte militar, algunos de
ellos con cruces y me
dallas guerreras en el pecho. Me
preguntaron por el pub Swag and Tails, que estaba a la vuelta de la esquina. Fueron los primeros skin heads
(cabezas rapadas) que vi. Desde entonces, esas pandillas aparecían de cuando en cuando por e
l barrio, a veces
armados de garrotes, y los benignos hippies que habían extendido en las veredas sus mantas para vender sus
chucherías artesanales tenían que salir vo
lando, algunos con sus criaturas en los brazos, porque los skin heads
les profesaban un
odio cerril. No era sólo un odio a su modo de vida sino también clasista, porque esos
matones, jugando a los SS, procedían de sectores obreros y marginales y encarnaban su propio tipo de rebelión.
Se convirtieron en las fuerzas de choque de un partido mi
úsculo, el National Front, racista, que pedía la expul
sión de los negros de Inglaterra. Su ídolo era Enoch Powell, un parlamentario conservador que, en un discurso
que causó revuelo, había profetizado de manera apocalíp
tica que «correrían ríos de sangre
en Gran Bretaña» si
no se atajaba la inmigración. La aparición de los cabezas ra
padas creó cierta tensión y hubo algunos hechos de
vio
lencia en el barrio, pero aislados. En lo que a mí concier
ne, todas esas cortas estancias en Earl's Court fueron
muy gr
atas. Hasta el tío Ataúlfo lo advirtió. Nos escribíamos con cierta frecuencia; yo le contaba mis
descubrimientos londinenses y él me daba sus quejas sobre los desastres económicos que la dictadura del
general Velasco Alvarado comenzaba a causar en el Perú.
En una de sus cartas, me dijo: «Veo que lo pasas muy
bien en Londres, que esa ciu
dad te hace feliz».
El barrio se había llenado de pequeños cafés y restaurantes vegetarianos, y casas donde se ofrecían todas
las variedades de té de la India, atendidas por
chicas y chicos hippies que preparaban ellos mismos esas
perfumadas infusiones a la vista del cliente. El desprecio de los hippies al mundo industrial los había incitado a
resucitar la artesanía en todas sus formas y a mitificar el trabajo manual: te
jía
n bolsas, confeccionaban
sandalias, aros, collares, túni
cas, turbantes, colguijos. A mí me encantaba ir a sentarme a leer allí, como lo hacía
en los bistrots de París
pero qué distinto era el ambiente de cada sitio
, sobre todo a un garaje con cuatro
mes
itas, donde atendía Annette, una chica francesa de largos cabellos sujetados en trenza y unos pies muy
bonitos, con la que solíamos tener largas conversaciones sobre las diferencias entre el yoga asanas y el yoga
pranayama, de los que ella parecía saber to
do y yo nada.
El pied
terre de Juan era minúsculo, alegre y acogedor. Estaba en el primer piso de una casa de dos
plantas, dividida y subdividida en pequeños apartamentos, y constaba de un solo dormitorio, con un bañito y
una cocinilla empotrada. La habi
tación era amplia, con dos ven
tanales que le aseguraban una buena ventilación
y una excelente vista sobre Philbeach Gardens, callecita en forma de medialuna, y sobre el jardín interior, al que
la falta de cuidado había convertido en un hirsuto bosquecillo
. En una época, en ese jardín hubo una carpa sioux
en la que vivía una pareja de hippies con dos niñitos que gateaban. Ella venía al pied
terre a calentar los
biberones de sus hi
jos y me enseñaba una manera de respirar reteniendo el aire y paseándolo po
r todo el
cuerpo que, me decía muy seria, evaporaba todas las tendencias belicosas del instinto humano.
Además de la cama, el cuarto tenía una gran me
sa llena de objetos raros comprados por Juan Barreto en
Portobello Road y, en las paredes, multitud de gr
abados, algunas imágenes del Perú
el inevitable Machu
Picchu en lugar preferente
y fotos de Juan con gentes diversas y en lugares distintos. Y un alto de cajas donde
guardaba libros y revistas. Había también algunos libros en una repisa, pero lo que abun
daba en el lugar eran
los discos: te
nía una excelente colección de rock
and
roll y de música pop, inglesa y norteamericana, en torno a
un aparato de radio y tocadiscos de primera calidad.
Un día en que por tercera o cuarta vez examinaba las fotografías de
Juan
la más divertida era una
tomada en el paraíso equino de Newmarket, en la que mi amigo aparecía montado en un pura sangre de
soberbia estam
pa coronado con una herradura de flores de acanto cuyas riendas sujetaban un jockey y un
señor rozagante, sin
da el propietario, ambos riéndose del pobre jinete que pa
recía muy inseguro arriba de
ese Pegaso
, una de las fotos me llamó la atención. Tomada en medio de una fiesta, las personas risueñas que
miraban a la cámara, tres o cuatro parejas, iban muy bien
vestidas y con copas en las manos. ¿Qué? Un mero
parecido. Volví a escudriñarla y deseché la idea. Ese día regresaba a París. Los dos meses que estu
ve sin volver a
Londres aquella sospecha me estuvo ron
dando hasta volverse una idea fija. ¿Podía ser que
la ex chilenita, la ex
guerrillera, la ex madame Arnoux, estuvie
ra ahora en Newmarket? Me lo pregunté muchas veces, acariciando
entre los dedos la escobillita Guerlain que ella dejó en mi departamento el último día que la vi y que yo llevaba
siempre conmi
go, como un amuleto. Demasiado improbable, demasiada casualidad, demasiado todo. Pero no
conseguí arrancarme la sospecha
la ilusión
de la cabeza. Y empecé a contar los días para que un nuevo con
trato me devolviera al pied
terre de Earl's Court.
¿La c
onoces?
se sorprendió Juan, cuando por fin pude señalarle la foto e interrogarlo
. Es Mrs.
Richardson, la mujer de ese tipo tan flamboyant que ves allí, medio zampado. De origen mexicano, creo. Habla
un in
glés graciosísimo, te morirías de risa si la oyes
. ¿Seguro que la conoces?
No, no es la persona que creía.
Pero estuve totalmente seguro de que sí era. Aque
llo del «inglés graciosísimo» y su origen «mexicano»
me convencieron. Tenía que ser ella. Y aunque, muchas veces, en los cuatro años corridos desde
que
desapareció de París me había dicho que era mucho mejor que hubiera sido así, porque aquella peruanita
aventurera había causado ya bas
tantes desarreglos en mi vida, cuando tuve la certidumbre de que había
reaparecido en una nueva encarnación de su mu
dable identidad, apenas a cincuenta millas de Lon
dres, sentí un
desasosiego, una urgencia irresistibles de ir á Newmarket y volver a verla. Pasé muchas noches
Juan dormía
donde Mrs. Stubard
íntegramente despierto, en un estado de ansiedad que me hacía l
atir el corazón como
atacado de taquicardia. ¿Era posible que hubiera llegado allá? ¿Qué aventuras, enredos, temeridades, la habían
tapultado a ese enclave de la sociedad más exclusiva del mundo? No me atreví a hacerle más preguntas a
Juan Ba
rreto sobr
e Mrs. Richardson. Temía que si confirmaba la identidad de nuestra compatriota, ésta se
viera en un em
brollo de los mil diablos. Si se hacía pasar por mexicana en Newmarket, por algo turbio sería.
Concebí una estrategia sinuosa. De una manera indirecta, s
in volver a mencionar para nada a la dama de la
fotografía, trataría de que Juan me llevara a conocer ese edén de la hípica. Aquella larga noche de palpitaciones
y desvelo, e, incluso, de una violen
ta erección, llegué, en un momento, a tener un ataque de
celos con mi
amigo. Imaginaba que el retratista equino no sólo pintaba óleos en Newmarket, sino que además entre
tenía en
sus ratos de ocio a las aburridas esposas de los due
ños de establos y, acaso, entre sus conquistas figuraba Mrs.
Richardson.
¿Por qué
no tenía Juan una pareja estable, como tantos otros hippies? En las fiestas a las que me llevaba
casi siempre terminaba desapareciéndose con una chica, y a veces hasta con dos. Pero, una noche, me
sorprendí vién
dolo acariciar y besar en la boca con mucho
ímpetu a un muchachito pelirrojo, delgado como un
canuto, al que es
trujaba en sus brazos con furia amorosa.
Espero que no te haya chocado lo que has visto
me dijo después, algo amoscado.
Le contesté que a mis treinta y cinco años ya nada me chocaba en
el mundo y aún menos que otras cosas
que los seres humanos hicieran el amor al derecho o al revés.
Yo lo hago de las dos maneras y así soy feliz, viejo
me confesó, distendiéndose
. Creo que me gus
tan más las chicas que los chicos, pero en todo caso no m
e enamoraría de una ni de otro. El secreto de la
felicidad, o, por lo menos, de la tranquilidad, es saber separar el sexo del amor. Y, si es posible, eliminar el amor
romántico de tu vida, que es el que hace sufrir. Así se vive más tranqui
lo y se goza más
, te aseguro.
Una filosofía que hubiera suscrito con puntos y comas la niña mala, pues la venía practicando sin duda
desde siempre. Creo que ésa fue la única vez que habla
mos
mejor dicho, habló él
de cosas íntimas. Llevaba
una vida totalmente libre y pr
omiscua, pero, al mismo tiempo, había conservado ese prurito tan extendido
entre peruanos de evitar las confidencias en materia sexual y to
car siempre el tema de manera velada e
indirecta. Nues
tras conversaciones versaban principalmente sobre el lejano P
erú, del que nos llegaban noticias
cada vez más ruinosas sobre las grandes nacionalizaciones de haciendas y empre
sas de la dictadura militar del
general Velasco, que, según las cartas de mi tío Ataúlfo, cada día más desmoralizadas, nos iban a retroceder a
la
Edad de Piedra. Aquella vez, Juan me confesó también que, aunque en Londres buscaba to
das las ocasiones de
aplacar sus apetitos («Ya lo he visto», le bromeé), en Newmarket se comportaba como un casto varón, pese a
que no le faltaban posibilidades de d
iversión. Pero no quería, por algún enredo de cama, comprometer el
ganapán que le había dado una seguridad y unos ingre
sos que no pensó alcanzar jamás. «Yo también tengo
treinta y cinco años, y, ya lo habrás visto, esa edad, aquí en Earl's Court, es la an
cianidad.» Era cierto: la
juventud física y mental de los pobladores de ese barrio londinense a ratos me hacían sentirme prehistórico.
Me costó buen tiempo y una delicada maraña de in
sinuaciones y preguntas de apariencia anodina, ir
empujan
do a Juan Barr
ete a que me llevara a conocer Newmarket, el célebre lugar de Suffolk que desde
mediados del siglo XVIII encarnaba la pasión albiónica por los pura sangre. Le hacía muchas preguntas. Cómo
eran las gentes de allí, las casas donde vivían, los rituales y trad
iciones de que se rodeaban, las relaciones entre
propietarios, jockeys y preparadores. Y en qué consistían las subastas en el Tattersalls en que se paga
ban esas
sumas extraordinarias por los caballos estrellas y có
mo era posible que se subastara un cabal
lo por partes,
como si fuera desarmable. A todo lo que él me contaba, yo poco menos que aplaudía
«qué interesante,
hombre»
, po
niendo una cara entusiasmada: «Qué suerte que hayas podi
do conocer por adentro un mundo
así, hermano».
Al fin, dio resultado.
Había una subasta de caba
llos de cierre de temporada y, luego, un criador italiano
casado con una inglesa, el signar Ariosti, daba una cena en su casa a la que invitó a Juan. Mi amigo le preguntó
si po
día llevar a un compatriota y aquél dijo que encantad
o. Los diecisiete días que debí esperar para que
llegara aque
lla fecha los recuerdo como unas nebulosas con súbitos ataques de sudor frío y exaltaciones de
adolescente, imagi
nando que iba a ver a la peruanita, y unas noches insom
nes en las que no hacía
otra cosa que
recriminarme: era un imbécil reincidente por seguir enamorado de una loca, de una aventurera, de una
mujercita sin escrúpulos con la que ningún hombre, y yo menos que cualquier otro, podría mantener una
relación estable, sin terminar pisotead
o. Pe
ro, en los intervalos de esos soliloquios masoquistas, so
brevenían
otros, de alegría e ilusión: ¿habría cambiado mucho? ¿Conservaría esa manerita atrevida que tanto me atraía, o
vivir en el mundo estratificado de los caballistas ingleses la habría d
omesticado y anulado? El día que toma
mos
el treft a Newmarket
había que cambiar de línea en la estación de Cambridge
me asaltó la idea de que todo
aquello era una elucubración fantasiosa y que la tal Mrs. Richardson era efectivamente nada más y nada men
os
que una pinche señora de origen mexicano. «Y qué tal si has es
tado todo este tiempo corriéndote una paja,
Ricardito.»
La casa de Juan Barreto en el campo, a un par de millas de Newmarket, de madera, de un solo piso,
rodeada de sauces y hortensias, más
parecía taller de artista que vivienda. Atestada de botes de pintura,
caballetes, telas montadas sobre bastidores, cuadernos de bocetos y libros de arte, también había muchos
discos regados por el suelo, al
rededor de un estupendo aparato para oírlos. Juan
tenía un Mini Minor, que
nunca llevaba a Londres, y aquella tarde me dio una vuelta en su pequeño vehículo por todo New
market,
misteriosa ciudad dispersa, que prácticamente carecía de centro. Me llevó a conocer el encopetado Jockey Club
y el Museo de Hor
se Racing. La verdadera ciudad no era el puñado de casas alrededor de Newmarket High
Street don
de había una iglesia, algunos comercios y una que otra lavandería con monedas y un par de
restaurantes, sino las be
llas viviendas diseminadas por la chata camp
iña, en torno de las cuales se divisaban los
establos, las caballerizas y sus pistas de entrenamiento, que Juan me iba señalando, nombrándome a sus
dueños y dueñas y contándome anécdotas sobre ellos. Yo apenas lo oía. Toda mi atención estaba con
centrada
n las gentes que cruzábamos con la esperanza de que apareciera de pronto entre ellas la silueta femenina que
buscaba.
No apareció, ni en ese paseo, ni en el pequeño restaurante indio donde Juan me llevó esa noche a comer
un curry tandoori, ni tampoco al dí
a siguiente, en la larga, interminable subasta de yeguas y potrancas y
caballos de carrera y sementales en el Tattersalls, que se celebró bajo una gran carpa de lona. Yo me aburrí
soberanamente. Me sor
prendió el número de árabes que había allí, algunos en
chi
labas, pujando en cada
remate y pagando a veces sumas as
tronómicas, que yo nunca sospeché pudieran pagarse por un cuadrúpedo.
Ninguna de las muchas personas que Juan me presentó durante la subasta, y en los descansos en que los
asistentes tomaban cha
mpagne y comían zanahorias, pepinos y arenques en vasos y platos de cartón,
pronunció el nombre que esperaba: Mr. David Richardson.
Pero, esa noche, nada más entrar a la suntuosa mansión del signar Ariosti, sentí que de golpe se me seca
ba la garganta y qu
e me dolían las uñas de manos y pies. Ahí estaba, a menos de diez metros, sentada en el
brazo de un sofá, con una larga copa en la mano. Me miraba como si no me hubiera visto nunca en la vida.
Antes de que yo pudiera dirigirle la palabra o acercarle la car
a para besarle la mejilla, me estiró una mano
desganada y me saludó en inglés como al perfecto extranjero: «How do you do?». Y, sin darme tiempo a
responderle, me volvió la espalda y se en
frascó de nuevo en la charla con la gente que la rodeaba. Al poco r
ato
la oí contar, con el más absoluto desparpajo y en un inglés aproximado pero muy expresivo, cómo su padre la
llevaba a ella de niña en la Ciudad de México, to
das las semanas, a un concierto o a una ópera. Así le había
inculcado una pasión precoz por la
música clásica.
No había cambiado mucho en estos cuatro años. Tenía siempre la fachita esbelta, bien formada, de
cintura estrecha, las piernas delgaditas y torneadas y los tobillos tan finos y quebradizos como las muñecas.
Parecía más se
gura de sí misma
y más desenvuelta que antes y movía la cabeza al final de cada frase con
estudiada displicencia. Se había aclarado algo el pelo y lo llevaba más largo que en París, con unas ondas que no
le recordaba; su maquillaje era más sencillo y natural que el recarga
do que acostumbra
ba llevar madame
Arnoux, Vestía una falda muy corta, se
gún la moda, que mostraba sus rodillas y una blusita esco
tada que dejaba
al aire sus lindos hombros lisos y sedosos y destacaba su cuello, airoso estambre cercado por una cadenita d
e
plata de la que colgaba una piedra preciosa, un zafiro tal vez, que con sus movimientos se balanceaba con
picardía sobre la abertura donde asomaban sus senos paraditos. Divisé su anillo de casada en el anular de su
mano izquierda, a la manera protestante
. ¿Se habría convertido a la religión anglicana, también? Mr.
Richardson, a quien Juan me presentó en la sala contigua, era un sesentón exu
berante, con una camisa amarilla
eléctrica y un pañuelo del mismo color que rebalsaba sobre su elegantísimo traje az
ul. Ebrio y eufórico, contaba
chistes sobre sus andanzas por Japón que divertían mucho al corro de invitados que lo ro
deaba, al mismo
tiempo que les llenaba las copas con una botella de Dom Perignon que aparecía y reaparecía en sus manos
como por arte de
magia. Juan me explicó que era un hombre muy rico, que pasaba parte del año haciendo
nego
cios en Asia, pero que el norte de su vida era la pasten aris
tócrata por excelencia: los caballos.
El centenar de personas que llenaba las estancias y el porche, fre
nte al que se abría un vasto jardín con
una piscina de azulejos iluminada, respondía más o menos a lo que Juan Barreto me había anunciado: un
mundo muy inglés, al que se habían integrado algunos caballistas foraste
ros, como el dueño de casa, el signar
Ari
osti, o mi exótica compatriota disfrazada de mexicana, Mrs. Richardson. To
do el mundo andaba bastante
bebido, y todos parecían co
nocerse mucho y comunicarse en un lenguaje cifrado cu
yo tema recurrente era la
hípica. En un momento en que conseguí sentarm
e en el grupo que rodeaba a Mrs. Ri
chardson, entendí que
varias de esas personas, entre ellas la niña mala y su marido, habían ido hacía poco a Dubai, invitados en el
avión privado de un jeque árabe, a la inau
guración de un hipódromo. Los habían tratado
a cuerpo de rey. Eso
de que los musulmanes no bebían alcohol, de
cían, sería cierto para los musulmanes pobres, pero los otros, los
caballistas de Dubai por ejemplo, bebían y atendían a sus huéspedes con los vinos y el champagne más exquisi
tos de Francia.
Pese a mis esfuerzos, no conseguí en el curso de la larga noche cambiar palabra con Mrs. Richardson.
Cada vez que, guardando ciertas formas, me le acercaba, ella se alejaba, con el pretexto de ir a saludar a
alguien, llegarse al buffet o al bar, o poniénd
ose a secretearse con una amiga. Y tampoco conseguí cruzar con
ella una mirada, pues, aunque no me cabía la menor duda de que era perfecta
mente consciente de que yo
estaba siempre persiguiéndo
la con la vista, no me daba la cara jamás, y, por el contra
ri
o, siempre se las
arreglaba para ofrecerme la espalda o el perfil. Era verdad lo que me había dicho Juan Barreto: su inglés era
primario y a ratos incomprensible, trufado de incorrecciones, pero lo hablaba con tanta frescura y con
vicción y
con una musiqui
ta latinoamericana tan simpáti
ca, que resultaba gracioso, además de expresivo. Para llenar los
vacíos, acompañaba sus palabras con una gesticulación incesante y unos visajes y expresiones que eran un
consu
mado espectáculo de coquetería.
Charles, el sobri
no de Mrs. Stubard, resultó un muchacho encantador. Me contó que, por culpa de Juan,
había comenzado a leer libros de viajeros ingleses por el Perú y que estaba planeando ir a pasar unas
vacaciones en el Cusco y hacer el trekking hasta Machu Picchu. Quería
convencer a Juan para que lo
acompañara. Si yo quería sumar
me a la aventura, welcome.
A eso de las dos de la mañana, cuando la gente comenzaba a despedirse del signor Ariosti, en un súbito
arranque al que debieron incitarme las numerosas copas de champag
ne que llevaba encima, me aparté de una
reja que me interrogaba sobre mis experiencias como in
térprete profesional, y esquivé a mi amigo Juan
Barreto, que por cuarta o quinta vez en la noche quería arrastrar
me a una salita a admirar el retrato de cuer
po
entero que había pintado de Belicoso, una de las estrellas del establo del dueño de casa, y crucé el salón hacia
el grupo donde estaba Mrs. Richardson. La cogí del brazo con fuerza, y, sonriéndole, la obligué a apartarse de
quienes la rodeaban. Me miró
con un desagrado que le torció la boca y le oí proferir las primeras palabrotas
desde que la conocí:
Suéltame, fucking beast
murmuró, entre dientes
Suéltame, me vas a meter en un lío.
Si no me llamas por teléfono, le diré a Mr. Richardson que estás cas
ada en Francia y que te persigue la
policía de Suiza por vaciar la cuenta secreta de monsieur Arnoux.
Y le puse en la mano un papelito con el teléfono del pied
terre de Juan en Earl's Court. Después de un
instante de pasmo y mudez
su carita se volvió un
ric
tus
lanzó una carcajada, abriendo mucho los ojos:
Oh, my God! You are learning, niño bueno
exclamó, reponiéndose de la sorpresa, con un tonito de
aprobación profesional.
Dio media vuelta y regresó al grupito del que yo la había arrancado.
Estuve s
egurísimo de que no me llamaría. Yo era un testigo incómodo de un pasado que ella quería
borrar a toda costa; si no, jamás hubiera actuado como lo había hecho toda la noche, esquivándome de esa
manera. Sin embargo, me llamó a Earl's Court dos días después,
muy temprano. Apenas pudimos hablar
porque, como solía ha
cerlo antaño, se limitó a darme órdenes:
Te espero mañana, a las tres, en el Russell Ho
tel. ¿Conoces? En Russell Square, cerca del Museo Britá
nico. Puntualidad inglesa, por favor.
Estuve allí co
n media hora de anticipación. Me sudaban las manos y respiraba con dificultad. El lugar no
podía haber sido mejor elegido. El viejo hotel belle époque, con su fachada y sus largos pasillos estilo pompier
oriental, parecía semivacío, y todavía más el bar de
techo altísimo y paredes forradas de madera, con mesitas
muy separadas y, algunas, escondidas entre tabiques y gruesas alfombras que apagaban las pisadas y la
conversación. Detrás del mostrador, un mozo hojeaba el Evening Stan
dard.
Llegó con unos minutos
de atraso, vestida con un trajecito sastre de gamuza color malva, unos zapatitos
y una cartera de cocodrilo negros, un collar de perlas de una vuelta y, en las manos, un solitario que
relampagueaba. Llevaba en el brazo un impermeable gris y un paraguas de
la misma tela y color. ¡Cuánto había
progresado la camarada Arlette! Sin saludarme, ni sonreír, ni estirarme la ma
no, se sentó en el asiento frente a
mí, cruzó las piernas y co
menzó a reñirme:
La otra noche hiciste una estupidez que no te perdono. No d
ebiste dirigirme la palabra, no debiste
cogerme del brazo, no debiste hablarme como si me conocieras. Has podido comprometerme, ¿no te dabas
cuenta que tenías que disimular? ¿Dónde tienes la cabeza, Ricardito?
Era ella, tal cual. No nos veíamos hacía cuatr
o años y no se le ocurría preguntarme cómo estaba, qué
había hecho todo este tiempo, echarme siquiera una sonrisa o una palabra simpática por el reencuentro. Iba a
lo suyo, sin distraerse en nada más.
Estás muy linda
le dije, hablando con cierta dificult
ad, debido a la emoción
. Más todavía que hace
cuatro años, cuando te llamabas madame Arnoux. Te perdono tus insultos de la otra noche y tus majaderías de
ahora, por lo linda que estás. Y, además, por si quieres saberlo, sí, sigo enamorado de ti. A pesar d
e todo. Loco
por ti. Más que nunca antes. ¿Te acuerdas de la escobillita que me dejaste de recuerdo la última vez que nos
vimos? Es és
ta. Desde entonces la llevo conmigo a todas partes, en el bolsillo. Me he vuelto un fetichista, por ti.
Gracias por estar
tan linda, chilenita.
No se reía, pero en sus ojos color miel oscura ha
bía brotado la lucecita irónica de épocas pasadas. Cogió
la escobillita, la examinó y me la devolvió, murmurando: «No sé de qué me hablas». Dejaba, sin la más mínima
incomodidad, que
la contemplara, a la vez que me observaba, es
tudiándome. Mis ojos la recorrían despacio, de
abajo arriba, de arriba abajo, deteniéndose en sus rodillas, en su cuello, en sus orejitas semicubiertas por
mechones de sus ahora claros cabellos, en sus manos ta
n cuidadas, de uñas largas pintadas color natural, y en
su nariz que parecía haberse afilado. Dejó que le cogiera las manos y se las besara, pero con su proverbial
indiferencia, sin hacer el menor gesto de reciprocidad.
¿Iba en serio tu amenaza de la otra
noche?
me preguntó, al fin.
Muy en serio
le dije, besándole, dedo por de
do, las junturas, el dorso, la palma de cada mano
. Con
los años, me he vuelto como tú. Todo vale para conseguir lo que uno quiere. Son tus palabras, niña mala. Y yo,
lo sa
bes d
e sobra, lo único que de veras quiero en este mundo eres tú.
Zafó una de sus dos manos de las mías y me la pa
só por la cabeza, despeinándome, en esa semicaricia un
co compasiva que ya me había hecho otras veces:
No, tú no eres capaz de esas cosas
dij
o, a me
dia voz, como lamentando esa carencia de mi personali
dad
. Pero, sí, debe ser cierto que todavía estás enamo
rado de mí.
Pidió té con scones para los dos y me explicó que su marido era un hombre muy celoso, y, lo peor,
enfermo de celos retrospecti
vos. Husmeaba en su pasado como un lobo rapaz. Por eso, estaba obligada a ser
muy cuidadosa. Si hubiera sospechado la otra noche que nos conocíamos, le habría hecho una escena. ¿No
habría yo cometido la imprudencia de decirle a Juan Barreto quién era ella,
no?
No hubiera podido decírselo aunque hubiera querido
la tranquilicé
. Porque, la verdad, todavía no
tengo la menor idea de quién eres tú.
Terminó por reírse. Dejó que le cogiera la cabeza con mis dos manos y le juntara los labios. Bajo los míos,
que l
a besaban con avidez, con ternura, con todo el amor que le tenía, los suyos permanecieron inconmovibles.
Te deseo
le susurré en el oído, mordisqueán
dole el borde de la oreja
. Estás más bella que nunca,
peruanita. Te quiero, te deseo con toda mi alma, c
on todo mi cuerpo. En estos cuatro años no he hecho otra
cosa que soñar contigo, que quererte y desearte. Y también malde
cirte. Cada día, cada noche, todos los días.
Luego de un momento, me apartó con sus manos.
Tú debes ser la última persona en el mundo
que todavía dice esas cosas a las mujeres
sonreía,
divertida, mirándome como a un bicho raro
. ¡Qué huachaferías me dices, Ricardito!
Lo peor no es que las diga. Lo peor es que las siento. Sí, son verdad. Tú me conviertes en un personaje
de telenovela.
Nunca se las he dicho a nadie más que a ti.
No debe vernos así nadie, jamás
dijo de pron
to, cambiando de tono, ahora muy seria
. Lo último
que quisiera es una pataleta de celos del pesado de mi marido. Y, ahora, tengo que irme, Ricardito.
¿Tendré que e
sperar otros cuatro años para ver
te de nuevo?
El viernes
precisó de inmediato, con una risi
ta picara, pasándome otra vez la mano por el pelo. Y,
luego de una pausa efectista
: Aquí mismo. Tomaré un cuarto a tu nombre. No te preocupes, pichiruchi, lo
garé yo. Tráete algún maletín, para disimular.
Le dije que estaba muy bien, pero que yo mismo me pagaría la habitación. No pensaba cambiar mi
hones
ta profesión de intérprete por la de cafiche.
Echó una carcajada, ahora sí espontánea:
¡Claro!
exclamó
. T
ú eres un caballerote miraflorino y los caballeros no aceptan dinero de las mu
jeres.
Por tercera vez volvió a pasarme la mano por el pelo y esta vez yo se la cogí y la besé.
¿Creías que iba a ir a acostarme contigo en ese cuchitril que te ha prestado el
mariquita de Juan
Barreto en Earl's Court? Todavía no te has dado cuenta que ahora yo estoy at the top.
Un minuto después se había ido, luego de indicar
me que no saliera del Russell Hotel antes de un cuarto
de hora, porque con David Richardson todo era po
sible, incluso que la hiciera seguir cada vez que venía a
Londres por uno de esos detectives especializados en adulterios.
Esperé los quince minutos y, luego, en vez de to
mar el metro, di un larguísimo paseo bajo un cielo
encapo
tado y amagos de una lluvi
ecita menuda. Fui hasta Trafalgar Square, crucé St. James Park, Green Park,
oliendo la hierba mojada y viendo gotear las ramas de los gruesos ro
bles, bajé casi todo Brompton Road y una
hora y media después llegué a la medialuna de Philbeach Gardens, fati
gado y feliz. La larga caminata me había
serenado y me permitía pensar, sin el tumulto de ideas y sensaciones caó
ticas en el que había vivido desde mi
visita a Newmarket. ¿Cómo era posible que volver a verla después de tanto tiem
po te trastornara así, Ri
cardito?
Porque, era cierto todo lo que le había dicho: seguía loco por ella. Me bastó verla pa
ra reconocer que, aun a
sabiendas de que cualquier relación con la niña mala estaba condenada al fracaso, lo único que realmente
deseaba yo en la vida con esa p
asión con que otros persiguen la fortuna, la gloria, el éxito, el poder, era tener
la
a ella, con todas sus mentiras, sus enredos, su egoísmo y sus desapariciones. Una huachafería, sin duda, pero
era verdad que hasta el viernes no haría otra cosa que malde
cir la lentitud con que pasaban las horas que
faltaban para el nuevo encuentro.
El viernes, cuando llegué al Russell Hotel, con un maletín de mano, el recepcionista, un hindú, me confir
mó que la habitación estaba reservada a mi nombre por el día. Ya había
sido pagada. Añadió que «mi
secretaria» les había advertido que yo vendría de París con cierta fre
cuencia y que, si era así, el hotel vería la
forma de hacerme un precio especial, como a los clientes fijos, «salvo en la estación alta». El cuarto tenía vi
sta
sobre Russell Square y, aunque no era pequeño, lo parecía, por lo atestado que es
taba de objetos, mesillas,
lamparillas, animalitos, grabados, y unas telas con guerreros mogoles de ojos desorbi
tados, retorcidas barbas y
curvas cimitarras que parecían
precipitarse sobre el lecho con muy malas intenciones.
La niña mala llegó media hora después que yo, envuelta en un entallado abrigo de cuero, un sombrerito
que le hacía juego y unos botines hasta las rodillas. Además del bolso llevaba un cartapacio lleno
de cuadernos y
libros de unos cursos sobre arte moderno que, me explicó después, seguía tres veces por semana en Christie's.
Antes de mirarme, echó una ojeada a la habitación e hizo un pequeño sig
no de asentimiento, aprobando.
Cuando, por fin, se dignó m
irarme, ya la tenía yo en mis brazos y había comenzado a desvestirla.
Ten cuidado
me instruyó
. No me vayas a arrugar la ropa.
La desnudé con todas las precauciones del mun
do, estudiando, como objetos preciosos y únicos, las
pren
das que llevaba encima,
besando con unción cada centí
metro de piel que aparecía a mi vista, aspirando el
aura suave, ligeramente perfumada, que brotaba de su cuer
po. Ahora tenía una pequeña cicatriz casi invisible
cerca de la ingle, pues la habían operado del apéndice, y lleva
ba el pubis más escarmenado que antaño. Sentía
deseo, emoción, ternura, mientras besaba sus empeines, sus axi
las fragantes, los insinuados huesecillos de la
columna en su espalda y sus nalgas paraditas, delicadas al tacto como el terciopelo. Le besé los
menudos
pechos, largamente, loco de dicha.
No te habrás olvidado lo que me gusta, niño bueno
me susurró al oído, por fin.
Y, sin esperar mi respuesta, se puso de espaldas, abriendo las piernas para hacer sitio a mi cabeza, a la
vez que se cubría los ojos
con el brazo derecho. Sentí que comenzaba a apartarse más y mejor de mí, del Russell
Hotel, de Londres, a concentrarse totalmente, con esa inten
sidad que yo no había visto nunca en ninguna
mujer, en ese placer suyo, solitario, personal, egoísta, que mis
labios habían aprendido a darle. Lamiendo,
sorbiendo, besando, mordisqueando su sexo pequeñito, la sentí humedecerse y vibrar. Se demoró mucho en
terminar. Pero qué delicioso y exaltante era sentirla ronroneando, meciéndose, sumida en el vértigo del deseo,
hasta que, por fin, un largo gemido estremeció su cuerpecito de pies a cabeza. «Ven, ven», susurró, ahogada.
Entré en ella con facilidad y la apreté con tanta fuerza que salió de la inercia en que la había dejado el orgasmo.
Se quejó, retorciéndose, trata
ndo de zafarse de mi cuerpo, quejándose: «Me aplastas».
Con mi boca pegada a la suya, le rogué:
Por una vez en tu vida, dime que me quieres, niña mala. Aunque no sea cierto, dímelo. Quiero saber
cómo suena, siquiera una vez.
Después, cuando habíamos termi
nado de hacer el amor, y conversábamos, desnudos sobre la colcha
amari
lla, amenazados por los fieros guerreros mogoles y yo le acariciaba los pechos, la cintura, besaba la casi
invisible cicatriz y jugaba con su liso vientre, pegando el oído a su ombligo
y escuchando los rumores profundos
de su cuer
po, le pregunté por qué no me había dado gusto, diciéndome esa pequeña mentira al oído. ¿No la
había dicho tantas veces, a tantos?
Por eso
me respondió en el acto, sin pie
dad
. Yo nunca he dicho «te quiero»,
«te amo», sintiéndo
lo
de verdad. A nadie. Sólo he dicho esas cosas de a menti
ras. Porque yo nunca he querido a nadie, Ricardito. Les
he mentido a todos, siempre. Creo que el único hombre al que nunca le he mentido en la cama has sido tú.
Vaya, viniendo
de ti, eso es toda una declara
ción de amor. ¿Había conseguido por fin eso que había
buscado tanto, ahora que estaba casada con un hombre rico y poderoso?
Una sombra veló sus ojos y su voz se empañó:
Sí y no. Porque, aunque ahora tengo seguridad y puedo
comprarme lo que quiero, estoy obligada a
vivir en Newmarket y a pasarme la vida hablando de caballos.
Lo dijo con una amargura que parecía salirle del fondo del alma. Y, entonces, de pronto, se sinceró
conmi
go de una manera inesperada, como si no pudiera
ya guar
dar adentro todo aquello. Odiaba los caballos
con todas sus fuerzas y también a todas sus amistades y relaciones de Newmarket, propietarios, preparadores,
jockeys, emplea
dos, palafreneros, perros y gatos y todas las personas que directa o indirec
tamente tenían que
ver con los equinos, malditos engendros que, además, eran el único tema de conversación y preocupación de
esa horrible gente que la rodeaba. No sólo en los hipódromos, en las pistas de en
trenamiento, en los establos,
también en las cena
s, las re
cepciones, los matrimonios, los cumpleaños y en los en
cuentros casuales las gentes
de Newmarket hablaban de las enfermedades, accidentes, aprontes, proezas o desgracias de los horribles
cuadrúpedos. A ella esta vida había conse
guido amargarle l
os días, y hasta las noches, porque, últi
mamente,
tenía pesadillas con los caballos de Newmarket. Y, aunque no me lo dijo, era fácil adivinar que de su odio
inconmensurable hacia los caballos y Newmarket tampo
co se libraba su marido. Mr. David Richardson
compade
cido de las angustias y depresiones de su mujer, le había dado permiso desde hacía algunos meses
para que viniera a Londres
ciudad a la que la fauna de Newmarket detesta
ba y en la que rara vez ponía los
pies
a seguir cursillos de historia del
arte en Christie's y Sotheby's, a tomar clases de arreglos florales en Out
of the Bloom, en Camden, y hasta sesiones de yoga y de meditación trascendental en un ashram de Chelsea
que la distrajeran un poco de los estra
gos psicológicos que le causaba la hí
pica.
Vaya, vaya, niña mala
me burlé yo, encanta
do de oír lo que me contaba
. ¿Descubriste que no
siem
pre el dinero es la felicidad? ¿Tengo esperanzas, pues, de que un día de éstos despidas a Mr. Richardson y
te cases conmigo? París es más divertido qu
e el infierno caballuno de Suffblk, como sabes.
Pero ella no tenía ganas de bromear. Su disgusto por Newmarket era todavía más grave de lo que me pa
reció aquella vez, un verdadero trauma. Creo que ni una sola tarde, de las muchas en que nos vimos e hicimo
el amor en el curso de los dos años siguientes en las distintas habitaciones del Russell Hotel
llegué a tener la
impre
sión de que las conocía todas de memoria
, dejó la niña mala de desfogarse conmigo, vociferando
contra los caba
llos y la gente de New
market, cuya vida le parecía monó
tona, estúpida, la más tonta del mundo.
¿Por qué, si era tan infeliz con la existencia que llevaba, no le ponía térmi
no? ¿Qué esperaba para separarse de
David Richardson, un hombre con el que evidentemente no se había cas
ado por amor?
No me atrevo a pedirle el divorcio
me reco
noció, una de esas tardes
. No sé qué me pasaría.
No te pasaría nada. ¿Estás casada con todas las de la ley, no? Aquí las parejas se descasan sin ningún
pro
blema.
No lo sé
me dijo ella, yendo e
n las confiden
cias un poco más lejos que de costumbre
. Nos casamos
en Gibraltar y no estoy segura de que mi matrimonio ten
ga la misma validez aquí. Tampoco sé cómo
averiguarlo sin que David se entere. Tú no conoces a los ricos, niño bueno. Y menos a Dav
id. Para casarse
conmigo, tramó con sus abogados un divorcio en el que dejó a su primera mu
jer poco menos que en la calle. No
quiero que me pase lo mismo. Él tiene los mejores abogados, las mejores relacio
nes. Y yo, en Inglaterra, soy
menos que nadie, un
a pobre shit.
Nunca pude averiguar cómo lo había conocido, cuándo y de qué manera surgió ese romance con David
Richardson que la catapultó de París a Newmarket. Era evidente que había hecho un mal cálculo creyendo que,
con semejante conquista, conquistaría
también esa liber
tad ilimitada que ella asociaba con la fortuna. No sólo
no era feliz; a simple vista, más lo había sido como esposa del funcionario francés al que abandonó. Cuando,
otra de esas tardes, ella misma me habló de Robert Arnoux y me exigió qu
e le relatara con pelos y señales la
conversación que tuvimos la noche que me invitó a cenar a Chez Eux, lo hice, sin omitirle nada, contándole
incluso cómo a su ex marido se le llenaron los ojos de lágrimas al referirme que ella se había fugado con todos
los ahorros de la cuen
ta conjunta que tenían en un banco suizo.
Como buen francés, lo único que le dolía era la plata
me comentó, sin impresionarse lo más
mínimo
. ¡Sus ahorros! Cuatro reales ridículos que no me alcanzaron ni para un año de vida. Me usó
para
sacar plata de Francia a escondidas. No sólo la suya, también la de sus amigos. Habrían podido meterme presa,
si me pescaban. Además, era un tacaño, lo peor que puede ser alguien en la vida.
Ya que eres tan fría y tan perversa, por qué no matas a Da
vid Richardson, niña mala. Te evitarás los;
riesgos del divorcio y heredarás su fortuna.
Porque no sabría cómo hacerlo sin que me metan presa
me contestó, sin sonreír
. ¿Te animarías
tú? Te ofrezco el diez por ciento de su herencia. Es mucha, mucha plata
Jugábamos, pero yo no podía evitar, cuando le oía decirme esas barbaridades con tanta soltura, un
escalofrío. Ya no era aquella muchachita vulnerable que, pasando mil pellejerías, había salido adelante gracias a
una audacia y una determinación poco comun
es; ahora era una mujer he
cha y derecha, convencida de que la
vida era una jungla don
de sólo triunfaban los peores, dispuesta a todo para no ser vencida y seguir escalando
posiciones. ¿Incluso a despachar al otro mundo a su marido para heredarlo, si podí
a hacer
lo con absoluta
garantía de impunidad? «Por supuesto», me decía, con esa miradita burlona y feroz. «¿Te doy miedo, niño
bueno?»
Sólo cuando David Richardson la llevaba con él en sus viajes de negocios por Asia, se divertía. Por lo que
me contó, alg
o bastante vago, su marido era broker, intermediario de diversas commodities, que Indonesia,
Corea, Taiwán, Tailandia y Japón exportaban a Europa y por eso hacía viajes frecuentes allá a entrevistarse con
los proveedores. No siempre lo acompañaba; cuando l
o hacía, sentía una gran liberación. Seúl, Bangkok, Tokio,
eran las com
pensaciones que le permitían soportar Newmarket. Mien
tras él celebraba sus cenas y reuniones de
negocios, ella ha
cía turismo, visitaba templos y museos y se compraba ropa o adornos p
ara su casa. Por
ejemplo, tenía una maravillosa colección de kimonos japoneses y gran variedad de muñe
cos articulados del
teatro balines. ¿Me permitiría, alguna vez, cuando su marido estuviera de viaje, ir a Newmarket y echar un
vistazo a su casa? No, nun
ca. Yo no debía asomar por allá jamás, aunque Juan Barreto volviera a invitarme.
Salvo, claro, que me decidiera a tomar en serio su propues
ta homicida.
Esos dos años, en los cuales pasé largas tempora
das en el swinging London, pernoctando en el pied
rre de Juan Barreto en Earl's Court, y viendo a la niña mala una o dos veces por semana, fueron los más felices
de mi vida hasta entonces. Gané menos dinero como intérprete, porque, por Londres, deseché muchos
contratos en París y otras ciudades europeas,
incluida Moscú, donde las con
ferencias y congresos
internacionales se hicieron más fre
cuentes hacia fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, y, en
cambio, acepté trabajos bastante mal paga
dos cuyo único atractivo era que me llevaban a Ingla
terra. Pero por
nada del mundo hubiera cambiado la felicidad de llegar al Russell Hotel, donde a todos los camareros y
camareras llegué a conocerlos por sus nombres, y esperar, en estado de trance, la llegada de Mrs. Richardson.
Cada vez me sorprendía con
un vestido, una ropa interior, un perfume o unos zapatitos nuevos. Una de aquellas
tardes, como yo le había pedido, se trajo en una bolsa varios ki
monos de su colección y me hizo una exhibición,
andando y moviéndose por el cuarto, con los piececitos muy j
tos y la sonrisa estereotipada de una geisha.
Siempre noté, en su cuerpo menudo y en el viso ligeramente verdoso de su piel, una huella oriental, herencia
de algún ancestro del que ella no tenía noticia, y que aquella tarde se me hizo más evidente que n
unca.
Hacíamos el amor, conversábamos desnudos, mientras yo jugaba con sus cabellos y su cuerpo, y, algunas
veces, si lo permitía el tiempo, antes de que regresara a Newmarket dábamos un paseo por un parque. Si llovía,
nos metíamos a algún cine, y veíamos
la película de la ma
no. Otrjas veces íbamos a tomar té con los scones que
a ella le gustaban, a Fortnum and Masón, y, una vez, a los cé
lebres y opulentos tes del Hotel Ritz, pero no.
volvimos porque al salir ella divisó en una mesa a una pareja de New
rket. La vi ponerse pálida. En esos dos
años yo me con
vencí de que, en mi caso al menos, era falso que el amor se empobreciera o desapareciera con
el uso. El mío crecía cada día. Yo estudiaba minuciosamente las galerías, los museos, los cinemas de arte, l
as
exposiciones, los itinerarios recomendados
los pubs más antiguos de la ciudad, las ferias de anticuarios, los
escenarios de las novelas de Dickens
, para proponerle paseos que pudieran divertirla, y, cada vez, también, la
sorprendía con algún regalito
de París, que, si no por su precio, podía impresionarla por su originalidad. A veces,
contenta con el regalo, me decía «te mereces un besito» y, por un segundo, me juntaba los labios. Apoya
dos en
los míos, quietos, se dejaban besar por mí, sin res
ponder.
¿Llegó a quererme un poco en aquellos dos años? Nunca me lo dijo, desde luego, eso habría sido una
demostración de debilidad que no se hubiera, ni me hubie
ra, perdonado. Pero creo que llegó a acostumbrarse a
mi devoción, a sentirse halagada por el amor q
ue yo vertía sobre ella a manos llenas más de lo que se atrevía a
confe
sarse a sí misma. Le gustaba que la hiciera gozar con mi boca, y que luego, apenas había alcanzado el
orgasmo, la penetrara y «la irrigara». Y, también, que le dijera de todas las form
as posibles y de mil maneras
que la amaba. «¿Qué cursilerías me vas a decir hoy día?» era a veces su saludo.
Que lo más excitante que hay en ti, después de este clítoris enanito, es tu manzana de Adán. Cuando
be, pero, principalmente, cuando baja baila
ndo por tu garganta.
Si conseguía hacerla reír, me sentía colmado, co
mo, de niño, tras aquella acción buena que los hermanos
del Colegio Champagnat de Miraflores nos recomenda
ban hacer a diario, para santificar el día. Una tarde tuvi
mos un curioso incid
ente, de larga cola. Yo estaba traba
jando en un congreso organizado por British Petroleum,
en una sala de conferencias de Uxbridge, en las afueras de Londres, y me fue imposible salir a reunirme con ella
había pedido permiso para ausentarme en la tarde
porque el compañero que debía reemplazarme se
enfermó. La lla
mé por teléfono al Russell Hotel, dándole toda clase de disculpas. Sin responderme una palabra,
me cortó. Volví a llamar y ya no estaba en la habitación.
El viernes siguiente
nos veíamos los mi
ércoles y los viernes, por lo general, los días de sus supuestas
clases de arte en Christie's
me hizo esperar más de dos horas, sin llamar para explicarme su tardanza.
Apareció, por fin, con la cara fruncida, cuando yo ya no creía que vendría.
¿No podías
llamarme?
protesté
. Me has tenido con los nervios...
No pude terminar porque una cachetada, lanzada con todas sus fuerzas, me cerró la boca.
Tu a mí no me dejas plantada, pichiruchi
vibraba de indignación y tenía la voz descompuesta
. Tú, si
tienes un
a cita conmigo...
No la dejé acabar la frase porque me abalancé so
bre ella y con todo el peso de mi cuerpo la hice rodar
sobre la cama. Se defendió un poco al principio, pero, no mucho después, dejó de resistir. Y, casi de inmediato,
sen
tí que me besaba
y abrazaba también, y me ayudaba a desnudarla. Nunca antes había hecho algo así. Por
pri
mera vez sentí su cuerpecito enredándose en el mío, tren
zándome las piernas, sus labios apretándose contra
los míos y su lengua pugnando con la mía. Sus manos se hund
ían en mi espalda, en mi cuello. Le rogué que me
perdonara, jamás volvería a ocurrir, le agradecí que me hiciera tan feliz, que por primera vez me demostrara
que también me quería. Entonces, la sentí sollozar y vi sus ojos mo
jados.
Amor mío, corazón, no
llores, y por esa tonte
ría
la acariñé, sorbiéndole las lágrimas
. No volverá a
ocurrir, te lo prometo. Te amo, te amo.
Después, cuando nos vestíamos, ella permanecía muda, con una expresión rencorosa, arrepentida de su
debilidad. Traté de mejorarle el hu
mor, bromeando:
¿Ya dejaste de quererme, tan rápido?
Me miró con cólera, un buen rato, y cuando ha
bló su voz sonó muy dura:
No te equivoques, Ricardito. No creas que te he hecho esa escena porque me muero por ti. Ningún
hom
bre me importa mucho y tú no
eres la excepción. Pero tengo mi amor propio y a mí nadie me deja plantada
en un cuarto de hotel.
Le dije que estaba dolida de que yo hubiera descubierto que, a pesar de todas sus paradas, desplantes e
sultos, algo sentía por mí. Fue el segundo error g
rave que cometí con la niña mala desde aquel día que, en vez
de retenerla en París, la animé a partir a Cuba a seguir su entrenamiento de guerrillera. Me miró muy seria, sin
decir nada un buen rato y, por fin, murmuró, llena de altivez y desprecio:
¿Eso c
rees? Ya verás que no es así, pichiruchi.
Salió de la habitación, sin despedirse. Pensé que sería un malhumor pasajero, pero no supe de ella toda
la semana siguiente. Pasé el miércoles y el viernes esperán
dola en vano, acompañado en mi soledad por los
bel
ige
rantes mogoles. El siguiente miércoles, al llegar al Russell Hotel, el conserje hindú me entregó una cartita.
Muy es
cueta, me informaba que estaba partiendo a Japón con «David». Ni siquiera me decía por cuánto tiempo
ni que me llamaría apenas regresar
a a Inglaterra. Me llené de ma
los presagios y maldije mi metida de pata.
Conociéndola, esta notita de dos frases podía ser una larga y, acaso, defi
nitiva despedida.
En aquellos dos años mi amistad con Juan Barrero se había estrechado. Pasé muchos días en
su pied
terre
de Earl's Court, ocultándole siempre, por supuesto, mis encuentros con la niña mala. Por esa época, 1972
o 1973, el movimiento hippy entró en una rápida desintegración y pasó a convertirse en una moda burguesa. La
revolu
ción psicodélica r
esultó menos profunda y seria de lo que creían sus cultores. Lo más creativo que
produjo, la músi
ca, fue rápidamente integrada por el establishment y entró a formar parte de la cultura oficial y
a hacer millonarios y multimillonarios a los antiguos rebeld
es y marginales, a sus representantes y a las
empresas discográficas, empezando por los propios Beatles y terminando por los Ro
ling Stones. En vez de la
liberación de los espíritus, «la expansión indefinida de la mente humana», según aseguraba el gurú del
ácido
lisérgico, el antiguo profesor de Harvard, doctor Timothy Leary, las drogas, la vida promiscua y sin frenos,
trajeron buen número de problemas y algunas desgracias personales y familiares. Nadie vivió tan visceralmente
este cambio de circunstancias
como mi amigo Juan Barrete.
Había sido siempre muy sano y, de repente, em
pezó a quejarse de gripes y resfríos que se abatían sobre
él con mucha frecuencia, acompañados de fortísimas neu
ralgias. Su médico, en Cambridge, le aconsejó unas
vaca
ciones en un
clima más cálido que el inglés. Estuvo diez días en Ibiza y volvió a Londres tostado y risueño,
lleno de anécdotas picantes sobre las hot nights de Ibiza, «algo que nunca hubiera podido imaginar en un país
con la fa
ma de cucufato que tiene España».
Fue en
esta época que Mrs. Richardson partió a Tokio, acompañando a su marido. Dejé de ver a Juan cer
ca de un mes. Estuve trabajando en Ginebra y Bruselas y ninguna de las veces que lo llamé, a Londres y a
Newmarket, contestó el teléfono. Esas cuatro semanas ta
mpoco re
cibí noticia alguna de la niña mala. Cuando
regresé a Lon
dres, mi vecina de Earl's Court, la colombiana Marina, me dijo que Juan llevaba varios días
internado en el Westminster Hospital. Lo tenían en el pabellón de enfermeda
des infecciosas, some
tido a toda
clase de exámenes. Se ha
bía adelgazado mucho. Lo encontré con la barba crecida, abrigadísimo bajo un alto de
mantas y angustiado porque «estos médicos chambones no consiguen diagnosticar mi enfermedad». Le habían
dicho primero que tenía un her
pes genital, que se le había complicado, y, luego, que se trataba más bien de una
especie de sarcoma. Ahora sólo le decían vaguedades. Se le encendieron los ojos cuando me vio asomar junto a
su cama:
Me siento más solo que un perro, mi hermano
me confes
. No sabes cuánto me alegra verte. He
descubierto que, aunque conozco a un millón de gringos, tú eres el único amigo que tengo. Amigo de amistad a
la peruana, la que llega hasta el tuétano, quiero decir. Las amistades aquí son muy superficiales, la verda
d. Los
ingleses no tienen tiempo para la amistad.
Mrs. Stubard había dejado hacía algunos meses la casita de St. John's Wood. Estaba delicada de salud y
se había retirado a un asilo de ancianos en Suffolk. Vino a visitar a Juan una vez, pero era demasiado
trajín para
ella y no había vuelto. «La pobre sufre de la espalda y fue un verdadero acto de heroísmo llegar hasta aquí.»
Juan era otra persona; la enfermedad le había hecho perder el optimis
mo, la seguridad, y lo había llenado de
miedos:
Me estoy murien
do y no saben de qué
me dijo, con voz cavernosa, la segunda o tercera vez que fui a
verlo
. No creo que me lo oculten para no asustarme, los médicos ingleses te dicen siempre la verdad, aunque
sea espantosa. Lo que pasa es que no saben qué me pasa.
Los ex
ámenes no daban nada preciso, los médicos empezaron de pronto a hablar de un virus escurridizo,
no bien identificado, que atacaba el sistema inmunológico, lo que había vuelto a Juan propenso a toda clase de
infec
ciones. Se hallaba en un estado de extrema
debilidad, con los ojos hundidos, la piel cerúlea, los huesos
saltados. To
do el tiempo se pasaba las maños por la cara, como para comprobar que todavía estaba allí. Yo lo
acompañaba to
das las horas en que estaban autorizadas las visitas. Lo veía consumir
se cada día más, al tiempo
que se hundía en la de
sesperación. Un día me pidió que le consiguiera un cura católico, porque quería
confesarse. No me fue fácil. El pá
rroco del Brompton Oratory con el que hablé me dijo que le era imposible
desplazarse a los
hospitales. Pero me dio el teléfono de un convento de dominicos, que prestaban este servicio.
Tuve que ir en persona a gestionar el asunto. Vi
no a ver a Juan un curita irlandés, colorado y simpático, con el
que mi amigo sostuvo una larga conversación. El
dominico volvió a verlo dos o tres veces. Esos diálogos lo
serenaban, por unos días. Y de ellos resultó la decisión tras
cendental que tomó: escribir a su familia, con la que
no había vuelto a tener relación hacía más de diez años.
Estaba muy débil para es
cribir, de modo que me dictó una carta larga, sentida, en la que resumía a sus
dres su carrera de pintor en Newmarket, con detalles de humor. Les decía que, aunque había tenido muchas
veces deseo de escribirles y de hacer las paces con ellos, lo había a
tajado siempre un estúpido prurito de amor
propio, del que estaba arrepentido. Porque los quería y extrañaba mu
cho. En una posdata añadía algo que,
estaba seguro, los alegraría: después de haber estado alejado muchos años de la Iglesia, Dios le había perm
itido
volver a la fe en que ha
bía sido criado, lo que ahora daba paz a su vida. No les decía palabra sobre su
enfermedad.
Sin comunicárselo a Juan, pedí una cita al jefe del departamento de enfermedades infecciosas del
Westminster Hospital. El doctor Rotk
of, hombre bastante mayor y un poco seco, de barbita entrecana y nariz
tuberosa, an
tes de contestar mis preguntas quiso saber qué grado de parentesco tenía con el enfermo.
Somos amigos, doctor. Él no tiene familiares aquí en Inglaterra. Me gustaría poder
escribir a sus pa
dres, allá en el Perú, diciéndoles cuál es el verdadero esta
do de Juan.
No le puedo decir gran cosa, salvo que es muy grave
me espetó, sin rodeos
. Puede morir en
cualquier momento. Su organismo carece de defensas y un resfrío podría
acabar con él.
Se trataba de una enfermedad nueva, de la que se habían detectado ya bastantes casos, en Estados
Unidos y en el Reino Unido. Atacaba con especial dureza a las comunidades de homosexuales, a los adictos a la
heroína y a todas las drogas intra
venosas, así como a los hemofílicos. Salvo que la esperma y la sangre eran las
vías principales para la transmisión del «síndrome»
nadie hablaba del sida todavía
, se sabía poca cosa de su
origen y naturale
za. Devastaba el sistema inmunológico y exponía
al pa
ciente a todas las enfermedades. Una
constante eran esas llagas en las piernas y el abdomen que atormentaban tanto a mi amigo. Aturdido con lo
que acababa de oír, pregun
té al doctor Rotkof qué me aconsejaba que hiciera. ¿De
círselo a Juan? Se encogi
ó de
hombros e hizo una especie de puchero. Eso dependía enteramente de mí. Tal vez sí, tal vez no. Aunque, acaso
sí, si mi amigo debía tomar al
gunas disposiciones en relación con su deceso.
Quedé tan afectado por la conversación con el doc
tor Rotkof que
no me atreví a volver a la habitación de
Juan, seguro de que por mi cara adivinaría todo. Tenía mucha pena por él. Qué hubiera dado por ver aquella
tarde a Mrs. Richardson y sentirla, aunque fuera por un par de horas, a mi lado. Juan Barreto me había dich
una gran verdad: aunque yo también conocía a cientos de personas aquí en Europa, el único amigo que tenía «a
la peruana» se me iba a morir en cualquier momento. Y la mujer que quería estaba en el otro extremo del
mundo, con su marido, y, fiel a su costum
bre, hacía más de un mes que no daba señales de vida. Cumplía su
amenaza, demostrando al pichiruchi insolente que no estaba enamorada en absoluto, que podía prescindir de
él como de una baratija inservible. Desde ha
cía días me angustiaba la sospecha de qu
e, una vez más, iba a
desaparecer sin dejar rastro. ¿Para esto habías soñado tan
to desde niño con escapar del Perú y vivir en Europa,
cardo Somocurcio? En esos días londinenses me sentí solo y triste como un perro vagabundo.
Sin decir nada a Juan, escr
ibí una carta a sus pa
dres, explicándoles que se encontraba muy delicado, vícti
ma de una enfermedad desconocida, y lo que me había advertido el doctor Rotkof: que un desenlace fatal
podía sobrevenir en cualquier momento. Les decía que, aunque yo habitaba
en París, permanecería en Londres
todo el tiem
po que hiciera falta para acompañar a Juan. Les di el telé
fono y la dirección del pied
terre de
Earl's Court y les pedí instrucciones.
Me llamaron apenas recibieron mi carta, que les llegó al mismo tiempo
que la que Juan me dictó para
ellos. Su padre estaba destrozado con la noticia, pero, al mismo tiempo, feliz de recuperar al hijo pródigo.
Hacían arreglos para venir a Londres. Me pidió que les reservara un hotelito modesto, pues no disponían de
mucho dine
ro. Lo tranquilicé; se quedarían en el pied
terre de Juan donde podrían cocinar, de modo que la
estancia londinense les re
sultara menos cara. Quedamos en que yo prepararía a Juan sobre su próxima llegada.
Dos semanas después, el ingeniero Clímaco Barre
to y su esposa Eufrasia estaban instalados en Earl's
Court y yo me había mudado a un bed and breakfast de Bayswater. La llegada de sus padres tuvo un efecto
enormemente positivo sobre Juan. Recuperó la esperanza, el humor y pareció reponerse. Hasta lograba
retener
algunos de los alimentos que le traía mañana y tarde la enfermera, en tanto que, antes, todo lo que se llevaba a
la boca le produ
cía arcadas. Los señores Barreto eran bastante jóvenes
él había trabajado toda su vida en la
hacienda Paramonga, has
ta que el gobierno del general Velasco la expropió a sus dueños, y entonces renunció
y consiguió un puestecito de profesor de matemáticas en una de las nuevas universidades que brotaban en
Lima como hongos
, o estaban muy bien conservados, pues apenas pare
cían en la cincuentena. Él era alto y
con el aspecto deportivo de quien se ha pasado la vida en el campo y, ella, una mujercita menuda y enérgica,
cuya manera de hablar, el tono suave, la abundancia de diminutivos y la música de mi viejo barrio miraflorino
me puso nostálgico. Oyéndola, sentía larguísimo el tiempo transcu
rrido desde que salí del Perú a vivir la
aventura europea. Pero, alternando con ellos, confirmé también que me sería imposible volver allá, para hablar
y pensar como hablaban y pensaban lo
s padres de Juan. Sus comentarios sobre lo que veían en Earl's Court, por
ejemplo, me revelaban de manera muy gráfica cuánto había cambiado yo en todos estos años. No era una
revelación entusiasmante. Había dejado de ser un peruano en muchos sentidos, sin
duda. ¿Qué era, entonces?
Tampoco había llegado a ser un euro
peo, ni en Francia, ni mucho menos en Inglaterra. ¿Qué eras, pues,
Ricardito? Tal vez, lo que en sus rabietas me decía Mrs. Richardson: un pichiruchi, nada más que un intérprete,
alguien que, co
mo le gustaba definirnos a mi colega Salomón Toledano, sólo es cuando no es, un homínido que
existe cuando deja de ser lo que es para que por él pa
sen mejor las cosas que piensan y dicen los otros.
Con los padres de Juan Barreto en Londres, pude regresar
a París, a trabajar. Acepté los contratos que me
proponían, aunque fueran de uno o dos días, pues, debi
do al tiempo que permanecí en Inglaterra
acompañando a Juan, mis ingresos habían caído en picada.
Aunque Mrs. Richardson me lo había prohibido, comencé
a llamar a su casa de Newmarket para
averiguar cuándo regresarían los esposos de su viaje a Japón. La persona que me respondía, una empleada
filipina, no lo sabía. Yo me hacía pasar cada vez por una persona diferente, pero tenía la sospecha de que la
filip
ina me reconocía y me daba con el teléfono en las narices: «They are not yet back».
Hasta que un día, cuando ya desesperaba de encontrarla nunca, la propia Mrs. Richardson me contestó
el te
léfono. Me reconoció al instante pues hubo un largo silencio. «¿Pu
edes hablar?», le pregunté. Me contestó
con voz cortante, llena de furia contenida: «No. ¿Estás en París? Te llamaré a la Unesco o a tu casa, apenas
pueda». Y me cortó, con un golpe que subrayaba su disgusto. Me llamó ese mismo día, en la noche, a mi pisit
de la Ecole Militaire.
Por haberte dejado plantada una vez, me pegas
te y me hiciste aquel escándalo
me quejé, con
acento cariñoso
. ¿Qué tendría que hacerte yo por dejarme sin noticias tuyas cerca de tres meses?
No vuelvas a llamar a Newmarket nunca
más en tu vida
me riñó, con un desagrado que rechinaba en
sus palabras
. Esto no es broma. Estoy en un problema muy serio con mi marido. No debemos vernos ni
hablar
nos, por un tiempo. Por favor. Te ruego. Si es verdad que me quieres, haz eso por mí. Nos
veremos
cuando todo esto pase, te prometo. Pero no me llames nunca más. Es
toy en un lío y tengo que cuidarme.
Espera, espera, no cortes. Dime al menos cómo sigue Juan Barreto.
Ya se murió. Sus padres se han llevado los restos a Lima. Vinieron a Newmarke
t a poner en venta su
casita. Otra cosa, Ricardo. Evita venir a Londres por un tiempo, si no te importa. Porque, si vienes, sin quererlo
me pue
des crear un problema muy serio. No te puedo decir más, ahora.
Y me cortó, sin decir adiós. Me quedé vacío y des
compuesto. Sentí tanta cólera, tanta desmoralización,
tanto desprecio de mí mismo, que tomé
¡una vez más!
la resolución de arrancarme de la memoria y, para
decirlo con una de esas huachaferías que la hacían reír, de mi corazón, a Mrs. Richardson. Era est
úpido seguir
amando a una personita tan insensible, que estaba harta de mí, que jugaba conmigo como si fuera un pelele,
que jamás me había de
mostrado la menor consideración. ¡Esta vez sí te librarías de la peruanita, Ricardo
Somocurcio!
Varias semanas des
pués recibí unas líneas, desde Lima, de los padres de Juan Barreto. Me agradecían
que les hubiera echado una mano y se disculpaban por no haber
me escrito ni llamado, como yo les pedí. Pero,
la muerte de Juan, tan súbita, los dejó aturdidos, enloquecidos,
sin atinar a nada. Los trámites para repatriar los
restos fueron horribles, y, si no hubiera sido por la gente de la embajada peruana, jamás habrían conseguido
llevárselo y enterrarlo en el Perú como él quería. Por lo menos, habían consegui
do darle ese gu
sto al hijo
adorado de cuya pérdida nunca se consolarían. De todas maneras, en medio de su dolor, era un consuelo saber
que Juan había muerto corno un santo, reconciliado con Dios y con la religión, en verdadero esta
do angélico.
Así se lo había dicho el p
adre dominico que le administró los últimos sacramentos.
La muerte de Juan Barreto me afectó mucho. Vol
ví a quedar sin otro amigo íntimo, el que en cierta forma
había reemplazado al gordo Paúl. Desde que éste desapareció en las guerrillas, no había vuelto
a tener en
Europa una persona a la que estimara tanto y con la que me sin
tiera tan próximo como el hippy peruano que
llegó a ser retratista de caballos en Newmarket. Londres, Inglaterra, no serían los mismos sin él. Otra razón para
no volver allá, por un
buen tiempo.
Traté de poner en práctica mi decisión con la re
ceta de costumbre: cargándome de trabajo. Aceptaba to
dos los contratos y me pasaba semanas y meses viajando de una ciudad europea a otra, trabajando como
intérpre
te, en conferencias y congres
os sobre todos los temas ima
ginables. Había adquirido la destreza del
buen intérprete, que consiste en conocer las equivalencias de las palabras sin necesariamente entender sus
contenidos (según Salo
món Toledano entenderlos era un inconveniente), y seguí
perfeccionando el ruso,
lengua con la que estaba encari
ñado, hasta adquirir en ella una segundad y una desenvol
tura equivalentes a las
que tenía en francés y en inglés.
Pese a que, hacía años, había obtenido el permiso de residencia en Francia, comencé
a gestionar la
nacionali
dad francesa pues con un pasaporte francés se me abrirían mayores posibilidades de trabajo. El
pasaporte peruano despertaba desconfianza en algunas organizaciones a la hora de contratar un intérprete,
pues tenían dificultad para si
tuar al Perú en el mundo y averiguar el estatuto del país en el concierto de las
naciones. Además, desde los años setenta, em
pezó a crecer en toda Europa occidental una actitud de rechazo y
hostilidad hacia los inmigrantes de países pobres
Un domingo de m
ayo, mientras me afeitaba y me disponía a aprovechar el día primaveral para dar un
paseo por los muelles del Sena hasta el Barrio Latino, donde pensaba almorzar un couscous en uno de los
restaurantes árabes de la rué St. Séverin, sonó el teléfono. Sin deci
rme «hola» o «buenos días», la niña mala me
gritó:
¿Le has contado tú a David que yo estaba casa
da con Robert Arnoux en Francia?
Estuve a punto de colgarle el teléfono. Habían pa
sado cuatro o cinco meses desde nuestra última
conversa
ción. Pero disimulé
mi enojo.
Debí hacerlo, pero no se me ocurrió, señora bígama. No sabes cuánto lamento no haberlo hecho.
Ahora estarías presa, ¿no?
Contéstame y no te hagas el idiota
insistió su voz, echando chispas
. No estoy para bromas ahora.
¿Has sido tú? Una vez m
e amenazaste con contárselo, no creas que me he olvidado.
No, no he sido yo. ¿Qué te pasa? ¿En qué líos andas ahora, salvajita?
Hizo una pausa. La sentí respirar, ansiosa. Cuan
do volvió a hablar, parecía quebrada, llorosa.
Estábamos divorciándonos y la
cosa iba bien. Pe
ro, de pronto, no sé cómo, en estos días ha aparecido
lo de mi matrimonio con Robert. David tiene los mejores abogados. El mío es un don nadie y ahora dice que si
se prueba que estoy casada en Francia, mi matrimonio con David en Gibraltar
queda nulo, de manera
automática, y que puedo verme en un gran lío. David no me dará un centavo y, si se pone de acuerdo con
Robert, pueden entablar contra mí una acción criminal, pedirme daños y perjuicios y no sé qué más. Hasta ir a
la cárcel, de repent
e. Y me expulsarían del país. ¿No has sido tú el del chisme, seguro? Bueno, me alegro, tú no
me parecías de los que hacen esas cosas.
Hizo otra larga pausa y suspiró, como si se aguan
tara un sollozo. Mientras me decía todo aquello, parecía
sincera. Había
hablado sin pizca de autocompasión.
Lo siento mucho
le dije
. La verdad, tu últi
ma llamada me dejó tan dolido que decidí no verte, ni ha
blarte, ni buscarte, ni acordarme de tu existencia nunca más.
¿Ya no estás enamorado de mi?
se rió.
Sí lo estoy,
por lo visto. Para mi desgracia. Me parte el alma lo que me has contado. No quiero que te
pase nada, quiero que sigas haciéndome todas las maldades del mundo. ¿Puedo ayudarte de algún modo? Haré
lo que me pidas. Porque te sigo queriendo con toda mi alma, n
iña mala.
Volvió a reírse.
Por lo menos, me quedan tus huachaferías
exclamó
. Te llamaré, para que me lleves naranjas a la
cárcel.
El Trujimán de Cháteau Meguru
Salomón Toledano se jactaba de hablar doce len
guas y poder interpretarlas todas en la
s dos direcciones.
Era un hombre bajito y esmirriado, medio perdido en unos trajes bolsudos que, se diría, se compraba a
propósito para que le quedaran grandes, y unos ojos de tortuga indecisos entre la vigilia y el sueño. Le raleaban
los cabellos y se afe
taba sólo cada dos o tres días, de modo que siempre anda
ba con una sombra grisácea
ensuciándole la cara. Nadie que lo viera así, tan poca cosa, el perfecto don nadie, hu
biera podido imaginarse la
extraordinaria facilidad de que estaba dotado para los i
diomas y su fabulosa aptitud para interpretarlos. Las
organizaciones internacionales se lo dis
putaban y también transnacionales y gobiernos, pero él no aceptó
nunca un puesto fijo, porque como free lance se sentía más libre y ganaba más. No sólo era el me
jor intér
prete
que conocí en todos los años en que me gané la vida ejerciendo la «profesión de fantasmas»
así la llamaba
; también, el más original.
Todo el mundo lo admiraba y lo envidiaba, pero muy pocos de nuestros colegas lo querían. Los
abrumaban
su locuacidad, su falta de tacto, sus chiquillerías y la avidez con que acaparaba la conversación.
Hablaba de manera ostentosa y a veces vulgar, porque, aunque sabía las generali
dades de los idiomas, ignoraba
los matices, tonos y usos lo
cales, lo que a
menudo lo hacía parecer torpe o grosero. Pero podía ser entretenido
contando anécdotas, recuerdos de familia y sus andanzas por el mundo. A mí me fascinaba su personalidad de
genio aniñado y, como me pasaba horas escuchándolo, llegó a tenerme bastante esti
ma. Cada vez que
coincidíamos en las cabinas de intérpretes de algu
na conferencia o congreso yo sabía que tendría a Salomón
Toledano prendido de mí como una lapa.
Había nacido en una familia sefardí de Esmirna que hablaba ladino y por eso se consideraba «
más espa
ñol que turco, aunque con cinco siglos de atraso». Su padre debía de haber sido un comerciante y banquero
muy prós
pero porque envió a Salomón a estudiar en colegios priva
dos de Suiza e Inglaterra, y a hacer estudios
universitarios en Boston y Be
rlín. Antes de obtener sus diplomas hablaba ya turco, árabe, inglés, francés,
español, portugués, italia
no y alemán, y, luego de graduarse en filologías románica y germánica, vivió unos años
en Tokio y Taiwán, donde aprendió japonés, mandarín y el dialect
o taiwanés. Con
migo hablaba siempre en un
español masticado y lige
ramente arcaizante, en el que, por ejemplo, a los «intér
pretes» nos llamaba
«trujimanes». Por eso, lo habíamos apodado el Trujimán. A veces, sin darse cuenta, pasaba del español al
francé
s o al inglés o a lenguas más exóti
cas y entonces yo tenía que interrumpirlo y pedirle que se confinara en
mi (comparado con el suyo) pequeñito mun
do lingüístico. Cuando lo conocí, estaba aprendiendo ru
so, y en un
año de esfuerzos llegó a leerlo y habla
rlo con más desenvoltura que yo, que llevaba cinco escudriñando los
misterios del alfabeto cirílico.
Aunque generalmente traducía al inglés, cuando hacía falta interpretaba también al francés, al español y
a otros idiomas, y siempre me maravilló la fluidez
con que se expresaba en mi lengua, sin haber vivido jamás en
un país hispanohablante. No era un hombre con muchas lec
turas, ni demasiado interesado en la cultura, salvo
en las gramáticas y los diccionarios, y de pasatiempos inusitados, como la filatelia
y los soldaditos de plomo,
temas en los que decía ser tan versado como en lenguas. Lo más extraor
dinario era oírlo hablar en japonés,
porque entonces, sin advertirlo, adoptaba las posturas, venias y ademanes de los orientales, como un
verdadero camaleón.
Gracias a él, des
cubrí que la predisposición para los idiomas es tan miste
riosa como la de
ciertas personas para las matemáticas o la música, no tiene nada que ver con la inteligencia ni el co
nocimiento.
Es algo aparte, un don que algunos poseen y otros
no. Salomón Toledano lo tenía tan desarrollado que, con
todo su aire inofensivo y anodino, a sus colegas nos parecía algo monstruoso. Porque, cuando no se trataba de
idiomas, era de una ingenuidad desarmante, un hombre
niño.
Aunque habíamos coincidido ant
es por razones de trabajo, mi amistad con él nació de veras en la época
en que, una vez más en la vida, perdí el contacto con la niña mala. Su separación de David Richardson fue una
catástrofe cuando éste pudo demostrar ante el tribunal que veía la demanda
de divorcio que Mrs. Richardson
era bígama, pues estaba casada con todas las de la ley también en Francia con un funcionario del Quai d'Orsay
del que nunca se divorció. La niña mala, viendo la batalla perdida, optó por escapar de Inglaterra y de los
odiad
os caballos de Newmarket con rumbo desconocido. Pero pasó por París
por lo menos, es lo que quiso
que yo creyera
y, desde el flamante aeropuerto de Charles de Gaulle, en marzo de 1974 me llamó por telé
fono para despedirse. Me contó que las cosas le habí
an ido muy mal, que su ex marido había salido ganando en
todos los sentidos, y que, harta de tribunales y de abogados que le habían volatilizado la poca plata que tenía,
se iba a donde nadie pudiera fregarle más la paciencia.
Si quieres quedarte en París,
mi casa es tuya
le dije, muy en serio
. Y si quieres casarte otra vez,
casémonos. A mí me importa un pito que seas bígama o trígama.
¿Quedarme en París para que monsieur Robert Arnoux me denuncie a la policía o cosas peores? Ni
loca. Gracias, de todos m
odos, Ricardito. Ya nos veremos algu
na vez, cuando pase la tormenta.
Sabiendo que no me lo diría, le pregunté dónde se iba a instalar, qué pensaba hacer ahora con su vida.
Te lo cuento la próxima vez que nos veamos. Un besito y no me metas muchos cuernos
con las fran
cesas.
También esta vez estuve seguro de que nunca volvería a saber de ella. Como las veces anteriores, me
hice el firme propósito, a mis treinta y ocho años, de enamorarme de alguien menos evasivo y complicado, una
chica nor
mal, con la que
pudiera tener una relación sin sobresaltos, acaso hasta casarme con ella y tener hijos.
Pero, no ocu
rrió así, porque en esta vida rara vez ocurren las cosas co
mo los pichiruchis las planeamos.
Pronto entré en una rutina de trabajo que, aunque a ratos me
aburría, tampoco me desagradaba. Ser
intér
prete me parecía una profesión anodina, pero, también, la que menos problemas morales plantea a quien
la ejerce, Y me permitía viajar, ganar bastante bien y tomarme el tiempo libre que quisiera.
Mi único contacto
con el Perú, pues ya muy rara vez veía a peruanos en París, seguían siendo las cartas
del tío Ataúlfo, cada día más desesperanzadas. Su mujer, la tía Dolores, siempre me ponía a mano un recuerdo y
yo le enviaba de tanto en tanto partituras, pues tocar el p
iano era la gran distracción de su vida de inválida. Los
ocho años de la dictadura militar del general Velasco, con las nacionalizaciones, la reforma agraria, la
comunidad industrial, los controles y el dirigismo económico, me decía el tío Ataúlfo, habían
dado soluciones
erróneas al problema de las injusticias sociales y las grandes desigualdades, así como a la explotación de las
mayorías por la minoría de privilegiados, y esto sólo había servido para enconar y empobrecer todavía más a
unos y otros, ahuyent
ar las inversiones, acabar con el ahorro y aumentar la crispación y la violencia. Aunque en
la segunda etapa de la dictadura, dirigida en sus últimos cuatro años por el general Francisco Morales
Bermúdez, se frenó algo el populismo, los diarios y las estac
iones de televisión y de radio seguían estatizados, la
vida política cancelada y no había asomo de que fuera a restablecerse la democracia. La amargura que
destilaban las cartas del tío Ataúlfo me apenaba por él y por los pe
ruanos de su generación que, al
llegar a la
vejez, veían que su antiguo sueño de que el Perú progresara, en vez de materializarse, retrocedía. La sociedad
peruana se iba sumien
do cada vez más en la pobreza, la ignorancia y la brutali
dad. Había hecho bien
viniéndome a Europa, aunque mi
vida fuera algo solitaria y la de un oscuro trujimán.
También me fui desinteresando de la actualidad política francesa, que antes seguía con pasión. En los se
tenta, durante los gobiernos de Pompidou y de Giscard d'Estaing, apenas leía las informaciones d
e actualidad.
Bus
caba en los diarios y los semanarios casi exclusivamente las páginas culturales. Iba siempre a exposiciones y
con
ciertos pero ya no tanto al teatro, que decayó mucho en relación con la década pasada, y, en cambio, sí,
hasta dos veces por
semana, al cine. Felizmente, París seguía siendo un paraíso para los cinéfilos. En lo que
concierne a la lite
ratura, dejé de estar al día porque, al igual que el teatro, la novela y el ensayo cayeron en
picada en Francia. Nunca pude leer con entusiasmo a
los ídolos intelectuales de esas décadas, Barthes, Lacan,
Derrida, Deleuze y otros, cuyos libros verbosos se me caían de las manos; sólo a Michel Foucault. Su historia de
la locura me impresionó mucho y también su ensayo sobre el régimen carcelario (Surve
iller et punir), aunque
no me convenció su teoría según la cual la historia del occidente europeo era la de las múltiples re
presiones
institucionalizadas
la cárcel, los hospitales, el sexo, la justicia, las leyes
de un poder que colonizaba todos
los esp
acios de libertad para aniquilar la disensión y la inconformidad. En verdad, todos esos años leí sobre todo
a los muertos, y, en especial, a escritores rusos.
Aunque andaba siempre muy ocupado trabajando y haciendo cosas, por primera vez, en los setenta,
uando la examinaba tratando de ser objetivo, mi vida empezó a parecerme bastante estéril, y mi futuro el de
un irremediable solterón y un fuereño que nunca se integraría de veras a la Francia de sus amores. Y recordaba
siempre un apocalípti
co desplante de
Salomón Toledano, que, un día, en la sa
la de intérpretes de la Unesco,
nos interpeló así: «Si, de re
pente, nos sentimos morir y nos preguntamos: ¿Qué huella dejaremos de nuestro
paso por esta perrera?, la respuesta honrada sería: Ninguna, no hemos hecho
nada, salvo ha
blar por otros.
¿Qué significa, si no, haber traducido mi
llones de palabras de las que no recordarnos una sola, por
que ninguna
merecía ser recordada?». No era extraño que el Trujimán fuera impopular entre la gente de la profe
sión.
Un día
le dije que lo odiaba, porque aquella fra
se, que me volvía de tanto en tanto a la memoria, me
había convencido de la total inutilidad de mi existencia.
Los trujimanes sólo somos inútiles, querido
me consoló
. Pero, no hacemos perjuicio a nadie con a
tro trabajo. En todas las otras profesiones se puede causar grandes estragos a la especie. Piensa en los
abogados y los médicos, por ejemplo, y no se diga los arquitectos o los políticos.
Estábamos tomando una cerveza en un bistrot de l'avenue Suffren,
luego de una jornada de trabajo en la
Unesco, que celebraba su conferencia anual. Yo, en un arranque confidencial, le acababa de contar, sin detalles
ni nombres, que hacía muchos años estaba enamorado de una mujer que aparecía y desaparecía en mi vida
como
un fue
go fatuo, incendiándola de felicidad por cortos períodos, y, después, dejándola seca, estéril,
vacunada contra cual
quier otro entusiasmo o amor.
Enamorarse es un error
sentenció Salomón Toledano, haciéndole eco a mi desaparecido amigo Juan
Barre
to, que compartía esa filosofía, aunque sin los ama
neramientos verbales de mi colega
. A la mujer,
atrápala por los cabellos, arróllala y a la colcha. Hazla vislumbrar todas las estrellas del firmamento en un dos
por tres. Ésa es la teoría correcta. Yo no
puedo practicarla, por mi físi
co endeble, helas. Alguna vez intenté una
machada con una hembra brava y me desbarató la cara de un bofetón. Por eso, pese a mi tesis, trato a las
damas, sobre todo a las rameras, como a reinas.
No te creo que no te hayas e
namorado nunca, Trujimán.
Reconoció que se había enamorado una vez en la vida, cuando era estudiante universitario en Berlín. De
una chica polaca, tan católica que cada vez que hacían el amor tenía remordimientos con llanto. El Trujimán le
propuso matrimon
io. La muchacha aceptó. Les costó un triunfo obtener el beneplácito cié las familias. Lo consi
guieron luego de una complicada negociación en la que se decidió una doble boda, por el rito judío y por el
católico. En plenos preparativos matrimoniales, la no
via, súbita
mente, se fugó con un oficial norteamericano
que con
cluía su servicio en Berlín. El Trujimán, enloquecido de despecho, hizo una extraña inquisición: quemó
su magnífica colección de estampillas. Y decidió que nunca volve
ría a enamorarse. En el
futuro el amor para él
sería sólo mercenario. Había cumplido. Desde aquel episodio, só
lo frecuentaba prostitutas. Y, en vez de
estampillas, colec
cionaba ahora soldaditos de plomo.
Pocos días después, creyendo hacerme un favor, me embarcó en una salida d
e fin de semana con dos
cor
tesanas rusas que, según él, además de permitirme practi
car mi ruso, me harían conocer los «efluvios y
moretones del amor eslavo». Fuimos a cenar a un restaurante de Batignolles, Le Grand Samovar, y, después, a
una boite de nui
t, estrecha, oscura y humosa hasta la asfixia, cerca de la place de Clichy, donde encontramos a
las ninfas. Bebimos mucho vodka, de manera que mis recuerdos perdían niti
dez casi desde que entramos al
antro llamado Les Cosaques y sólo me quedó claro que de
las dos rusas, la suerte, o mejor dicho el Trujimán,
me deparó a mí a Natacha, la más gorda y la más maquillada de las dos rubensianas cua
rentonas. Mi pareja
andaba embutida en un vestido rosa
do brillante, con filos de gasa, y cuando reía y accionaba, s
us tetas se
mecían como dos globos belicosos. Parecía es
capada de un cuadro de Botero. Hasta que mis recuerdos se
eclipsaban en vapores alcohólicos, mi amigo estuvo ha
blando como un loro, en un ruso mechado de palabrotas
que las dos cortesanas celebraban
a carcajadas.
A la mañana siguiente me desperté con dolor de cabeza y los huesos molidos: había dormido en el suelo,
al pie de la cama donde roncaba, vestida y calzada, la su
puesta Natacha. De día era todavía más gorda que de
noche. Durmió plácidamente h
asta el mediodía y, cuan
do despertó, miró asombrada la habitación, la cama que
ocupaba, y a mí, que le daba las buenas tardes, inmediata
mente empezó a exigirme tres mil francos, unos
seiscien
tos dólares de la época, lo que ella cobraba por una noche ent
era. Yo no tenía semejante cantidad y
siguió una desa
gradable discusión en la que, al fin, la convencí de que se quedara con todo lo que yo llevaba en
efectivo, la mitad de aquella suma, más unas figuritas de porcelana que ador
naban la salita. Se fue voc
iferando
vulgaridades y yo me metí largo rato a la ducha, jurándome no volver a incurrir en semejantes aventuras
trujimanescas.
Cuando le conté a Salomón Toledano mi fiasco nocturno me dijo que, en cambio, él y su amiga habían
hecho el amor hasta el desmay
o, en una demostración de fuerzas que merecía las páginas del Libro Guinness.
Nun
ca más se atrevió a proponerme otra salida nocturna con señoras exóticas.
Lo que me distrajo y ocupó muchas horas en esos últimos años de la década de los setenta fueron los
cuen
tos de Chéjov, en particular, y, en general, la literatura rusa. Nunca había pensado hacer traducciones
literarias, por
que sabía que estaban muy mal pagadas en todas las len
guas y seguramente peor en español que
en otras. Pero en 1976 o 1977 conocí
en la Unesco, por un amigo común, a un editor español, Mario Muchnik,
del que me hice ami
go. Al enterarse de que sabía ruso y era muy aficionado a la lectura, me animó a preparar
una pequeña antología de cuentos de Chéjov, de los que yo le había hablado m
ravillas, asegurándole que era
tan buen cuentista como dramaturgo, aunque, por las mediocres traducciones que circulaban de sus cuentos,
estuviera poco valorado como narrador. Muchnik era un caso interesante. Había nacido en Argentina,
estudiado ciencias
e iniciado una carrera de investigador y académico que de pronto abandonó para dedicarse
a editar, su pasión secreta. Era un editor vocacional, que amaba los libros y sólo editaba literatura de calidad, lo
que, decía, le aseguraba todos los fracasos del m
undo económicamente hablando, pero las más grandes
satisfacciones personales. Hablaba de los libros que editaba con un entusiasmo tan contagioso que, después de
pen
sarlo un poco, terminé por aceptar su oferta de una anto
logía de cuentos de Chéjov, para l
a que le pedí
tiempo ili
mitado. «Lo tienes», me dijo, «y, además, aunque ganarás una miseria, gozarás como un marrano».
Me demoré una infinidad de tiempo, pero, en efecto, lo pasé muy bien, leyendo todo Chéjov, escogien
do
sus cuentos más bellos, y trasla
dándolos al español. Era algo más delicado que traducir los discursos y las
interven
ciones a las que estaba habituado en mi trabajo. Como tra
ductor literario, me sentí menos fantasmal
que como intér
prete. Tenía que tomar decisiones, explorar el español
en busca de matices y cadencias que
correspondieran a las su
tilezas y veladuras semánticas
el maravilloso arte de la alusión y la elusión de la prosa
de Chéjov
y también a las suntuosidades retóricas de la lengua literaria rusa. Un verdadero placer, en
el que
invertía sábados y domingos ente
ros. Le envié a Mario Muchnik la antología prometida casi dos años después
de habérmela contratado. Me había hecho pasar tan buenos ratos que estuve a punto de no aceptarle el
cheque que me hizo llegar como honorario
s. «Tal vez te alcance para comprarte una bonita edición de algún
buen escritor, por ejemplo Chéjov», me decía.
Cuando, un tiempo después, me llegaron ejem
plares de la antología, le regalé uno de ellos, dedicado, a
Salomón Toledano. Nos tomábamos un trago
de cuando en cuando y a veces lo acompañaba a recorrer tiendas
de soldaditos de plomo, filatelistas o anticuarios, que él re
gistraba con minucia, aunque rara vez compraba algo.
Me agradeció el libro, pero me desaconsejó vivamente que perseverara en ese «
peligrosísimo camino».
Tu ganapán está en peligro
me advirtió
. Un traductor literario es un aspirante a escritor, es decir,
casi siempre, un plumífero frustrado. Alguien que no se resig
naría jamás a desaparecer en su oficio, como
hacemos los buenos int
érpretes. No renuncies a tu condición de caba
llero inexistente, querido, a menos que
quieras terminar de clochard.
Contrariamente a lo que yo creía, que las personas políglotas lo eran por su buen oído musical, Salomón
Toledano no sentía el menor interés
por la música. En su departamento de Neuilly ni siquiera descubrí un
tocadiscos. Su finísimo oído lo era, específicamente, para los idiomas. Me contó que en su familia, en Esmirna,
se hablaba indistintamente el turco y el español
bueno, el ladino, del que
se había desprendido del todo en
un verano que pasó en Salamanca
y que la aptitud lingüística se la había he
redado a su padre, que llegó a
dominar una media docena de idiomas, algo que le sirvió mucho para sus negocios. Desde niño había soñado
con viaja
r, conocer ciudades, y ése había sido el gran incentivo para aprender idiomas, gracias a lo cual se
convirtió en lo que era ahora: un ciu
dadano del mundo. Esa misma vocación trashumante había hecho de él el
precoz coleccionista de estampillas que fue, has
ta su traumatizado noviazgo de Berlín. Coleccionar se
llos era
otra manera de recorrer los países, de aprender geo
grafía e historia.
Los soldaditos de plomo no lo hacían viajar, pero lo divertían mucho. Su departamento estaba colmado
de ellos, desde el pa
sillo de la entrada hasta el dormitorio, in
cluida la cocina y el cuarto de baño. Se había
especializado en las batallas de Napoleón. Las tenía muy bien dispues
tas y ordenadas, con cañoncitos, caballos,
estandartes, de manera que recorriendo su departamen
to uno seguía la historia militar del primer imperio
hasta Waterloo, cuyos protagonistas rodeaban su cama por los cuatro costados. Además de soldaditos de
plomo, la casa de Salomón Toledano estaba llena de diccionarios y gramáticas de todas las lenguas pos
ibles. Y,
una extravagancia, el pequeño aparato de televisión reposaba en una repisa frente al excusado. «La televisión
es para mí un purgante formidable», me explicó.
¿Por qué llegué a tenerle a Salomón Toledano tanta simpatía mientras todos nuestros cole
gas lo
esquivaban como a un pesado insoportable? Tal vez porque su sole
dad se parecía a la mía, aunque fuéramos
distintos en mu
chas otras cosas. Los dos nos habíamos dicho que nunca podríamos volver a vivir en nuestros
países, pues yo en el Perú y él en
Turquía nos hallaríamos seguramente más extranjeros que en Francia, donde,
sin embargo, nos sentíamos también forasteros. Y ambos éramos muy conscientes de que nunca nos
integraríamos al país en el que habíamos elegido vivir y que nos había concedido inclu
so un pasaporte (los dos
habíamos adquirido la nacionalidad francesa).
No es culpa de Francia si seguimos siendo un par de extranjeros, querido. Es culpa nuestra. Una voca
ción, un destino. Como nuestra profesión de intérpretes, otra manera de ser siempre
un extranjero, de estar sin
tar, de ser pero no ser.
Sin duda tenía razón cuando me decía estas lúgu
bres cosas. Esas conversaciones con el Trujimán me
deja
ban siempre algo desmoralizado y a veces me producían desvelos. Ser un fantasma no era cosa que
me
dejara impávido; a él no parecía importarle mucho. .
Por eso, en 1979, cuando Salomón Toledano, muy excitado, me anunció que había aceptado una ofer
ta
para viajar a Tokio y trabajar durante un año como intérprete exclusivo de la Mitsubishi, me sentí a
lgo ali
viado.
Era una buena persona, un espécimen interesante, pero algo había en él que me entristecía y alarmaba, porque
me revelaba ciertos secretos derroteros de mi propio destino.
Fui a despedirlo a Charles de Gaulle y al estrechar
le la mano junto a
l mostrador de Japan Air Lines sentí
que me dejaba entre los dedos un pequeño objeto metáli
co. Era un húsar de la guardia del Emperador. «Lo
tengo repetido», me explicó. «Te traerá suerte, querido.» Lo pu
se en mi velador, junto a mi amuleto, aquella
esco
billita primorosa, marca Guerlain.
Pocos meses después, terminó por fin la dictadura militar en el Perú, hubo elecciones, y los peruanos, en
1980, como desagraviándolo, volvieron a elegir Presiden
te a Fernando Belaunde Terry, el mandatario depuesto
por el
golpe militar de 1968. El tío Ataúlfo, feliz, decidió celebrar el acontecimiento echando la casa por la
ventana: un viaje a Europa, donde nunca había puesto los pies. Trató de que lo acompañara la tía Dolores, pero
ella alegó que su invalidez le impediría
gozar del viaje y la converti
ría en un estorbo. De modo que el tío Ataúlfo
vino solo. Llegó a tiempo para que celebráramos juntos mis 45 años.
Lo alojé en mi departamento de la Ecole Militaire, cediéndole el dormitorio y durmiendo yo en el sofá
cama de l
a salita. Había envejecido mucho desde la última vez que lo vi en persona, tres lustros atrás. Los
setenta y pico de años le pesaban. Se había quedado casi sin pelo, arras
traba los pies y se fatigaba con facilidad.
Tomaba pastillas para la presión y la de
ntadura postiza debía incomodarle pues todo el tiempo estaba
moviendo la boca como si qui
siera encajarla mejor en sus encías. Pero se lo veía encan
tado de conocer por fin
París, un viejo anhelo. Miraba las calles, los muelles del Sena y las viejas piedra
s arrobado, repitiendo entre
dientes: «Todo es más bello que en las fo
tos». Acompañé al tío Ataúlfo a Notre Dame, al Louvre, a les Invalides,
al Panteón, al Sacre Coeur, a galerías y museos. En efecto, esta ciudad era la más bella del mundo y el haber
pas
ado aquí tantos años había hecho que lo ol
vidara. Vivía rodeado de tantas cosas hermosas casi sin verlas. Así
que por unos días gocé tanto como él haciendo turismo en mi ciudad de adopción. Tuvimos largas con
versaciones, sentados en las terrazas de los b
istrots, tomán
donos una copita de vino de aperitivo. Estaba
contento con el fin del régimen militar y la restauración de la de
mocracia en el Perú, pero no se hacía muchas
ilusiones en lo inmediato. Según él, la sociedad peruana era un hervi
dero de tensi
ones, odios, prejuicios y
resentimientos, que se habían agravado mucho en los doce años de gobierno militar. «Ya no reconocerías tu
país, sobrino. Hay en el ai
re una amenaza latente, la sensación de que en cualquier momento algo gravísimo
puede estallar.»
Sus palabras fue
ron proféticas también esta vez. A poco de regresar al Pe
rú, luego de su viaje a
Francia y un pequeño recorrido que hizo en ómnibus por Castilla y Andalucía, el tío Ataúlfo me envió unos
recortes de periódicos de Lima con unas fotos truc
ulentas: unos desconocidos maoístas habían ahor
cado, en los
postes eléctricos del centro de la capital, unos pobres perros a los que les habían pegado unos carteles con el
nombre de Teng Hsiao
ping, al que acusaban de traicionar a Mao y de haber puesto fi
n a la revolución cultural
en China Popular. Así comenzaba la rebelión arma
da de Sendero Luminoso, que duraría toda la década de los
ochenta y provocaría un baño de sangre sin precedentes en la historia peruana: más de sesenta mil muertos y
desaparecidos.
Un par de meses después de su partida, Salomón Toledano me escribió una larga carta. Estaba muy con
tento con su estancia en Tokio, aunque la gente de la Mit
subishi lo hacía trabajar tanto que en las noches se
des
plomaba en su cama, exhausto. Pero había
actualizado su japonés, conocido gente simpática, y no
extrañaba nada al lluvioso París. Estaba saliendo con una abogada de la firma, divorciada y bella, que no tenía
las piernas zambas como tantas japonesas sino muy bien torneadas y una mirada directa y
profunda que
«escarbaba el alma». «No temas, querido, fiel a mi promesa no me enamoraré de esta Jezabel nipona. Pero,
excluyendo el enamoramiento, me pro
pongo hacer con Mitsuko todo lo demás.» Debajo de su firma había
puesto una lacónica posdata: «Saludos
de la niña mala». Cuando llegué a esta frase, la carta del Trujimán se me
cayó de las manos y tuve que sentarme, presa de un vértigo.
¿Estaba, pues, en Japón? ¿Cómo demonios se ha
bían podido encontrar Salomón y la peruanita traviesa
en la populosa Tokio?
Descarté la idea de que fuera ella la abogada de mirada tenebrosa de la que parecía
prendado mi colega, aunque con la ex chilenita, ex guerrillera, ex madame Arnoux y ex Mrs. Richardson, nada
era imposi
ble, incluso que anduviese ahora camuflada de abogad
a japonesa. Aquello de «niña mala» revelaba
que entre Salo
món y ella existía cierto grado de familiaridad; la chileni
ta tenía que haberle contado algo de
nuestra larga y sinco
pada relación. ¿Habrían hecho el amor? Descubrí, en los días siguientes, que l
a malhadada
posdata me había albo
rotado la vida y devuelto al enfermizo y estúpido amor
pasión que me consumió tantos
años, impidiéndome vivir normalmente. Y, sin embargo, pese a mis dudas, a los celos, a los angustiosos
interrogantes, saber que la niña m
ala es
taba allí, real, viva, en un lugar concreto, aunque fuera lejísimos de
París, me llenó la cabeza de fantasías. Otra vez. Fue como salir del limbo en que había vivido estos últimos
cuatro años, desde que me llamó del aeropuerto Charles de Gaulle (bue
no, me dijo que me llamaba de allí) para
anunciarme que se fugaba de Inglaterra.
¿Seguías, pues, enamorado de tu escurridiza compatriota, Ricardo Somocurcio? Sin la menor duda.
Desde aquella posdata del Trujimán, día y noche se me aparecía todo el tiempo l
a carita morena, la expresión
insolente, sus ojos color miel oscura, y todo el cuerpo me ardía de deseos de tenerla en los brazos.
La carta de Salomón Toledano no llevaba remi
tente y el Trujimán no se dignaba darme su dirección ni su
teléfono. Hice averig
uaciones en la oficina parisina de la Mitsubishi y me aconsejaron que le escribiera al depar
tamento de Recursos Humanos de la empresa en Tokio, cuya dirección me dieron. Así lo hice. Mi carta daba
chos rodeos, hablándole primero de mi propio trabajo; l
e decía que el húsar del Emperador me trajo suerte,
porque había tenido en las últimas semanas excelentes contratos y lo felicitaba por su flamante conquista. Por
fin, entraba en materia. Me había sorprendido agradablemente saber que conocía a esa vieja am
iga mía.
¿Estaba ella viviendo en Tokio? Yo le había perdido la pista hacía años. ¿Podía enviarme su dirección? ¿Su
teléfono? Me gustaría retomar el contacto con esa compatriota, después de tanto.
Envié la carta sin muchas esperanzas de que llega
ra a sus
manos. Pero llegó y la respuesta casi se extravía
por los caminos de Europa. Pues la carta del Trujimán aterrizó en París cuando yo estaba en Viena, trabajando
en la Junta de Energía Atómica, y mi portera de la École Militaire, siguiendo mis instrucciones
en caso de que
gara carta de Tokio, me la remitió a Viena. Cuando la carta arribó a Austria ya estaba yo de regreso en París.
En fin, lo que normalmente hubiera demorado una semana, tardó cerca de tres.
Cuando por fin tuve en mis manos la respuesta de
Salomón Toledano, temblaba de pies a cabeza, como
ataca
do de tercianas. Y me entrechocaban los dientes. Era una
ta de varias páginas. La leí despacio,
deletreándola, para no perder una sílaba de lo que decía. Desde las primeras lí
neas se enfrascaba en
una
apasionada apología de Mitsuko, su abogada japonesa, confesándome, algo avergonzado, que su promesa de
no volver a enamorarse, contraída en razón del «percance sentimental berlinés», se había hecho añicos, luego
de treinta años de haber sido rigurosam
ente respeta
da, por la belleza, la inteligencia, la delicadeza y la sensuali
dad de Mitsuko, una mujer con la que las divinidades sintoístas habían querido revolucionarle la vida desde que
tuvo la bendita idea de volver a esta ciudad, donde, desde hacía p
ocos meses, era el hombre más feliz de la
tierra.
Mitsuko lo había hecho rejuvenecer, llenarse de bríos. Ni siquiera en la flor de su juventud había hecho el
amor con los ímpetus de ahora. El Trujimán había redescubierto la pasión. ¡Qué terrible haber malg
astado
tantos años, dinero y espermatozoides en amoríos mercenarios! Pero, tal vez, no; tal vez todo lo que había
hecho hasta ahora había sido una ascesis, un adiestramiento de su es
píritu y de su cuerpo para merecer a
Mitsuko.
Apenas volviera a París, lo
primero que haría sería echar al fuego y ver cómo se fundían esos coraceros,
húsares, jinetes empenachados, zapadores, artilleros en los que, a lo largo de años, en una actividad tan
onerosa y absorbente como inútil, había malgastado su existencia, retray
éndola a la felicidad del amor. Nunca
más volvería a coleccionar nada; su único pasatiempo sería aprender de memoria, en todos los idiomas que
sabía, poemas eróti
cos, para murmurarlos al oído de Mitsuko. A ella le gusta
ba oírlos, aunque no los
entendiera
, después de los mara
villosos «disfrutes» que tenían cada noche, en escenarios distintos.
Pasaba luego, en una prosa que se cargaba de fie
bre y de pornografía, a describirme las proezas
amatorias de
Mitsuko, y sus encantos secretos, entre los que figurab
a una forma muy amainada e inofensiva,
tierna y sensual, de la temible vagina denta
a de la mitología grecorromana. Tokio era la ciudad más cara del
mundo y, aunque alto, su salario se estaba desintegrando con las correrías nocturnas por Ginza, el barrio d
e la
noche tokiota, que el Trujimán y Mitsuko realizaban, visitando restaurantes, bares, caba
rets, y, sobre todo, las
casas de cita, florón de la corona de la night
fe japonesa. ¡Pero, a quién le importaba el dinero cuando la
dicha
estaba en la balanza!
Porque todo el ex
quisito refinamiento de la cultura japonesa no destellaba, como
seguramente creía yo, en los grabados de la época Meiji, ni en el teatro N
, ni en el Kabuki, ni en los muñe
cos
del Bunruku. Sino en las casas de cita o maisons cla
es, all
á bautizadas con el afrancesado nombre de Cháteaux,
el más famoso de los cuales era el Cháteau Meguru, un ver
dadero paraíso de los placeres carnales, donde se
había volcado a manos llenas el genio japonés para combinar la tecnología más avanzada con la sa
biduría
sexual y los ritos ennoblecidos por la tradición. Todo era posible en los aposentos del Cháteau Meguru: los
excesos, las fantasías, los fantasmas, las extravagancias tenían un escenario y un instrumental para
materializarse. Mitsuko y él habían viv
ido experiencias inolvidables en los discretos reservados del Chá
teau
Meguru: «Allí nos sentimos dioses, querido, y, por mi honor, no exagero ni desvarío».
Por fin, cuando yo me temía que el enamorado no dijese una palabra de la niña mala, el Trujimán se
ocupa
ba de mi encargo. La había visto sólo una vez, después de recibir mi carta. Le costó mucho trabajo hablar
con ella a solas, porque, «por razones obvias», no quiso referirse a mí «delante del señor con el que vive, o por
lo menos con quien anda y se
la suele ver», un «ente» que tenía mala fama y peor aspecto, alguien al que
bastaba ver para sentir
escalofríos y decirse: «A este sujeto no quisiera tenerlo yo
como enemigo».
Pero, al fin, ayudado por Mitsuko, había conse
guido hacer un aparte con la suso
dicha y transmitirle mi
encargo. Ella le dijo que, «como su
petit
ami era celoso», mejor que yo no le escribiera directamente a ella, para
que aquél no le hiciera una escena (o la acogotara). Pero, si yo quería hacerle llegar unas líneas a través del
Truji
mán, es
taría encantada de recibir noticias mías. Salomón Toleda
no añadía: «¿Necesito decirte, querido,
que nada me haría tan feliz como servirte de Celestino? Nuestra profesión es una forma disimulada de la
tercería, alcahuetería o celestinazgo, así que
estoy preparado para tan noble misión. Lo haré tomando todas las
precauciones del mundo, para que tus cartas no lleguen nunca a manos de ese forajido con el que anda la niña
de tus sueños. Perdóname, querido, pero lo he adivinado todo: ella es el amor de t
oda tu vida, ¿o me equivoco?
Y, a propósito, felicitaciones: no será Mitsuko
nadie es Mitsuko
, pero en su belleza exótica luce un aura de
misterio en la faz que resulta muy seductor. ¡Cu
date!». Firmaba: «¡Te abraza el Trujimán de Chutea
Meguru
¿Con
quién andaba enredada ahora la peruanita? Un japonés, sin la menor duda. Acaso un gángster, uno
de los jefazos de los Yakuza que tendría amputado parte del dedo meñique, el santo y seña de la banda. No era
de extrañar, por lo demás. Lo habría conocido, si
n duda, en los viajes que hacía al Oriente acompañando a Mr.
Richardson, otro gángster, sólo que éste de cuello, corbata y establos en Newmarket. El japonés era un
personaje si
niestro, a juzgar por las bromas del Trujimán. ¿Se refería sólo a su físico cua
ndo decía que había en
él algo que asus
taba? ¿A sus antecedentes? Lo único que faltaba en el pron
tuario de la chilenita: amante de un
jefe de mafia japonés.
Un hombre con poder y dinero, por supuesto, prendas indispensables para conquistarla.
Y unos cuan
tos cadáve
res a la espalda, además. Me carcomían los celos y, al mis
mo tiempo, se había adueñado
de mí un curioso senti
miento en el que se mezclaban la envidia, la curiosidad y la admiración. Estaba visto, la
niña mala nunca dejaría de sorprenderme con
sus indescriptibles audacias.
Veinte veces me dije que no debía ser tan idiota de escribirle, de tratar de reanudar con ella alguna
forma de relación, porque saldría escaldado y escupido como siempre. Pero, antes de un par de días de leer la
carta del Truj
imán, le escribí unas líneas y comencé a maquinar la manera de dar un salto al país del sol
naciente.
Mi carta era totalmente hipócrita, pues no quería meterla en aprietos (estaba seguro de que esta vez, en
pón, había hundido los pies en aguas más cenag
osas que otras veces). Me alegraba mucho haber tenido
noticias de ella por mi colega, nuestro amigo común, saber que le iba tan bien y que estaba tan contenta en
Tokio. Le conta
ba de mi vida en París, la rutina de trabajo que me llevaba a veces a otras ci
udades europeas, y
le anunciaba que, vaya casualidad, en un futuro no lejano viajaría a Tokio, con
tratado como intérprete en una
conferencia internacio
nal. Esperaba verla, para rememorar los viejos tiempos. Co
mo no sabía qué nombre
utilizaba ahora, me l
imité a encabezar la carta así: «Querida peruanita». Y la acompa
ñé con un ejemplar de mi
antología de Chéjov, que le dediqué: «A la niña mala, con el cariño invariable del pichiruchi que tradujo estos
cuentos». Despaché car
a y li
bro a la dirección de Sa
lomón Toledano, con unas
líne
as en que agradecía a éste
sus gestiones, le confesaba mi en
vidia por saberlo tan feliz y enamorado, y le rogaba que si sabía de alguna
conferencia o congreso que necesitara buenos intérpretes que hablaran español, francés, in
glés
y ruso (aunque
no japonés) me avisara, porque de pron
to me hablan invadido unas ganas tremebundas de conocer Tokio.
Mis averiguaciones a ver si conseguía algún trabajo que me llevara a Japón no tuvieron éxito. No saber
japo
nés me excluía de muchas c
onferencias locales y no había por el momento en Tokio reuniones de algún
organismo de la ONU donde sólo se exigieran los idiomas oficiales de las Naciones Unidas. Ir por mi cuenta,
como turista, cos
taba un ojo de la cara. ¿Iba a volatilizar en unos pocos
días buena parte de los ahorros que
había podido reunir en los últimos años? Decidí hacerlo. Pero apenas había tomado la decisión y me disponía a
ir a la agencia de viajes, recibí una llamada de mi antiguo jefe de la Unesco, el señor Charnés. Ya estaba
re
tirado, pero trabajaba por su cuenta co
mo director de una oficina privada de traductores e intér
pretes con la
que yo estaba siempre en contacto. Me había conseguido una conferencia en Seúl, de cinco días. Ya te
nía, pues,
el pasaje de ida y vuelta. De Co
rea sería más ba
rato darme un salto a Tokio. Mi vida, a partir de ese mo
mento,
entró en trompo: gestiones para los visados, guías sobre Corea y Japón, y repetirme todo el tiempo que esta
ba
cometiendo un total desatino pues lo más probable era que, en To
kio, ni siquiera lograra verla. La niña mala ya
se habría mandado mudar con la música a otra parte, o me evitaría para que el jefe Yakuza no la cortara en
canal y echara su cadáver a los perros, como hacía el malvado en una película japonesa que acababa de
ver.
En esos días afiebrados, el teléfono me despertó una madrugada.
¿Todavía estás enamorado de mí?
Su misma voz, el mismo tonito burlón y risueño de antaño, y, en el fondo, aquel deje del habla limeña
que nunca había perdido del todo.
Debo estarlo, ni
ña mala
le repuse, despertan
do del todo
. Si no, no se explica que, desde que supe
que estás en Tokio, toque todas las puertas para conseguir un contrato que me lleve allá aunque sea por un día.
He conseguido uno, por fin, para Seúl. Iré dentro de un par
de se
manas. De ahí me daré un salto a Tokio, a
verte. Aunque me mate a balazos ese jefe de los Yakuza con el que andas, según me han dicho mis espías. ¿Son,
ésos, síntomas de que estoy enamorado?
Sí, creo que sí. Menos mal, niño bueno. Creía que, despué
s de tanto tiempo, te habrías olvidado de mí.
¿Eso te dijo tu colega Toledano? ¿Que estoy con un jefe de la mafia?
Se echó a reír, encantada de semejante credencial. Pero, casi de inmediato, cambió de tema y me habló
con una manerita cariñosa:
Me alegro d
e que vengas. Aunque no nos vea
mos mucho, siempre me estoy acordando de ti. ¿Te digo
por qué? Porque eres el único amigo que me queda.
Yo no soy ni seré nunca tu amigo. ¿No te has da
do cuenta todavía? Soy tu amante, tu enamorado, la
per
sona que desde c
hiquito está loco por la chilenita, la guerri
llera, la esposa del funcionario, la del criador de
caballos, la amante del gángster. El pichiruchi que sólo vive para desearte y pensar en ti. En Tokio no quiero que
recorde
mos nada. Quiero tenerte en mis bra
zos, besarte, olerte,
orderte, hacerte el amor.
Se volvió a reír, ahora con más ganas.
¿Todavía haces el amor?
me preguntó
» Bueno, menos mal. Nadie me había vuelto a decir esas
cosas desde la última vez que nos vimos. ¿Me vas a decir muchas cuando ve
ngas, Ricardito? Anda, dime otra,
por ejemplo.
Las noches de luna llena salgo a ladrar al cielo y entonces veo tu carita retratada allá arriba. Ahora
mismo,
daría los diez años de vida que me quedan por verme reflejado en el fondo de tus ojitos color miel
oscura.
Se estaba riendo, divertida, pero de pronto me in
terrumpió, asustada:
Tengo que cortar.
Oí el clic del aparato. Ya no pude pegar los ojos, presa de una mezcla de alegría e inquietud que me tuvie
ron desvelado hasta las siete de la mañana, hora e
n que me levantaba a prepararme el desayuno de costumbre
un café puro y una tostada con miel
, cuando no iba a to
marlo en el mostrador de un café vecino, en
l'avenue de Tourville.
Las dos semanas que faltaban para mi viaje a Seúl las pasé dedicado a cosa
s que, supongo, hacían esos
ilusio
nados novios de antaño en los días que precedían a la boda, en la que los dos iban a perder la virginidad:
comprarme ropa, zapatos, cortarme los cabellos (no con el peluquero rascuachi a la espalda de la Unesco
donde lo h
acía siempre sino en una peluquería de lujo de la rué St. Honoré) y, sobre todo, recorrer boutiques y
tiendas de señoras para ele
gir un regalo discreto, que la niña mala pudiera disimular en su propio vestuario, y a
la vez original, delicado, que le dijer
a esas cosas tiernas y bonitas que yo ansiaba decirle al oído. Todas las horas
que dediqué a buscarle el regalo me decía que yo era ahora todavía más imbécil de lo que había sido nunca
antes y que me merecía ser tratado una vez más con la punta del zapato
y revolcado en la mugre por la amante
del jefe Yakuza. Al final, después de tanto buscar, terminé comprando una de las primeras cosas que vi y que
me gustaron, donde Vuitton: un neceser con una colec
ción de frasquitos de cristal para perfumes, cremas y
pices de labios, y una agenda y un lápiz de concheperla que se ocultaban en un falso fondo. Había algo
vagamente adulterino en ese escondrijo
del
coqueto neceser.
La
conferen
cia de Seúl fue agotadora. Era sobre patentes y tarifas y los oradores recurrían a
un
vocabulario muy técnico, que me duplicaba el esfuerzo. La excitación de los últimos días, el
jet lag y la diferencia
de horas entre París y Corea me tuvieron desvelado y con los nervios de punta. El día que llegué a Tokio, al
comienzo de la tarde, caí
rendido de sueño en la minúscula habitación que me había reservado el Trujimán en
un hotelito del centro de la ciudad. Dormí cuatro o cinco horas de corrido
a la noche, después de una larga
ducha fría para despertar, salí a cenar con mi amigo y su amor j
aponés. Desde el primer momento presentí que
Salomón Toledano estaba mucho más enamorado de Mitsuko que ella de él. Al Trujimán se lo veía rejuvenecido
y exaltado. Llevaba una corbata pajari
ta que nunca le había visto antes y un traje de corte mo
derno y
juvenil.
Hacía bromas, multiplicaba los gestos de atenció
a su amiga y con cualquier pretexto la besaba en las mejillas
o la boca y le pasaba el brazo por la cintura, al
go que a ella parecía incomodarle. Era mucho más joven que él,
simpática y bastante a
graciada, en efecto: lindas pier
nas y una carita de porcelana en la que titilaban unos ojos
grandes y vivarachos. No podía disimular una expresión de desagrado cada vez que Salomón se le arrimaba.
Hablaba muy bien el inglés y su naturalidad y cordialidad
experi
mentaban una especie de parón cada vez que
mi amigo le hacía esas ostentosas demostraciones de cariño. Él parecía no advertirlo. Fuimos primero a un bar
en Kabuki
cho, en Shinjuku, un barrio lleno de cabarets, tiendas eróticas, res
taurantes, discot
ecas y casas de
masajes entre los que circu
laba una espesa muchedumbre. De todos los lugares salía una música desaforada y
había un verdadero bosque aéreo de luces, enseñas y avisos publicitarios. Me sentí mareado. Después,
cenamos en un sitio más tranqui
lo, en Nishi
Azabu, donde, por primera vez, probé comida japonesa y bebí
el
tibio y áspero sake. A lo largo de toda la noche se acen
tuó mi impresión de que la relación entre Salomón y
Mitsuko estaba lejos de funcionar tan bien como aseguraba el Trujimán e
n sus cartas. Pero, me decía, ello se
debe sin duda a que Mitsuko, parca en sus demostraciones de afec
to, no se acostumbra todavía a la manera
expansiva, medi
terránea, de Salomón de exhibir ante el mundo la pasión que ha despertado en él. Ya se
habituará
Mitsuko tomó la iniciativa de hablar de la niña ma
la. Lo hizo a la mitad de la cena y de la manera más
natu
ral del mundo, preguntándome si quería que llamara a mi compatriota para avisarle de mi llegada. Le rogué
que lo hiciera y que le diera el número
de mi hotel. Mejor eso que telefonearla yo mismo, teniendo en cuenta
que el caba
llero con el que vivía era, por lo visto, un
telo japonés y, acaso, un asesino.
¿Eso te ha contado este señor?
se rió Mitsu
ko
. Vaya tontería. El señor Fukuda es un hombr
e un
poco raro, se dice que anda metido en negocios no muy claros, en África. Pero nunca he oído que se trate de un
delincuente, ni nada parecido. Es muy celoso, eso sí. Por lo menos, es lo que dice Kuriko.
¿Kuriko?
La niña mala.
Dijo la «niña mala» en e
spañol y se celebró ella misma su pequeña proeza lingüística, aplaudiendo. O sea
que ahora se llamaba Kuriko. Vaya, pues. Esa noche, al despedirnos, el Trujimán se las arregló para hacer un
brevísi
mo aparte conmigo. Me preguntó, señalando a Mitsuko:
¿Qué
te parece?
Muy linda, Trujimán. Tenías toda la razón del mundo. Es un encanto.
Y eso que sólo la estás viendo vestida
dijo él, guiñando un ojo y golpeándose el pecho
. Tenemos
hablar largo, querido. Te asombrarás con los planes que tengo en agraz.
Mañana te llamaré. Duerme,
sueña y resucita.
Pero quien me llamó, temprano, fue la niña ma
la. Me dio una hora para afeitarme, bañarme y vestirme.
Cuando bajé, ya estaba esperándome, sentada en uno de los sillones de la recepción. Llevaba un impermeable
laro y, debajo, una blusita color ladrillo y una falda marrón. Se le veían las rodillas, redondas y pulidas, y las
piernas fini
tas. Estaba más delgada que en mi recuerdo y con los ojos algo cansados. Pero nadie en el mundo
hubiera creído que tenía ya más
de cuarenta años. Se la veía fresca y bella. A la distancia, se la hubiera podido
tomar por una de esas ja
ponesas delicadas y menudas que pasaban por la calle, si
lentes y flotantes. Se le alegró
la cara cuando me vio y se puso de pie para que la abrazara
. La besé en las mejillas y no me apartó sus labios
cuando se los rocé con los míos.
Te quiero mucho
balbuceé
. Gracias por se
guir tan
jove
n y tan linda, chilenita.
Ven, vamos a tomar el ómnibus
me dijo, cogiéndome del brazo
. Conozco un sido bonito,
para
conversar. Es un parque al que va todo Tokio a hacer picnic y a emborracharse cuando salen las flores de los
cerezos. Allí podrás decirme algunas huachaferías.
Prendida de mi brazo me llevó hasta un paradero, a dos o tres cuadras del hotel, donde subi
mos a un
ómni
bus que brillaba de limpio. Tanto el conductor como la boletera llevaban esos tapabocas con los que me
sorpren
dió ver a mucha gente caminando por la calle. En muchos sentidos, Tokio parecía una clínica. Le
entregué el neceser de Vuitton que
le había traído y lo recibió sin exc
esivo
tusiasmo. Me examinaba, entre
divertida y curiosa.
Te has vuelto una japonesita. En tu manera de vestirte, incluso en tus rasgos, en tus movimientos,
hasta en el color de la piel. ¿Desde cuándo te llamas Kuriko
Así me han puesto mis amistades, no sé a quién se le ocurrió. Será que tengo algo de oriental. Tú me lo
jiste una vez en París, ¿no te acuerdas?
Claro que me acuerdo. ¿Sabes que tenía miedo de que te hubieras puesto fea?
En cambio, tú te has llenad
o de canas. Y de algunas arruguitas, aquí, debajo de los párpados
me
apre
tó el brazo y los ojos se le llenaron de malicia. Bajó la voz
: ¿Te gustaría que fuera tu geisha, niño bueno?
Sí, también. Pero, sobre todo, mi mujer. He ve
nido a Tokio a ofrecert
e matrimonio por enésima vez.
Esta vez te convenceré, te lo advierto. Y, a propósito, des
de cuándo andas en ómnibus tú. ¿El jefe de los Yakuza
no te puede poner un auto con chofer y guardaespaldas?
Aunque pudiera, no lo haría
me dijo, siem
pre prendida
de mi brazo
. Sería ostentación, lo que más
odian los japoneses. Aquí está mal visto diferenciarse de los demás, en lo que sea. Por eso, los ricos se disfrazan
de pobres y los pobres de ricos.
Bajamos en un parque lleno de gente, oficinistas que aprovechab
an el descanso del mediodía para comer
unos sandwiches y tomar unos refrescos bajo los árboles, rodeados de césped y estanques con pececillos de
colores. La niña mala me llevó a un salón de té, en una esquina del parque. Había unas mesitas con cómodos
sill
ones, entre biombos que guardaban una cierta privacidad. Apenas nos sentamos le besé las manos, la boca,
los ojos. Estuve observándola largamente, respirándola.
¿Paso el examen, Ricardito?
Con sobresaliente. Pero, te veo algo cansada, japonesita. ¿La emo
ción de verme, después de cuatro
años de tenerme completamente abandonado?
Y la tensión en la que vivo, también
añadió, muy seria.
¿Qué maldades haces para vivir tan tensa?
Se quedó mirándome, sin responderme, y me pa
só la mano por los cabellos, en ese
cariño medio
amoroso y medio maternal que acostumbraba.
Cuántas canas te han salido
repitió, examinándome
. ¿Yo te saqué algunas, no? Pronto tendré que
decirte viejo bueno en vez de niño bueno.
¿Estás enamorada del tal Fukuda? Tenía la esperanza de que
estuvieras con él sólo por interés. ¿Quién
es? ¿Por qué tiene tan mala fama? ¿Qué hace?
Muchas preguntas a la vez, Ricardito. Dime primero alguna de esas cosas de las telenovelas. Nadie me
las dice, hace años.
Le hablé bajito, mirándola a los ojos y besá
ndole de tanto en tanto la mano que tenía entre las mías.
No he perdido las esperanzas, japonesita. Aun
que te parezca un redomado cretino, voy a insistir y a
insistir hasta que te vengas a vivir conmigo. A París, y, si no te gusta París, donde tú quieras
. Como intérprete
do trabajar en cualquier parte del mundo. Te juro que te haré feliz, japonesita. Ya han pasado muchos años
ra que te quepa la menor duda: te amo tanto que haré cualquier cosa para retenerte a mi lado, cuando
estemos juntos. ¿Te gus
tan los gángsters? Me haré asaltante, se
cuestrador, estafador, narco, lo que quieras.
Cuatro años sin saber de ti y, ahora, apenas puedo hablar, apenas pensar, de lo conmovido que estoy al sentirte
tan cer
quita.
No está mal
se rió ella y adelantó la
ra y me dio en los labios el beso rápido de un pajarito.
Pidió té y unas pastas en un japonés que la cama
rera le hizo repetir un par de veces. Después que
trajeron lo pedido, y de servirme una taza, tardíamente respondió a mi pregunta:
No sé si es amor l
o que siento por Fukuda. Pero, nunca en mi vida he dependido tanto de nadie como
pendo de él. La verdad es que puede hacer conmigo lo que quiera.
No lo decía con la alegría ni la euforia de alguien, como el Trujimán, que ha descubierto el amor
pasión.
ás bien, alarmada, sorprendida de que le ocurriera algo así a una persona como ella que se creía más allá de
esas flaquezas. En sus ojos color miel oscura había algo angus
tioso.
Bueno, si puede hacer contigo lo que quiera, es que te has enamorado, por fi
n. Espero que el tal
Fukuda te haga sufrir como me haces sufrir tú a mí desde hace tantos años, mujer glacial...
Sentí que me cogía la mano y me la restregaba.
No es amor, te lo juro. No sé qué es, pero esto no puede ser amor. Una enfermedad, un vicio, má
bien. Eso es Fukuda para mí.
La historia que me contó era tal vez cierta, aunque seguramente dejó muchas cosas en la sombra, y
disimuló, suavizó y embelleció otras. Me era difícil creerle ya nada de lo que me decía, porque desde que la
conocí me había co
ntado siempre más mentiras que verdades. Y creo que, a diferencia del común de los
mortales, a estas alturas de su vida, a la flamante Kuriko le era ya muy difícil diferen
ciar el mundo en que vivía
de aquel en el que decía vivir. Como me imaginé, había co
nocido a Fukuda años atrás, en uno de los viajes que
hizo a Oriente con David Richardson, quien, en efecto, tenía negocios con el japonés. Este le había dicho a la
niña mala alguna vez que era una lástima que una mujer como ella, de tanto carácter, tan mun
dana, se
contentara con ser Mrs. Richardson, porque en el mundo de los negocios podría haber hecho una gran carrera.
La frase le quedó rondando en los oídos. Cuando
sintió que el mundo se le venía abajo porque su ex marido
había descubierto su matrimonio c
on Robert Arnoux, lla
mó a Fukuda, le contó lo que le ocurría y le propuso
traba
jar a sus órdenes, en lo que fuera. El japonés le mandó un pasaje de avión de Londres a Tokio.
¿Cuando me llamaste del aeropuerto de París para despedirte venías a reunirte c
on él? Asintió.
Sí, pero en realidad te llamé desde el aeropuer
to de Londres.
La misma noche que llegó a Japón, Fukuda la hizo su amante. Pero no la llevó a vivir con él hasta un par
de años después. Hasta entonces vivió sola, en una pen
sión, en un cuar
tito minúsculo, con un baño y una coci
na
empotrada,
más enano que el cuarto que tenía mi criada filipina en Newmarket
. Si no hubiera viajado tan
to,
haciendo los mandados de Fukuda
, se habría vuelto loca de claustrofobia y de soledad. Era la amante de
kuda, pero una entre varias. El japonés nunca le ocultó que se acostaba con distintas mujeres. La llevaba a veces
a pasar la noche con él, pero luego podían transcurrir sema
nas sin que la invitara a su casa. Sus relaciones eran,
en esos períodos, estr
ictamente las de una empleada y su pa
trón. ¿En qué consistían los «mandados» del señor
kuda? ¿Contrabandear drogas, diamantes, cuadros, armas, dinero? Muchas veces, ella ni siquiera lo sabía.
Llevaba y traía lo que él le preparaba, en maletas, paquetes
, bolsas o carteras, y hasta ahora
tocó la madera
e la mesa
siempre había pasado las aduanas, las fronteras y los poli
cías sin mucho problema. Viajando de
ese modo por Asia y África, había descubierto lo que era el miedo pánico. Al mismo tiempo, nunca
había vivido
antes con tanta inten
sidad y esa energía que, en cada viaje, le hacían sentir que la vida era una maravillosa
aventura. «¡Qué distinto vivir
así que en ese limbo, en esa muerte lenta rodeada de caba
llos en Newmarket!» A
los dos años de traba
jar con él, Fukuda, satisfecho con sus servicios, la premió con un ascen
so: «Mereces venir a
vivir bajo mi mismo techo».
Vas a terminar acuchillada, asesinada, encerra
da años de años en una horrible cárcel
le dije
. ¿Te
has vuelto loca? Si me estás con
tando la verdad, lo que ha
ces es una estupidez. Cuando te pesquen
contrabandean
do drogas o algo peor, ¿crees que este gángster se va a ocu
par de ti?
Ya sé que no, él mismo me lo ha advertido
me interrumpió
. Por lo menos, es muy franco con
migo,
ya ve
s. Si alguna vez te cogen, allá tú. Yo no te co
nozco ni te he conocido nunca. Allá tú.
Cuánto te debe querer, ya se ve.
A mí él no me quiere. Ni a mí, ni a nadie. Es co
mo yo, en eso. Pero, tiene más carácter y es más fuerte
que yo.
Había pasado más de
una hora desde que estába
mos allí y comenzaba a oscurecer. Yo no sabía qué
decirle. Me sentía desmoralizado. Era la primera vez que me pare
cía totalmente entregada en cuerpo y alma a
un hombre. Ahora sí, estaba clarísimo: la niña mala nunca sería tuya, p
ichiruchi.
Has puesto una carita triste
me sonrió
. ¿Te apena lo que te conté? Eres la única persona a la que
hubiera podido contárselo. Y, además, necesitaba decírse
lo a alguien. Pero, tal vez, he hecho mal. ¿Me
perdonas si te doy un beso?
Me apena qu
e, por primera vez en tu vida, ames de verdad a alguien y que no sea yo.
No, no, no es amor
repitió, moviendo la cabeza
. Es más complicado, una enfermedad más bien, ya
te he dicho. Me hace sentirme viva, útil, activa. Pero
no feliz. Es como una posesión
. No te rías, no bromeo, a
veces siento que estoy poseída por Fukuda.
Si le tienes tanto miedo, me imagino que no te atreverás a hacer el amor conmigo. Y yo que vine
expresamente a Tokio a pedirte que me lleves al Cha
eau Meguru.
Había estado muy seria mi
entras me contaba su vida con Fukuda pero, ahora, abriendo mucho los ojos,
soltó una carcajada:
¿Y cómo diablos sabes tú, recién llegado a To
kio, qué es el Chutea
Megu
ru
Por mi amigo, el intérprete. Salomón se llama a sí mismo «el Trujimán del Chátea
u Meguru»
le cogí
la mano y se la besé
. ¿Te atreverías, niña mala?
Miró su reloj y estuvo unos momentos pensativa, calculando. De pronto, resuelta, pidió a la camarera
que nos llamara un taxi.
No tengo mucho tiempo
me dijo
. Pero me da no sé qué verte
con esa cara de perrito apaleado.
mos, aunque me arriesgo mucho haciendo esto.
El Cháteau Meguru era una casa de citas que funcionaba en un edificio laberíntico, lleno de pasillos y
esca
leras oscuras que conducían a unos cuartos equipados con saunas, j
acuzzis, camas con colchones de agua,
espejos en las paredes y en el techo, y aparatos de radio y de televisión, junto a los cuales había pilas de vídeos
pornográficos con fantasías para todos los gustos imaginables y una pre
ferencia marcada por el
sadoma
soquismo. También, en una pequeña vitrina, preservativos y vibradores de distin
tos tamaños y con
aditamentos coma crestas de gallo, pe
nachos y mitras, así como una rica parafernalia de juegos
sadomasoquistas, látigos, antifaces, esposas y cadenas. Al igu
al que los ómnibus, las calles y el parque, también
aquí la limpieza era meticulosa y enfermiza. Al entrar a la habi
tación, tuve la sensación de estar en un
laboratorio o en
una estación espacial. La verdad, me costó entender el en
tusiasmo de Salomón Tol
edano, que
llamaba el edén de los placeres a estas alcobas tecnológicas y mini sex shops.
Cuando empecé a desnudar a Kuriko, y vi y toqué su piel suavecita, y olí su aroma, pese a mis esfuerzos
por contenerme, la angustia que me cerraba el pecho desde que
me contó su rendición incondicional a Fukuda,
me venció. Rompí en llanto. Ella me dejó llorar un buen ra
to, sin decir nada. Sobreponiéndome, balbuceé unas
dis
culpas, y sentí que me volvía a acariciar los cabellos.
Aquí no hemos venido a ponernos triste
me dijo
. Hazme cariños y dime que me quieres, zonzito.
Cuando estuvimos los dos desnudos vi que, en efecto, se había adelgazado mucho. En el pecho y en la
espal
da se le distinguían las costillas y la pequeña cicatriz de su vientre se había alargado. P
ero sus formas eran
siempre armoniosas y sus pechitos firmes. La besé despacio, mucho rato, por todo el cuerpo
el tenue
perfume que despedía su piel parecía emanar de sus entrañas
, susurrándole pa
labras de amor. No me
importaba nada. Ni siquiera que est
uviera hechizada por ese japonés. Me aterraba que, por las tareas en que
éste la había metido, terminara despan
zurrada a balazos o en una cárcel africana. Pero yo move
ría cielo y tierra
para rescatarla. Porque, para qué negarlo, la amaba cada día más. Y
la amaría siempre, aunque me engañara
con mil fukudas, porque ella era la mujercita más delicada y más bella de la creación: mi reina, mi princesita, mi
torturadora, mi mentirosita, mi japonesita, mi único amor. Kuriko se había cubierto la cara con el braz
o y no
decía nada, ni siquiera me escuchaba, totalmente con
centrada en su placer.
Lo que me gusta, niño bueno
me ordenó al fin, abriendo las piernas y atrayendo mi cabeza hacia su
sexo.
Besarlo, sorberlo, gustar la fragancia que salía del fondo de su vi
entre me hizo tan feliz como antaño. Por
unos minutos eternos me olvidé de Fukuda y de las mil y una aventuras que me había contado, sumido en una
exal
tación quieta y febril, tragando los jugos dulces que suc
cionaba de sus entrañas. Después de sentirla g
ozar,
me encaramé sobre ella y, con la misma dificultad de tantas veces, la penetré, sintiendo que se quejaba y se
fruncía. Es
taba muy excitado pero conseguí demorarme en ella, su
mido en un frenesí de vértigo hasta que por
fin eyaculé. La tuve largo rato
soldada a mí, apretándola con fuer
za. La acaricié, mordí sus cabellos, sus
perfectas orejas, la besé, le pedí perdón por no haber podido retenerme más tiempo.
Hay un remedio para que no termines tan rápi
do, para seguir con la erección mucho rato, horas
me
dijo al fin, en el oído, con la vocecita traviesa de otros tiempos
. ¿Sabes cuál? No, tú qué vas a saber esas
cosas, santito. Unos polvos que se preparan con los colmillos molidos de los elefantes y el cuerno de los
rinocerontes. No te rías, no es bru
jería, es verdad. Te regalaré un pomito para que te lo lleves de recuerdo mío a
París. En toda Asia valen una fortuna, te advierto. Así te acordarás de Kuriko cada vez que te acuestes con una
francesa.
Alcé la cabeza de su cuello para verle la cara: esta
a muy bella así, pálida, con esas ojeras azuladas y la
lan
guidez en que la sumía el amor.
¿Eso es lo que contrabandeas en
tus viajes por Asia y África? ¿Afrodisíacos preparados con colmillos de
elefantes y cuernos de rinocerontes para estafar incautos?
le pregunté, sacudido por las carcajadas.
Es el mejor negocio del mundo, aunque no lo creas
se rió, contagiada
. Por culpa de los ecologistas,
que han hecho prohibir la caza de elefantes, rinocerontes
y qué sé yo cuántos animales más. Ahora, esos
colmill
os y cuernos valen un ojo de la cara, en los países de por acá. También hago pasar otras cosas que no
pienso decirte. Pero el gran negocio de Fukuda es ése. Y, ahora, tengo que irme, niño bueno.
No pienso regresar a París
le advertí, mien
tras la veía, d
esnuda, de espaldas, yendo en puntas de pie
hacia el baño
. Me quedaré a vivir en Tokio y, si no pue
do matar a Fukuda, me contentaré con ser tu perro, así
como tú eres la perra de ese gángster.
Guau, guau
ladró la chilenita.
Al regresar a mi hotel, me d
i con un mensaje de Mitsuko. Quería verme a solas, para un asunto urgente.
¿Podía llamarla a su oficina, mañana temprano?
La llamé apenas me levanté y, entre intermina
bles cortesías japonesas, la amiga del Trujimán me pidió
que nos tomáramos un café en la
cafetería del Hotel Hilton, a media mañana, porque tenía que comunicarme
al
go importante. Apenas había colgado cuando sonó el te
léfono. Era Kuriko. Le había contado a Fukuda que un
viejo amigo peruano estaba en Tokio y el jefe Yakuza me invitaba esta no
che, junto con el Trujimán y su novia, a
tomar una copa en su casa y luego a una cena
espectáculo, en el musical más popular de Ginza. ¿Había oído
bien?
Y, además, le he dicho que estos días te iba a llevar a hacer un poco de turismo. No me ha puesto
ning
ún pero.
Qué generoso, qué galante
le contesté, indignado con lo que me acababa de contar
. ¡Tú, pidiéndo
le permiso a un hombre! No te reconozco, niña mala.
Me has hecho poner colorada
susurró, algo confundida
. Creí que estarías feliz sabiendo que
dremos vernos todos los días que estés en Tokio.
Estoy celoso. ¿No te has dado cuenta? Antes, no me importaba, porque tus amantes o maridos
tampoco te importaban a ti. Pero, este japonés sí te importa. No debis
te decirme nunca que él puede hacer
contigo
lo que quiera. Ese puñal en el corazón me va a acompañar hasta la tumba.
Se rió, como si yo le hubiera hecho un chiste.
Ahora no tengo tiempo para tus huachaferías, niño bueno. Yo te voy a quitar los celos. Te he
preparado un programa regio para todo el d
ía, ya verás.
Le pedí que me recogiera en la cafetería del Hilton a mediodía y fui a la cita con Mitsuko. Cuando llegué,
ella estaba ya allí, fumando. Parecía muy nerviosa. Volvió a pedirme disculpas por su atrevimiento de llamarme,
ro, me dijo, no tení
a a quién dirigirse, «la situación se ha vuelto muy difícil y ya no sé qué hacer». Tal vez yo
pudie
ra aconsejarla.
¿Te refieres a tu relación con Salomón?
le pregunté, sospechando lo que se venía.
Yo pensé que lo nuestro sería un pequeño flirt
asintió
, echando humo por la nariz y por la boca a la
vez
. Una aventura agradable, pasajera, de esas que no comprometen. Pero Salomón no lo entiende así. Quie
re convertir esto en una relación para toda la vida. Se em
peña en que nos casemos. Yo no volveré a cas
arme
nunca. Ya pasé por un fracaso matrimonial y sé lo que es eso. Además, tengo una carrera por delante. La
verdad, me es
tá volviendo loca con su obstinación. No sé qué hacer para que esto termine de una vez.
No me alegró que mis sospechas se confirmaran
. El Trujimán había construido castillos en el aire y se iba
a llevar la frustración de su vida.
Como ustedes son tan amigos y él te estima tanto, pensé, en fin, espero que no te importe. Pensé que
podrías ayudarme.
Pero, en qué forma te puedo ayudar, M
itsuko.
Hablándole. Explicándole. Que yo no me voy a casar nunca con él. Que yo no quiero ni puedo
continuar esta relación de la manera en que él se empeña. La verdad, me atosiga, me abruma. Yo tengo muchas
responsabilida
des en la compañía y este asunto
está afectando mi traba
jo. A mí me ha costado mucho llegar a
donde estoy, en la Mitsubishi.
Todos los fumadores de Tokio parecían haberse concentrado en la impersonal cafetería del Hotel Hilton.
Nubéculas de humo y un fuerte olor a tabaco impregna
ban el
local. Se oía hablar inglés en casi todas las mesas.
Había tantos extranjeros como japoneses.
Lo siento mucho, Mitsuko, pero no lo haré. És
te no es un asunto donde deban intervenir terceras
perso
nas, sino algo entre tú y él. Debes hablarle, con franquez
a, y cuanto antes. Porque Salomón está muy
enamorado de ti. Como no lo ha estado nunca antes de nadie. Y se hace muchas ilusiones. Él cree que tú lo
quieres, también.
Le conté algo de lo que el Trujimán me decía de ella en sus cartas. Cómo, conocerla, lo h
abía hecho cam
biar de manera de pensar sobre el amor desde aquella leja
na experiencia de su juventud berlinesa, cuando la
novia polaca lo dejó en plenos preparativos de boda. Advertí que lo que yo le decía no la apenaba en absoluto:
debía estar ya harta
del pobre Trujimán.
Yo la comprendo a esa muchacha
comen
tó, glacial
. Tu amigo puede ser, no sé cómo decirlo en
inglés, abrumador, sofocante. A veces, cuando estamos juntos, me siento en una prisión. No me deja ningún es
pacio para ser yo misma, para re
spirar. Quiere tocarme todo el tiempo. A pesar de que le he explicado que aquí,
en Japón, no se acostumbran esas expansiones en pú
blico.
Hablaba de tal manera que, a los pocos minutos, pensé que el problema era todavía más grave: Mitsuko
se sentía tan emp
alagada de los besos y manoseos a la vista de todo el mundo del Trujimán, y vaya usted a sa
ber de qué asedios privados, que había llegado a detes
tarlo.
Entonces, ¿crees que debo hablarle?
No lo sé, Mitsuko, no me hagas darte un conse
jo sobre algo tan
personal. Yo lo único que quisiera es
que mi amigo sufra lo menos posible. Y creo que, si no vas a seguir con él, si has decidido romper la relación, es
prefe
rible que lo hagas cuanto antes. Después, será peor.
Cuando se despidió, entre nuevas disculpas y
cortesías, me sentí incómodo y desagradado. Hubiera
preferido no haber tenido esa conversación con Mitsuko, no enterarme de que mi amigo iba a ser brutalmente
desper
tado del sueño en que estaba y devuelto a la cruda reali
dad. Felizmente, no tuve que esp
erar mucho:
Kuriko apa
reció en la entrada de la cafetería y fui a su encuentro, feliz de salir de este antro humoso. Llevaba un
sombrerito y un impermeable de la misma tela clara, a cuadritos, unos pantalones de franela oscura, con una
chompa granate de c
llo alto y unos mocasines deportivos. Tenía la cara más fresca y más joven que la
víspera. Una adolescente de cuarenta y pico de años. Me bastó verla para que se me disipara la desazón. Ella
misma me alcanzó los labios para que la besara, cosa que no so
lía hacer, siempre era yo el que le buscaba la
boca.
Ven, vamos, te voy a llevar a los templos sintoístas, los más bonitos de Tokio. En todos hay animales
sueltos, caballos, gallos, palomas. Los consideran sagra
dos, reencarnaciones. Y, mañana, a los temp
los budistas
zen, con sus jardines de arena y
rocas
, que los monjes ras
trillan y cambian cada
ía. Preciosos, también.
Fue un día de intenso trajín, subiendo y bajando de ómnibus, del aerodinámico metro, a veces de taxis.
Entré y salí de templos y pagodas
, y de un enorme museo donde había huacos peruanos imitados porque
lo
dicaba un cartel
la institución, respetuosa de las prohi
biciones que existían en el Perú para sacar fuera del
país objetos del patrimonio arqueológico, no exhibía piezas originales
. Pero no creo haber puesto mayor
atención en lo que veía, porque mis cinco sentidos estaban concentra
dos en Kuriko, que me tenía casi
todo el
tiempo de la mano y se mostraba insólitamente cariñosa. Me hacía bromas y coqueterías, y se reía a sus
anchas, c
on los ojos brillantes, cada vez que me pedía al oído «Ahora, otra huachafería, niño bueno», y yo le
daba gusto. A media tarde nos senta
mos en una mesita apartada de la cafetería del Museo de Antropología, a
comer un sandwich. Se quitó el sombrerito a cua
dros y se arregló los cabellos. Los llevaba muy cortos y lucía
todo su cuello, airoso, en el que se insinua
ba la culebrita verde de una vena.
Cualquiera que no te conozca diría que estás enamorada de mí, niña mala. Creo que nunca, desde que
te conocí en
Miraflores, de chilenita, has estado así de cariñosa.
A lo mejor me he enamorado de ti y no me acabo de dar cuenta
me dijo, pasándome la mano por los
cabellos y acercándome la cara, para que viera lo iróni
cos e insolentes que eran sus ojo
. ¿Qué harías
si te di
jera que lo estoy y que nos podemos ir a vivir juntos?
Me daría un infarto y me quedaría tieso aquí mismo. ¿Lo estás, Kuriko?
Estoy contenta, porque podremos vernos todos los días que pases en Tokio. Tenía esa preocupación,
mo hacer para ver
te a diario. Por eso me atreví a contárse
lo a Fukuda. Y ya ves qué bien salió.
El gángster magnánimo te dio permiso para que muestres a tu compatriota los encantos de Tokio.
Odio a tu maldito jefe Yakuza. Hubiera preferido no conocerlo, no verlo nunca. E
sta noche voy a pasar un mal
rato horri
ble viéndote con él. ¿Te puedo pedir un favor? No lo to
ques, no lo beses, delante de mí.
Kuriko se echó a reír y me tapó la boca con la mano.
Calla, tonto, él no haría nunca esas cosas, ni conmigo ni con nadie. Nin
gún japonés las haría. Aquí hay
una diferencia tan grande entre
lo que se hace en público y en privado que las cosas más naturales para
nosotros, a ellos les chocan. Él no es como tú. Fukuda, a mí, me trata como a su empleada. A veces, como a su
puta. En c
bio, tú, la verdad es la verdad, me has tratado siempre co
mo a una princesa.
Ahora, eres tú la que dice huachaferías.
Le cogí la carita con las manos y la besé.
Tampoco debiste decirme que ese japonés te trata como a su puta
le susurré al oído
. ¿N
o ves que
es como si me despellejaras vivo?
No te lo he dicho. Olvidémoslo, borrémoslo.
Fukuda vivía en un barrio alejado del centro, una zona residencial donde alternaban edificios de seis,
ocho pisos, muy modernos, con casitas tradicionales, de techos d
e tejas y jardines minúsculos, que parecían a
punto de ser aplastadas por sus altísimos vecinos. Tenía un aparta
mento en el sexto piso de un edificio con un
portero engalonado
que me acompañó hasta el ascensor. Este se abría en el interior de la casa, y,
luego de un
pequeño recibidor desnudo, apareció una sala comedor amplia, con un gran ventanal por el que se divisaba un
manto infinito de lucecitas titilantes, bajo un cielo sin estrellas. La sala estaba so
briamente amueblada y tenía
en las paredes unos
platos
de cerámica azul, en unas repisas unas esculturas poline
sias, y, sobre una mesa chata
y larga, objetos tallados en marfil. Mitsuko y Salomón ya estaban allí con copas de champagne en las manos. La
niña mala llevaba un vestido largo, color mostaza,
que le dejaba los hombros descu
biertos, y una cadenita de
oro en el cuello. Estaba maqui
llada como para una fiesta y sus cabellos recogidos en dos bandas. El peinado,
que no le había visto antes, acentua
ba su apariencia oriental. Se la hubiera podido to
mar por una japonesa,
ahora más que nunca. Me besó en la mejilla y le dijo en español al señor Fukuda:
Éste es Ricardo Somocurcio, el amigo del que te hablé.
El señor Fukuda hizo la consabida venia de saludo japonesa. Y, en un español bastante comprensibl
e, me
ludó así, alargándome la mano:
El jefe Yakuza le da la bienvenida.
El chiste me dejó totalmente desconcertado, no sólo porque no lo esperaba
no me imaginaba que
Kuriko pudiera contarle lo que yo le decía sobre él
sino por
que el señor Fukuda br
omeó
¿bromeó?
sin
sonreír, con la misma cara inexpresiva y neutral, apergaminada, que conservó toda la noche. Una cara que
parecía una máscara. Cuando atiné a decirle «Ah, habla usted español», me ne
gó con la cabeza, y, a partir de
ese momento, sólo hab
ló en un inglés muy pausado y difícil, las pocas veces que ha
bló. Me alcanzó una copa de
mpagne y me señaló un asiento, al lado de Kuriko.
Era un hombre bajito, más todavía que Salomón Toledano, casi esquelético, tanto que, comparado con la
esbelta y m
enuda niña mala, parecía un alfeñique. Me ha
bía hecho una idea tan distinta de él que me dio la
impre
sión de estar ante un impostor. Llevaba unos anteojos os
curos, de cristales redondos y montura de metal,
que no
e quitó en toda la noche, lo que aument
aba el malestar que me producía su persona, pues no sabía si
sus ojitos
los imaginaba fríos y pugnaces
me estaban observando o no. Tenía unos cabellos grises,
aplastados contra el cráneo, acaso engominados y peinados hacia atrás a la manera de
os cantan
tes argentinos
de tango de los años cincuenta. Vestía un traje y una corbata oscuros, que le daban cierto aire funeral, y podía
permanecer inmóvil y mudo mucho rato, con las pequeñas manos sobre las rodillas, como pe
trificado. Pero, tal
vez, el rasgo más
acusado de su físico era su boca sin labios, que apenas se movía cuando habla
ba, como los
ventrílocuos. Me sentía tan tenso e incómo
do que, contra mi costumbre
nunca pude beber mucho porque el
alcohol se me subía rápido
, esa noche bebí en exceso. Cuand
o el señor Fukuda se puso en pie, indican
do de
este modo que debíamos partir, yo llevaba tres co
pas de champagne en el cuerpo y me había comenzado a dar
vueltas la cabeza. Y, algo ajeno a la conversación que mantenía casi sólo el Trujimán hablando de las
variantes
regionales del japonés que estaba comenzando a distin
guir, me preguntaba, estupefacto: «¿Qué tiene este
hom
brecillo insignificante y viejo para que la niña mala hable así de él?». ¿Qué le decía, qué le hacía para que
dijera que es su vicio, su
enfermedad, que está poseída por él, que pue
de hacer lo que quiere con ella? Como
no encontraba la respuesta, sentía más celos, más furia, más desprecio por mí mismo, y me maldecía por haber
cometido la insensa
tez de
enir a Japón. Sin embargo, un segun
do después, mirándola de reojo, me decía que
sólo aquella vez,
n el baile de l'Opéra de París, la había visto tan deseable como esta noche.
Había dos taxis esperando en la puerta del edifi
cio. A mí me tocó ir solo con Kuriko, porque así lo indicó,
con un
simple gesto imperativo, el señor Fukuda, quien
se metió en el otro taxi con el Trujimán y Mitsuko. Ape
nas partimos sentí que la niña mala me cogía la mano y se la llevaba a las piernas, para que yo la tocara.
¿No es acaso tan celoso?
dije, señalando a
l otro taxi, que nos rebasaba
. ¿Cómo te deja venir sola
conmigo?
Ella no se dio por entendida.
No pongas esa cara, zonzito
me dijo
. ¿Ya no me quieres, entonces?
Te odio
le dije
. Nunca he sentido tantos celos como ahora. ¿O sea que ese enano, ese abo
rto de
hombre, es el gran amor de tu vida?
Deja de decir tonterías y, más bien, bésame.
Me echó los brazos al cuello, me ofreció su boca y sentí la puntita de su lengua enredándose en la mía.
Me dejó besarla largamente, y ella respondía a mis besos con al
egría.
Te quiero, maldita sea, te quiero, te amo
le imploré, en el oído
. Vente conmigo, japonesita, ven, te
juro que seremos muy felices.
Cuidado, ya estamos llegando
dijo ella. Se apartó de mí, sacó un kleenex de su cartera y se retocó la
boca
. Limp
íate los labios, te he dejado un poco de rouge.
El teatro restaurante era un music hall de gigan
tesco escenario con mesas y mesitas escalonadas en una
rampa que se abría como un abanico, bajo unos cande
labros inmensos que arrojaba
una luz potente sobre
el
enorme local. La mesa reservada por Fukuda estaba bas
tante cerca del escenario y desde ella se tenía una
perspec
tiva magnífica. El espectáculo comenzó casi inmediatamen
te después de nuestra llegada. Rememoraba
los grandes éxitos de Broadway, con núme
ros a veces paródicos, a veces miméticos, de zapateos y figuras de
un. cuerpo
de
bailarines multitudinario. Había también números de payasos, ilusionistas, contorsionistas, y
canciones, en inglés y japonés. El presentador parecía saber casi tantas lenguas
como el Trujimán aunque,
según éste, las hablaba todas mal.
También esta vez el señor Fukuda, con gestos imperativos, decidió nuestros sitios. A mí volvió a sentarme
junto a Kuriko. Apenas se apagaron las luces
la mesa quedaba iluminada por unos focos sem
iocultos entre los
arreglos florales
, sentí el pie de la niña mala sobre él mío. La miré y, con el aire más natural del mundo,
estaba ha
blando con Mitsuko en un japonés que, a juzgar por los esfuerzos que hacía aquélla para entenderla,
debía ser tan apro
ximado como su francés y su inglés. Estaba muy lin
da, en esa media oscuridad, con su piel
bruñida, ligera
mente pálida, sus hombros redondos, su cuello alto, sus ojitos color miel llenos de brillos y sus
labios marcados. Se había descalzado para hacerme s
entir la planta de su pie, que estuvo casi toda la cena
sobre el mío, moviéndose a ratos para frotarme el tobillo y hacerme sentir que estaba allí, sabiendo lo que
hacía, desafiando a su amo y señor. Éste, hierático, miraba el espectáculo o conversaba con
el Trujimán
moviendo apenas la boca. Sólo una vez, creo, se dirigió a mí para preguntarme en inglés cómo iban las co
sas en
el Perú y si conocía a gente de la colonia japonesa de allá, que, por lo visto, era bastante grande. Le respondí
que hacía muchos añ
os que no iba al Perú y que no sabía gran cosa de lo que pasaba en el país en el que había
naci
do. Y que no había conocido a ningún japonés peruano, aunque, sí, había muchos, pues el Perú había sido el
gundo país en el mundo, luego de Brasil, que abrió
sus fronteras a la inmigración japonesa a fines del siglo
XIX.
La cena ya estaba ordenada y los platos, unas miniaturas muy bien presentadas y bastante insípidas de
verduras, mariscos y carnes, se sucedían, sin fin. Yo apenas
los probaba, para cumplir. En
cambio, bebí varias
minúsculas tacitas de porcelana en que el gángster nos servía el cálido y almibarado salce. Me sentí mareado,
antes de que terminara la primera parte de la función. Pero, al menos, se me había evaporado el malestar del
principio. Al en
cenderse las luces, para mi sorpresa, el piececito descalzo de la niña mala siguió allí, tocándome.
Pensé: «Sabe que estoy sufriendo horriblemente de celos y trata de desagraviarme». Ya lo estaba: cada vez
que, procurando no dela
tar lo que sentía, me vol
vía a mirarla, me decía que nunca la había visto tan bella ni
deseable. Por ejemplo, esa oreji
ta era un prodigio de arquitectura minimalista, con sus suaves curvas y el
pequeño respingo del lóbulo en la parte superior.
En un momento de la noche, hubo un p
equeño incidente entre Salomón y Mitsuko que no sé cómo
comenzó. De improviso, ella se puso de pie y se marchó sin despedirse de nadie ni dar explicación alguna. El
Trujimán se levantó de un salto y la siguió.
¿Qué ha pasado?
pregunté al señor Fukuda, pe
ro éste se quedó mirándome, inmutable, sin decir
nada.
A ella no le gusta que la toquen ni la besen en público
dijo Kuriko
. Tu amigo es un mano larga. En
cualquier momento, Mitsuko lo dejará. Me lo ha dicho.
Salomón se va a morir, si lo deja. Está enam
ora
do de Mitsuko como un becerro. Templado hasta el
cien.
La niña mala se rió, con esa boca abierta de labios gruesos que tenía ahora muy enrojecidos por el
maquillaje:
¡Enamorado como un becerro! ¡Templado has
ta el cien!
repitió
. Hace siglos que no o
ía esas cosas
tan chistosas. ¿Se dirán todavía en el Perú o habrá otros peruanismos para el enamoramiento?
Y, pasando del español al japonés, se puso a expli
car a Fukuda lo que querían decir aquellas expresiones.
la escuchaba, rígido e inescrutable. De
tanto en tanto, co
mo un muñeco articulado, cogía su copa, se la
llevaba a la boca sin mirarla, bebía un sorbo y la devolvía a la mesa. Inesperados, poco después el Trujimán y
Mitsuko volvie
ron. Se habían reconciliado, pues sonreían e iban cogidos de la
mano.
No hay como las peleas para mantener vivo el amor
me dijo Salomón, con una sonrisa de hombre
colmado, guiñándome el ojo
. Pero, a la mujer el macho debe castigarla de vez en cuando, para que no se le
suba hasta la coronilla.
A la salida, había otra
vez dos taxis esperando y, como al venir, el señor Fukuda decidió con un ademán
que yo subiera solo con Kuriko a uno de ellos. El se fue con Salomón y Mitsuko. El odiado japonés empezaba a
caerme simpático con los privilegios que me concedía.
Por lo meno
s, déjame llevarme el zapatito del pie con el que has estado tocándome toda la noche. Me
acostaré con él, ya que no puedo hacerlo contigo. Y lo guardaré junto con la escobillita de Guerlain.
Pero, ante mi sorpresa, cuando llegamos al edifi
cio de Fukuda, K
uriko, en lugar de despedirme, me cogió
de la mano y me invitó a subir con ella a tomar en su departamento «la copa del estribo». En el ascensor la
besé, con desesperación. Le dije mientras la besaba que nunca le perdonaría que estuviera tan bella
precisam
ente esta no
che, cuando había descubierto que sus orejitas eran unas prodigiosas creaciones
minimalistas. Yo las adoraba y me gustaría cortárselas, embalsamarlas y llevarlas por e mun
do en el bolsillo de
mi saco más cercano al corazón.
Sigue, sigue con
tus huachaferías, huachafito
se la veía halagada, risueña, muy dueña de sí misma.
Fuku
a no estaba en la sala, «Voy a ver si ha llegado», murmuró e
lla
después
de
ervirme un vaso de
whisky
en las rocas. Regresó al momento, con la cara encendida en una exp
resión provocadora:
No ha venido. Te armaste, niño bueno, eso sig
nifica que no vendrá. Va a pasar la noche afuera.
No parecía muy apenada de que su enfermedad, su vicio, la hubiera abandonado. Por el contrario, la
noti
cia parecía alegrarla. Me explicó q
ue Fukuda se desapa
recía así, de pronto, luego de una cena o de un cine,
sin decirle nada. Y que al día siguiente, al volver, no le daba la menor explicación.
¿Quieres decir que se irá a pasar la noche con otra? ¿Teniendo a la mujer más bella del mundo e
n su
sa, el imbécil es capaz de irse a pasar la noche con otra?
No todos los hombres tienen tan buen gusto como tú
dijo Kuriko, dejándose caer sentada en mis ro
dillas y echándome los brazos al cuello.
Mientras la abrazaba y la acariciaba y la besaba
en el cuello, en los hombros, en las orejas, me decía que
no podía ser posible que la suerte, o los dioses, o lo que fuera, hubieran sido tan generosos conmigo,
espantando al jefe Yakuza y concediéndome tanta felicidad.
¿Estás segura que no va a volver?
le pregunté en un momento, en un sobresalto de lucidez.
No, yo lo conozco, si no ha venido es que va a pasar la noche afuera. ¿Por qué, Ricardito? ¿Tienes
miedo?
No, miedo no. Si hoy me pides que lo mate, lo mataré. Nunca he estado tan feliz en la vida,
japonesita.
Y tú no has estado nunca tan linda como esta noche.
Ven, ven.
La seguí, resistiendo el vértigo. Los objetos de la sala se movían a mi alrededor, en cámara lenta. Me
sentía tan feliz que, al pasar junto al gran ventanal desde el que se divisaba
la ciudad, pensé que si corría uno de
los crista
les y me lanzaba al vacío flotaría como una pluma sobre
aquel interminable manto de luces. Un pasillo
en la semioscuridad con grabados eróticos en las paredes. Una ha
bitación en penumbra, alfombrada, en la
que
tropecé y caí sobre una cama grande y mullida, con muchas almohadas. Sin que yo se lo pidiera, Kuriko había
empezado a desnu
darse. Y una vez que terminó me ayudó a hacerlo a mí.
¿Qué esperas, zonzito?
¿Estás segura que no va a volver?
En vez de res
ponderme, juntó su cuerpecito al mío, se enroscó en mí y, buscándome ¡a boca, me la llenó
con su saliva. Nunca me había sentido tan excitado, tan conmovi
do, tan dichoso. ¿Estaba ocurriendo realmente
todo esto? La niña
ala jamás había sido tan ardiente, t
an entusiasta, ja
más había tomado tantas iniciativas en
la cama. Siempre ha
bía adoptado una actitud pasiva, casi indiferente, en la que parecía resignarse a ser besada,
acariciada y amada, sin poner nada de su parte. Ahora, era ella la que me besaba y mo
rdis
queaba por todo el
cuerpo y respondía a mis caricias con prontitud y una resolución que me maravillaba. «¿No quie
res que te haga
lo que te gusta?», le murmuré. «Primero yo a ti», me contestó, empujándome con unas manecitas cariño
sas
para que me tend
iera de espaldas y abriera las piernas. Se acuclilló entre mis rodillas y, por primera vez desde
que hici
mos el amor en aquella chambre de bonne del Hotel du Sénat, hizo lo que yo le había rogado tantas
veces que hicie
ra y nunca quiso hacer: meter mi sex
o en su boca y chuparlo. Yo mismo me sentía gemir,
agobiado por el inconmensura
ble placer que me iba desintegrando a poquitos, átomo por átomo,
convirtiéndome en sensación pura, en música,
n lla
ma que crepita. Entonces, en uno de esos segundos o
nutos
de suspenso milagroso, cuando sentía que mi ser entero estaba concentrado en ese pedazo de carne
agradecido que la niña mala lamía, besaba, chupaba y sorbía, mientras sus deditos me acariciaban los testículos,
vi a Fukuda.
Estaba medio cubierto por las so
mbras, junto a un gran aparato de televisión, como segregado por la
oscuri
dad de ese rincón del dormitorio, a dos o tres metros a lo más de la cama donde Kuriko y yo hacíamos el
amor, sen
tado en una silla o banquito, inmóvil y mudo como una esfinge, con
sus eternos anteojos oscuros de
gángster de película y con las dos manos en la bragueta.
Cogiéndola de los cabellos, obligué a la niña mala a soltar el sexo que tenía en su boca
la sentí quejarse
del jalón
y, completamente alterado por la sorpresa, el mi
do y la confusión, le dije al oído, en voz muy bajita,
estúpi
damente: «Pero, ahí está, ahí está Fukuda». En vez de saltar de la cama, poner cara de espanto, echar a
correr, alocarse, gritar, después de un segundo de vacilación en que comen
zó a volver l
a cabeza hacia el rincón
pero se arrepintió, la vi hacer lo único que nunca hubiera sospechado, ni querido, que hiciera: rodearme con los
brazos y, adhiriéndose a mí con todas sus fuerzas para clavarme en esa cama, buscarme la boca y
mordiéndome, pasarme l
a saliva manchada con mi semen y decirme, desesperada, de prisa, con angustia:
¿Y qué te importa que esté o no esté, zonzito? ¿No estás gozando, no te estoy haciendo gozar? No lo
mires, olvídate de él.
Paralizado por el asombro, entendí todo: Fukuda no no
s había sorprendido, estaba allí en complicidad
con la niña mala, gozando de un espectáculo preparado por los dos. Yo había caído en una emboscada. Las
sorpren
dentes cosas que habían venido ocurriendo se aclaraban, habían sido cuidadosamente planeadas por
el
japonés y ejecutadas por ella, sumisa a las órdenes y deseos de aquél. Entendí la razón de lo efusiva que había
sido conmigo Ku
riko estos dos días, y, sobre todo, esta noche. No lo había hecho por mí, ni por ella, sino por él.
Para complacer a su amo.
Para que gozara su señor. El corazón me latía como
si me fuera a reventar y apenas
podía respirar. Se me había quitado el mareo y sentía mi falo flaccido, escurriéndo
se, empequeñeciéndose,
como avergonzado. La aparté de un empujón y me incorporé a medias
, retenido por ella, gritando:
¡Te voy a matar, hijo de puta! ¡Maldito!
Pero Fukuda ya no estaba en ese rincón, ni en el cuarto, y la niña mala, ahora, había cambiado de humor
y me insultaba, la voz y la cara descompuestas por la rabia:
¡Qué te pasa, idi
ota! ¡Por qué haces ese escánda
lo!
me golpeaba en la cara, en el pecho, donde
podía, con las dos manos
. No seas ridículo, no seas provinciano. Siempre has sido y serás un pobre diablo,
qué otra cosa se podía esperar de ti, pichiruchi.
En la media oscuri
dad, a la vez que trataba de apar
tarla, yo buscaba mi ropa en el suelo. No sé cómo la
contré, ni cómo me vestí y me calcé, ni cuánto duró esta escena farsesca. Kuriko había dejado de golpearme
pero, sentada en la cama, chillaba, histérica, intercalando
sollo
zos y agravios:
¿Te creías que iba a hacer esto por ti, muerto de hambre, fracasado, imbécil? Pero, quién eres tú,
quién te has creído tú. Ah, te morirías si supieras cuánto te despre
cio, cuánto te odio, cobarde.
Por fin, terminé de vestirme y cas
i corriendo desan
duve el pasillo de los grabados eróticos, deseando que
en la sala me estuviera esperando Fukuda con un revólver en la mano y con dos guardaespaldas armados de
garrotes, pues igual me precipitaría sobre él, tratando de arrancar
le e
sos odio
sos anteojos y de escupirlo, para
que me mataran cuan
to antes. Pero tampoco había nadie en
a sala, ni en el as
censor. Abajo, en la puerta del
edificio, temblando de frío y de cólera, tuve que esperar largo rato el taxi que me lla
mó el portero engalonad
En mi cuarto de hotel, me tendí sobre la cama, ves
tido. Me sentía fatigado, dolido y ofendido, y no tenía
áni
mo ni para quitarme la ropa. Estuve horas con la mente en blanco, desvelado, sintiéndome una porquería
humana impregnada de estúpida inocencia
, de ingenua imbecili
dad. Todo el tiempo, me repetía, como un
manirá: «Es tu culpa, Ricardo. La conocías. Sabías de lo que era capaz. Nunca te quiso, siempre te despreció. De
qué lloras, pichiruchi. De qué te quejas, de qué te lamentas, huevón, co
judo, i
mbécil. Eso eres, todo lo que ella
te ha dicho y más. Deberías estar feliz, y, como hacen los pendejos, los moder
nos, los inteligentes, decirte que
te saliste con la tuya. ¿No te la tiraste? ¿No te chupó el pájaro? ¿No te vaciaste en su boca? Qué más quie
res.
Qué te importa que el alfeñique ese, el Yakuza ese, estuviera allí, mirando cómo te tirabas a su puta. Qué te
importa lo que haya pasado. ¿Quién te mandó enamorarte de ella? Tú tienes la culpa de todo y nadie más,
Ricardito».
Cuando despuntó el día me
afeité, me bañé, pre
paré mi maleta y llamé a Japan Air Lines, para adelantar
mi regreso a París, que tenía obligatoriamente que hacer vía Corea. Conseguí sitio en el avión del mediodía a
Seúl, de modo que tenía tiempo justo para llegar al aeropuerto de N
arita. Llamé al Trujimán para despedirme,
explicándole que debía regresar de urgencia a París, por un buen con
trato de trabajo que acababan de
ofrecerme. Él insistió en acompañarme a pesar de que hice todo lo que pude para disuadirlo.
Cuando estaba en la
recepción, pagando la cuen
ta, me llamaron por teléfono. Apenas escuché en el auri
cular la voz de la niña mala diciendo «Aló, aló», colgué. Salí a la calle a esperar al Trujimán. Tomamos un
ómnibus, que iba recogiendo a pasajeros de distintos hoteles, de
do que tardamos más de una hora en
llegar a Narita. En el
trayecto, mi amigo me preguntó si había tenido algún pro
blema con Kuriko o con Fukuda, y
yo le aseguré que no, que mi intempestiva partida se debía a ese contrato exce
lente que me había propues
to
por fax el señor Chames. No me creyó pero no insistió.
Y, entonces, yendo a lo suyo, empezó a hablarme de Mitsuko. Siempre había sido alérgico al matrimonio,
lo consideraba una abdicación para cualquier ser libre como él. Pero, como Mitsuko se empeñaba
tanto en que
se casa
ran, y había resultado tan buena chica, y se había portado tan bien con él, estaba considerando sacrificar
su libertad, darle gusto y casarse. «Por el rito sintoísta, si es preciso, querido.»
No me atreví a insinuarle siquiera que a lo
mejor le convendría esperar un poco antes de dar un paso tan
trascendental. Mientras me hablaba, me sentía traspasado hasta el tuétano pensando en lo mucho que iba a
sufrir cuando, cualquiera de estos días, Mitsuko se atreviera a decirle que quería romper
con él, porque no. lo
amaba y había llegado incluso a detestarlo.
En Narita, al dar un abrazo al Trujimán cuando llamaron a mi vuelo a Seúl, sentí, absurdamente, que se
me llenaban los ojos de lágrimas cuando le oí decirme:
¿Aceptarías ser testigo de mi
boda, querido?
Claro, viejo, será un gran honor.
Llegué dos días después a París, hecho una ruina física y moral. No había pegado los ojos ni probado
bocado en las últimas cuarenta y ocho horas. Pero llegué, también
había rumiado esa resolución durante
odo el viaje
, decidido a no dejarme abatir del todo, a vencer la depre
sión que me socavaba. Conocía la
receta. Aquello se cura
ba trabajando y ocupando el tiempo libre en quehaceres absorbentes, si no podían ser
creativos ni útiles. Teniendo la sensación
de que mi voluntad arrastraba mi cuerpo, rogué al señor Chames que
me consiguiera muchos contra
tos, porque necesitaba amortizar una deuda importante. Él lo hizo, con la
benevolencia que me demostró siempre, desde que lo conocí. En los siguientes meses es
tuve poco en París.
Trabajé en conferencias y encuentros de toda ín
dole, en Londres, Viena, Italia, en los países nórdicos, y, un par
de veces, en Áfric
a, en Ciudad del Cabo y en Abid
yán. En todas las ciudades, después del trabajo iba a sudar la
gota gord
a en un gimnasio, haciendo abdominales, co
rriendo en la cinta, pedaleando en la bicicleta fija,
nadando o haciendo aerobics. Y continué perfeccionando mi ruso, por mi cuenta, y traduciendo, despacito,
para entretener
me, los cuentos de Iván Bunín, que, de
spués de los de Chéjov, eran los que más me gustaban.
Cuando tuve traducidos tres, se los mandé a mi amigo Mario Muchnik, a España. «Con mi empeño en publicar
sólo obras maestras, he que
brado ya cuatro editoriales», me contestó. «Y, aunque te parezca ment
ira, estoy
convenciendo a un empresario sui
cida para que me financie la quinta. Allí publicaré tu Bu
nín y hasta te pagaré
unos derechos que te alcanzarán para unos cuantos cafés con leche. Va el contrato.» Esta activi
dad incesante
me sacó, poco a poco,
del desbarajuste emo
cional que me causó el viaje a Tokio. Pero no me quitó cierta
tristeza íntima, cierta decepción profunda, que me acompañó mucho tiempo como un doble y que corroía
como un ácido cualquier entusiasmo o interés que empeza
ra a sentir por
algo o por alguien. Y muchas noches
tuve la misma sucia pesadilla en la que. en un fondo espeso de sombras, veía la figurita enclenque de Fukuda,
inmóvil en su banquito, inexpresivo como un Buda, masturbándose y eyaculando una lluvia de semen que caía
sobr
e la niña mala y sobre mí.
Luego de unos seis meses, al regresar a París de una de esas conferencias, me dieron en la Unesco una
carta de
Mitsuko. Salomón se había quitado la vida tomando un frasco de barbitúricos en el pisito alquilado
donde vivía. Su sui
cidio había sido una sorpresa para ella, porque, cuan
do, a poco de partir yo de Tokio,
Mitsuko, siguiendo mi consejo, se animó a hablarle, explicándole que no podían continuar juntos porque ella
quería dedicarse a fondo a su profesión, Salomón lo entendió
muy bien. Se mostró muy comprensivo y no hizo
ninguna escena. Habían manteni
do una amistad distante, lo que era inevitable con los tra
jines de Tokio. Se
veían de vez en cuando en un salón de té o un restaurante y hablaban con frecuencia por teléfo
no. S
alomón le
hizo saber que, terminado su contrato con la Mitsubishi, no pensaba renovarlo; regresaría a París, «donde tenía
un buen amigo». Por eso, a ella y a todos los que lo conocían, los había desconcertado su decisión de acabar
con su vida. La empresa h
abía corrido con todos los gastos del sepelio. Felizmente, en su carta, Mitsuko no
mencionaba para nada a Kuriko. No le contesté ni le di el pésame. Me limité a guardar su carta en el cajoncito
del velador donde tenía el húsar de plomo que el Trujimán me r
egaló el día que partió a Tokio y la escobillita de
dien
tes de Guerlain.
El niño sin voz


Hasta que Simón y Elena Gravoski vinieron a vivir al edificio art déco de la rué Joseph Granier, pese a
todos los años que llevaba allí no hice amigos entre m
is vecinos. Creí que había llegado a serlo de monsieur
Dourtois, funciona
rio de la SNCF, los ferrocarriles franceses, casado con una mujer de cabellos amarillentos y
gesto adusto, maestra de escuela jubilada. Vivía frente a
í y, en el rellano, la escaler
a o el vestíbulo de la
entrada cambiábamos venias o buenos días y al cabo de los años llegamos a darnos la mano e inter
cambiar
comentarios sobre el tiempo, perenne preocupa
ción de los franceses. Por esas fugaces conversaciones lle
gué a
pensar que éramos
amigos, pero descubrí que no una noche en que, al regresar a mi casa luego de un concierto
de Victoria de los Angeles en el Théátre des Champs
Ély
sées, advertí que había olvidado la llave en el
departamen
to. A esa hora, no había cerrajero que pudiera au
xiliarme. Me instalé lo mejor que pude en el
rellano y esperé las cinco de la mañana, hora en que mi puntualísimo vecino salía rumbo a su trabajo. Supuse
que al descubrirme allí, me ha
ría pasar a su casa hasta que fuera de día. Pero cuando, a las cinco, m
onsieur
Dourtois apareció y le expliqué por qué es
taba allí con los huesos molidos por la trasnochada, se limi
tó a
compadecerse de mí, mirando su reloj y advirtiéndome:
Va a tener que esperar unas tres o cuatro horas todavía, hasta que abra una cerrajer
ía, mon pauvre
ami.
Tranquilizada así su conciencia, se marchó. A los otros vecinos del edificio los cruzaba a veces en la
escalera
y olvidaba sus caras de inmediato y sus nombres se me eclipsaban apenas los conocía. Pero, cuando la
pareja Gravoski, y Yila
l, su hijo adoptado de nueve años, se vinieron al edificio porque los Dourtois habían
partido a instalarse en la Dordogne, fue otra cosa. Simón, un físico belga, tra
bajaba como investigador en el
Instituto Pasteur, y Elena, venezolana, era médico pediatra
en el Hospital Cochin. Eran joviales, simpáticos,
campechanos, curiosos, cultos, y, desde el día en que los conocí, en plena mudanza, y me ofrecí a echarles una
mano y darles informaciones sobre el barrio, nos hicimos amigos. Tomábamos café después de la
cena, nos
prestábamos libros y revistas, y alguna vez íbamos al cine La Pagode, que estaba cerca, o llevábamos a Yilal al
circo, al Louvre y a otros museos de París.
Simón raspaba la cuarentena, aunque la poblada barba rojiza y la barriguita prominente lo
hacían
parecer algo mayor. Andaba vestido de cualquier manera y con un sacón de bolsillos hinchados de libretas y
papeles, y un ma
letón lleno de libros. Calzaba unos anteojos de miope que con frecuencia limpiaba en su
arrugada corbata. Era la encarnación
del sabio descuidado y distraído. Elena, en cambio, algo más joven, era
coqueta y atildada y no recuerdo haberla visto nunca de mal humor. Todo la entusiasmaba en la vida: su trabajo
en el Hospital Cochin y sus pueri
les pacientes, de los que contaba anécd
otas divertidas, pero también el artículo
que acababa de leer en Le Monde o en L'Express, y se preparaba para ir al cine o a cenar en un restaurante
vietnamita el próximo sábado como para asistir a la entrega de los Osear. Era bajita, menuda, expresiva y
ezumaba simpatía por todos los poros de su cuerpo. Entre ellos hablaban en francés, pero conmigo lo hacían
en español, que Simón dominaba a la perfección.
Yilal había nacido en Vietnam y eso era lo único que sabían de él. Lo habían adoptado cuando el niño
tenía
cuatro o cinco años
ni siquiera sobre su edad tenían cer
teza absoluta
a través de Caritas, después de
una trami
tación kafkiana sobre la cual Simón, en risueños solilo
quios, fundaba su teoría de la inevitable
desintegración de la humanidad debido
a la gangrena burocrática. Le habían puesto Yilal por un ancestro polaco
de Simón, un per
sonaje mítico que, según mi vecino, fue decapitado en la Rusia pre
revolucionaria por haber
sido sorprendido en flagrante adulterio nada menos que con la zarina. Ade
más de fornicador real, aquel
ancestro había sido teólogo ca
balista, místico, contrabandista, falsificador de moneda y ajedrecista. El niño
adoptado era mudo. Su mudez no se debía a deficiencias orgánicas
tenía las cuerdas vocales intactas
sino a
algún
trauma de infancia, acaso un bom
bardeo o alguna otra escena terrible de esa guerra de Vietnam que hizo
de él un huérfano. Lo habían visto especialis
tas y todos coincidían en que, con el tiempo, recuperaría el uso de
la palabra, pero que no valía la pena,
por el mo
mento, imponerle más tratamientos. Las sesiones terapéuticas lo
atormentaban y parecían reforzar, en su lastimado espíritu, su voluntad de aferrarse al silencio. Había esta
do
unos meses en un colegio para sordomudos, pero lo sa
caron de allí, p
ues los propios profesores aconsejaron a
sus padres que lo enviaran a un colegio normal. Yilal no era sordo. Tenía un oído fino y la música lo entretenía;
seguía los compases con el pie y movimientos de las manos o la cabeza. Elena y Simón se dirigían a él
de viva
voz y él le* contestaba por signos y gestos expresivos y, a veces, por escrito, en una pizarra que llevaba colgada
del cuello.
Era delgadito y algo enclenque, pero no porque comiera con desgana. Tenía excelente apetito y cuando
yo me aparecía por
su casa con una cajita de chocolates o un pastel, le brillaban los ojos y devoraba esas
golosinas dando muestras de felicidad. Pero, salvo escasas ocasiones, era un
niño retraído y daba la impresión
de perderse en una somnolencia que lo alejaba de la reali
dad circundante. Podía permanecer mucho rato con la
mirada perdida, encerrado en su mundo privado, como si todo lo que lo rodeaba se hubiera esfumado.
No era muy cariñoso, más bien daba la impresión de que los mimos lo empalagaban y que se sometía a
ellos
más resignado que contento. De su figura emanaba algo suave y frágil. Los Gravoski no tenían televisión
toda
vía en esa
época muchos parisinos de la clase intelectual consideraban que la televisión no debía entrar a
sus casas porque era anticultural
, per
o Yilal no compartía esos prejuicios y pedía a sus padres que compraran
un televi
sor, como las familias de sus compañeros de clase. Yo les propuse que, si se empeñaban en que ese
objeto empobrecedor de la sensibilidad no entrara a su casa, Yilal viniera d
e vez en cuando a la mía a ver algún
partido de fútbol o un programa infantil. Aceptaron y desde entonces, tres o cuatro veces por semana, después
de hacer sus tareas, Yilal cruzaba el rellano y se metía a mi casa a ver el pro
grama que sus padres, o yo, l
sugeríamos. Esa hora que pasaba en mi salita comedor, con los ojos prendidos en la pequeña pantalla, viendo
dibujos animados, un programa de adivinanzas o de depones, parecía petrificado. Sus ges
tos y expresiones
delataban su total entrega a las imágene
s. A veces, al terminar el programa, se quedaba todavía un rato
conmigo y conversábamos. Es decir, él me hacía pre
guntas sobre todas las cosas imaginables y yo le contesta
ba,
o le leía un poema o un cuento de su libro de lecturas o de mi propia bibliotec
a. Le llegué a tomar cariño, pero
procuraba no demostrárselo demasiado, pues Elena me ha
bía prevenido: «Tienes que tratarlo como a un niño
normal. Nunca como a una víctima o un inválido, porque le harías un gran daño». Cuando yo no estaba en la
Unesco
y t
enía contratos de trabajo fuera de París dejaba la llave de mi piso a los Gravoski para que Yilal no
perdiera sus programas.
A mi regreso de uno de esos viajes de trabajo, a Bruselas, Yilal me mostró en su pizarrón este mensaje:
«Cuan
do estabas de viaje,
te llamó la niña mala». La frase estaba escrita en francés, pero niña mala en español.
Era la cuarta vez que me llamaba, en el par de años transcurridos desde aquel episodio de Japón. La
primera fue a los tres o cuatro meses de mi desalada partida de To
ki
o, cuando todavía andaba luchando por
recomponerme de aquella experiencia que había dejado en mi memoria una llaga que aún supuraba a veces.
Hacía una consulta en la biblioteca de la Unesco y la bibliotecaria me transfi
rió una llamada de la sala de
intérp
retes. Antes de decir «¿aló?» reconocí su voz:
¿Todavía estás enojado conmigo, niño bueno? Corté, sintiendo que me temblaba la mano.
¿Malas noticias?
me preguntó la biblioteca
ria, una georgiana con la que solíamos hablar en ruso
Qué pálido te has pue
sto.
Tuve que encerrarme en un bañito de la Unesco a vomitar. El resto del día estuve aturdido por aquella
mada. Pero había tomado la decisión de no volver a ver a la niña mala, ni hablar con ella, e iba a cumplir. Sólo
así me curaría de ese lastre que
había condicionado mi vida desde aquel día en que, para echar una mano a mi
amigo Paúl, fui a recoger a aquellas tres aspirantes a guerrilleras al aeropuerto de Orly. Conseguía olvidarla sólo
a medias. Entregado a mi trabajo, a las obligaciones que me imp
nía
entre las que primaba siempre la de
perfeccionar el ruso
, pasaba a veces semanas sin recordarla. Pero, de pronto, algo me la traía a la memoria y
era como si una so
litaria se aposentara en mis entrañas y comenzara a devorarme el entusiasmo, las en
ergías.
Caía en el abatimiento y no había manera de quitarme de la cabeza aquella ima
gen de Kuriko, abrumándome
de caricias con un fuego que jamás me mostró antes, para complacer a su amante japonés, que nos
contemplaba, masturbándose, desde las sombras.
Su segunda llamada me sorprendió en el Hotel Sacher, de Viena, en la única aventura que tuve en esos
dos años, con una compañera de trabajo en una conferencia de la Junta de Energía Atómica. Mi inapetencia
sexual ha
bía sido absoluta desde el episodio de T
okio, tanto que lle
gué a preguntarme si no me había quedado
impotente. Estaba casi acostumbrado a vivir sin sexo, cuando, el mismo día que nos conocimos, Astrid, una
intérprete danesa, me propuso con desarmante naturalidad: «Si quieres, esta no
che podemo
s vernos». Era alta,
pelirroja, atlética, sin com
plicaciones, de unos ojos tan claros que parecían líqui
dos. Fuimos a cenar unos
tafelspitz con cerveza al Café Central, en el Palais Ferstel, Herrengasse, de columnas de mezquita turca, techo
abovedado y m
esas de mármol en
rojecido, y luego, sin necesidad de concertación previa, a acostarnos al lujoso
Hotel Sacher, donde estábamos aloja
dos los dos pues el hotel hacía descuentos importantes a los participantes
en la conferencia. Era una mujer atracti
va tod
avía, aunque la edad comenzaba a dejar algunas hue
llas en su
blanquísimo cuerpo. Hacía el amor sin que la sonrisa se retirara de su cara, incluso en el momento del orgasmo.
Gocé y ella gozó también, pero me pareció que esa manera de hacer el amor, tan san
a, tenía que ver más con la
gimnasia que con lo que el difunto Salomón To
ledano llamaba en una de sus cartas «el perturbante y lascivo
placer de las gónadas». La segunda y última vez que nos acostamos, sonó el teléfono en mi velador cuando
acabábamos de t
erminar las acrobacias y Astrid empezaba
a contarme la proeza de una hija suya que, en
Copenha
gue, de bailarina de ballet pasó a acróbata de circo. Descol
gué el auricular, dije «¿aló?», y escuché la
voz de gatita ca
riñosa:
¿Me vas a cortar otra vez, pi
chiruchi?
Retuve unos segundos el aparato, mientras malde
cía mentalmente a la Unesco por haberle dado mi
teléfo
no en Viena, pero corté cuando ella, luego de una pausa, comenzó a decir: «Vaya, por lo menos esta
vez...».
¿Historias de un viejo amor?
adiv
inó Astrid
. ¿Me voy al baño para que hables más tranquilo?
No, no, era una historia requeteacabada. Desde aquella noche, no había vuelto a tener ninguna relación
sexual, y, la verdad, el asunto no me preocupaba en abso
luto. A mis cuarenta y siete años ha
bía llegado a la
com
probación de que un hombre podía llevar una vida per
fectamente normal sin hacer el amor. Porque mi vida
era bastante normal, aunque vacía. Trabajaba mucho y cum
plía con mi trabajo, para llenar el tiempo y cobrar
un sueldo, no porque
me interesara
eso me ocurría ya muy rara vez
, y hasta mis estudios de ruso y la casi
infinita tra
ducción de los cuentos de Iván Bunín, que deshacía y re
hacía, resultaron un quehacer mecánico, que
sólo muy de cuando en cuando se volvía entretenido. Incl
uso el cine, los conciertos, la lectura, los discos, eran
más maneras de ocupar el tiempo que actividades que me entusiasmaran, como antes. También por eso le
guardaba rencor a Kuriko. Por su culpa, las ilusiones que hacen de la existencia algo más que una
suma de
rutinas, se me habían apagado. A ratos, me sentía un viejo.
Tal vez por ese estado de ánimo, la llegada de Elena, Simón y Yilal Gravoski al edificio de la rué Joseph
Granier fue providencial. La amistad de mis vecinos inyec
tó un poco de humanidad
y emoción a mi desangelada
existencia. La tercera llamada de la niña mala fue a mi casa de París, por lo menos un año después de la de
Viena.
Era el amanecer, las cuatro o cinco de la mañana, y los timbrazos del teléfono me sacaron del sueño,
asusta
do. T
imbró tantas veces que, por fin, abrí los ojos y a tientas busqué el auricular:
No me cortes
en su voz se mezclaban la sú
plica y la cólera
. Necesito hablar contigo, Ricardo.
Le corté y, por supuesto, ya no pude pegar los ojos el resto de la noche. Estu
ve angustiado, sintiéndome
mal, hasta que vi rayar un alba color ratón en el cielo de París a través de la claraboya sin cortinas de mi
dormitorio. ¿Para qué insistía en llamarme, cada cierto tiempo? Porque, en su intensa vida yo debía de ser una
de las po
cas cosas estables, el idiota fiel y enamorado, siempre allí, esperando la llama
da para hacer sentir al
ama que era todavía lo que sin duda ya estaba dejando de ser, lo que pronto no sería más: joven, bella, amada,
codiciable. ¿O, tal vez, necesitaba algo
de mí? No era imposible. De pronto había aparecido en su vida algún
huequito que el pichiruchi podía llenar. Y con ese helado carácter suyo, no vacilaba en buscarme, convencida de
que no había dolor, humillación, que ella, con su infini
to poder sobre mis
sentimientos, no fuera capaz de
borrar en dos minutos de conversación. Conociéndola, era seguro que no daría su brazo a torcer; seguiría
insistiendo, cada cierto número de meses, de años. No, esta vez te equivoca
bas. No volvería a contestarte el
teléfono
, peruanita.
Ahora había llamado por cuarta vez. ¿De dónde? Se lo pregunté a Elena Gravoski pero, para mi sorpresa,
me repuso que ella no había respondido esa llamada ni ninguna otra durante mi viaje a Bruselas.
Entonces, fue Simón. ¿No te ha dicho nada?
El ni siquiera pone los pies en tu piso, llega del Instituto cuando Yilal ya está cenando.
Pero, entonces, ¿era Yilal quien había hablado con la niña mala?
Elena palideció ligeramente.
No se lo preguntes
me dijo, bajando la voz. Estaba blanca como el pa
pel
. No le hagas la menor alu
sión a ese recado que te dio.
¿Era posible que Yilal hubiera hablado con Kuriko? ¿Era posible que, cuando sus padres no estaban cerca
ni podían verlo ni oírlo, el niño rompiera su mudez?
No pensemos en eso, no hablemos de es
re
pitió Elena, haciendo un esfuerzo por componer la voz y
aparentar naturalidad
. Lo que tiene que ocurrir, ocurri
rá. A su debido tiempo. Si tratamos de forzarlo, lo em
peoraríamos todo. Siempre he sabido que iba a ocurrir, que va a ocurrir. Cambiemos
de tema, Ricardo. ¿Qué es
eso de la niña mala? ¿Quién es? Cuéntame de ella, más bien.
Estábamos tomando café en su casa, después de la cena, y hablando quedo para no distraer a Simón,
que, en el cuarto contiguo, su estudio, revisaba un informe que debía p
resentar al día siguiente en un
seminario. Hacía rato que Yilal se había ido a dormir.
Una vieja historia
le respondí
. No se la he contado a nadie, nunca. Pero, mira, creo que a ti sí te la
voy a contar, Elena. Para que te olvides de lo que ha ocurrido
con Yilal.
Y se la conté. De principio a fin, desde los ya leja
nos días de mi niñez, cuando la llegada de Lucy y Lily, las
falsas chilenitas, alborotó las tranquilas calles de Miraflores, hasta aquella noche de amor apasionado, en Tokio
la más hermosa no
che de amor de mi vida
, que brusca
mente se cortó con la visión, en las sombras de
aquella ha
bitación, del señor Fukuda observándonos con sus anteojos oscuros y las manos trajinando su
bragueta. No sé cuánto rato estuve hablando. No sé en qué momento apa
reció Sim
n y se sentó junto a Elena
y, silencioso y atento como ella, se puso a escucharme. No sé en qué momento se me saltaron las lágrimas y,
avergonzado por esa efusión senti
mental, me callé. Tardé un buen rato en serenarme. Mien
tras balbuceaba
unas
disculpas vi a Simón ponerse de pie y volver con vasos y una botella de vino.
Es lo único que tengo, vino, y, además, un Beaujolais muy barato
se excusó, dándome una palmada
en el hombro
. Supongo que en casos como éste, corresponde un trago más noble.
¡Whisky, vodka, ron o cognac, por supuesto!
dijo Elena
. Esta casa es un desastre. Nunca tenemos
lo que deberíamos tener. Somos unos anfitriones lamen
tables, Ricardo.
Te he fregado tu informe de mañana con mi numerito, Simón.
Algo mucho más interesante
que mi informe
afirmó él
. Por lo demás, ese apodo te calza como un
guante. No en el sentido peyorativo, sino en el literal. Eso eres tú, mon vieux, aunque no te guste: un niño
bueno.
¿Sabes que es una maravillosa historia de amor?
exclamó Elena, mirán
dome sorprendida
. Porque, eso es lo que es, en el fondo. Una maravillosa
historia de amor. Este belga triste nunca me ha querido así. Quién como ella, chico.
Me gustaría conocer a esa Mata Hari
dijo Simón.
Pasarás antes sobre mi cadáver
lo amenazó El
ena, tirándole de la barba
. ¿Tienes fotos de ella?
Nos las muestras?
No tengo ni una sola. Que recuerde, jamás nos tomamos una foto juntos.
La próxima vez que llame, te ruego que contes
tes ese teléfono
dijo Elena
. Esta historia no puede
terminar así,
con un teléfono sonando y sonando, como en la peor película de Hitchcock.
Y, además
bajó la voz Simón
, tienes que preguntarle si Yilal habló con ella.
Estoy muerto de vergüenza
me disculpé, por segunda vez
. El llanto y todo eso, quiero decir.

no te diste cuenta, pero Elena también de
rramó unos lagrimones
dijo Simón
. Hasta yo los hu
biera acompañado, si no fuera belga. Mis ancestros ju
díos me inclinaban al llanto. Pero, prevaleció el valón. Un
belga no cae en emotividades de sudamericanos tr
picales.
¡Por la niña mala, por esa fantástica mujer!
al
zó su copa Elena
. Qué vida tan aburrida he tenido yo,
santo Dios.
Nos bebimos la botella entera de vino y, con las risas y bromas, me sentí mejor. Ni una sola vez, en los
días y semanas siguient
es, mis amigos Gravoski, para evitar que me sintiera incómodo, hicieron la menor
referencia a lo que les conté. Y, entretanto, yo decidí, en efecto, que si la peruanita volvía a llamar, le
contestaría. Para que me dije
ra si, la vez anterior que llamó, hab
ía hablado con Yilal. ¿Sólo por eso? No sólo por
eso. Desde que confesé a Elena Gravoski mis amores, como si compartir con alguien esa historia la limpiara de
toda la carga de rencor, celos, hu
millación y susceptibilidad que arrastraba, empecé a espe
rar
aquella llamada
con ansia y a temer que, debido a mis desaires de dos años, no ocurriera. Aplacaba mis senti
mientos de culpa
diciéndome que en ningún caso significa
ría una recaída. Le hablaría como un amigo distante y mi frialdad sería
la mejor prueba de
que me había librado de ella de verdad.
La espera, por lo demás, tuvo un efecto bastante bueno sobre mi estado
de ánimo. Entre contrato y
con
trato en la Unesco o fuera de París, retomé la traducción de los cuentos de Iván Bunín, les di la última
revisión
y escribí un pequeño prólogo antes de enviarle el manuscrito a mi amigo Mario Muchnik. «Ya era
hora», me contestó. «Temía que la arterioesclerosis o la demencia senil me llega
ran antes que tu Bunín.»
Cuando estaba en casa a la hora en que Yílal veía su pr
ograma de televisión, le leía cuentos. Los traducidos por
mí no le gustaron mucho y los escuchó más por educación que interés. En cambio, le encantaban las novelas dé
Julio Verne. A un ritmo de un par de capítulos por día, le leí varias en el curso de aque
l otoño. La que más le
gustó
los episodios lo hacían dar saltos de alegría
fue La vuelta al mundo en ochenta días. Aunque también
le fas
cinó Miguel Strogoff, el correo del zar. Tal como me lo había pedido Elena, nunca le pregunté por aquella
llamada que
sólo él podía haber recibido, aunque la curiosidad me devo
raba. En ¡las semanas y meses que
siguieron a aquel mensaje que me escribió en su pizarra, nunca advertí ej menor indi
cio de que Yilal fuera capaz
de hablar.
La llamada sobrevino dos meses y medi
o después de la anterior. Yo estaba en la ducha, preparándome
para ir a la Unesco, cuando sentí repiquetear el teléfono y tuve el palpito: «Es ella». Corrí al dormitorio y
descolgué el auricular, dejándome caer sobre la cama, mojado como estaba:
¿Vas a co
lgarme también esta vez, niño bueno?
¿Cómo estás, niña mala?
Hubo un pequeño silencio y, por fin, una risita:
Vaya, vaya, por fin te dignas contestarme. A qué se debe este milagro, ¿se puede saber? ¿Ya se te pasó
colerón o me odias todavía?
Tuve ganas
de colgarle, al advertir el tonito ligeramente burlón y un relente de triunfo en sus palabras.
Para qué me llamas
le pregunté
. Para qué me has llamado todas esas veces.
Necesito hablar contigo
dijo ella, cambiando de tono.
¿Dónde estás?
Estoy aquí,
en París, hace algún tiempo. ¿Pode
mos vernos un momento?
Me quedé helado. Tenía la seguridad de que ella seguía en Tokio, o en algún país lejano, y que nunca vol
vería a poner los pies en Francia. Saber que estaba aquí y que podía verla en cualquier mome
nto, me sumió en
una confusión total.
Sólo un ratito
insistió, pensando que mi silen
cio anticipaba una negativa
. Lo que tengo que decirte
es muy personal, prefiero no hacerlo por teléfono. Media ho
ra, nada más. No es mucho para una vieja amiga,
¿no?
a cité para dos días después, a la salida de la Unesco, a las seis de la tarde, en La Rhumerie, de Saint
Germain
des
Prés (ese bar se había llamado siempre La Rhumerie Martiniquaise, pero en los últimos tiempos,
por alguna mis
teriosa razón, había perdido
el gentilicio). Cuando colgué, mi corazón tronaba en mi pecho. Antes
de volver a la du
cha debí quedarme sentado un rato, con la boca abierta, hasta que se normalizara mi
respiración. ¿Qué hacía ella en París? ¿Trabajitos especiales por encargo de Fukuda?
¿Abrir el mercado europeo
a los afrodisíacos exóticos de colmillos de elefante y cuernos de rinoceronte? ¿Me necesitaba para que le
echara una mano en sus operaciones de contraban
do, lavado de dinero y otros negocios mañosos? Había he
cho una estupidez co
ntestando el teléfono. La vieja historia iba a repetirse. Conversaríamos, yo volvería a
rendirme a ese poder que ella había tenido siempre sobre mí, viviría
mos un breve y falso idilio, yo me haría
toda clase de ilu
siones, y, en el momento menos pensado,
se desaparecería y yo quedaría maltrecho y alelado,
lamiendo mis heridas como en Tokio. ¡Hasta el próximo capítulo!
No les conté a Elena y Simón la llamada ni la cita y pasé esas cuarenta y ocho horas en estado
sonambúlico, entre espasmos de lucidez y una
niebla mental que se le
vantaba de tanto en tanto para que
pudiera entregarme a una sesión de masoquismo con insultos: imbécil, cretino, te mereces todo lo que te pasa,
te ha pasado y te va a pasar.
El día de la cita fue uno de esos días grises y moja
dos
de fines del otoño parisino, en los que ya casi no
dan hojas en los árboles ni luz en el cielo, el mal humor de la gente aumenta con el mal tiempo y se ve a
hombres y mujeres por la calle emboscados en sus abrigos, bufandas, guantes y paraguas, apurado
s y repletos
de odio contra el mundo. Al salir de la Unesco busqué un taxi, pero, como llovía y no había esperanza de
encontrarlo, opté por el me
tro. Bajé en la estación de Saint Germain y desde la puer
ta de La Rhumerie la vi,
sentada en la terraza, ante
una taza de té y una botellita de Perrier. Al verme, se puso de pie y me alcanzó las
mejillas:
¿Podemos darnos la accolade o tampoco?
El local estaba cubierto con la gente típica del ba
rrio: turistas, playboys con cadenas en el cuello y
coquetos chaleco
s y casacas, muchachas de audaces escotes y minifaldas, algunas maquilladas como para una
función de gala. Pedí un grog. Estuvimos callados, mirándonos con cierta incomodidad, sin saber qué decir.
La transformación de Kuriko era notable. No sólo pare
ía ha
ber perdido diez kilos
estaba convertida en
un esqueletito de mujer
sino envejecido
diez años des
de la inolvidable noche de Tokio. Vestía con la modestia
y el descuido con que sólo recordaba haberla visto aquella remota mañana en que la recogí en el aer
opuerto de
Orly por encargo de Paúl. Llevaba un sacón raído que podía ser de hombre y un pantalón de franela
descolorido, del que emergían unos zapatones gastados y sin lustre. Estaba
despeinada y, en sus dedos
delgadísimos, las uñas apare
cían mal cortada
s, sin limar, como si se las hubiera mor
dido. Los huesos de la
frente, de los pómulos, del mentón, sobresalían, estirando la piel, muy pálida y con los visajes verdosos
acentuados. Sus ojos habían perdido la luz y ha
bía en ellos algo asustadizo, que reco
rdaba a ciertos animalitos
tímidos. No tenía un solo adorno ni el menor ma
quillaje.
Qué trabajo me ha costado llegar a verte
dijo, por fin. Estiró la mano, me tocó el brazo e intentó una
de esas sonrisas coquetas de antaño que esta vez no le salió bien
. Por lo menos, dime si se te ha pasado ya la
furia y me odias un poquito menos.
De eso, no vamos a hablar
le respondí
. Ni ahora ni nunca. ¿Para qué me has llamado tantas veces?
Me diste media hora: ¿no?
dijo ella, soltándo
me el brazo y enderezándose
. Tenemos tiempo.
Cuén
tame de ti. ¿Te va bien? ¿Tienes una amante? ¿Siempre te ganas la vida haciendo lo mismo?
Pichiruchi hasta la muerte
me reí yo, sin ga
nas, pero ella seguía muy seria, examinándome.
Con los años, te has vuelto susceptible, Ricard
o. Antes, el rencor no te hubiera durado tanto tiempo
en sus ojitos, un segundo, titiló la antigua luz
. ¿Dices siem
pre huachaferías a las mujeres o ya no?
¿Desde cuándo estás en París? ¿Qué haces aquí? ¿Trabajando para el gángster japonés?
Negó con la
cabeza. Me pareció que iba a reírse, pero, más bien, se le endureció la expresión y le
temblaron esos labios gruesos que seguían destacando nítidamente en su cara, aunque ahora parecían también
algo mustios, co
mo toda ella.
Fukuda me largó, hace más de u
n año. Por eso me vine a París.
Ahora comprendo por qué estás en ese estado calamitoso
ironicé
. Nunca me hubiera imaginado
verte así, tan deshecha.
Estuve bastante peor
reconoció ella, con aspereza
. En algún momento, creí que me iba a morir.
Las dos
últimas veces que intenté hablar contigo, fue por eso. Para que, por lo menos, fueras tú quien me
enterrara. Que
ría pedirte que me hicieras cremar. Me horroriza la idea de que los gusanos se coman mi
cadáver. En fin, ya pasó.
Hablaba con tranquilidad, aun
que dejando entre
ver en sus palabras una furia contenida. No parecía
hacer un número de autocompasión, para impresionarme, o lo hacía con soberbia destreza. Más bien, describir
un estado de cosas con objetividad, a distancia, como un policía o un notario.
¿Intentaste suicidarte cuando el gran amor de tu vida te dejó?
Negó con la cabeza y encogió los hombros:
Siempre me dijo que un día se cansaría de mí y me largaría. Estaba preparada. Él no hablaba por
hablar. Pero, el momento en que lo hizo no fue el me
jor, ni tam
poco las razones que me dio para despedirme.
Le tembló la voz y la boca se le deformó en una mueca de odio. Los ojos se le llenaron de chispas. ¿Era to
do eso una farsa más, para conmoverme?
Si ese tema te incomoda, hablemos de otra cosa
le d
ije
. ¿Qué haces en París, de qué vives? ¿El
gángs
ter te dio por lo menos una indemnización que te permi
ta pasar un tiempo sin apuros?
Estuve presa en Lagos, un par de meses que me parecieron un siglo
dijo ella, como si yo, de pronto,
hubiera dejado de
estar allí
. La ciudad más horrible, más fea, y la gente más malvada del mundo. Nunca se te
ocurra ir a Lagos. Cuando por fin pude salir de la cárcel,
Fukuda me prohibió volver a Tokio. «Estás quemada,
Kuriko.» Quemada en los dos sentidos de la palabra, q
uería decir. Porque estaba ya fichada por la policía
internacio
nal. Y quemada, porque, probablemente, los negros de Ni
geria me habían contagiado el sida. Me
cortó el teléfono, sin más, después de decirme que no debía verlo, ni escri
birle, ni llamarlo, n
unca jamás. Me
largó así; como a una perra sarnosa. Ni siquiera me pagó el pasaje a París. El es un hombre frío y práctico, que
sabe lo que le conviene. Yo ya no le convenía. El es lo más opuesto a ti que hay en el mundo. Por eso, Fukuda es
rico y poderoso
y tú eres y serás siempre un pichiruchi.
Gracias. Después de todo, lo que has dicho es un elogio.
¿Era verdad todo eso? ¿U otra de esas fabulosas mentiras que jalonaban todas las etapas de su vida? Se
había re
compuesto. Sostenía su taza de té con las do
s manos, be
iendo a sorbitos, soplando el líquido. Era
penoso verla tan arruinada, tan mal vestida, con tantos años encima.
¿Es cierto semejante dramón? ¿No es otro de tus cuentos? ¿Estuviste presa, de verdad?
Presa y, encima, violada por la policía de L
agos
precisó ella, clavándome los ojos como si yo fuera el
culpable de su desgracia
. Unos negros cuyo inglés no se entendía, porque hablaban Pidgin English. Eso decía
vid que era mi inglés, cuando quería insultarme: Pidgin English, Pero, no me pegaron
e! sida. Sólo ladillas y un
chancro. Horrible palabra, ¿no? ¿L;>. habías oído alguna vez? A lo mejor tú ni sabes lo que es eso, santito.
Chancro, úl
ceras infecciosas. Algo asqueroso, pero no grave, si se cura a tiempo con antibióticos. Sólo que, en la
ldita Lagos a mí me curaron mal y la infección casi me mata. Creí que me iba a morir. Por eso te llamé. Ahora,
felizmente, ya estoy bien.
Lo que contaba podía ser cierto o falso, pero no era pose la ira inconmensurable que impregnaba todo lo
que decía. Aun
que, con ella, siempre era posible la representación. ¿Una formidable pantomima? Me sentía
desconcertado, confuso. Esperaba cualquier cosa de esta entrevista, menos semejante historia.
Siento que hayas pasado por ese infierno
dije por fin, por decir algo
, porque, ¿qué se puede decir
ante una revelación semejante?
. Si es verdad lo que me cuen
tas. Ya ves, me ocurre una cosa tremenda
contigo. Me has contado tantos cuentos en la vida, que ya me resulta difí
cil creerte nada.
No importa que no me creas
dij
o, cogién
dome otra vez del brazo y esforzándose por mostrarse
cordial
. Ya sé que sigues ofendido, que nunca me vas a perdonar lo de Tokio. No importa. No quiero que me
compadezcas. No quiero plata, tampoco. Lo que quiero, en realidad, es llamarte de vez
en cuando y que, de
tan
to en tanto, nos tomemos un café juntos, como ahora. Na
da más.
¿Por qué no me dices la verdad? Por una vez en tu vida. Anda, dime la verdad.
La verdad es que, por primera vez, me siento insegura, sin saber qué hacer. Muy sola. No
me había pa
sado hasta ahora, pese a que he tenido momentos muy di
fíciles. Para que lo sepas, vivo enferma de miedo
habla
ba con una sequedad orgullosa, en un tono y una actitud que parecían desmentir lo que decía. Me miraba
a los ojos, sin pestañear
El miedo es una enfermedad, ta
ién. Me paraliza, me anula. Yo no lo sabía y ahora lo sé. Conoz
co
algunas personas aquí en París, pero no me fío de na
die. De ti, sí. Ésa es la verdad, me creas o no. ¿Puedo lla
marte, de tiempo en tiempo? ¿Podremos verno
s de cuando en cuando, en un bistrot, así como hoy?
No hay ningún problema. Claro que sí.
Conversamos cerca de una hora todavía, hasta que oscureció del todo y se encendieron las vitrinas de las
tien
das, las ventanas de los edificios de Saint Germain y l
os faroles rojos y amarillos de los autos formaron un
río de luces que fluía despacio por el boulevard, frente a la terra
za de La Rhumerie. Entonces, me acordé.
¿Quién le había contestado el teléfono de mi casa la vez anterior que me llamó? ¿Lo recordaba?
Me miró intrigada, sin entender. Pero, luego, asin
tió:
Sí, una mujercita. Pensé que tenías una amante, pero después me di cuenta que era más bien una
sirvienta. ¿Una filipina?
Un niño. ¿Habló contigo? ¿Estás segura?
Me dijo que estabas de viaje, creo.
Nada, dos palabras. Le dejé un mensaje, ya veo que te lo dio. ¿A
qué viene eso, ahora?
¿Habló contigo? ¿Estás segura?
Dos palabras
repitió ella, asintiendo
. ¿De dónde salió ese niño? ¿Lo has adoptado?
Se llama Yilal. Tiene nueve o diez años. Es vietn
amita, hijo de dos vecinos, amigos míos. ¿Estás segura
de que habló contigo? Porque, ese niño es mudo. Ni sus padres ni yo le hemos oído nunca la voz.
Se desconcertó y por un buen momento, entrecerrando los ojos, consultó su memoria. Hizo varios gestos
afi
rmativos con la cabeza. Sí, sí, lo recordaba clarísimo. Habían hablado en francés. Su voz era tan delgadita que
a ella le pareció femenina.
Medio chillona, medio exóti
ca. Cambiaron muy pocas palabras. Que yo no estaba,
que estaba de viaje. Y cuando ella
le pidió que me dijera que ha
bía llamado «la niña mala»
se lo dijo en
español
, la vocecita la interrumpió: «¿Qué, qué?». Tuvo que deletrearle «niña mala». Se acordaba muy bien.
El niño le había hablado, no tenía la menor duda.
Entonces, hiciste un mila
gro. Gracias a ti, Yilal se ha puesto a hablar.
Si tengo esos poderes, los voy a usar. Las brujas deben ganar un montón de plata en Francia, me figuro.
Cuando, un rato después, nos despedimos en la bo
ca del metro Saint Germain y le pedí su teléfono y su
rección, no quiso dármelos. Ella me llamaría.
No cambiarás nunca. Siempre misterios, siem
pre cuentos, siempre secretos.
Me ha hecho bien verte y hablar contigo, por fin
me calló
. Ya no me volverás a colgar el teléfono,
espero.
Dependerá de cómo te
portes.
Se alzó en puntas de pie y sentí que su boca se fruncía en Un rápido beso en mi mejilla.
La vi desaparecer en la boca del metro. De espal
das, tan delgadita, sin tacos, no parecía haber envejecido
tanto como de frente.
Aunque seguía lloviznando y
hacía algo de frío, en vez de tomar el metro o un ómnibus, preferí caminar.
Era mi único deporte ahora; mis idas al gimnasio duraron po
cos meses. Los ejercicios me aburrían y más todavía
el tipo de gente con la que me codeaba haciendo la cinta, las ba
rra
s o los aerobics. En cambio, andar por esa
ciudad llena de secretos y maravillas me entretenía, y en días de emo
ciones fuertes como éste, una larga
caminata, .aunque fue
ra bajo el paraguas, la lluvia y el viento, me haría bi
De las cosas que la niña m
ala me había contado, lo único absolutamente cierto, sin duda, era que Yilal ha
bía cambiado algunas frases con ella. El niño de los Gra
voski, pues, podía hablar; acaso ya lo había hecho antes,
con gente que no lo conocía, en el colegio, en la calle. Era
un pequeño misterio que tarde o temprano revelaría
a sus padres. Imaginé la alegría de Simón y Elena cuando escu
charan esa vocecita delgada, un poco chillona,
que me ha
bía descrito la niña mala. Remontaba el boulevard Saint Germain rumbo al Sena, cuando,
poco antes
de la librería Julliard, descubrí una pequeña tienda de soldaditos de plomo que me recordó a Salomón Toledano
y sus desgra
ciados amores japoneses. Entré y le compré a Yilal una cajita con seis jinetes de la guardia imperial
rusa.
¿Qué más habr
ía de cierto en la historia de la niña mala? Probablemente, que Fukuda la había largado de
la manera y que estuvo
acaso lo estaba todavía
enfer
ma. Saltaba a la vista, bastaba ver esos huesos
salientes, su palidez, sus ojeras. ¿Y la historia de Lagos?
Tal vez fuera verdad que tuvo problemas con la policía.
Era un riesgo que corría en los negocios sucios en que la había enredado su amante japonés. ¿No me lo dijo ella
misma en Tokio, entusiasmada? La ingenua creía que esas aventuras de con
trabandista y
traficante, jugarse la
libertad en los viajes africanos, condimentaban la vida, la hacían más suculenta y divertida. Me acordaba de sus
palabras: «Haciendo estas cosas, vivo más». Bueno, quien juega con fuego tarde o temprano termina por
chamuscarse. Si de
veras había es
tado presa, era posible que la policía la violara. Nigeria tenía fama de ser el
paraíso de la corrupción, una satrapía militar, su policía debía de ser putrefacta. Violada por sa
be Dios cuántos,
brutalizada horas de horas en un cubil inmun
do, contagiada de una enfermedad venérea y de ladillas y, luego,
curada por matasanos que usaban sondas sin desinfectar. Me asaltó una sensación de vergüenza y de cólera. Si
le había pasado todo aquello, incluso sólo al
go de aquello, y estuvo al borde de
la muerte, mi reacción tan fría,
de incrédulo, había sido mezquina, la de un re
sentido que sólo quería desfogar su orgullo herido por
aquel mal
rato de Tokio. Hubiera debido decirle algo ca
riñoso, simular que la creía. Porque, aun cuando lo de la violaci
ón y
la cárcel fueran mentiras, era cierto que anda
ba hecha una ruina física. Y, sin duda, medio muerta de hambre.
Te habías portado mal, Ricardito. Muy mal
si era verdad que recurría a mí porque se sentía sola e insegura y yo
era la única persona en el m
undo en quien confiaba. Esto último debía ser exacto. Ella nunca me había amado,
pero me tenía confianza, el cariño que despierta un criado leal. Entre
sus amantes y compinches de ocasión, yo
era el más desinteresado, el más devoto. El abnegado, el dócil,
el huevón. Por eso te eligió para que cremaras
su cadáver. ¿Y echaras sus cenizas al Sena o las guardaras en una pe
queña urna de porcelana de Sévres, en tu
velador?
Llegué a la rué Joseph Granier mojado de pies a cabeza y muerto de frío. Me di una ducha c
aliente, me
puse ropa seca y me preparé un sandwich de queso y ja
món que acompañé con un yogur de frutas. Con mi
cajita de soldaditos de plomo bajo el brazo, fui a tocar la puerta a los Gravoski. Yilal estaba ya acostado y ellos
terminaban de cenar unos e
spaguetis con albahaca. Me ofrecieron un plato pero sólo les acepté una taza de
café. Mientras Simón examinaba los soldaditos de plomo y bromeaba que con esos regalos yo quería hacer de
Yilal un militarista, Elena advirtió en mi cautela algo raro.
A ti te
ha pasado algo, Ricardo
me dijo, escrutándome los ojos
. ¿La niña mala te llamó?
Simón alzó la cabeza de los soldaditos y me clavó la vista.
Acabo de pasar con ella una hora, en un bistrot. Está viviendo en París. Es una ruina humana y pasa
apu
ros, and
a vestida como pordiosera. Dice que el japonés la largó, después de que la policía de Lagos la
detuvo, en uno de esos viajes que hacía por África, ayudándolo en sus tráfi
os. Y que la violaron. Que le
contagiaron ladillas y un chan
cro. Y que, después, en
un hospital de mala muerte, casi la rematan. Puede ser
cierto. Puede ser falso. No lo sé. Dice que Fukuda la largó temiendo que la Interpol la tuviera fi
chada y que los
negros le hubieran contagiado el sida. ¿Ver
dad o invención? No tendré nunca maneras d
e saberlo.
La saga se pone cada día más interesante
exclamó Simón, estupefacto
. Sea o no cierto, es una
historia formidable.
Él y Elena se miraron y me miraron y yo sabía muy bien en qué pensaban. Asentí:
Se acuerda muy bien de la llamada que hizo a mi
casa. Le contestó, en francés, una vocecita delgada,
chillona, que le pareció la de una asiática. Le hizo repetir varias veces «niña mala», en español. Eso no se lo
puede haber inventado.
Vi que Elena se demudaba. Pestañeaba, muy rá
pido.
Yo siempre creí
que era cierto
murmuró Si
món. Tenía la voz alterada y había enrojecido, como si se
ahogara de calor. Se rascaba la barba pelirroja con insis
tencia
. Le di todas las vueltas del mundo y llegué a la
conclusión de que tenía que ser cierto. Cómo se iba a i
ventar Yilal lo de «niña mala». Qué felicidad nos das con
esta noticia, mon vieux.
Elena asentía, cogida de mi brazo. Sonreía y hacía pucheros, a la vez.
Yo también supe siempre que Yilal había habla
do con ella
dijo, deletreando cada palabra
. Pero,
or favor, no hay que hacer nada. Ni decirle nada al niño. To
do vendrá solo. Si tratamos de forzarlo, puede
haber un retroceso. Debe hacerlo él, romper esa barrera por su pro
pio esfuerzo. Lo hará, en el momento
debido, lo hará muy pronto, verán.
Este es
el momento de sacar el cognac
me gui
ñó un ojo Simón
. Ya ves, mon vieux, tomé mis
precau
ciones. Ahora estamos preparados para las sorpresas que nos das, de tanto en tanto. ¡Un excelente
Napoleón, verás!
Tomamos esa copa de cognac, sin hablar casi, sumid
os en nuestras propias reflexiones. El licor me hizo
bien, pues la caminata bajo la lluvia me había enfriado. Al despedirme, Elena salió conmigo hasta el rellano:
No sé, se me acaba de ocurrir
dijo
. Tal vez tu amiga necesite un examen médico. Pregúntale
. Si ella
quiere, yo lo puedo arreglar en el Hospital Cochin, con los copains. Sin que le cueste nada, quiero decir. Me ima
gino que no tiene seguro, ni nada que se le parezca.
Se lo agradecí. Se lo consultaría, la próxima vez que habláramos.
Si es verdad
, debió ser terrible para la pobre
murmuró
. Una cosa así deja cicatrices atroces en la
memoria.
Al día siguiente, regresé rápido de la Unesco, para alcanzar a Yilal. Veía en la televisión un programa de
dibujos animados y tenía a su lado los seis jinetes
de la guardia imperial rusa, formados en línea. Me mostró su
pizarra: «Gracias por el lindo regalo, tío Ricardo». Me estiró la mano, sonriendo. Me puse a leer Le Monde
mientras él, con la atención hipnótica de costumbre, se enfrascaba en su programa. Desp
ués, en vez de leerle
algo, le hablé de Salomón Toledano. Le conté de su colección de soldaditos de plomo, que yo había visto
invadiendo todos los ve
ricuetos de su casa, y de su increíble facilidad para a
render idiomas. Era el mejor
intérprete que había
habido en el mundo. Cuando, en su pizarra, me preguntó si podía llevarlo a casa de
Salomón a ver sus batallas napoleónicas y le expliqué que había fallecido muy lejos de París, en Japón, Yilal se
entristeció. Le mostré el húsar que guardaba en mi velador y
que me había regalado el día que par
tió a Tokio. Al
poco rato, Elena vino a llevárselo.
Para no pensar mucho en la niña mala me fui a un cine, en el Barrio Latino. En la sala oscura y cálida, llena
de estudiantes, de un cinema de la rué Champollion, mien
tras seguía distraído las aventuras de un western clá
sico de John Ford, La diligencia, en mi cabeza aparecía y reaparecía la imagen deteriorada, desastrada, de la
chile
nita. Ese día y todo el resto de la semana, su figura estu
vo siempre en mi memoria, i
gual que la pregunta
para la que no hallaba nunca respuesta: ¿Me había dicho la ver
dad? ¿Era cierto lo de Lagos, lo de Fukuda? Me
atormen
taba el convencimiento de que nunca lo sabría con certe
za total.
Me llamó a los ocho días, a mi casa, también muy de
mañana. Después de preguntarle cómo estaba
«Bien, ahora ya bien, como te dije»
le propuse que comiéramos juntos, esa misma noche. Aceptó y
quedamos en encon
trarnos en el viejo Le Procope, de la rué de l'Ancienne Comedie, a las ocho. Llegué antes
que el
la y la esperé en una mesita junto a la ventana que daba al pasaje de Rohan. Llegó casi enseguida. Mejor
vestida que la última vez, pe
ro también pobremente: bajo el feo sacón asexuado lleva
ba un vestido azul oscuro,
sin escote ni mangas, y calzaba unos z
apatos de medio taco, llenos de resquebrajaduras, recién lustrados. Me
resultaba extrañísimo verla sin ani
llos, ni reloj, ni pulseras, ni pendientes, ni maquillaje. Al me
nos, se había
limado las uñas. ¿Cerno había podido enfla
quecer tanto? Parecía que p
odía trizarse, con un simple resbalón.
Pidió un consomé y un pescado a la plancha y apenas probó un sorbo de vino durante la comida. Masti
.caba muy despacio, con desgana, y le costaba tragar. ¿Era cierto que se sentía bien?
Se me ha reducido el estómago
y casi no tolero la comida
me explicó
. Con dos o tres bocados, me
siento llena. Pero este pescado está muy rico.
Acabé tomándome yo solo toda la jarra de Cotes du Rhóne. Cuando el mozo trajo el café para mí y la
infu
sión de verbena para ella, le dije, c
ogiéndole la mano:
Por lo que más quieras, te suplico, júrame que es verdad todo lo que me contaste el otro día en La
merie.
Nunca más me vas a creer nada de lo que te di
ga, ya lo sé
tenía un aire fatigado, de hastío, y no pare
cía importarle lo má
s mínimo que la creyera o no
. No hablemos más de eso. Te lo conté para que me
permitie
ras verte, de cuando en cuando. Porque, aunque tampoco me lo creas, hablar contigo me hace bien.
Tuve ganas de besarle la mano, pero me contuve. Le transmití la propues
ta de Elena. Se me quedó
miran
do, desconcertada.
Pero ¿ella sabe de mí, de nosotros?
Asentí. Elena y Simón sabían todo. En un arran
que, les había contado toda «nuestra» historia. Eran muy
buenos amigos, no tenía nada que temer de ellos. No la denunciarí
an a la policía como traficante de
afrodisíacos.
No sé por qué les hice esas confidencias. Tal vez porque, como todo el mundo, necesito de vez en
cuando compartir con alguien las cosas que me angustian o me hacen feliz. ¿Aceptas la propuesta de Elena?
No
parecía muy animada. Me miraba inquieta, como temiendo que fuera una celada. Aquella luz, color
miel oscura, había desaparecido de sus ojos. También la picardía, la burla.
Déjame pensarlo
me dijo, al fin
. Veremos cómo me siento. Ahora, ya estoy bien. Lo
único que
nece
sito es tranquilidad, descanso.
No es verdad que estés bien
insistí
. Eres un fantasma. En la flacura en que estás, una simple gripe
te puede llevar a la tumba. Y no tengo ganas de cargar con ese trabajito siniestro de incinerarte, etcéte
ra. ¿No
quieres ponerte bonita otra vez?
Se echó a reír.
Ah, o sea que ahora te parezco fea. Gracias por la franqueza
me apretó la mano que yo le tenía
siempre cogida y, un segundo, se animaron sus ojos
. Pero sig
enamorado de mí, ¿no es cierto, Ricar
dito?
No, ya no. Tampoco volveré a enamorarme nun
ca de ti. Pero no quiero que te mueras.
Debe ser cierto que ya no me quieres, cuando no me has dicho ni una sola huachafería esta vez
reco
noció, haciendo una mueca medio cómica
. ¿Qué tengo que hacer pa
ra reconquistarte?
Se rió con la coquetería de los viejos tiempos y sus ojos se llenaron de brillos traviesos pero, de pronto,
sin transición, sentí que la presión de su mano en la mía se aflojaba. Se le blanquearon los ojos, se puso lívida y
abrió la boca
, como si le faltara el aire. Si no hubiera estado yo a su lado, sosteniéndola, hubiera rodado al
suelo. Le froté las sienes con la servilleta mojada, le hice beber un poqui
to de agua. Se recuperó algo, pero
siguió muy pálida, blan
ca casi. Y, ahora, en s
us ojos había un pánico animal.
Me voy a morir
balbuceó, clavándome las uñas en el brazo.
No te vas a morir. Te he permitido todas las canalladas del mundo desde que éramos niños, pero esta
de morirte no. Te la proh
bo.
Sonrió, sin fuerzas.
Ya era hora
de que me dijeras alguna cosa boni
ta
su voz era apenas audible
. Me hacía falta,
aunque tampoco me lo creas.
Cuando, un rato después, intenté que se pusiera de pie, le temblaron las piernas y se dejó caer en la silla,
exhausta. Hice que un camarero de L
e Procope trajera un taxi del paradero de la esquina de Saint Germain
hasta la puerta del restaurante y que me ayudara a sacarla a la calle. La llevamos entre los dos, alzada en peso
de la cintu
ra. Cuando me oyó decirle al taxi que nos condujera al hospit
al más cercano
«¿el Hotel Dieu, en la
Cité, no?»
se me prendió con desesperación: «No, no, a un hospital de ninguna manera, no, no». Me vi
obligado a rectificar y pedirle al taxista que nos llevara más bien a la rué Joseph Granier. En el trayecto hasta m
casa
la tenía apoyada en mi hombro
volvió a perder el sentido por unos segun
dos. Su cuerpo se ablandó y
se chorreó en el asiento. Al enderezarla, sentí todos los huesecillos de su espalda. En la puerta del edificio art
déco, llamé por el intercomunica
dor a Simón y Elena, a pedirles que bajaran para ayudarme.
La subimos entre los tres a mi departamento y la acostamos en mi cama. Mis amigos no me preguntaron
nada, pero miraban a la niña mala con una curiosidad vo
raz, como a un resucitado. Elena le prest
ó un camisón y
le tomó la temperatura y la presión arterial. No tenía fiebre, pero su presión estaba bajísima. Cuando recuperó
del todo el conocimiento, Elena le hizo beber a sorbos una taza de té hirviendo, con dos pastillas que, le dijo,
eran simples rec
onstituyentes. Al despedirse, me aseguró que no veía ningún peligro inminente, pero que si, en
el curso de la noche, se sentía mal, la despertara. Ella misma llamaría al Hospital Cochin para que enviaran una
ambulancia. En vista de esos desvanecimientos, e
ra indispensable u
exa
men médico completo. Ella lo
arreglaría todo, pero toma
ría por lo menos un par de días.
Cuando regresé al dormitorio, la encontré con los ojos muy abiertos.
Debes estar maldiciendo la hora en que me contestaste el teléfono
dijo
Sólo he venido a crearte
pro
blemas.
Desde que te conozco, no has hecho más que crearme problemas. Es mi destino. Y no hay nada que
cer contra el destino. Mira, aquí tienes, por sí la necesitas. Es la tuya. Eso sí, me la devuelves.
Y saqué del velador
la escobillita de Guerlain. La examinó, divertida.
¿O sea que la sigues guardando? Es la segunda galantería de la noche. Qué lujo. ¿Dónde vas a dormir
tú, se puede saber?
El sofá de la salita es un sofá cama, así que no te hagas ilusiones. No hay la men
or posibilidad de que
duer
ma contigo.
Se rió otra vez. Pero ese pequeño esfuerzo la fatigó y, encogiéndose bajo las sábanas, cerró los ojos. La
abri
gué con las frazadas y le puse también mi bata de levantar, a los pies. Fui a lavarme los dientes, a poner
me
el piyama y a estirar el sofá cama de la salita. Cuando volví al dormi
torio, ella dormía, respirando con
normalidad. El resplan
dor de la calle que se filtraba por la claraboya iluminaba su cara: siempre muy pálida, con
la nariz afilada y, entre sus ca
bellos, asomaban sus lindas orejitas. Tenía la boca entreabierta, le palpitaban las
aletas de la nariz y su expre
sión era lánguida, de total abandono. AI rozarl
e los cabe
llos con mis labios s
entí en
mi cara su aliento. Me fui a acostar. Casi de inmediato
caí do
mido, pero me desperté un par de veces en la
noche y las dos me levanté en puntas de pie para ir a verla. Dormía, respirando parejo. Tenía la piel de la cara
muy estirada y resaltaban sus huesos. Con la respiración, su pecho subía y bajaba las fraz
adas, ligera
mente.
Estuve adivinando su pequeño corazón, imagi
nando cómo palpitaba cansado.
A la mañana siguiente, preparaba el desayuno cuando la sentí levantarse. Apareció en la cocinita donde
yo pasaba el café, envuelta en mi bata. Le quedaba enor
y parecía un payaso. Sus pies descalzos eran los de
una niña.
He dormido casi ocho horas
dijo, asombra
. No me ocurría hace siglos. Anoche me desmayé, ¿no
es cierto?
Pura pose, para que te trajera a mi casa. Y, ya ves, lo conseguiste. Y hasta te met
iste a mi cama. Sabes
las de Kiko y Caco, niña mala.
¿Te fregué la noche, no, Ricardito?
Y me vas a fregar el día, también. Porque te vas a quedar aquí, en cama, mientras Elena arregla las
cosas en el Hospital Cochin y pueden hacerte ese chequeo com
plet
o. No se admiten discusiones. Ha llegado el
momen
to de que imponga mi autoridad sobre ti, niña mala.
Caramba, qué progresos. Hablas como si fueras mi amante.
Pero esta vez no logré que sonriera. Me miraba con la cara desencajada y los ojos mustios. Estab
a muy
mica así, con sus pelos revueltos y esa bata que arrastraba por el suelo. Me acerqué a ella y la abracé. La sentí
muy frágil, temblando. Pensé que si apretaba un poco el abra
zo, se quebraría, como un pajarito.
No te vas a morir
le aseguré en el
oído, besándole apenas los cabellos
. Te van a hacer ese examen
y, si algo anda mal, te vas a curar. Y vas a ponerte bonita otra vez, a ver si así consigues que me enamore de
nuevo de ti. Y, ahora, ven, vamos a desayunar, no quiero llegar tarde a la Unesc
Cuando estábamos tomando el café con tostadas, vino Elena, ya de salida a su trabajo. Volvió a tomarle
la temperatura y la tensión y la encontró mejor que la noche
anterior. Pero le indicó que guardara cama todo el día y comiera cosas ligeritas. Tratarí
a de prepararlo
todo en el
hospital para que pudiera trasladarse allí mañana mismo.
Le preguntó a la niña mala qué le hacía
falta y ella le en
cargó una escobilla para el pelo.
Antes de partir, le mostré las provisiones en la ne
vera y el aparador, más que
suficientes para que se
prepara
ra al mediodía una dieta de pollo o unos fideos con mante
quilla. Yo me encargaría de la cena, al volver. Si
se sentía
mal, debía llamarme de inmediato a la Unesco. Asentía sin
decir nada, mirándolo todo con expresión
ida,
como si no
acabara de comprender las cosas que le pasaban.
La llamé a comienzos de la tarde. Se sentía bien. El baño con espuma en mi bañera la había hecho feliz,
porque hacía lo menos seis meses que sólo tomaba duchas
en baños públicos, siempre a la carre
ra. En la tarde,
al re
gresar, los encontré a ella y a Yilal absorbidos en una pelí
cula de Laurel y Hardy que, doblada al francés,
sonaba absurda. Pero ambos parecían divertirse y festejaban las
payasadas del gordo y el flaco. Ella se había
puesto uno de
mis piyamas y, encima, la gran bata dentro de la cual pa
recía perdida. Estaba bien peinada, con
la cara fresca y sonriente.
Yilal me preguntó en su pizarrón, señalando a la niña mala: «¿Te vas a casar con ella, tío Ricardo?».
Ni muerto
le dije, poniendo
cara de espan
. Eso es lo que ella quisiera Hace años que trata de
seducirme. Pero yo no le hago c?so.
«Hazle caso», me respondió Yilal, escribiendo de
prisa en su pizarra. «Es simpática y será buena
esposa.»
¿Qué has hecho para comprarte a esta criat
ura,
guerrillera?
Le he contado cosas de Japón y de África. Es buenísimo en geografía. Se sabe las capitales mejor que
yo.
Los tres días que la niña mala permaneció en mi
casa, antes de que Elena consiguiera sitio para ella en el
Hospital Cochin, mi aloja
da y Yilal se hicieron íntimos.
Jugaban a las damas, se reían y bromeaban como si fueran
de la misma edad. Se divertían tanto juntos que, aunque
para guardar las apariencias mantenían prendida la
televi
sión, en realidad ni miraban la pantalla, concentrado
s en
el Yan
Ken
Po, un juego de manos que yo no había
vuel
to a ver jugar desde mi niñez miraflorina: la piedra chan
ca la tijera, el papel envuelve a la piedra y la tijera corta
el
papel. A veces, ella empezaba a leerle a Yilal historias de
Julio Verne, p
ero, después de unos cuantos renglones,
se apartaba del texto y comenzaba a disparatar la historia
hasta que Yilal le arrancaba el libro de las manos,
sacudi
do por las carcajadas. Las tres noches cenamos donde los
Gravoski. La niña mala ayudaba a Elena a c
ocinar y
a la
var la vajilla. Y, mientras, conversaban y cambiaban bro
mas. Era como si los cuatro fuésemos dos parejas
amigas
de toda la vida.
La segunda noche, ella se empeñó en dormir en el
sofá cama y en devolverme el dormitorio. Tuve que
darle
gusto,
porque me amenazó con que, si no, se largaba de la casa. Esos dos primeros días estuvo bien de
ánimo; por lo
menos, así me lo parecía, al anochecer, cuando volvía de la
Unesco y la encontraba jugando de tú a tú
con Yilal. El ter
cer día, todavía oscuro, me
desperté, seguro de haber oído a
alguien llorando. Escuché y no había
duda: era un llanto
bajito, entrecortado, con paréntesis de silencio. Fui a la sala
comedor y la encontré encogida en
su cama, tapándose la
boca, empapada de lágrimas. Temblaba de pies
a cabeza. Le
limpié la cara, le alisé los cabellos, le
traje un vaso de agua.
¿Te sientes mal? ¿Quieres que despierte a Elena?
Me voy a morir
dijo, muy quedo, lloriquean
. Me contagiaron algo, allá en Lagos, que nadie sabe
qué es. Dicen que no es el
sida pero qué es, entonces. Ya
casi no tengo fuerzas para nada. Ni para comer, ni
para andar, ni para levantar un brazo. Así le pasaba a Juan Barreto, allá en Newmarket, ¿no te acuerdas? Y
estoy todo el tiempo con una secreción abajo que parece pus. No es
lo el dolor. Es que, además, tengo
tanto asco de mi cuer
po y de todo desde lo de Lagos.
Estuvo sollozando un buen rato, quejándose de
frío, a pesar de lo abrigada que estaba. Yo le secaba los
ojos,
le daba a beber sorbitos de agua, abatido por una sens
ción de impotencia. ¿Qué darle, qué decirle,
para sacarla
de ese estado? Hasta que por fin sentí que se quedaba dor
mida. Regresé a mi dormitorio con el
pecho encogido. Sí, estaba gravísima, acaso con el sida y a lo mejor terminaría como el pobre Juan Ba
rreto.
Esa tarde, cuando regresé del trabajo, ella estaba preparada para ingresar al Hospital Cochin a la
mañana siguiente. Había ido a traer sus cosas en un taxi y tenía una maleta y un maletín metidos en el clóset.
La reñí.
¿Por qué no me había esperado
para que la acompañara a
recoger su equipaje? Sin más, me repuso
que le daba ver
güenza que yo viera el cuchitril donde había estado vi
viendo.
A la mañana siguiente, llevándose sólo el pequeño maletín, partió con Elena. Al despedirse, me
murmuró al
oído a
lgo que me hizo feliz:
Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida,
niño bueno.
Los dos días que iba a durar el examen médico se alargaron a cuatro y en ninguno de ellos la pude ver. El
hospital era muy estricto con el horario y cuando yo salía
de la Une
sco ya era tarde para las visitas. Tampoco
pude
hablar por teléfono con ella. En las noches, Elena me
formaba lo que había logrado averiguar.
Soportaba con
entereza los exámenes, análisis, interrogatorios y pincha
zos. Elena trabajaba en otro pabellón p
ero se
arreglaba para
pasar a verla un par de veces al día. Además, el profesor
Bourrichon, un internista, una de las
luminarias del hos
pital, había tomado su caso con interés. En las tardes, cuan
do alcanzaba a Yilal frente al aparato de
televisión, enco
traba en su pizarrón la pregunta: «¿Cuándo va a volver?».
El cuarto día en la noche, después de dar de cenar
y acostar a Yilal, Elena volvió a mi casa a traerme
noticias. Aunque todavía quedaba por conocer el resultado de un par de pruebas, esa tarde el
profesor
Bourrichon le había
adelantado algunas conclusiones. El sida estaba descarta
do, de manera categórica. Padecía de
desnutrición extre
ma y un estado de agudo abatimiento depresivo, de pérdi
da del impulso vital. Requería un
tratamiento psicológico
inmediato, que la ayudara a recobrar la «ilusión de vida»;
sin ella todo programa de
recuperación física sería inefi
caz. Lo de la violación probablemente era cierto; tenía huellas de desgarros y
cicatrices tanto en la vagina como
en el recto, y una herida
supurante, producto de un ins
trumento metálico o
de madera
ella no lo recordaba
introducido por la fuerza, que le había rajado una de las
paredes vaginales,
muy cerca de la matriz. Resultaba sor
prendente que esta lesión, mal cuidada, no le hubiera pro
vocado una
septicemia. Era necesaria una intervención
quirúrgica para limpiar el absceso y suturar la herida. Pero
lo más
delicado de su cuadro clínico era el fuerte estrés
que, a consecuencia de aquella experiencia de Lagos y de
lo
incierto de su situació
n actual, la tenía agobiada, inse
gura, inapetente y presa de ataques de terror. Los desma
yos
eran consecuencia de aquel trauma. Corazón, cerebro,
estómago funcionaban con normalidad.
Le harán esa pequeña operación en la matriz mañana temprano
añadió El
ena
. El doctor Pineau,
el
cirujano, es un amigo y
no cobrará nada. Sólo habrá que
pagar el anestesista y las medicinas. Unos tres mil
francos,
más o menos.
Ningún problema, Elena.
Después de todo, las noticias no son tan malas,
¿no es cierto?
me animó
ella
. Hubiera podido ser
cho peor, teniendo en cuenta la carnicería que hicieron con la pobre esos salvajes. El profesor Bourrichon
reco
mienda que pase un tiempo en una clínica de absoluto re
poso, donde haya buenos psicólogos. Que no caiga
en ma
nos
de uno de esos lacanianos que la podrían meter en
un laberinto y enredarla más de lo que está. El
problema
es que esas clínicas suelen ser bastante caras.
Ya me ocuparé yo de conseguir lo que haga fal
ta. Lo importante es encontrarle un buen especialista,
que
la saque de esto y vuelva a ser la que era, no el cadáver en
que está convertida.
Lo encontraremos, te prometo
me sonrió Ele
na, dándome una palmada en el brazo
. ¿Es el gran
amor
de tu vida, no, Ricardo?
El único, Elena. La única mujer que yo he q
rido, desde que era una niña. He hecho lo imposible
por
olvidarla, pero, la verdad, es inútil. La querré siempre. La vida no tendría sentido para mí si ella se
muere.
Vaya suerte de esa chica, inspirar un amor así
se rió mi vecina
. Chapeau! Le
pediré
la receta. Simón t
iene razón: te cae como anillo al dedo ese
apodo que ella te ha puesto.
A la mañana siguiente pedí permiso en la Unesco para estar en el Hospital Cochin durante la pequeña
operación. Esperé en un pasillo ófrico, de techos
altísi
mos, por
el que corría un viento helado y circulaban
fermeras, médicos, pacientes y, de rato en rato, enfermos
tumbados en camillas con bombas de oxígeno
o botellas
de plasma suspendidas sobre sus cabezas. Había un cartelito de «Prohibido fumar» al que nadie
recía hacerle
caso.
El doctor Pineau habló conmigo unos minutos, delante de Elena, mientras se quitaba los guantes de
goma
y se lavaba minuciosamente las manos con un jabón espu
moso en un chorro de agua que despedía humo.
Era un
hombre bastante joven, seg
uro de sí mismo, que no usaba
remilgos al hablar:
Quedará perfectamente bien. Pero, eso sí, ya es
tá usted al corriente de su estado. Tiene la vagina dañada,
propensa a inflamarse y sangrar. También el recto está las
timado. Cualquier cosa puede irritarla
y abrirle las heri
das.
Tendrá que controlarse, mi amigo. Hacer el amor con mucho cuidado y no muy seguido. Por lo menos estos dos
primeaos meses, le recomiendo contención. De preferen
cia, ni ¡tocarla. Y, si no es posible, una delicadeza extrema
da. La s
eñora ha sufrido una experiencia traumática. No fue una simple violación, sino, para que lo entienda,
una
verdadera masacre.
Estuve junto a la niña mala cuando la trajeron del
quirófano a la gran sala común donde la tenían,
en un
espacio aislado por dos b
iombos. Era un local muy am
plio, de paredes de piedra y techos cóncavos y oscuros que
hacían pensar en nidos de murciélagos, de baldosas im
placablemente limpias y un fuerte olor a desinfectante y a
lejía, mal iluminado. Estaba mucho más pálida todavía,
adavérica y con los ojos entrecerrados. Al
reconocerme,
me estiró la mano. Cuando la tuve entre las mías, me pa
reció tan delgadita y pequeña como la de Yilal.
Estoy bien
me dijo, con fuerza, antes de que le preguntara cómo se sentía
. El doctor que me o
peró
era muy simpático. Y buen mozo.
La besé en los cabellos, en sus lindas orejitas.
Espero que no te pusieras a coquetear con él.
Tú eres muy capaz.
Me hizo presión con su mano y, casi al instante, se
quedó dormida. Durmió toda la mañana y sólo al co
enzo de la tarde se despertó, quejándose de dolor. Por
instrucciones del médico, una enfermera vino a
ponerle
una inyección. Poco después apareció Elena, de guarda
polvo blanco, trayéndole una chompita. Se la
puso sobre
el camisón. La niña mala le preguntó
por Yilal y sonrió cuando supo que el hijo de los Gravoski
preguntaba todo
el tiempo por ella. Estuve a su lado buena parte de la tarde
y la acompañé mientras comía, en
una pequeña bandeja de plástico: una sopita de verduras y una presa de pollo hervida c
on papas cocidas. Se
llevaba las cucharadas a la boca sin ganas, sólo debido a mi insistencia.
¿Sabes por qué se porta todo el mundo tan bien conmigo?
me dijo
. Por Elena. Enfermeras y
médicos la adoran. Es de lo más popular en el hospital.
Poco después
nos echaron a las visitas. Esa noche, donde los Gravoski, Elena me tenía noticias. Había
hecho
averiguaciones y consultado con el profesor Bourrichon.
Éste le había sugerido una pequeña clínica
privada, en Petit Clamart, no muy lejos de París, donde había
envia
do ya a algunos pacientes, víctimas de
depresión y dese
quilibrios nerviosos debidos a maltratos, con buenos re
sultados. El director era un
compañero de estudios suyo.
Si queríamos, podía recomendarle el caso de la niña mala.
No sabes cuánto te agr
adezco, Elena. Parece el lugar indicado. Procedamos, cuanto antes.
Elena y Simón se miraron. Estábamos tomando la consabida taza de café, después de cenar una tortilla,
un poco de jamón y una ensalada, con un vaso de vino.
Hay dos problemas
dijo Elena, i
ncómoda
. El primero, ya lo sabes, es una clínica privada y será
bas
tante cara.
Tengo algunos ahorros y, si no alcanzan, pediré
un préstamo. Y, si es necesario, venderé este piso. El
dine
ro no es un problema, lo importante es que se cure. ¿Cuál
es el ot
ro?
El pasaporte que presentó en el Hospital Cochin es falso
me explicó Elena, con una expresión y un
tono
de voz como si me pidiera disculpas
. He tenido que ha
cer malabares para que la administración no la
denuncie a
la policía. Pero ella tiene que de
jar mañana el hospital y no
volver a poner los pies allí, por desgracia. Y
no descarto que,
apenas salga, den el soplo a las autoridades.
Esa dama no dejará nunca de asombrarme
clamó Simón
. ¿Ustedes se dan cuenta lo mediocres
que son nuestras vidas c
omparadas con la de ella?
¿Eso de los papeles se podría arreglar?
me
preguntó Elena
. Me imagino que será difícil, claro. No
sé, podría ser un gran obstáculo en la clínica del doctor Zilacxy, de Petit Clamart. No la aceptarán si descubren
que su situació
n en Francia es ilegal. Y hasta podrían de
nunciarla a la policía.
No creo que nunca en su vida la niña mala haya tenido sus papeles en regla
dije yo
. Estoy
segurísimo
que no tiene un pasaporte, sino varios. Puede que alguno
parezca menos falso que los
otros. Le
preguntaré.
Terminaremos todos presos
lanzó una carca
jada Simón
. A Elena le impedirán ejercer la medicina
y
a mí me echarán del Instituto Pasteur. Bueno, así empe
zaremos por fin a vivir la verdadera vida.
Terminamos riéndonos los tres y esa
risa compar
tida con mis dos amigos me hizo bien. Fue la primera
noche en los últimos cuatro días que dormí de corrido hasta que sonó el despertador. Al día siguie
Ote, al
volver
de la Unesco, encontré a la niña mala instalada en mi ca
ma, con el ramo de f
lores que yo le había
enviado puesto
en un jarrón con agua, en el velador. Se sentía mejor, sin
dolores. Elena la había traído del
Hospital Cochin y ayu
dado a subir, pero luego regresó a su trabajo. La acompa
ñaba Yilal, muy contento con la recién
llegada
. Cuando el
niño partió, la niña mala me habló, en voz baja, como si
el hijo de los Gravoski todavía pudiera
oírla:
Diles a Simón y a Elena que vengan a tomar el
café aquí, esta vez. Después que acuesten a Yilal. Te ayu
daré a prepararlo. Quiero agradecer
les todo lo que Elena
ha hecho por mí.
No dejé que se levantara a ayudarme. Preparé e!
café y poco después tocaron la puerta los Gravoski.
Llevé
a la niña mala, cargada
no pesaba nada, acaso tanto co
mo Yilal
, a sentarse con nosotros en la salita y la
brí
con una manta. Entonces, sin siquiera saludarlos, ella, con los ojos radiantes, les soltó la noticia:
No se caigan muertos de la impresión, por fa
vor. Esta tarde, después que Elena nos dejó solos, Yilal me
abrazó y me dijo en español, clarito: «Te qu
iere mucho,
niña mala». Dijo «quiere», no quiero.
Y, para que no quedara la menor duda de que nos decía la verdad, hizo algo que yo no había visto hacer
desde mis tiempos de alumno del Colegio Champagnat,
en Miraflores: se llevó los dedos en cruz a la boca
y los
besó a la vez que decía: «Les juro, me lo dijo tal cual, con
todas las letras».
Elena se echó a llorar y, mientras derramaba esos
lagrimones, se reía, abrazada a la niña mala.
¿Había dicho
Yilal algo más? No. Cuando trató de iniciar con él una
conve
rsación, el niño volvió a su
mutismo y a responder
le en francés valiéndose de su pequeña pizarra. Pero, esa frase, pronunciada con la
misma vocecita de hilo que ella recordaba del teléfono, demostraba de una vez por todas que Yilil no era
mudo. Durante un
buen rato no habla
mos de otra cosa. Tomamos el café, y Simón, Elena
yo bebimos un
vaso de un whisky malteado que yo tenía en mi aparador desde tiempo inmemorial. Los Gravoski fija
ron la
estrategia a seguir. Ni ellos ni yo debíamos darnos
por enterados.
Como el niño había tomado la iniciativa de
dirigirse a la niña mala, ésta, de la manera más natural, sin hacer presión alguna sobre él, trataría de entablar de
nuevo un diálogo, haciéndole preguntas, dirigiéndose a él sin mi
rarlo, de manera distraída, ev
itando a toda
costa que Yilal
fuera a sentirse vigilado o sometido a una prueba.
Luego, Elena le habló a la niña mala de la clínica del doctor Zilacxy, en Petit Clamart. Era más bien peque
ña, en un parque cuidado y lleno de árboles, y el director, amigo y
compañero de estudios del profesor
Bourrichon, psicólogo y psiquiatra prestigioso, especializado en tratar pacientes que sufrían depresiones y
trastornos nerviosos resultantes de accidentes, maltratos o traumas diversos, así como anorexia, alcoholismo y
rogadicción. Las conclu
siones del examen eran terminantes. La niña mala necesi
taba aislarse por un tiempo en
un lugar apropiado., de des
canso absoluto, donde, a la vez que seguía un tratamiento dietético y de ejercicios
que le devolviera las fuerzas, re
biera apoyo psicológico que la ayudara a borrar las rever
beraciones en su
mente de aquella horrible experiencia.
¿Quiere decir que estoy loca?
preguntó.
Siempre lo estuviste
asentí yo
. Pero, aho
ra, además, estás anémica y deprimida, y eso te lo
ueden
curar en esa clínica. Loca de remate vas a seguir hasta el
fin de tus días, si eso es lo que te preocupa.
No me festejó, pero, aunque algo reticente, se rin
dió ante mi insistencia y aceptó que Elena pidiera una
cita al director de la clínica de Peti
t Clamart. Nuestra vecina nos acompañaría. Cuando los Gravoski partieron, la
niña mala me miró acongojada y llena de reproches:
¿Y quién me va a pagar esa clínica, a mí, si sabes
muy bien que no tengo dónde caerme muerta?
Quién va a ser sino el cacaseno
de costumbre
le dije, acomodándole las almohadas
. Tú eres mi
mantis religiosa, ¿no lo sabías? Un insecto hembra que devora al macho mientras él le hace el amor. Él
muere feliz, por lo visto. Mi caso, exactamente. No te preocupes por la plata.
¿No sabes q
ue soy rico?
Se prendió de uno de mis brazos con las dos ma
nos.
No eres rico, sino un pobre pichiruchi
dijo,
furiosa
. Si lo fueras, no me hubiera ido ni a Cuba,
ni a
Londres ni a Japón. Me hubiera quedado contigo desde
aquella vez, cuando me hiciste co
nocer París y
me llevabas
a esos restaurantes horribles, para mendigos. Siempre te
he estado dejando por unos ricos
que resultaron unas ba
suras. Y así he terminado, hecha un desastre. ¿Estás con
tento que lo reconozca?
¿Te gusta oírlo? ¿Haces todo esto pa
ra demostrarme lo superior que eres a todos ellos, lo que me perdí
contigo? ¿Por qué lo haces, se puede saber?
Por qué va a ser, niña mala. Tal vez quiero ga
nar indulgencias e irme al cielo. También pudiera ser
que esté enamorado de ti, todavía. Y, ahora
, basta de adivinan
zas. A dormir. El profesor Bourrichon dice
que, hasta que
estés repuesta del todo, debes tratar de dormir ocho horas
diarias por lo menos.
Dos días después terminó mi contrato temporal con la Unesco y pude dedicarme a cuidarla todo el
ía.
En el Hospital Cochin le habían prescrito una dieta a base
de verduras, pescados y carnes hervidas,
frutas y menes
tras, y prohibido el alcohol, incluso el vino, así como el café y todos los aderezos picantes.
Debía hacer ejercicios y caminar cuando me
nos una hora al día. En las mañanas, luego del desayuno
yo
iba a comprar mediaslunas re
cien salidas del horno a una panadería de la École Militai
re
, dábamos un paseo,
tomados del brazo, al pie de la
Tour Eiffel, por el Champs de Mars, y, a veces, si el t
iem
po lo permitía y ella estaba
con ánimos, nos alejábamos
por los muelles del Sena hasta la place de la Concorde. Yo
dejaba que ella dirigiera la
conversación, evitando, eso sí,
que me hablara de Fukuda o del episodio de Lagos. No
siempre era posible.
tonces, si ella se empecinaba en
tocar el tema, me limitaba a escuchar lo que quería con
tarme, sin hacerle
preguntas. Por las cosas que, de tanto
en tanto, insinuaba en esos semimonólogos, deduje que
su captura, en
Nigeria, había tenido lugar el día que e
lla partía del país. Pero su historia, deshilachada, siempre transcurría en
una especie de nebulosa. Había pasado ya
la aduana del aeropuerto y estaba en la cola de pasajeros,
dirigiéndose
al avión. Un par de policías la sacaron de allí,
de buenas maneras;
su actitud cambió por completo ape
nas la
subieron a una camioneta con los vidrios pintados de negro y, sobre todo, cuando la bajaron en un edificio
maloliente, donde había calabozos con rejas y olía a excre
mento y a orines.
Yo creo que no me descubrier
on, esa policía no
era capaz de descubrir nada
decía, una y otra vez
Me denunciaron. Pero ¿quién, quién? A veces, pienso que
el propio Fukuda. Pero ¿por qué lo hubiera hecho? No
tiene pies ni cabeza, ¿no es cierto?
Qué importa eso ahora. Ya pasó. Olvíd
alo, entiérralo. No te hace bien torturarte con esos
recuerdos.
Lo único que importa es que has sobrevivido y que pronto
estarás completamente curada. Y que nunca te
volverás a
meter en esos enredos en que has perdido media vida.
Al cuarto día, un jueves,
Elena nos dijo que el doc
tor Zilacxy, director de la clínica de Petit Clamart, nos re
cibiría el lunes al mediodía. El profesor Bourrichon había
hablado con él por teléfono
le había pasado todos los re
sultados del examen médico de la niña mala, así com
o sus
prescripciones y consejos. El viernes, fui a hablar
con el
señor Chames, que me había hecho llamar por la secreta
ria de la agencia de traductores e intérpretes
que dirigía. Me ofreció un contrato de trabajo de dos semanas, en Helsin
ki,
bien
pagado.
Lo acepté. Cuando
regresé a la casa, apenas
abrí la puerta, oí voces y risitas en el dormitorio. Permanecí
quieto, con la puerta
entreabierta, escuchando. Hablaban
en francés y una de las voces era la de la niña mala. La otra, delgadita,
chillona, un poco
vacilante, sólo podía ser la de Yilal. Se me mojaron las manos, de golpe. Permanecí extá
tico.
No alcancé a entender lo que decían, pero estaban ju
gando a algo, tal vez a las damas, tal vez al Yan
Ken
Po, y,
juzgar por las risitas, la pasaban muy bien.
No me habían
oído entrar. Cerré la puerta de calle despacio y avancé
has
ta el dormitorio, exclamando en voz alta, en francés:
Apuesto a que juegan a las damas y que gana la niña mala.
Hubo un instantáneo silencio y cuando di un paso más y entré al dormi
torio vi que tenían desplegado el
blero de damas en medio de la cama y que estaban senta
dos en las dos orillas opuestas, ambos inclinados
sobre las
fichas. La figurita de Yilal me miraba con los ojos relampa
gueando de orgullo. Y entonces, abriendo
muc
ho la boca,
dijo en francés:
¡Gana Yilal!
Me gana siempre, no hay derecho
aplaudió la
niña mala
. Este niñito es un campeón.
A ver, a ver, quiero ser juez de este partido
dije
yo, dejándome caer en una esquina de la cama y
escrutan
do el tablero. Trat
aba de fingir la más absoluta naturali
dad, como si nada extraordinario estuviera
pasando, pero
apenas podía respirar.
Inclinado sobre las fichas, Yilal observaba, estu
diando el siguiente movimiento. Un instante, mi mirada
y la de la niña mala se cruzaron.
Ella sonrió y me guiñó
un ojo.
¡Gana otra vez!
exclamó Yilal, aplaudiendo.
Pues sí, mon vieux, ella no tiene dónde mover
se. Ganaste. ¡Choca esos cinco!
Le estreché la mano y la niña mala le dio un beso.
No volveré a jugar damas contigo, estoy harta
e recibir estas palizas
dijo ella.
Se me ha ocurrido un juego más divertido toda
vía, Yilal
improvisé yo
. ¿Por qué no les damos a
Elena
y Simón la sorpresa de la vida? Vamos a montarles un es
pectáculo del que tus padres se acordarán el
resto de sus
as. ¿Te gustaría?
El niño había adoptado una expresión cautelosa y esperaba inmóvil que yo continuara, sin
comprometerse.
Mientras yo desplegaba ante sus ojos ese plan que iba in
ventando a medida que se lo describía,
me escuchaba, intri
gado y algo intimida
do, sin atreverse a rechazarlo; atraído y repelido a la vez por mi
propuesta. Cuando terminé, es
tuvo quieto y mudo un buen rato todavía, mirando a la ni
ña mala, mirándome a
mí.
¿Qué te parece, Yilal?
insistí, siempre en fran
cés
. ¿Les damos esa sorpre
sa a Simón y a Elena? Te
ase
guro que no se olvidarán el resto de sus vidas.
Bueno
dijo la vocecita de Yilal, mientras su
cabeza asentía
. Les damos esa sorpresa.
Lo hicimos tal como yo lo había improvisado, en medio de la emoción y el desconcierto en qu
e me
sumió oír a
Yilal. Cuando Elena vino a recogerlo, la niña mala y yo
le rogamos que, luego de cenar, volvieran, ella,
Simón y el niño, porque teníamos un postre riquísimo que quería
mos convidarles. Elena, un poco sorprendida,
dijo que bue
no, sólo un r
atito, porque, si no, al día siguiente al dormi
lón
de Yilal le costaba mucho despertar.
Salí como alma que lleva el diablo a la esquina de la École Militaire, a la
pastelería de los croissants
,
en l'avenue
de la Bourdonnais.
Por fortuna, estaba abierta. C
ompré una torta que tenía mucha crema, y, encima, unas
fresas gordas y rojísimas. Con la excitación en que estábamos, apenas si probamos
la dieta de verduras y
pescado que yo compartía con la con
valeciente.
Cuando Simón, Elena y Yilal
ya en zapatillas y
bata
llegaron, teníamos listo el café y la torta partida
en tajadas, esperándolos. De inmediato advertí por la ex
presión de Elena que maliciaba algo. Simón, en
cambio,
preocupado por un artículo de un científico y disidente ruso que había leído esa tarde
, estaba en la
luna y nos
contaba, mientras la crema del empalagoso postre le en
suciaba la barba, que aquél había visitado
no hacía mu
cho el Instituto Pasteur y que todos los investigadores y científicos habían quedado impresionados
por su modes
tia y su
valía intelectual. Entonces, de acuerdo al dispara
tado guión fraguado por mí, la niña mala
preguntó, en
español:
¿Cuántos idiomas creen ustedes que habla Yilal?
Advertí que, en el acto, Simón y Elena, inmóviles, abrían un poco los ojos, como diciendo: «
¿Qué está
pasan
do aquí?».
Yo creo que dos
aseguré
. Francés y espa
ñol. ¿Y ustedes, qué creen? ¿Cuántos idiomas habla Yilal,
Elena? ¿Cuántos crees tú, Simón?
Los ojitos de Yilal iban de sus padres a mí, de mí
a la niña mala y de nuevo a sus padres. Esta
ba muy
serio.
No habla ninguno
balbuceó Elena, mirándo
nos y evitando volver la cabeza hacia el niño
. Todavía
no, por lo menos.
Yo creo que...
dijo Simón y se calió, abruma
do, rogando con la mirada que le indicáramos lo que
bía decir.
En realidad
, qué importa lo que nosotros crea
mos
intervino la niña mala
. Sólo importa lo que diga
Yilal. ¿Qué dices tú, Yilal? ¿Cuántos hablas?
Habla francés
dijo la voz delgadita y chillona. Y, después de una brevísima pausa, cambiando de
idioma
: Yilal habla e
spañol.
Elena y Simón se habían quedado mirándolo, en
mudecidos. La torta que Simón tenía en la mano se desli

del plato al suelo y aterrizó en su pantalón. El niño se echó a reír, llevándose una mano a la boca y, señalando la
pierna de Simón, exclamó, en
francés:
Ensucias pantalón.
Elena se había puesto de pie y ahora, junto al ni
ño, mirándolo con arrobo, le acariciaba los cabellos con
una mano y le pasaba la otra por los labios, una y otra vez,
como una beata acaricia la imagen de su santo patrono.
Per
o, de los dos, el más conmovido era Simón. Incapaz de
decir nada, miraba a su hijo, a su mujer, a nosotros, alela
do,
como pidiendo que no lo despertáramos, que lo dejá
ramos soñar.
Yilal no dijo nada más esa noche. Sus padres se lo
llevaron poco después y
la niña mala, oficiando de dueña
de casa, hizo un paquetito con la media torta que sobraba
e insistió para que los Gravoski se lo quedaran. Yo le di
la
mano a Yilal al despedirnos:
Nos salió muy bien, ¿no, Yilal? Te debo ,a re
galo, por lo bien que te ha
s portado. ¿Otros seis soldaditos
de plomo, para tu colección?
Él hizo movimientos afirmativos con la cabeza. Cuando cerramos la puerta tras ellos, la niña mala
ex
clamó:
En este momento, son la pareja más feliz de la
tierra.
Mucho más tarde, cuando ya est
aba cogiendo el sueño, vi una silueta que se deslizaba en la salita
come
dor y, silente, se acercaba a mi sofá cama. Me tomó de la
mano:
Ven, ven conmigo
me ordenó.
No puedo ni debo
le dije yo, levantándome y
siguiéndola
. El doctor Pineau me lo ha pro
hibido.
Por
dos meses al menos, no puedo tocarte ni menos hacerte el
amor. Y no te tocaré, ni te haré el amor, hasta
que estés
sanita. ¿Entendido?
Nos habíamos metido ya a su cama y ella se acu
rrucó contra mí y apoyó su cabeza en mi hombro.
Sentí
su cuerp
o que era sólo hueso y pellejo y sus pequeños pies
helados frotándose contra mis piernas y un
escalofrío me
corrió de la cabeza a los talones.
No quiero que me hagas el amor
susurró, be
sándome en el cuello
. Quiero que me abraces, que
me des calor y que
me quites el miedo que siento. Me estoy muriendo de terror.
Su cuerpecito, una forma llena de aristas, tembla
ba como una hoja. La abracé, le froté la espalda,
los bra
zos, la cintura, y mucho rato estuve diciéndole cosas dul
ces al oído. Nunca dejaría que
nadie volviera a
hacerle
daño, tenía que poner mucho de su parte para que se res
tableciera pronto y recuperase las
fuerzas, las ganas de
vivir y de ser feliz. Y para que se pusiera bonita de nuevo.
Me escuchaba muda, soldada a
mí, recorrida a intervalos
por sobresaltos que la hacían gemir y retorcerse. Mucho
después, sentí que se
dormía. Pero a lo largo de toda la
noche, en mi duermevela, la sentí estremecerse, quejarse,
presa de
esos recurrentes ataques de pánico. Cuando la
veía así, tan desamparada, me
venían a la cabeza imágenes
de,
lo sucedido en Lagos y sentía tristeza, cólera, feroces
deseos de venganza contra sus victimarios.
La visita a la clínica de Petit Clamart, del doctor André Zilacxy, francés de ascendencia húngara, resultó
paseo campestre
. Ese día salió un sol radiante que hacía
brillar los altos álamos y plátanos de la floresta. La
clínica
estaba al fondo de un parque con estatuas desportilladas
y un estanque con cisnes. Llegamos allí al
mediodía y el
doctor Zilacxy nos hizo pasar de inme
diato a su despa
cho. El local era una antigua casa
señorial del siglo XIX, de dos plantas, con escalinata de mármol y balcones en
rejados, modernizada por
dentro, a la que le habían aña
dido un pabellón nuevo, con grandes ventanales de vi
drio, tal vez un
solárium o
un gimnasio con piscina. Por
las ventanas del despacho del doctor Zilacxy se veía a lo
lejos gentes que se
movían bajo los árboles y, entre ellas, batines blancos de enfermeras o médicos. Zilacxy parecía también
provenir del siglo XIX, con su b
arbita recortada
en cuadrado, que enmarcaba un rostro enteco y una cal
va
reluciente. Vestía de negro, con un chaleco gris, un cuello duro que parecía postizo, y, en lugar de corbata,
una cinta doblada en cuatro a la que sujetaba un prende
dor bermellón. T
enía un reloj de bolsillo, con leontina
rada.
He hablado con mi colega Bourrichon y he leí
do el informe del Hospital Cochin
dijo, entrando en
materia de golpe, como si no pudiera permitirse perder el tiempo en banalidades
. Tienen ustedes suerte, la
clíni
ca está siempre llena y hay gente que espera mucho para
ser admitida. Pero, como la señora es un caso
especial pues
viene recomendada por un viejo amigo, le podernos hacer
un sitio.
Tenía una voz muy bien timbrada y unas maneras elegantes, algo teatr
ales, de moverse y de
lucir
las
manos.
Dijo que la «paciente» recibiría una alimentación especial,
de acuerdo con una dietista, para que recobrara el
peso per
dido, y que un monitor personal dirigiría sus ejercicios fí
sicos. Su médico de cabecera sería la
doctora Roullin,
es
pecialista en traumas de la índole del que la señora había
sido víctima. Podría recibir visitas dos veces por
semana,
entre las cinco y las siete de la noche. Además del trata
miento con la doctora Roullin, participaría en
sesiones de
terapia de grupo, que él dirigía. A menos que hubiera al
guna objeción de su parte, la hipnosis
podría ser emplea
da en el tratamiento, bajo su control. Y que
hizo una
pausa para que supiéramos que
venía una aclaración importante
si la paciente, en cualq
uier instancia del trata
miento, se sentía
«decepcionada», podría interrumpirlo
de inmediato.
No nos ha ocurrido jamás
añadió, haciendo chasquear la lengua
. Pero la posibilidad está ahí, por si
alguna vez sucede.
Dijo que, luego de charlar con el profeso
r Bourri
chon, ambos habían coincidido en que la paciente debe
ría
permanecer en la clínica, en principio, un mínimo de
cuatro semanas. Luego, se vería si era aconsejable prolon
gar
su permanencia o podía continuar su recuperación en
casa.
Respondió a todas
las preguntas de Elena y mías
la niña mala no abrió la boca, se limitaba a escuchar
mo si la cosa no fuese con ella
sobre el funcionamiento
de la clínica, sus colaboradores y, luego de una broma so
bre Lacan y sus fantasiosas combinaciones de estruct
ura
lismo y Freud que, apuntó sonriendo para tranquilizarnos,
«no ofrecemos en nuestro menú», hizo que una enferme
ra llevara a la niña mala al despacho de la doctora Roullin,
La
estaba esperando, para conversar con ella y mostrarle el
establecimiento.
Cuan
do nos quedamos solos con el doctor Zilacxy, Elena abordó con precaución el delicado asunto de
cuánto costaría el mes de tratamiento. Y se apresuró a pre
cisar que «la señora» no tenía ningún seguro ni un patri
monio personal y que asumiría el costo de la
cura el ami
go que estaba aquí presente.
Cien mil francos, aproximadamente, sin contar
los medicamentos que, bueno, difícil saberlo de antema
no, deberían significar un veinte o treinta por ciento más,
en el peor de los casos
hizo una pequeña pausa y
tos

antes de añadir
: Se trata de un precio especial, dado
que la señora viene recomendada por el profesor
Bourri
chon.
Miró su reloj, se puso de pie y nos indicó que, si nos decidíamos, pasáramos por la administración a relle
nar los formularios.
Tres cuart
os de hora después apareció la niña ma
la. Estaba contenta de su conversación con la doctora
Rou
llin, que le había parecido muy juiciosa y amable, y con la visita a la clínica. El cuartito que ocuparía era
pequeño, cómodo, muy bonito, con vistas sobre el p
arque, y todas
las instalaciones, el comedor, el salón de
gimnasia, la pis
cina temperada, el pequeño auditorio donde se impartían
las charlas y se pasaban documentales y
películas, eran
modernísimos. Sin discutirlo más, fuimos a la administra
ción. Firmé
un documento por el cual me
comprometía a asumir todos los gastos y entregué un cheque de diez mil
francos como depósito. La niña mala
alcanzó un pasapor
te francés a la administradora y ésta, una mujer muy del
gadita, con moño y una mirada
inquisidora, le p
idió más bien su carné de identidad. Elena y yo nos mirábamos in
quietos, esperando una
catástrofe.
No lo tengo todavía
dijo la niña mala, con absoluta naturalidad
. He vivido muchos años en el
tranjero y acabo de volver a Francia. Ya sé que debo sacar
lo. Lo haré cuanto antes.
La administradora apuntó los datos del pasaporte
en una libreta
se lo devolvió.
Se interna mañana
nos despidió
. Llegue an
tes del mediodía, por favor.
Aprovechando el precioso día, algo frío pero dora
do y con un cielo limpí
simo, dimos una larga caminata por
la floresta del Petit Clamart, sintiendo crujir bajo
nuestros pies las hojas muertas del otoño. Almorzamos en
pequeño bistrot a la orilla del bosque, donde una chi
menea chisporroteante calentaba el local y enrojecía l
as
caras de los parroquianos. Elena tenía que ir a trabajar, de
manera que nos dejó en las puertas de París, en la pri
mera estación de metro que encontramos. En todo el via
je hasta la École Militaire, ella estuvo callada, con su ma
no
en la mía. A ratos
la sentía estremecerse. En la casita de
Joseph Granier, apenas entramos, la niña mala me hizo
sentar en el sillón de la sala y se dejó caer en mis rodillas.
Tenía la nariz y las orejas heladas y temblaba de tal mane
ra
que no podía articular palabra. Le en
trechocaban los
dientes.
La clínica te va a hacer bien
le dije yo, acari
ciándole el cuello, los hombros, calentándole con mi alien
to
las orejitas heladas
. Te van a cuidar, te van a engordar,
te van a quitar estos ataques de miedo. Te van a poner
ta y podrás convertirte otra vez en el diablito que has
sido siempre. Y, si la clínica no te gusta, te vienes aquí,
al
instante. En el momento que tú digas. No es una cárcel,
sino un lugar de reposo.
Apretada a mí no respondía nada, pero tembló mu
cho rato
antes de calmarse. Entonces, preparé una taza
té con limón para los dos. Conversamos, mientras ella iba
alistando su maleta para la clínica. Le alcancé un sobre
donde había puesto mil francos en billetes para que se lle
vara consigo.
No es un regalo,
sino un préstamo
le bro
meé
. Me lo pagarás cuando seas rica. Te cobraré inte
reses altos.
¿Cuánto te va a costar todo esto?
me pregun
tó, sin mirarme.
Menos de lo que yo pensaba. Unos cien mil francos. ¿Qué me importan cien mil francos si puedo
verte
bonita de nuevo? Lo hago por puro interés, chile
nita.
No dijo nada un buen rato y siguió haciendo su
maleta, enfurruñada.
¿Tan fea me he puesto?
dijo, de pronto.
Horrible
le dije yo
. Perdóname, pero te
has convertido en un verdadero espanto de mujer.
Mentira
me dijo, lanzándome de media vuel
ta una sandalia que se estrelló contra mi pecho
. No
debo
estar tan fea cuando ayer, en la cama, tuviste el pajarito pa
rado toda la noche. Estuviste aguantándote las
ganas de
hacerme el amor, santurrón.
Se echó
a reír y a partir de ese momento estuvo de
mejor ánimo. Apenas terminó de hacer su maleta vino
otra
vez a sentarse en mis rodillas, a que la abrazara y le hiciera unos masajes suavecitos en la espalda y en los brazos.
Allí
estaba todavía, profundamente dor
mida, cuando, a eso de
las seis, entró Yilal a ver su programa de televisión.
Desde
la noche de la sorpresa a sus padres, se soltaba a hablar
con ellos y con nosotros, pero sólo por
momentos, por
que el esfuerzo lo dejaba muy cansado. Y, entonces, volvía a
la pizarra, que seguía llevando
colgada del cuello, junto a
un par de tizas en una bolsita. Esa noche no le oímos la voz hasta que se despidió,
en español, con un: «Buenas
noches, amigos».
Después de cenar, fuimos a tomar café donde los
Gravoski y ellos l
e prometieron que irían a visitarla a la
clínica y le pidieron que los llamara si necesitaba cual
quier cosa mientras yo estuviera en Finlandia. Cuando re
gresamos a la casa, no me dejó estirar el sofá cama:
¿Por qué no quieres dormir conmigo?
La abracé
y la apreté contra mi cuerpo.
Sabes muy bien por qué. Es un martirio tenerte
desnuda a mi lado, deseándote como te deseo, y no
poder tocarte.
Tú no tienes remedio
dijo ella, indignada, como si la hubiera insultado
. Si tú fueras Fukuda, me
harías el amo
r toda la noche, sin importarte un pito que
me desangrara o me muriera.
Yo no soy Fukuda. ¿Tampoco te has dado cuen
ta, todavía?
Claro que me doy
repitió ella, echándome los brazos al cuello
. Y, por eso, esta noche vas a dormir
conmigo. Porque nada me
gusta tanto como martirizarte.
¿No te habías dado cuenta?
Hélas,

le dije yo, besándola en los cabe
llos
. Me he dado cuenta de sobra, hace una punta de
años, y lo peor es que no escarmiento. Hasta parecería
que me gusta. Somos la pareja perfecta: la s
ádica y el
soquista.
Dormimos juntos y cuando ella intentó acariciar
me yo le cogí las manos y se las aparté.
Hasta que estés completamente restablecida, cas
tos como dos angelitos.
Es verdad, eres un vrai con. Abrázame fuerte para
que se me quite el m
iedo, por lo menos.
A la mañana siguiente fuimos a tomar el tren a la estación Saint Lazare y todo el viaje hasta Petit Clamart
ella estuvo muda y cabizbaja. Nos despedimos en la puer
ta de la clínica. Se me prendió como si no nos fuéramos
a
ver nunca más y
me mojó la cara con sus lágrimas.
A este paso, en cualquier momento terminarás
enamorándote de mí.
Te apuesto lo que quieras a que nunca, Ricar
dito.
Partí a Helsinki esa misma tarde y las dos semanas
que estuve allí, trabajando, hablé ruso sin parar tod
os los
días, mañana y tarde. Se trataba de una conferencia tri
partita, con delegados de Europa, Estados Unidos y Ru
sia, para trazar una política de ayuda y cooperación de los países occidentales a lo que iba quedando de las ruinas de
la Unión Soviética.
Había comisiones que trataban de eco
nomía, de instituciones, de política social, de cultura y de
portes, y, en todas ellas, los delegados rusos se expresaban con una libertad y espontaneidad inconcebibles hacía muy
poco tiempo en esos monótonos robots que
eran los ap
paratchik
que mandaban a las conferencias internaciona
les los gobiernos de Brezhnev e, incluso, el de Gorbachov.
Las cosas estaban cambiando allá, era evidente. Tuve ga
nas
de volver a Moscú y a la rebautizada San Petersburgo,
donde no había e
stado desde hacía algunos años.
Los intérpretes teníamos mucho trabajo y no nos quedaba casi tiempo para pasear. Era mi segundo
viaje a
Helsinki. El primero había sido en primavera, cuando era
posible andar por las calles y salir al campo a ver los
bos
s de abetos salpicados de lagos y las lindas aldeas de casas de madera de ese país donde todo era bello:
la ar
quitectura, la naturaleza, la gente y, en especial, los viejos.
Ahora, en cambio, con la nieve y la temperatura de
vein
te grados bajo cero, pref
ería, en las horas libres, quedar
me en el hotel leyendo o practicando los misteriosos
ri
tuales de la sauna, que me producían un delicioso efecto
anestésico.
A los diez días de estar en Helsinki recibí una carta
de la niña mala. Estaba bien instalada en l
a clínica de
Petit Clamart a la que se adaptaba sin dificultad. No le daban dieta sino sobrealimentación, pero, como tenía
que hacer bastante ejercicio en el gimnasio
y, además, na
daba, ayudada por un profesor, porque ella nunca
había
aprendido a nadar,
sólo a flotar y a moverse en el agua co
mo un perrito
, eso le abría el apetito. Había
asistido ya
a dos sesiones con la doctora Roullin, que era bastante in
teligente y la llevaba muy bien. No había
tenido casi oca
sión de charlar con los otros pacientes;
sólo cambiaba
saludos con algunos a la hora de las
comidas. La única pa
ciente con la que había conversado dos o tres veces era una chica alemana, anoréxica,
muy tímida y asustadiza,
pero buena gente. De la sesión de hipnosis con el doctor
Zilacxy sólo re
cordaba que,
al despertar, se sintió muy se
rena y descansada. Me decía, también, que me extrañaba
y que no hiciera
«muchas porquerías en esas saunas fin
landesas que, como todo el mundo sabe, son unos gran
des centros de
degeneración sexual».
Cuando regre
sé a París, luego de las dos semanas, la agencia del señor Chames me consiguió casi de
inme
diato otro contrato de cinco días, en Alejandría. Apenas estuve un día en Francia, de modo que no pude ir
a visitar
a la niña mala. Pero hablamos por teléfono, al a
tardecer.
La encontré de buen ánimo, contenta sobre
todo con la doctora Roullin, que, me dijo, le estaba haciendo «un bien enorme», y divertida con la terapia de
grupo que di
rigía el profesor Zilacxy, «algo así como las confesiones de los curas, pero en g
rupo, y con
sermones del doctor».
¿Qué quería que le trajera de Egipto? «Un camello.» Aña
dió, en serio: «Ya sé qué: uno de
esos vestidos de baile con
la barriga al aire de las bailarinas árabes». ¿Pensaba gratifi
carme, cuando saliera de la
clínica, con u
n espectáculo de
danza del vientre para mí sólito? «Cuando salga te voy a ha
cer unas cosas que ni
sabes que existen, santito.» Cuando
le dije que la echaba mucho de menos, me repuso: «Yo tam
bién, creo». Estaba
mejorando, sin duda.
Esa noche cené donde lo
s Gravoski
le llevé a Yilal una docena de soldaditos de plomo que le había
comprado en una tienda de Helsinki. Elena y Simón no
cabían en sí de felicidad. Aunque e! niño, a veces, se
mía en el mutismo y no renunciaba a su pizarrón, cada
día se soltaba
un poco más, no sólo con ellos,
también en
el colegio, donde los compañeros, que antes lo apodaban
«el Mudo» le decían ahora
«Cotorrita». Era cuestión de
paciencia; pronto seria totalmente normal. Los Gravoski
habían ido a visitar a la
niña mala un par de
veces y la en
contraron perfectamente aclimatada en la clínica. Elena
había hablado una
vez por teléfono con el profesor Zi
lacxy y éste le leyó unas líneas en que la doctora Roullin le
daba un informe
muy positivo sobre los progresos de la
enferma. Había
subido de peso y tenía cada día más con
trol sobre sus
nervios.
A la tarde siguiente partí a El Cairo, donde, lue
go de cinco pesadas horas de vuelo, tuve que tomar
otro
avión, de una línea egipcia, para Alejandría. Llegué rendi
do. Apenas instalado en mi
pequeño cuarto de un
hotelito misérrimo llamado The Nile
era mi culpa, yo había
elegido el más barato que nos ofrecían a los
intérpretes
,
sin ánimos para desempacar, caí dormido cerca de ocho
horas seguidas, algo que me ocurría
muy rara vez.
Al día sigui
ente, que tenía libre, di una vuelta por la
antigua ciudad fundada por Alejandro y visité su
museo
de antigüedades romanas, las ruinas de su anfiteatro y di un
largo paseo por la bellísima avenida
costera, salpicada de
cafés, restaurantes, hoteles y tienda
s para turistas, donde hormigueaba una multitud
rumorosa y cosmopolita. Senta
do en una de esas terrazas que me hacían pensar en el poeta
Kavafis
su
casa, en el desaparecido y ahora arabizado ba
rrio griego, no se podía visitar, un cartelito en inglés indi
ba que
estaba siendo rehabilitada por el consulado de Gre
cia
, escribí una larga carta a la enferma, diciéndole
cuánto
me alegraba saber que estaba contenta en la clínica de Petit Clamart y ofreciéndole, si se portaba
bien y salía totalmen
te restablec
ida de la clínica, llevarla una semana a alguna
playa del sur de España para
que se tostara al sol. ¿Le gusta
ría tener una luna de miel con este pichiruchi?
En la tarde, me dediqué a revisar toda la documen
tación sobre la conferencia que comenzaba al día
siguien
te. Versaba sobre cooperación y desarrollo económico de
todos los países de la cuenca del
Mediterráneo: Francia, España, Grecia, Italia, Turquía, Chipre, Egipto, Líbano,
Argelia, Marruecos, Libia
y Siria. Israel había sido exclui
do. Fueron cinco d
ías agotadores, sin tiempo para nada,
inmerso en
ponencias y debates confusos y aburridos, que,
pese a producir montañas de papel impreso, me
pareció
que no servirían para nada práctico. Uno de los intérpretes árabes de la conferencia, natural de
Alejandrí
a, me ayudó,
el último día, a conseguir el encargo de la niña mala: un
vestido de danzarina
árabe, lleno de velos y pedrerías. Me
la imaginé con él puesto, cimbreándose como una palme
ra sobre la
arena del desierto, bajo la luna, al compás de
chirimías, fl
autas, crótalos, tamborines, mandolinas, cím
balos y demás instrumentos musicales árabes, y la deseé.
Al día siguiente de llegar a París, antes incluso de haberme entrevistado con los Gravoski, fui a
visitarla a la
clínica de Petit Clamart. Era un día gris
y lluvioso y la flo
resta vecina había sido deshojada y
quemada casi entera
mente por el invierno. El parque de la fuente de piedra,
ahora
sin
cisnes, estaba
cubierto por una neblina húmeda
y tristona. Me hicieron pasar a un salón bastante amplio
donde habí
algunas personas sentadas en sillones, en lo
que parecían grupos familiares. Esperé, junto a una venta
na,
desde la que se divisaba la fuente, y de pronto la vi en
trar, en bata de baño, una toalla en la cabeza a modo
de turbante y sandalias.
Te hice es
perar, perdona, estaba en la piscina,
nadando
me dijo, empinándose para besarme
en la mejilla
. No tenía idea que ibas a venir. Sólo ayer recibí tu cartita de Alejandría. ¿De veras vamos a
ir en luna de miel a una playa del sur de España?
Nos sentamos en
esa misma esquina y ella acercó su silla a la mía hasta que nuestras rodillas se
tocaron. Me estiró las dos manos para que se las cogiera y así estuvi
mos, con los dedos entrelazados, la
hora que duró nues
tra conversación. El cambio era notable. Se había r
epues
to, en efecto, y otra vez su
cuerpo tenía formas y la piel
de su cara ya no transparentaba los huesos ni lucía los pó
mulos hundidos. En
sus ojos color miel oscura asomaban otra vez la vivacidad y la picardía de antaño y en su fren
te
culebreaba la v
enita azul. Movía sus gruesos labios con una coquetería que me recordaba a la niña mala
de los tiempos prehistóricos. La noté segura, tranquila, conten
ta por lo bien que se sentía y porque, me
aseguró, ya no
le venían sino muy de vez en cuando esos ataque
s de mie
do que los dos últimos años la
habían puesto al borde de
la locura.
No necesitas decirme que estás mejor
le dije, besándole las manos y devorándola con los
ojos
. Basta verte. Estás linda otra vez. Estoy tan impresionado que
apenas sé lo que dig
Y eso que me has pescado saliendo de la piscina
me respondió, mirándome a los ojos de manera
provo
cadora
. Espérate que me veas arreglada y maquillada.
Te vas a caer de espaldas, Ricardito.
Esa noche les conté a los Gravoski, con quienes cené, la incr
eíble mejora de la niña mala luego de tres
manas de tratamiento. Ellos la habían visitado el domin
go anterior y tenían la misma impresión. Seguían
felices
con Yilal. El niño se animaba cada vez más a hablar, en
casa y en el colegio, aunque ciertos días
se
encerraba de
nuevo en el silencio. Pero, no cabía la menor duda: no era
posible una vuelta atrás. Había salido
de esa prisión en la
que se había refugiado él mismo y estaba cada vez más rein
tegrado a la comunidad de los seres
hablantes. En la tarde,
e había saludado en español: «Tienes que contarme de
las pirámides, tío Ricardo».
Los días siguientes me dediqué a limpiar, ordenar y embellecer el piso de Joseph Granier para recibir a la
paciente. Hice lavar y planchar las cortinas y las sábanas, contrat
é a una señora portuguesa para que me
ayudara
a barrer y encerar los pisos, sacudir las paredes, lavar la ro
pa, y compré flores para los cuatro jarrones de
la casa. Puse el paquete con el vestido de baile egipcio en la cama del dormitorio, con una tarjeti
ta risueña. La
víspera del
día en que ella iba a dejar la clínica estaba yo tan ilusiona
do como un chiquillo que sale con una
chica por primera
vez.
Fuimos a recogerla en el auto de Elena, acompa
ñados por Yilal, que no tenía clases ese día. Pese a la
via y a la grisura del aire yo tenía la sensación de que el cielo
enviaba chorros de luz dorada sobre Francia.
Ella estaba
ya lista, esperándonos a la entrada de la clínica, con su
maleta a los pies. Se había peinado con
cuidado, pintado
un poco los labios
, echado algo de colorete en las meji
llas, arreglado las manos y alargado las
pestañas con rímel. Tenía puesto un abrigo que yo no le había visto hasta en
tonces, color azul marino, con un
cinturón de gran hebi
lla. Cuando la vio, a Yilal se le iluminaron
los ojos y co
rrió a abrazarla. Mientras el portero
instalaba el equipaje
en el auto de Elena, pasé por la administración y la mujer del moño me alcanzó la factura.
El total ascendía más o menos a lo que había previsto el doctor Zilacxy: 127.315 francos. Y
o tenía depositados
150.000 en mi cuenta, para ese fin. Había vendido todos los bonos del Tesoro en que guardaba mis ahorros y
obtenido dos préstamos, uno de la mutual gremial de la que era miembro, cuyos intereses
eran mínimos, y, otro,
de mi propio banco
, la Société Ge
nérale, con
intereses más elevados. Todo indicaba que era
una excelente inversión, la
paciente lucía muchísimo mejor.
La administradora me dijo que llamara a la secretaria del
director a pedirle a éste
una cita, pues el doctor Zilacxy
quer
ía verme. Añadió: «A solas».
Aquélla fue una noche muy hermosa. Cenamos
donde los Gravosky muy ligero, aunque con una botella
de champagne, y, apenas regresamos a la casa, nos abraza
mos y nos besamos mucho rato. Al principio con ternura,
luego con avidez,
con pasión, con desesperación. Mis ma
nos auscultaban todo su cuerpo y la ayudaron a desnudar
se.
Era maravilloso: su silueta, siempre delgada, tenía otra
vez curvas, formas sinuosas, y era delicioso sentir en mis
manos y en mis labios, cálidos, suaves, b
ien formados, sus
pechitos de pezones erectos y pequeñas corolas granula
das. No me cansaba de aspirar el perfume de sus axilas de
piladas. Cuando estuvo desnuda la levanté en brazos y la
llevé al dormitorio. Me miró desnudarme con una de esas
sonrisitas b
urlonas de antaño:
¿Me vas a hacer el amor?
me provocó, hablan
do como si cantara
. Pero si todavía no se han cumplido
los dos meses que ordenó el médico.
Esta noche no me importa
le respondí
. Es
tás demasiado linda, y si no te hiciera el amor me mori
ría.
Porque yo te quiero con toda mi alma.
Ya me parecía raro que no me hubieras dicho todavía ninguna huachafería
se rió ella.
Mientras le besaba todo el cuerpo, despacio, empe
zando por los cabellos y terminando en la planta de los
pies, con infinita d
elicadeza e inmenso amor, la sentí ronronear, encogerse y estirarse, excitada. Cuando besé su
sexo lo sentí muy húmedo, latiendo, hinchado. Sus piernas se apretaron
en torno a mí, con fuerza. Pero,
apenas la penetré, dio un
aullido y rompió en llanto, haci
endo muecas de dolor.
Me duele, me duele
lloriqueó, retirándome con las dos manos
. Quería darte gusto esta noche,
pero no puedo, me desgarra, me duele.
Lloraba besándome en la boca con angustia y sus
cabellos y sus lágrimas se me metían por los ojos y p
or
la
nariz. Se había echado a temblar como cuando le sobreve
nían los ataques de terror. Yo le pedí perdón a mi
vez, por haber sido un bruto, un irresponsable, un egoísta. La ama
ba, nunca la haría sufrir, ella era para mí lo más
precioso, lo
más dulce y
tierno de la vida. Como el dolor no cedía, me levanté, desnudo, y traje del baño una
toallita empapada
en agua tibia y con ella le repasé el sexo con suavidad, hasta
que, poco a poco, el dolor fue
cediendo. Nos abrigamos
con la frazada y ella quiso que ter
minara en su boca pero me
resistí. Estaba arrepentido
de haberla hecho sufrir. Hasta
que estuviera completamente bien no se volvería a repetir lo
de esta noche:
haríamos una vida casta, su salud era más im
portante que mi placer. Me escuchaba sin decir nad
a, pega
da a mí y
totalmente inmóvil. Pero, mucho rato después, antes de quedarse dormida, con sus brazos alrededor de mi
cuello y sus labios pegados a los míos, me susurró: «Tu car
tita de Alejandría la leí diez veces, por lo menos.
Dormía
con ella todas
las noches, apretadita entre mis piernas».
A la mañana siguiente llamé desde la calle a la clínica de Petit Clamart y la secretaria del doctor Zilacxy
me
dio una cita para dos días después. También ella me pre
cisó que el director quería verme a solas. En
la
tarde fui a
la Unesco a explorar qué posibilidades había de un con
trato, pero el jefe de intérpretes me dijo
que por el resto del mes no había nada y me propuso más bien recomen
darme para una conferencia de tres
días, en Burdeos. No
acepté. Tampoco la
agencia del señor Charnés tenía nada
para mí de inmediato en
París o alrededores, pero, como mi antiguo patrón vio que andaba necesitado de trabajo,
me confió un alto
de documentos para traducir, del ruso y
del inglés, bastante bien pagados. Así que me in
stalé a tra
bajar en
la salita comedor de mi casa, con mi máquina de
escribir y mis diccionarios. Me impuse un horario de ofici
na.
La niña mala me preparaba tacitas de café y se ocupaba de las comidas. De tanto en tanto, como lo haría
una re
cién casada l
lena de atenciones por su marido, se venía a colgar de mis hombros y a darme un beso
por la espalda,
en el cuello o la oreja. Pero cuando llegaba Yilal se olvidaba
por completo de mí y se dedicaba a
jugar con el niño como si fueran de la misma edad. En las
noches, después de la cena, oíamos discos antes
de dormir, y a veces ella se quedaba dormida en mis brazos.
No le dije que tenía cita en la clínica de Petit Clamart y salí de casa con el pretexto de una entrevista
para
un posible trabajo en una empresa de
las afueras de París.
Llegué a la clínica media hora antes de lo
convenido, muer
to de frío, y esperé en la sala de visitas, viendo caer una nieve floja sobre el césped. El mal
tiempo había desapare
cido a la fuente de piedra y a los árboles.
El doctor Zi
lacxy, vestido de idéntica manera a como lo vi por primera vez, un mes antes, estaba
acompa
ñado por la doctora Roullin. Me cayó simpática de entra
da. Era una mujer gruesa, todavía joven,
con unos ojos in
teligentes y una sonrisa amable que casi no se apart
aba de
sus labios. Tenía en el brazo un
cartapacio, que pasaba de una manó a otra, rítmicamente. Me habían recibido de
pie y, aunque había en el
despacho unos asientos, no me
invitaron a sentarme.
¿Cómo la ha encontrado?
me preguntó el director a manera
de saludo, dándome la misma
impresión
que la primera vez: alguien que no estaba para perder tiem
po en circunloquios.
Magníficamente bien, doctor
le respondí
Es otra persona. Se ha repuesto, le han vuelto las
formas y los colores. La noto muy tranquila
. Y han desaparecido
esos ataques de terror que la atormentaban
tanto. Ella les
está muy agradecida. Y yo también, por supuesto.
Bien, bien
dijo el doctor Zilacxy, barajando las
manos como un ilusionista y moviéndose en el sitio
Sin embargo, le preveng
o que, en estas cosas, uno no puede
fiarse nunca de las apariencias.
¿En qué cosas, doctor?
lo interrumpí intrigado.
En las cosas de la mente, mi amigo
sonrió él
. Si usted prefiere llamarlo el espíritu, no tengo obje
ción. La señora está físicamente b
ien. Su organismo se ha recuperado, en efecto, gracias a la vida disciplinada,
el buen régimen alimenticio y los ejercicios. Ahora, hay que procurar que siga las instrucciones que le hemos
dado so
bre comidas. No debe abandonar la gimnasia y la nata
ción,
que le han hecho mucho bien. Pero, en el
aspecto psíquico, tendrá usted que mostrar mucha paciencia. Está bien orientada, me parece, aunque el
camino que le queda por recorrer será largo.
Miró a la doctora Roullin, que hasta entonces no ha
bía abierto la b
oca. Ella asintió. Sus ojos penetrantes
tenían algo que me sobresaltó. Vi que abría el cartapacio y lo ho
jeaba, de prisa. ¿Me iban a dar una mala noticia?
Sólo aho
ra, el director me señaló las sillas. Ellos se sentaron también.
Su amiga ha sufrido mucho
dijo la doctora Roullin, con tanta amabilidad que parecía querer decir algo
muy distinto
Ella tiene una verdadera olla de gri
llos en la cabeza. A consecuencia de lo lastimada que está.
De
lo que sufre todavía, más bien.
Pero, también psicológicamente
la encuentro mucho mejor
dije yo, por decir algo. Los preámbulos
de los dos médicos habían terminado por asustarme
. Bueno, supongo que, después de una experiencia como
lo
de Lagos, ninguna mujer se recupera nunca del todo.
Hubo un pequeño silencio y otr
o rápido cambio de miradas entre el director y la doctora. Por el gran ven
tanal que daba al parque, los copos que caían eran ahora más densos y más blancos. El jardín, los árboles, la
fuente habían desaparecido.
Esa violación probablemente nunca ocurrió,
ñor
sonrió la doctora Roullin, con afabilidad. E hizo un
gesto como disculpándose.
Es una fantasía construida para proteger a al
guien, para borrar las pistas
añadió el doctor Zilacxy, sin
darme tiempo a reaccionar
. La doctora Roullin lo sos
pechó
en la primera entrevista que tuvieron. Y luego lo con
firmamos cuando la dormí. Lo curioso es que inventó eso para proteger a alguien que, durante mucho tiempo,
años, usó y abusó de ella de manera sistemática. Usted estaba al tanto, ¿no es verdad?
¿Quién
era el señor Fukuda?
preguntó la doc
tora Roullin, con suavidad
. Ella habla de él con odio y,
a la vez, reverencia. ¿Su marido? ¿Una aventura?
Su amante
balbuceé yo
. Un personaje sór
dido, de negocios turbios, con el que vivió en Tokio va
rios años. E
lla me explicó que la había abandonado cuan
do supo que, en Lagos, los policías que la detuvieron la
violaron. Porque creyó que le habían contagiado el sida.
Otra fantasía, ésta para protegerse a sí misma
volatineó las manos el director de la clínica
. E
se se
ñor no la echó, tampoco. Ella escapó de él. Sus terrores
vienen de ahí. Una mezcla de miedo y de
remordimiento,
por haber huido de una persona que ejercía un dominio
absoluto sobre ella, que la había
privado de soberanía, de
orgullo, de autoestima y,
casi, de razón.
Yo había abierto la boca, pasmado. No sabía qué
decir.
Miedo de que él pudiera perseguirla para ven
garse y castigarla
encadenó la doctora Roullin, con el
mismo tono amable y discreto
. Pero, que osara escapar
de él, fue una gran cosa, s
eñor. Un indicio de que el déspo
ta
no había destruido por completo su personalidad. Ella
conservaba, en el fondo, su dignidad. Su libre albedrío.
Pero, esas heridas, esas llagas
pregunté, y me
arrepentí al instante, adivinando lo que me iban a res
ponde
r.
Él la sometía a toda clase de vejaciones, para su
diversión
explicó el director, sin demasiados rodeos
Era un exquisito y un técnico a la vez, en la administra
ción de sus placeres. Usted debe hacerse una idea clara
de
lo que ella soportó, para pode
r ayudarla. No tengo más
remedio que ponerlo al tanto de detalles
desagradables.
Sólo así estará en condiciones de darle todo el apoyo que
necesita. La azotaba con unos cordones
que no dejan mar
cas. La prestaba a sus amigos y guardaespaldas, en medio de o
rgías, para verlos, porque era
también un voyeur
Lo
peor, quizás, lo que ha dejado una marca más fuerte en
su memoria, eran los vientos. Lo
excitaban mucho, por lo
visto. La hacía beber unos polvos que la llenaban de gases.
Era una de las fantasías con qu
e se
gratificaba ese excéntri
co señor: tenerla desnuda, a cuatro patas, como un perro,
soltando vientos.
No sólo le destrozó el recto y la vagina, señor
dijo la doctora Roullin, con la misma suavidad y sin re
nunciar a la sonrisa
. Le destrozó la person
alidad.
Todo
lo que había en ella de digno y de decente. Por eso, se lo
repito: ella ha sufrido y sufrirá aún muchísimo,
aunque
las apariencias digan lo contrario. Y actuará a veces de una
manera irracional.
Se me había secado la garganta y, como si me hu
biera leído el pensamiento, el doctor Zilacxy me alcanzó
un
vaso de agua con burbujas.
Ahora bien, hay que decirlo todo. No se equivo
que usted. Ella no fue engañada. Fue una víctima volun
taria. Aguantó todo eso sabiendo muy bien lo que hacía
los ojitos
del director, de pronto, se pusieron a escrutar
me con insistencia, midiendo mi reacción
. Llámelo usted
amor retorcido, pasión barroca, perversión, pulsión
masoquista o, simplemente, sumisión ante una personalidad
aplastante, a la que no conseguía oponer
ninguna
resisten
cia. Ella fue una víctima complaciente y aceptó de buena
gana todos los caprichos de ese caballero. Eso,
ahora, cuan
do toma conciencia de ello, la enfurece, la desespera.
Será la convalecencia más lenta, la más difícil
dijo la doctora
Roullin
. Recuperar su autoestima. Ella
aceptó, quiso ser una esclava, o poco menos, y fue
tratada como tal, ¿comprende? Hasta que, un buen día, no sé có
mo, no sé por qué, ella no lo sabe tampoco, se
dio cuenta
del peligro. Sintió, adivinó que, si seguía
así, iba a acabar
muy mal, lisiada, loca o muerta. Y, entonces.,
se fugo. No
sé de dónde sacó fuerzas para hacerlo. Hay que admirarla
por ello, le aseguro. Quienes llegan a ese
extremo de depen
dencia, no suelen liberarse casi nunca.
El pánico fue tan gr
ande que se inventó toda esa historia de Lagos, la violación de los policías, que su
verdugo la echó por temor al sida. Y llegó a creérsela, inc
luso. Vivir en esa ficción le daba razones para sentirse
más segura, menos amenazada, que vivir en la verdad. Pa
ra todo el mundo es más difícil vivir en k verdad que en
la
mentira. Pero, más para alguien en su situación. Le va a costar mucho acostumbrarse de nuevo a la verdad.
Se calló y la doctora Roullin también permaneció con la boca cerrada. Ambos me miraban co
n una curio
sidad indulgente. Yo bebía el agua a sorbitos, incapaz de decir nada. Me sentía congestionado y transpirando.
Usted puede ayudarla
dijo la doctora Rou
llin, después de un momento
. Más todavía, señor. Us
ted,
le sorprenderá oír esto, probable
mente sea la única persona en el mundo que puede ayudarla. Mucho más
que
nosotros, le aseguro. El peligro es que ella se repliegue
en su yo profundo, en una suerte de autismo. Usted pue
de
ser su puente de comunicación con el mundo.
Ella confía en usted,
y creo que en nadie más
asintió el director
. Ella, ante usted, se siente, cómo
le
diré...
Sucia
dijo, bajando los ojos un instante, edu
cadamente, la doctora Roullin
. Porque, para ella, aun
que
no se lo crea, usted es una especie de santo.
La risita qu
e solté sonó muy falsa. Me sentí tonto,
estúpido, tuve ganas de mandar al diablo a ese par y
decir
les que ambos justificaban la desconfianza que había tenido
toda la vida por psicólogos, psiquiatras,
psicoanalistas, cu
ras, brujos y chamanes. Ellos me mir
aban como si leyeran
mis pensamientos y me perdonaran. La
imperturbable son
risa de la doctora Roullin seguía allí.
Si tiene usted paciencia y, sobre todo, mucho ca
riño, ella puede reponer también su espíritu, así
como se
ha repuesto físicamente
dijo el
director.
Les pregunté, porque no sabía ya que más preguntarles, si la niña mala necesitaba volver a la clínica.
Más bien, lo contrario
dijo la sonriente doc
tora Roullin
. Ella debe olvidarse de nosotros, que estu
vo
aquí, que esta clínica existe. Empez
ar su vida de nuevo y desde cero. Una vida muy distinta de la que ha tenido,
con alguien que la quiera y la respete. Como usted.
Una cosa más, señor
dijo el director, ponién
dose de pie e indicándome así que la entrevista se acaba
. A usted le parecerá
raro. Pero, ella, y todos quienes
viven buena parte de su vida encerrados en fantasías
que
se construyen para abolir la verdadera vida, saben y no sa
ben lo que están haciendo. La frontera se les eclipsa
por
períodos y, luego, reaparece. Quiero decir: a v
eces saben y
otras no saben lo que hacen. Éste es mi consejo: no
trate
usted de forzarla a aceptar la realidad. Ayúdela, pero no la
obligue, no la apresure. Ese aprendizaje es largo y
difícil.
Podría ser contraproducente y provocar una recaída
dijo, con
una sonrisa críptica, la doctora Rou
. Ella, poco a poco, por su propio esfuerzo, tiene que
ir reacomodándose, aceptando de nuevo la vida verda
dera.
No entendí muy bien lo que querían decirme, pe
ro tampoco traté de averiguarlo. Quería irme, salir de
allí y
no volver a acordarme de lo que había oído. Sabiendo muy bien que sería imposible. En el tren de cercanías, de
regreso a París, me vino una desmoralización profunda. La angustia me cerraba la garganta. No era
sorprendente que hubiera inventado lo d
e Lagos. ¿No se había pasado
la vida inventando cosas? Pero me dolía
saber que las he
ridas en la vagina y en el recto se las había causado Fukuda, al que me puse a odiar con todas mis
fuerzas. ¿Some
tiéndola a qué prácticas? ¿La sodomizaba con fierros, co
esos vibradores dentados que ponían a
disposición de los
clientes en Cháteau Meguru?
Sabía que la imagen de la ni
ña mala, desnuda, a cuatro patas, con el
estómago hincha
do por aquellos polvillos, soltando sartas de pedos, porque esa visión y esos ruidos
olores le producían erecciones al
gángster japonés
¿a él sólo, o eran espectáculos que ofre
cía también a
sus compinches?
, me perseguiría meses,
años, acaso el resto de la vida. ¿Eso era lo que la niña mala
llamaba, y con qué excitación febril me lo h
abía dicho en
Tokio, vivir intensamente? Ella se había
prestado a todo eso. Al mismo tiempo que víctima, había sido una cóm
plice de Fukuda. En ella anidaba
pues algo tan sinuoso y avieso como en el horrendo japonés. ¡Cómo no iba a parecerle un santo un
im
bécil que se acababa de endeudar para que ella sanara y pudiera, pasado algún tiempo, man
darse
mudar con alguien más rico o más interesante que
el pobre pichiruchi! Y pese a todos esos rencores y
furias
sólo quería llegar pronto a la casa para verla, toca
rla, y hacerle saber que la amaba más que nunca.
Pobrecita.
Cuánto había sufrido. Era un milagro que estuviera viva.
Yo dedicaría todo el resto de mi vida a
sacarla de ese pozo.
¡Imbécil!
En París, mi preocupación fue esforzarme por po
ner una cara natural
y evitar que la niña mala
recelara lo
que me rondaba por la cabeza. Cuando entré a la casa, en
contré a Yilal enseñándole a jugar
ajedrez. Ella se quejaba
de que era muy difícil y exigía pensar mucho, más sencillo
y divertido era el juego
de damas. «No, n
o, no», insistía la vocecita chillona del niño. «Yilal te va a aprender.» «Yilal te va a
enseñar, no aprender», lo corregía ella.
Cuando el niño se fue, para disimular mi estado de ánimo, me puse a trabajar en las traducciones y
estu
ve tecleando en la máq
uina hasta la hora de la cena. Co
mo tenía la mesa del comedor ocupada con mis
papeles,
comíamos en la cocinita, en un pequeño tablero con dos
taburetes. Ella había preparado una tortilla
de queso y una
ensalada.
¿Qué te pasa?
me preguntó de pronto, mien
tras comíamos
. Te noto raro. ¿Fuiste a la clínica, no?
¿Por qué no me has contado nada? ¿Te han dicho algo malo?
No, al contrario
le aseguré
. Estás bien. Lo
que me han dicho es que, ahora, necesitas olvidarte
de la
clínica, de la doctora Roullin y del
pasado. Me lo dijeron
ellos mismos: que los olvides, para que tu
restablecimien
to sea total.
En sus ojos vi que sabía que le ocultaba algo, pero
no insistió". Fuimos a tomar el café donde los
Gravoski.
Nuestros amigos andaban muy excitados. Simón había r
cibido una oferta para pasar un par de años
en la Univer
sidad de Princeton, haciendo investigación, en un progra
ma de intercambio con el Instituto
Pasteur. A ambos les
hacía ilusión ir a New Jersey: en dos años en Estados Uni
dos Yilal aprendería inglé
s y Elena
podría hacer prácticas
en el Hospital de Princeton. Estaban averiguando si el Hos
pital Cochin le daría una
excedencia de un par de años,
sin goce de sueldo. Como ellos hablaban todo el tiempo,
yo casi no tuve
necesidad de abrir la boca, sólo esc
uchar, o, más bien, simular que escuchaba, por lo que les quedé
muy
agradecido.
Las semanas y meses que siguieron fueron de mu
cho trabajo. Para ir pagando los préstamos y al mismo
tiempo mantener los gastos corrientes que, ahora, vivien
do la niña mala co
nmigo, habían aumentado, tuve
que
aceptar todos los contratos que se presentaban y, al mis
mo tiempo, en las noches, o muy temprano en
las maña
nas, dedicar dos o tres horas a traducir documento: que me encargaba la oficina del señor Chames,
quien, fiel a
su costumbre, siempre estaba esforzándose por echarme una mano. Iba y venía por Europa,
trabajando en conferencias
y congresos de toda índole, y acarreaba conmigo las tra
ducciones, que continuaba
en las noches, en hoteles y pen
siones, en una maquinita por
tátil. No me importaba el
exceso de trabajo. La
verdad es que me sentía feliz vivien
do con la mujer que amaba. Ella parecía restablecida del
todo. Jamás
hablábamos de Fukuda, ni de Lagos, ni de la
clínica de Petit Clamart. íbamos al cine, alguna vez a oír
música a
una
cave
de jazz de Saint Germain
y,
los sábados,
a cenar en algún restaurante no muy caro.
Mi único derroche era el gimnasio, porque estaba
seguro que a la niña mala le hacía mucho bien. La
inscri
bí en un gimnasio de l'avenue Montaigne, que ten
ía una piscina temperada, y ella iba allí, de buena gana,
varias
veces por semana, a hacer clases de aerobics con un moni
tor y a nadar. Ahora que había aprendido, la
natación era
su deporte favorito. Cuando yo no estaba, solía pasar bue
na parte del tiemp
o con los Gravoski,
quienes, finalmen
te, obtenido el permiso de Elena, preparaban viaje a Esta
dos Unidos para la primavera. Ellos
la llevaban de tanto en tanto a ver una película, una exposición o a cenar en la
calle. Yilal había conseguido
enseñarle el
ajedrez y le daba
las mismas palizas que en las damas.
Un día, la niña mala me dijo que, como se sentía ya perfectamente bien, lo que parecía cierto dado su
buen
aspecto y el amor a la vida que parecía haber recobrado, quería buscar un trabajo, para no per
der el
tiempo y para
ayudarme con los gastos de la casa. Le mortificaba que yo
me matara trabajando y que ella no
hiciera otra cosa que
ir al gimnasio y jugar con Yilal.
Pero, cuando empezó a buscar trabajo, surgió el problema de los papeles. Tenía tres pa
saportes, uno
perua
no caducado, otro francés y otro inglés, los dos últimos fal
sos. En ninguna parte le darían un trabajo en
regla, siendo
ilegal.
Y menos en esos tiempos en que, en toda Europa
occidental, y sobre todo en Francia,
había aumentado la
para
noia contra los inmigrantes de países del tercer mun
do. Los gobiernos restringían las
visas y comenzaban a per
seguir a los extranjeros sin permiso de trabajo.
El pasaporte inglés, que lucía una foto suya con un maquillaje que le cambiaba casi totalmente e
semblante, estaba extendido a nombre de Mrs. Patricia Steward. Me
explicó que, desde que su ex esposo David
Richardson de
mostró la bigamia que anulaba su matrimonio inglés, per
dió de manera automática la ciudadanía
británica que ob
tuvo al casarse. El p
asaporte francés que consiguió gracias a su marido anterior no se atrevía a
utilizarlo porque no
sabía si monsieur Robert Arnoux se había decidido final
mente a denunciarla, le había
abierto un juicio penal o acu
sado de bigamia o cualquier otra cosa para
vengarse. Fukuda le había procurado para
sus viajes africanos, al igual que
el inglés, un pasaporte francés con el nombre de madame Florence Milhoun; en
él, la fotografía la mostraba muy
joven y con un peinado muy distinto del que llevaba nor
malmente. Con
este
pasaporte había entrado a Francia la última vez. Yo temía que si la descubrían la echaran del
país o algo peor.
Pese a este obstáculo, la niña mala siguió haciendo averiguaciones, contestando a los avisos de ofertas
de em
pleos en Les Échos
de oficin
as de turismo, relaciones públi
cas, galerías de arte y compañías que trabajaban
con España
y América Latina y necesitaban personal con conocimientos
de español. No me parecía nada fácil que,
dada su precaria
condición legal, encontrara un trabajo regular,
pero no que
ría desilusionarla y la animaba a
continuar sus búsquedas.
Unos días antes del viaje de los Gravoski a los Es
tados Unidos, en una cena de despedida que les
ofrecimos en La Closerie des Lilas, de pronto, después de escuchar a la niña mala cont
ar lo difícil que le estaba
resultando con
seguir un trabajo donde la aceptaran sin papeles, a Elena se le ocurrió una idea:
¿Y por qué no se casan?
se dirigió a mí
: ¿Tie
nes la nacionalidad francesa, no es cierto? Pues, te
casas con ella y le das la na
cionalidad a tu mujer. Se acabaron los problemas legales, chico. Será una
francesita con todas
las de la ley.
Lo dijo sin pensarlo, bromeando, y Simón le si
guió la cuerda: ese matrimonio debía esperar, él quería
estar presente y ser testigo del novio, y,
como no volverían a Francia antes de dos años, teníamos que
encarpetar el proyecto hasta entonces. A menos que decidiéramos ir a casarnos a Princeton, New Jersey,
en cuyo caso él no sólo sería el testigo sino el padrino, etcétera. De vuelta a la ca
sa, med
io en serio medio
en juego, le dije a la niña mala,
que se estaba desvistiendo:
¿Y si seguimos el consejo de Elena? Ella tiene ra
zón: si nos casamos, tu situación queda resuelta en el
acto.
Terminó de ponerse el camisón y se volvió a mi
rarme, con las ma
nos en la cintura, una sonrisita
burlona
y una actitud de gallito peleador. Me habló con toda la iro
nía de que era capaz:
¿Me estás pidiendo en serio que me case con
tigo?
Bueno, creo que sí
intenté bromear
. Si tú quieres. Para resolverte los problema
s legales, pues.
No vaya
a ser que cualquier día te expulsen de Francia por ilegal.
Yo sólo me caso por amor
dijo ella, asaeteán
dome con sus ojos y taconeando con el pie
derecho ade
lantado
. No me casaría nunca
con
un patán que me hi
ciera una propuest
a de matrimonio
tan grosera como la que me acabas de hacer tú.
Si quieres, me pongo de rodillas y, con una ma
no sobre el corazón, te ruego que seas mi mujercita
adora
da hasta el fin de los tiempos
dije, confundido, sin saber
si ella siempre jugaba o se
había puesto a
hablar en serio.
El pequeño camisón de organdí transparentaba sus pechos, su ombligo, y la matita oscura de vellos de su
pubis. Le llegaba sólo hasta las rodillas
dejaba descubier
tos sus hombros y sus brazos. Estaba con los cabellos
suel
tos
y la cara encendida por la representación que había inicia
do. El resplandor de la lámpara del velador le
caía a la es
palda y formaba un nimbo dorado en torno a su silueta. Se la veía muy atractiva, audaz, y yo la
deseaba.
Hazlo
me ordenó
. De rodil
las, con las ma
nos en el pecho. Dime las mejores huachaferías de tu re
pertorio, a ver si me convences.
Me dejé caer dé rodillas y le rogué que se casara conmigo, mientras besaba sus pies, sus tobillos, sus
rodi
llas, acariciaba sus nalgas, y la comparaba
a la Virgen Ma
na, a las diosas del Olimpo, a Semíramis y a
Cleopatra, a
la Nausícaa de Ulises, a la Dulcinea del Quijote y le decía que era más bella y deseable que Claudia
Cardinale, Eri
girte Bardot y Catherine Deneuve juntas. Por fin la cogí de la cin
tura y la obligué a tumbarse en la
cama. Mientras la acariciaba y amaba, la sentí reírse, a la vez que me decía al oído: «Lo siento, pero he recibido
mejores peticiones de mano que la suya, señor pichiruchi». Siempre que hacía
mos el amor, yo debía tomar
randes precauciones para no dañarla. Y, aunque simulaba creerle que estaba cada vez mejor, el paso del
tiempo me había convencido de que no era así y que aquellas heridas de su vagina nunca desa
parecerían del
todo y limitarían para siempre nuestra vida
xual. Muchas veces evitaba penetrarla y, cuando no, lo
hacía con
gran cuidado, retirándome apenas sentía que su
cuerpo se crispaba y su cara se deformaba en una mueca de
dolor. Pero, aun así, esos amores difíciles y a veces incom
pletos me hacían gozar inm
ensamente. Darle placer con
mi boca y mis manos, y recibirlo de las suyas, me justifica
ban la vida, me hacían
sentir
el más privilegiado de los
mortales. Ella, aunque a menudo mantenía esa actitud dis
tante que había sido siempre la suya en la cama, a vec
es pa
recía animarse
participaba con entusiasmo y ardor, y yo
se lo decía: «Aunque no te guste reconocerlo, creo que has
empezado a quererme». Aquella noche, cuando ya, exhaus
tos, estábamos hundiéndonos en el sueño, la amonesté:
No me has dado una resp
uesta, guerrillera. Ésta debe ser la decimoquinta declaración de amor que te
go. ¿Te vas a casar conmigo, sí o no?
No lo sé
me respondió, muy en serio, abraza
da a mí
. Tengo que pensarlo todavía.
Los Gravoski partieron a Estados Unidos un día
soleado
, primaveral y con los primeros brotes verdes en
los castaños, las hayas y los chopos de París. Fuimos a des
pedirlos al aeropuerto de Charles de Gaulle. Cuando abra
zó a
Yilal a la niña mala los ojos se le llenaron de lágrimas.
Los Gravoski nos habían dej
ado la llave de su piso para
que le
echáramos un vistazo de cuando en cuando y evitá
ramos que lo invadiera el polvo. Eran muy buenos ami
gos, los
únicos con los que teníamos esa amistad visceral a
la sudamericana, y esos dos años de ausencia los íbamos
echar
mucho de menos. Como vi a la niña mala tan aba
tida por la partida de Yilal, le propuse que, en vez de vol
ver a la
casa, diéramos un paseo o fuéramos a un cine.
Luego la llevaría a cenar a un pequeño bistrot de la Ile Saint
Louis que
le gustaba mucho
. Se había encariñado tanto
con Yilal que, mientras dábamos un paseo por los alrede
dores de
Notre Dame, rumbo al restaurante, le dije bro
meando que, si quería, una vez que nos casáramos podía
mos
adoptar un niño.
Te he descubierto una vocación de mamá.
Siem
pre creí que no querías tener hijos.
Cuando estaba en Cuba, con ese comandante Chacón, me hice anudar las trompas porque él
quería un
hijo y a mí me horrorizaba la idea
me contestó, con se
quedad
. Ahora me arrepiento.
Adoptemos uno
la animé
. ¿No
es lo mismo, acaso? ¿No has visto la relación que tiene Yilal
con
sus padres?
No sé si es lo mismo
murmuró y sentí que su voz se había vuelto hostil
. Además, ni siquiera
sé si me voy a casar contigo. Cambiemos de tema, por favor.
Se había puesto de muy
mal humor y yo comprendí que, sin quererlo, había tocado algún rincón
lasti
mado de su intimidad. Traté de distraerla, y la llevé a ver
la catedral, un espectáculo que, con todos los
años que lle
vaba en París, nunca dejaba de deslumbrarme. Y, esa noche,
ás que otras veces. Una luz débil,
con un aura levemen
te rosada, bañaba las piedras de Notre Dame. La mole pa
recía ligera por la simetría
perfecta de sus partes, que se equilibraban y sostenían con delicadeza, para que nada se desajustara ni
soltara. La
historia y la luz tamizada car
gaban esa fachada de alusiones y resonancias, de imágenes
referencias. Había muchos turistas, tomándose fotos.
¿Era la misma catedral escenario de tantos siglos de la
his
toria de Francia, la misma que inspiró la novela de
Víctor Hugo que me había exaltado tanto cuando la
leí, de niño,
en Miraflores, en casa de mi tía Alberta? Era la misma y
otra, añadida de mitologías y sucesos
más recientes. Bellí
sima, transmitía una impresión de estabilidad y perma
nencia, de haber escap
ado a la
usura del tiempo. La niña
mala me oía alabar a Notre Dame como si oyera llover, sumida en sus
pensamientos. En la comida estuvo cabiz
baja, enfurruñada, y apenas probó bocado. Y esa noche se
durmió sin darme las buenas noches, como si yo tuviera l
culpa de la partida de Yilal. Dos días después,
viajé a Lon
dres, con un contrato de una semana de trabajo. Al despe
dirme de ella, muy de mañana, le dije:
No importa que no nos casemos si no quieres, ni
ña mala. Tampoco hace falta. Tengo que decirte un
a cosa,
antes de partir. En mis cuarenta y siete años de vida, nunca he sido tan feliz como en estos meses que llevamos juntos.
No sabría cómo pagarte la felicidad que me has dado.
Apúrate, vas a perder el avión, empalagoso
me
fue empujando ella hacia la
puerta.
Estaba todavía de mal humor, recluida en sí mis
ma mañana y tarde. Desde la partida de los Gravoski casi
no había podido conversar con ella. ¿Tanto la afectaba la ida de Yilal?
Mi trabajo en Londres fue más interesante que el de otras conferencias
y congresos. Era una reunión
con
vocada con uno de esos títulos anodinos que se repiten sin
descanso con temas diferentes: «África: impulso al
desa
rrollo». Lo auspiciaban el Commonwealth, las Naciones Unidas, la Unión de Países Africanos y varios
institu
tos
independientes. Pero a diferencia de otros certámenes, hu
bo muy serios testimonios de dirigentes
políticos, empre
sariales o académicos de países africanos sobre el estado calamitoso en que habían quedado las
antiguas colonias
francesas e inglesas al
alcanzar la independencia, y los obs
táculos que encontraban ahora para
ordenar la socie
dad, estabilizar las instituciones, liquidar el militarismo y
el caudillismo, integrar en una unidad
armónica a las dis
tintas etnias de cada país y despegar económica
mente. La
situación de casi todas las naciones
representadas era críti
ca; y, sin embargo, la sinceridad y la lucidez con que esos
africanos, la mayoría muy jóvenes,
exhibían su realidad
tenían algo vibrante, que inyectaba un ímpetu esperanza
dor a esa trág
ica condición. Aunque
usaba también el es
pañol, me tocó interpretar sobre todo del francés al inglés
o viceversa. Y lo hice con interés,
curiosidad y ganas, algu
na vez, de hacer un viaje de vacaciones por África. Aun
que no podía olvidar que por ese
conti
nente había hecho sus correrías la niña mala, al servicio de Fukuda.
Cada vez que salía en viaje de trabajo fuera de Pa
rís, hablábamos cada dos días. Me llamaba ella, pues
era
más barato; los hoteles y pensiones recargaban bárbara
mente las llamadas inter
nacionales. Pero, a pesar
de que
yo le había dejado el teléfono del Hotel Shoreham, en Bays
water, los dos primeros días en Londres la niña
mala no
me llamó. Al tercero, lo hice yo, temprano, antes de salir
al Instituto del Commonwealth, donde se
celebraba
la con
ferencia.
La noté muy rara. Lacónica, evasiva, irritada. Me
asusté, pensando que a lo mejor le habían vuelto los
an
tiguos ataques de pánico. Me aseguró que no, se sentía
bien. ¿Extrañaba a Yilal, entonces? Claro que lo
extraña
ba. ¿Y a mí también m
e extrañaba un poquito?
A ver, déjame pensarlo
me dijo, pero el tono
de su voz no era el de una mujer que bromea
. No,
fran
camente, no te extraño mucho todavía.
Me quedó un mal gustito en la boca cuando col
gué. Bueno, todo el mundo tenía sus períodos d
e neuras
tenia, en los que prefería mostrarse antipático para dejar sentado su disgusto con el mundo. Ya se le pasaría.
Como
dos días después tampoco me llamó, lo hice yo de nuevo, también muy temprano. No contestó el
teléfono. Era im
posible que saliera d
e la casa a las siete de la mañana: no lo
hacía jamás. La única explicación era
que seguía de mal humor
pero ¿de qué?
y que no quería .contestarme,
pues sabía muy bien que era yo
quien la llamaba. Volví a
llamarla en la noche y tampoco levantó el teléfon
o. Llamé
cuatro o cinco veces en el
curso de una noche de desvelo:
silencio total. Los chirridos intermitentes del teléfono me
persiguieron las
veinticuatro horas siguientes hasta que, apenas terminada la última sesión, corrí al aeropuerto de
Heathrow a
mar mi avión a París. Toda clase de pensa
mientos tenebrosos me hicieron infinito el viaje y, luego,
el
recorrido del taxi de Charles de Gaulle a la rué Joseph
Granier.
Eran las dos y pico de la madrugada, cuando, bajo una lluviecita persistente, abrí la p
uerta de mi
departamen
to. Estaba a oscuras, vacío, y sobre la cama había una cartita escrita a lápiz sobre ese papel
amarillo rayado que tenía
mos en la cocina para anotar los asuntos del día. Era un
modelo de hielo y
laconismo: «Ya me cansé de jugar al a
ma
de casa pequeñoburguesa que te gustaría que fuera. No lo
soy ni
lo seré. Te agradezco mucho lo que has hecho por
mí. Lo siento. Cuídate y no sufras mucho, niño bueno».
Desempaqué, me lavé los dientes, me acosté. Y estuve el resto de la noche pensando, d
ivagando.
¿Esto habías estado esperando, temiendo, no? Sabías que iba a ocurrir tarde o temprano, desde que, siete
meses atrás, instalaste a la niña mala en la rué Joseph Granier. Aunque, por cobardía, hubieras tratado de
no asumirlo, de esquivar
lo, engañ
ándote, diciéndote que ella, por fin, después de esas horribles
experiencias con Fukuda, había renunciado a las aventuras, a los peligros, y se había resignado a vivir
contigo. Pero siempre supiste, en el fondo de los fondos,
que aquel espejismo duraría só
lo lo que durase
su convalecencia. Que la vida mediocre y aburrida que llevaba conti
go la cansaría y que, una vez que
recobrase la salud, la con
fianza en sí misma y se le evaporara el remordimiento o el
miedo a Fukuda, se las
arreglaría para encontrar a
alguien más interesante, más rico y menos rutinario que tú, y em
prendería una
nueva travesura.
Apenas hubo algo de luz en la claraboya, me le
vanté, me preparé un café y abrí la pequeña cajita
de se
guridad donde tenía siempre una cantidad de dinero en efect
ivo para los gastos del mes. Se lo había
llevado to
do, naturalmente. Bueno, por lo demás no era gran cosa.
¿Quién sería, esta vez, el dichoso mortal?
¿Cuándo
mo lo habría conocido? Durante alguno de mis viajes de
trabajo, sin duda. Tal vez en el gimna
sio de
l'avenue Mon
taigne, mientras hacía aerobics y nadaba. Acaso uno de
esos playboys sin pizca de grasa en el
cuerpo y buenos
músculos, esos que se dan baños ultravioletas para tostar
se la piel y se hacen arreglar las uñas y
masajear el cuero
cabellud
o en las peluquerías. ¿Habrían hecho el amor ya, mientras ella, a la vez que mantenía la
pantomima de se
guir conmigo, preparaba en secreto la ruga? Seguramente.
Y, sin duda, el nuevo galán tendría
menos miramientos
que tú, Ricardito, con su vagina lastima
da.
Revisé todo el departamento y no quedaba rastro
de ella. Se había llevado hasta el último imperdible.
Se
diría que nunca había estado acá. Me bañé, me vestí y salí a la calle, huyendo de esos dos cuartitos y medio
donde, tal como se lo dije al despedir
me, había sido más feliz que en ninguna otra parte, y donde sería a partir
de
ahora
¡una vez más!
inmensamente desgraciado. Pe
ro ¿no lo tenías bien merecido, peruanito? ¿No sabías,
acaso, cuando no le contestabas sus llamadas por teléfo
no, que, si lo h
acías y sucumbías de nuevo a esa pasión
testaruda, todo terminaría como ahora? No había de qué
sorprenderse: había ocurrido lo que siempre supiste
iba
a ocurrir.
Hacía un día bonito, sin nubes, con un sol algo
frío, y la primavera había llenado de verdura
las calles de
París. Los parques ardían de flores. Caminé horas, por los
muelles, por las Tullerías, por el Luxemburgo,
metiéndo
me, cuando sentía que me iba a desmayar de fatiga, a un
café a tomar algo. Al atardecer, comí un
sandwich con
una cerveza y lueg
o entré a un cine, sin saber siquiera qué
película daban. Me quedé dormido apenas
me senté y des
perté sólo cuando encendieron las luces. No recordaba
una sola imagen.
En la calle era ya de noche. Sentía mucha angustia
y temía que se me salieran las lágrima
s. No sólo eres
capaz
de decir huachaferías sino también de vivirlas, Ricardito.
La verdad, la verdad, esta vez no iba a tener las fuerzas
ne
cesarias para, como había hecho las otras veces, recompo
nerme, reaccionar, y seguir jugando a que me
olvidaba de
la niña mala.
Subí por los muelles del Sena hasta el lejano Pont
Mirabeau, tratando de recordar los primeros versos
del
poema de Apollinaire, repitiéndolos entre dientes:
Sous le Pont Mirabeau
Coule la Seine
Faut
il qu 'tí m 'en souvienne
de nos amours
Ou
apres tajóte
Venait toujours la peine?
Había decidido, con frialdad, sin dramatismo, que
ésa era después de todo una manera digna de morir: saltan
do desde ese puente dignificado por la buena poesía mo
dernista y la voz intensa de Juliette Greco a las agua
cias del Sena. Aguantando la respiración o tragando agua a
borbotones, perdería rápidamente la conciencia
tal vez
la
perdería con el golpe, al estrella! se mi cuerpo en el agua
y la muerte seguiría al instante. Si no podías tener lo
co que querí
as en la vida, que era ella, mejor acabar de una
vez y de este modo, pichiruchi.
Llegué al Pont Mirabeau literalmente hecho una
sopa. Ni siquiera había advertido que llovía. Ni
transeún
tes ni coches aparecían por las cercanías. Avancé hasta la mitad del p
uente
sin
vacilar me
encaramé al borde me
tálico, donde, al empinarme para saltar
juro que iba
a hacerlo
,
sentí
un golpe de
viento en la cara y
,
al mis
mo tiempo, dos manzanas que me rodeaban las piernas y de un jalón me hacían
trastabillar
caer de esp
aldas, en el asfalto del puente:
Faispos le con, imbécile!
Era un clochard que olía a vino y mugre, medio
perdido dentro de un gran impermeable de plástico que
le
cubría la cabeza Tenía una enorme barba que parecía
entre gris
blancuzca. Sin ayudarme a l
evantarme, me
so la botella de vino en la boca y me hizo beber un trago:
algo caliente y fuerte, que me removió las entrañas.
Un vi
no pasado, que se volvía ya vinagre. Tuve una arcada, pe
ro no vomité.
Fais fas le con, mon vieux
repitió.
Y vi que,
dan
do media vuelta, se alejaba, tambaleándose, con su
botella
de vino agrio bailoteando en la mano. Supe que
recordaría siempre su facha amorfa, esos ojos
saltones y
congestionados y su voz ronca, humana.
Regresé caminando hasta la rué Joseph Granier, riéndom
e de mí mismo, lleno de gratitud y admiración
por ese vagabundo borracho del Pont Mirabeau que me
había salvado la vida. Iba a .saltar, lo hubiera hecho si él
no
me lo impedía. Me sentía estúpido, ridículo, avergonza
do, y había comenzado a estornudar. Tod
a esta
payasada
barata terminaría en un resfrío. Me dolían los huesos de la espalda con el porrazo en el pavimento y
quería dormir, dormir el resto de la noche y de la vida.
Cuando estaba abriendo la puerta de mi departamento descubrí una rayita de luz den
tro. Crucé de dos
saltos la salita comedor. Desde la puerta del dormitorio vi a la niña mala, de espaldas, probándose ante el
espejo de
la cómoda el vestido de
bailarina
árabe que le compré en El
Cairo y que no creo que se hubiera
puesto antes. Aun
que tení
a que haberme sentido, no se volvió a mirarme,
como si hubiera entrado en el
cuarto un fantasma.
¿Qué haces tú acá?
dije, grité o rugí, paraliza
do en el umbral, sintiendo mi voz rarísima, como
la de un hombre al que estrangulan.
Con mucha calma, como si
no pasara nada
toda
esta escena fuera la más trivial del mundo, la
figurita mo
rena, semidesnuda, envuelta en velos, de cuya cintura col
gaban unas cintas que podían ser de
cuero o cadenas, se
volvió de medio lado y me miró, sonriendo:
Cambié de idea y aq
uí me tienes de regreso
blaba como si me revelara un chisme de salón. Y,
pasando
a cosas más importantes, me señaló su vestido y explicó
:
Me estaba un poco grande, pero creo
que ahora va bien.
¿Cómo me queda?
No pudo decir más porque yo, no sé cómo, ha
bía
cruzado la habitación de un salto y la había
abofeteado
con todas mis fuerzas. Vi un brillo de terror en sus ojos, la
vi remecerse, apoyarse en la
cómoda, caer al suelo y la oí
decir, acaso gritar, sin perder del todo la serenidad, esa
calma teatral:
Estás aprendiendo a tratar a las mujeres, Ricar
dito.
Yo me había dejado caer al suelo junto a ella y la
tenía cogida de los hombros y la sacudía,
enloquecido, vomitando mi despecho, mi furia, mi estupidez, mis celos:
Es un milagro que no esté en el fondo
del Sena,
por tu culpa, por ti
se atropellaban las
palabras en mi
boca, se me trababa la lengua
. Estas últimas veinticua
tro /horas me has hecho morir mil
veces. A qué juegas tú
conmigo, dime a qué. ¿Para eso me llamaste, me buscaste,
cuando ya me había
librado de
ti?
¿Hasta cuándo crees que
voy a aguantar? Yo también tengo un límite. Te podría
matar.
En ese momento me di cuenta de que, en efecto,
hubiera podido matarla si seguía sacudiéndola así.
Asusta
do, la solté. Ella estaba lívida
me miraba, boqui
abierta,
protegiéndose con los dos brazos levantados.
No te reconozco, no eres tú
murmuró
se le
cortó la voz. Se había comenzado a sobar la mejilla y
la sien
derecha, que, en la media luz, me parecieron hinchadas.
Estuve a punto de matarme por ti
rep
etí, la
voz impregnada de rencor y de odio
. Me subí a la baran
da del puente para tirarme al río y me salvó un clochard.
Un suicida, lo que faltaba en tu currículo. ¿Tú crees
que
vas a seguir jugando así conmigo? Está visto que sólo ma
tándome o matándote
me libraré para siempre de
ti.
Mentira, tú no quieres matarte ni matarme
jo, arrastrándose hacia mí
. Sino cacharme. ¿No es
ver
dad? Yo también quiero que me caches. O, si esa lisura te molesta, que me hagas el amor.
Era la primera vez que le oía esa
palabrota, un ver
bo que no escuchaba hacía siglos. Ella se había incorpo
rado a medias para echarse en mis brazos y me tocaba la
ropa, escandalizada: «Estás empapadito, te vas a
resfriar, quítate esta ropa mojada, zonzito». «Si quieres, después
me matas,
pero, ahorita, hazme el amor.»
Había recupera
do la serenidad y ahora era dueña de la situación. El cora
zón se me salía por la boca y apenas
podía respirar. Pensé que sería estúpido que precisamente en este momento me diera un síncope. Me ayudó a
quitarm
e el saco, el panta
lón, los zapatos, la camisa
todo parecía recién salido del
agua
y, a la vez que me
ayudaba a desvestirme, me pa
saba la mano por los cabellos en esa rara, única caricia que
se dignaba hacerme
algunas veces. «Cómo te late el cora
zón,
tontito», me dijo, un momento después, pegando su
oreja a mi
pecho. «¿Yo lo he puesto así?» Yo había comen
zado a acariciarla también,
sin
que por ello hubiera domi
nado la
rabia. Pero, a esos sentimientos se mezclaba ahora
un deseo creciente que ella atiza
ba
se había
arrancado
el vestido de bailarina
tendida sobre mí me secaba mo
viéndose sobre mi cuerpo
,
metiéndome la lengua en la
boca, haciéndome tragar su saliva, atrapando mi sexo, aca
riciándolo con las dos
manos, y, por fin, encogiéndose co
mo una
anguila sobre sí misma, llevándoselo a la boca. La
besé, la acaricié,
la abracé, sin la delicadeza de otras veces,
más bien con rudeza, todavía herido, dolido, y, por
fin,
la
obligué
a sacar mi sexo de su boca y a ponerse debajo de
mí. Abrió las piernas, d
ócilmente, cuando
sintió
que mi
sexo tieso forcejeaba para entrar en ella. La penetré con
brutalidad y la sentí aullar de dolor. Pero no me
rechazó y, con el cuerpo tenso, esperó, quejándose, gimiendo despa
cito, que eyaculara. Sus lágrimas
mojaban mi cara
y yo las
lamía. Estaba demacrada, con los ojos desorbitados y la cara descompuesta por el
dolor.
Es mejor que te vayas, que me dejes de verdad
le imploré, temblando de pies a cabeza
. Hoy
he esta
do a punto de matarme y casi te mato a ti. No quiero eso.
Anda, búscate otro, uno que te haga
vivir intensamente, como Fukuda. Uno que re azote, que te preste a sus compinches, te haga tragar polvos
para que le sueltes pedos en su inmunda jeta. Tú no eres para vivir con un santurrón aburrido como yo.
Ella me habí
a pasado los brazos alrededor del cue
llo y me besaba en la boca mientras yo le hablaba.
Todo
su cuerpo se restregaba para ajustarse más al mío.
No pienso irme ni ahora ni nunca
me susu
rró en el oído
. No me preguntes por qué, porque ni
muerta te lo voy
a decir. Nunca te voy a decir que te quie
ro aunque te quiera.
En ese momento debo de haberme desmayado, o dormido de golpe, aunque ya, desde sus últimas
palabras,
sentí que me abandonaban las fuerzas y todo comenzaba
a darme vueltas. Me desperté mucho
spués, en la habi
tación a oscuras, sintiendo una forma tibia metida dentro
de mí. Estábamos acostados, bajo
las sábanas y frazadas, y
por la gran claraboya del techo vi titilar alguna estrella.
Había cesado de llover hacía
rato, sin duda, porque los cris
tales ya no estaban empañados. La niña mala estaba sol
dada a mi cuerpo, sus
piernas enredadas a las mías y su
boca apoyada en mi mejilla. Sentí su corazón; latía, acom
pasado, dentro de
mí. Se me había evaporado la cólera y
ahora estaba lleno de arrepenti
miento por haberla golpea
do y haberla
hecho sufrir mientras la amaba. La besé con ternura, tratando de no despertarla, y susurré sin ruido en
su
oído: «Te amo, te amo, te amo». No estaba dormida. Se apretó a mí y me habló poniendo sus labios sobre los
mío
s, mientras entre palabra y palabra, su lengua picotea
ba la mía:
Tú nunca vas a vivir tranquilo conmigo, te lo advierto. Porque no quiero que te canses de mí, que te
acostumbres a mí. Y, aunque vamos a casarnos para arre
glar mis papeles, no seré nunca t
u esposa. Yo quiero
ser siempre tu amante, tu perrita, tu puta. Como esta noche.
Porque así te tendré siempre loquito por mí.
Decía esas cosas besándome sin tregua y tratando de meterse enterita dentro de mi cuerpo.
Arquímedes, constructor de rompeolas
Los rompeolas son el misterio más grande de
la ingeniería
exageró Alberto Lamiel, abriendo los bra
zos
. Sí, tío Ricardo, la ciencia y la técnica han resuelto
todos los misterios del Universo, menos ése. ¿Nunca te
lo
habían dicho?
Desde que el tío
Ataúlfo me presentó a este sobri
no suyo, ingeniero graduado en M.I.T. y considerado
ei
as de la familia Lamiel, el joven triunfador que me llama
ba tío a pesar de no serlo, pues era sobrino de
Ataúlfo por la otra rama de la familia, me había caído algo a
ntipático,
porque hablaba demasiado y con un
tonito inaguantable
mente pontifical. Pero, a todas luces, la antipatía no era
recíproca, porque, desde que lo
conocí, multiplicaba sus
atenciones conmigo y me demostraba un aprecio tan efu
sivo como incomprensi
ble.
¿Qué interés podría tener para
este joven brillante y exitoso, que construía edificios por
doquier en la
expansiva Lima de los ochenta, un oscuro
traductor expatriado que volvía al Perú después de tantos
años y
lo miraba todo entre nostálgico y alelad
o? No sé
cuál, pero Alberto perdía mucho tiempo conmigo. Me
había llevado a conocer los barrios nuevos
Las Casuari
nas, La Planicie, Chacarilla, La Rinconada, Villa
,
las
urbanizaciones de veraneo que brotaban como hongos en las playas del Sur, y mostrado
algunas casas
rodeadas de
parques, lagos y piscinas que parecían salidas de las pelí
culas de Hollywood. Como me oyó decir
un día que una de las cosas que más envidiaba de
niño
a mis amigos mi
raflorinos era que muchos de ellos
fueran socios del Rega
tas
yo tenía que meterme al Club a escondidas o na
dando desde la playita vecina de
Pescadores
, me invitó a almorzar a la vieja institución chorrillana. Tal como me
lo dijo, las instalaciones del
Club eran ahora modernísi
mas, con sus canchas de tenis y front
ón, sus piscinas olím
pica y temperada y las
dos nuevas playas ganadas al mar
gracias a dos largos rompeolas. También resultó cierto
que el restaurante
Alfresco, del Regatas, preparaba un arroz
con mariscos, que, acompañado de cerveza helada, sabía a
glori
a. El
panorama, en este mediodía de noviembre, gris, nublado, de un invierno que se resistía a irse, con los fan
tasmales acantilados de Barranco y Miraflores medio bo
rrados por la neblina, me removía muchas imágenes
del fondo de la memoria. Lo que acabab
a de decirme sobre los rompeolas me sacó del devaneo en que estaba
sumido.
¿Hablas en, serio?
le pregunté, picado de curiosidad
. La verdad, no me lo creo, Alberto.
Yo tampoco me lo creía, tío Ricardo. Pero, te
juro que es así.
Era un muchacho alto y a
gringado, atlético
ve
nía al Regatas a jugar paleta y frontón todos los días a
las seis de la mañana
, con el pelo cortado casi al rape, muy moreno, que transpiraba suficiencia y optimismo.
Mez
claba en sus frases palabritas en inglés. Tenía una novia en
Boston con la que se iba a casar dentro de unos
meses, apenas se graduara ella de ingeniero químico. Él había re
chazado varias ofertas de trabajo en Estados
Unidos luego de recibirse con honores en M.I.T. para venir al Perú a «hacer patria», porque si tod
os los
peruanos privilegiados
se iban al extranjero «¿quién iba a meter el hombro y sacar
adelante nuestro país?».
Con sus buenos sentimientos de
patriota me estaba jalando las orejas, pero lo hacía sin darse
cuenta. Alberto
Lamiel era la única persona de
su medio
social que lucía tanta confianza en el futuro del Perú. En
esos meses
finales del segundo gobierno de Fernando Belaunde Terry
fines de 1984
, con la inflación dispara
da, el
terrorismo de Sendero Luminoso, los apagones, los
secuestros y la perspe
ctiva de que el Apra, con Alan Gar
cía,
ganara las elecciones del próximo año, había mucha
incertidumbre y pesimismo en la clase media. Pero a Al
berto nada parecía desmoralizarlo. Andaba con una pisto
la cargada en su camioneta por si lo asaltaban y la
nrisa siempre en la cara. La posibilidad de que Alan García lle
gara al poder no lo asustaba. Había asistido a
una reunión
de empresarios jóvenes con el candidato aprista y le pare
ció «bastante pragmático, nada
ideológico».
O sea, un rompeolas no sale bi
en o mal debido
a causas técnicas, cálculos acertados o errados,
aciertos o
defectos de construcción, sino a extraños conjuros, a la
magia blanca o negra
le tomé el pelo
¿Eso es lo que
quieres decirme, tú, ingeniero graduado en M.I.T.? ¿La brujería ha l
legado a Cambridge,
Massachusetts?
Eso mismo, si lo quieres poner así
me festejó
él. Pero volvió a ponerse serio y a afirmar, con
enérgicos movimientos de cabeza
: Un rompeolas funciona o no funciona por razones que la ciencia no está
en condicio
nes de
explicar. El asunto es tan fascinante que estoy es
cribiendo un pequeño
report
ara la revista
de mi univer
sidad. Te encantaría conocer a mi informante. Se llama Arquímedes, un nombrecito que le cae al
pelo. Un perso
naje de película, tío Ricardo.
Luego d
e oír las historias de Alberto, los rompeo
las del Club Regatas que divisábamos desde la terraza de
Alfresco cobraban una aureola legendaria, de monumen
tos ancestrales, espolones de piedras que no sólo
estaban allí, hendiendo el mar, para obligarlo a reti
rarse, entregan
do una ceja de playa a los bañistas, sino como
reminiscen
cias de una vieja estirpe, construcciones medio urbanas,
medio religiosas, productos a la vez de
pericia artesanal y
de una sabiduría secreta, sagrada y mítica antes que prác
tica y f
uncional. Según mi supuesto
sobrino, para cons
truir un rompeolas, determinar exactamente el lugar donde
debía ser erigida aquella
armazón de bloques de piedras
superpuestas o unidas con mezcla, no era suficiente, ni si
quiera necesario, el
menor cálculo t
écnico. Lo indispen
sable era el «ojo» del práctico, especie de brujo, chamán,
adivinador, a la
manera del rabdomante que detecta los pozos de agua oculta bajo la superficie de la tierra, o del maestro
chino de Feng Shui que decide la dirección en
que debe
ser orientada una casa y los muebles que la ocu
pan
para que los futuros habitantes vivan en paz y disfru
ten de ella, o, en su defecto, se sientan hostilizados y em
pujados a desavenencias y fricciones, capaz de detectar por
palpito o ciencia infusa
com
o lo venía haciendo
desde hacía medio siglo en la costa de Lima el viejo Arquímedes
dónde construir el rompeolas para que
las aguas lo aceptaran y no le sacaran la vuelta arenándolo, socaván
dolo, doblegándolo por los flancos,
impidiéndole cumplir
su come
tido de rendir al mar.
A los surrealistas les hubiera encantado oír una cosa así, sobrino
le dije yo, señalando los
rompeolas del
Regatas sobre los que revoloteaban gaviotas blancas, pati
llos negros y una bandada de
alcatraces de mirada filosó
fica y buc
hes como cucharones
. Los rompeolas, el per
fecto ejemplo de lo
maravilloso
cotidiano.
Después me explicarás quiénes son los surrea
listas, tío Ricardo
dijo el ingeniero, llamando al
mozo e indicándome de manera perentoria que él pagaría la
cuenta
. Ya v
eo, aunque te hagas el escéptico,
mi histo
ria de los rompeolas te ha deja
do
knocked out de
impre
sión.
Sí, me había dejado intrigadísimo. ¿Hablaba en se
rio? Lo que me contó Alberto me estuvo dando vueltas
desde ese día, yéndose y volviendo a mi conci
encia de tanto
en tanto, como si intuyera que siguiendo esa leve
huella iba
a encontrarme de pronto con la cueva de un tesoro.
Había vuelto a Lima por un par de semanas, de manera un tanto precipitada, con la intención de despedir
y enterrar al tío Ataúlfo
Lamiel, quien había sido llevado de urgencia a la Clínica Americana, con su segundo ata
que cardíaco, y sometido a una operación a corazón abier
to, sin muchas esperanzas de sobrevivir a la prueba.
Pero, sorprendentemente, sobrevivió y parecía incluso en
fran
co proceso de recuperación con sus ochenta años
y sus
cuatro
passes.
«Tu tío tiene más vidas que un gato», me
dijo el doctor Castañeda, el cardiólogo de Lima
que lo operó. «La verdad, yo creí que de ésta no salía.» Mi tío Ataúlfo intervino para dec
ir que era yo, con mi
venida a Lima, quien le había devuelto la vida, y no los matasanos. Ya había dejado la Clínica Americana y
convalecía en su casa, cuidado por una enfermera permanente y por Anas
tasia, la criada nonagenaria que lo
había acompañado to
da la vida. La tía Dolores había fallecido un par de años atrás. Aunque traté de alojarme en
un hotel, él insistió pa
ra llevarme a su casita de dos pisos, no lejos del Olivar de San Isidro, donde tenía sitio de
sobra.
El tío Ataúlfo había envejecido mucho
y era ahora un hombrecito frágil que arrastraba los pies y delgadito
como un palo de escoba. Pero conservaba la cordialidad
desbordante de siempre y se mantenía alerta y
curioso, le
yendo, ayudándose con una lupa de filatelista, tres o cua
tro periódicos d
iarios, y escuchando todas
las noches las noticias para saber cómo andaba el mundo en que vivi
mos. A diferencia de Alberto, el tío Ataúlfo
tenía som
brías prevenciones sobre el futuro inmediato. Creía que
Sendero Luminoso y el MRTA (Movimiento
Revolucio
ario Túpac Amaru) tenían para rato y desconfiaba del triunfo del Apra en las próximas elecciones
que las en
cuestas pronosticaban. «Será el puntillazo para el pobre Perú, sobrino», se quejaba.
Yo volvía a Lima después de casi veinte años. Me sentía un extr
anjero total, en una ciudad en la que casi
no quedaba rastro de mis recuerdos. La casa de mi tía Alberta había desaparecido y, en su lugar, surgido un feo
edifi
cio de cuatro pisos. Lo mismo ocurría por doquier en Mi
raflores, donde apenas resistía la moder
nización
una que
otra de esas casitas con jardines de mi infancia. Todo el
barrio se había despersonalizado con una
profusión de edi
ficios de alturas desiguales y la multiplicación de comer
cios y bosques aéreos de avisos
luminosos que competían en vulgar
idad y mal gusto. Gracias al ingeniero Alberto Lamiel, había podido echar
una ojeada a los barrios miliunanochescos donde se habían desplazado los ricos y acomodados. Estaban
rodeados por las gigantescas barria
das, llamadas ahora, eufemísticamente, pueblo
s jóvenes,
donde se habían
refugiado millones de campesinos baja
dos de la sierra, huyendo del hambre y la violencia
las
acciones
armadas y el terrorismo estaban concentrados
en la región de la sierra central principalmente
, que mal
vivían
en casuchas de
esteras, palos, latas, trapos o lo que fuera, en asentamientos donde, en la mayoría, no había
agua, ni luz, ni desagües, ni calles, ni transporte. Esa coexis
tencia de la riqueza y la pobreza hacía que, en Lima, los
ricos parecieran más ricos y los pobres
más pobres. Mu
chas tardes, cuando yo no salía a reunirme con mis
viejos
amigos del Barrio Alegre o con mi flamante sobrino Al
berto Lamiel, me quedaba conversando con el tío
Ataúlfo y este tema volvía obsesivamente a nuestra conversación. A mí me parecía
que las diferencias
económicas entre la muy
pequeña minoría de peruanos que vivía bien y
dis
frutaba de educación, trabajo,
diversiones, y los que a duras penas sobrevivían en condiciones pobres o misérri
mas, se habían agravado en
estas dos décadas. Segú
n él, era una falsa impresión, debido a la perspectiva que yo
traía de Europa, donde la
existencia de una enorme clase
media diluía y borraba esos contrastes entre los extremos. Pero en el Perú,
donde la clase media era muy delgada, aquellos enormes contra
stes habían existido siempre. El tío Ataúlfo vivía
consternado con la violencia que se aba
tía sobre la sociedad peruana. «Siempre sospeché que esto podía pasar.
Ya está, ha ocurrido. Menos mal que la pobre
Dolores no llegó a verlo.» Los secuestros, las bo
mbas de los
terroristas, la destrucción de puentes, carreteras, cen
trales eléctricas, el ambiente de inseguridad y
vandalismo,
se lamentaba, retrasarían muchos años más ese despegue
del país hacia la modernidad en el que
el tío Ataúlfo nun
ca había dejado
de creer. Hasta ahora. «Yo ya no veré ese despegue, sobrino. Ojalá que tú sí.»
Nunca pude darle una explicación convincente de
por qué la niña mala no quiso venir a Lima conmigo,
por
que yo tampoco la tenía. Tomó con disimulado escepti
cismo que ella no h
ubiera podido abandonar su
trabajo
porque, precisamente en esta época del año, la compañía
tenía que hacer frente a una demanda
abrumadora de con
venciones, conferencias, bodas, banquetes y celebraciones de toda índole, lo que le impedía
tomarse un par de
sema
nas de vacaciones. Yo no me lo creí tampoco, allá en París,
cuando ella esgrimió ese
pretexto para no acompañarme,
y se lo dije. La niña mala acabó entonces por reconocerme
que no era cierto,
que, en realidad, no quería venir a Li
ma. «¿Y por qué. se
puede saber?», la tentaba yo. «¿No ex
trañas tanto la
comida peruana? Pues, te propongo un par
de semanas con todas las exquisiteces de la gastronomía
nacional,
el ceviche de corvina, el chupe de camarones, el
arroz con pato, el lomito saltado, la causa, e
l seco de cha
belo y todo
lo que se te antoje.» No hubo forma, ni en se
rio ni en broma aceptó mis señuelos para convencerla. No
iría al Perú, ni
ahora ni nunca. No volvería a poner los
pies allá ni por un par de horas. Y cuando yo quise cance
lar el viaje,
para no
dejarla sola, ella insistió en que viajara,
alegando que, justamente en esta época, estarían en París
los Gravoski, a los
que podía recurrir si en algún momen
to necesitaba ayuda.
Encontrar ese trabajo había sido el mejor remedio
para su estado de
ánimo. También la ayudó, me parece,
que, después de superar las mil complicaciones, nos casá
ramos y ella se convirtiera, según le gustaba decirme a ve
ces
en la intimidad, en «una mujer que, por primera vez en su vida, a punto de cumplir 48 años, tenía s
us pape
les
en regla». Yo pensé que siendo la personita inquieta y
libérrima que siempre había sido, trabajar en una com
pañía
que organizaba «eventos sociales» la aburriría muy
pronto, y que sería una empleada tan poco competente
que
la despedirían. No fu
e así. Al contrario, al poco tiempo
se ganó la confianza de su jefa. Y ocuparse, hacer cosas, asu
mir
obligaciones, aunque fuera pedir precios en hoteles y
restaurantes, cotejarlos y negociar descuentos," averiguar
lo
que las empresas, asociaciones, famili
as, aspiraban a te
ner
qué clase de paisajes, hoteles, menús, espectáculos,
orquestas
en torno a sus encuentros, banquetes, aniver
sarios, lo tomaba muy a pecho. No sólo trabajaba en la
oficina, también en la casa. En las tardes y en las noches, yo la oí
a, pegada al teléfono, discutiendo detalles de esos
contratos con infinita paciencia o dando cuenta a Mar
tine, su jefa, de las gestiones del día. A veces, debía via
jar a
provincias
generalmente a Provenza, la Costa Azul
o Biarrhz
acompañando a Martine,
o enviada por ésta.
Entonces, me llamaba todas las noches, y me contaba, con lujo de detalles, sus quehaceres del día. Le había
hecho
bien tener su tiempo ocupado, adquirir responsabilidades
y ganar dinero. Otra vez se vestía con
coquetería, iba a pe
luque
rías, masajistas, manicuristas y pedicuristas, y cons
tantemente estaba dándome la
sorpresa de un cambio de maquillaje, peinado o atuendo. «¿Haces esto para estar a la moda o para tener
siempre enamorado a tu marido?» «Lo hago sobre todo porque a los clien
tes les encanta ver
me bonita y
elegante. ¿Te da celos?» Sí, me daba. Yo se
guía enamorado de ella como un becerro y creo que ella lo
estaba también de mí, porque, salvo pequeñas crisis pasa
jeras, desde aquella noche en que estuve a punto
de zam
bullirme
en el Sena, advertía unos detalles en nuestra re
lación antes impensables en ella. «Esta
separación de dos
semanas será una prueba», me dijo, la noche de mi parti
da. «A ver si te enamoras más
de mí p me dejas por una de esas peruanitas traviesas, niño bue
no.» «Para peruanitas traviesas, tengo de
sobra contigo.» Había conservado su
esbelta silueta
iba siempre los fines de semana al gim
nasio de
l'avenue Montaigne a hacer ejercicios y nadar
y su cara seguía fresca y animosa.
Nuestro matrimonio fue toda una
aventura burocrática. Aunque a ella la tranquilizaba saber que
ahora te
nía por fin su situación en regla, yo sospechaba que si
algún día, por alguna razón, las autoridades
de Francia se
ponían a escarbar sus papeles, descubrirían que nuestro matrimonio t
enía tantos vicios de
fondo y de forma que
era inválido. Pero no se lo decía, y menos ahora que, lue
go de cumplirse los dos años
de casados, el gobierno fran
cés acababa de concederle la nacionalidad, sin sospechar que la flamante
madame Ricardo Somocurci
o ya había sido antes naturalizada francesa por matrimonio con el
nombre de
madame Robert Arnoux.
Para poder casarnos hubo que fabricarle papeles falsos, con un nombre distinto al que tenía cuando se
casó con Robert Arnoux. No lo hubiéramos conseguido sin
la ayuda del tío Ataúlfo. Cuando le describí, a
grandes ras
gos, el problema, sin darle más explicaciones que las in
dispensables y evitando los detalles
escabrosos de la vida de la niña mala, me respondió en el acto que no necesita
ba saber más. El subdes
arrollo
tenía soluciones prontas,
aunque algo onerosas, para casos como éste. Y, dicho y
hecho, en pocas semanas
me envió una partida de naci
miento y otra de bautizo, impartidas por la municipalidad y
la parroquia de
Huaura, a nombre de Lucy Solórzano Ca
ahuaringa, con las que, siguiendo sus instrucciones, nos
presentamos ante el cónsul del Perú en Bruselas, amigo
suyo. El tío Ataúlfo le había explicado previamente
por carta que Lucy Solórzano, novia de su sobrino Ricardo Somocurcio, había perdido todos su
s papeles,
incluido el pasaporte, y necesitaba uno nuevo. El cónsul, una reliquia humana de chaleco, leontina y
monóculo, nos recibió con una prudente pero educada frialdad. No nos hizo una sola pregunta, por lo que
entendí que había sido informado por
el
tío Ataúlfo de más cosas de las que aparentaba saber.
Fue amable,
impersonal y guardó todas las formas. Ofició
al Ministerio de Relaciones Exteriores y por intermedio
de éste
al de Gobierno y Policía, y envió copias de las par
tidas de nacimiento y de baut
izo de mi novia, pidiendo
autorización para extender un nuevo documento. Al ca
bo de dos meses la niña mala tenía un pasaporte
flamante y una identidad nueva, con la que pudimos gestionarle,
siempre en Bélgica, una visa de turista para
Francia, avala
da po
r mí, francés nacionalizado y residente en París. De inmediato iniciamos los trámites en la
alcaldía del Cin
quiéme, en la plaza del Panteón. Allí nos casamos Final
mente, en octubre de 1982, un mediodía
otoñal, con la sola
compañía de los Gravoski, que ofi
ciaron de testigos. No
hubo banquete de bodas ni celebración alguna
porque esa
misma tarde partí yo a Roma con un contrato de dos se
manas en la FAO.
La niña mala estaba mucho mejor. Me costaba tra
bajo a veces verla haciendo una vida tan normal,
entrete
ida con su trabajo y, me parecía, contenta, o por lo menos resignada a esa vida pequeñoburguesa que
hacíamos, tra
bajando mucho toda la semana, preparando la comida en
las noches y yendo al cine, al teatro, a
una exposición o a
un concierto y a cenar en la
calle los fines de semana, casi siempre solos, o con los Gravoski
cuando estaban aquí, pues ellos seguían pasando varios meses al año en Prince
ton. A Yilal lo veíamos sólo en los
veranos, pues el resto del
año permanecía en un colegio de New Jersey. Sus p
dres habían decidido que se
educara en los Estados Uni
dos. No había huella en él del antiguo problema. Hablaba
y crecía con normalidad y
parecía muy bien integrado al mundo estadounidense. Nos enviaba postales o una cartita cada tanto y la niña
mala le
escribía todos los meses y siempre le estaba despachando algún regalo.
Aunque dicen que sólo los imbéciles son felices, confieso que me sentía feliz. Compartir mis días y mis
ches con la niña mala me llenaba la vida. A pesar de lo ca
riñosa que era conm
igo, en comparación con lo
glacial que
había sido en el pasado, ella había conseguido, en efecto,
hacerme vivir siempre intranquilo, con la
aprensión de que, un buen día, de la manera más inesperada, volvería a las andadas y se esfumaría sin decirme
adiós.
Siempre se
las arreglaba para hacerme saber, o mejor dicho adivinar, que había uno o varios secretos en
su vida diaria, una di
mensión de su existencia a la que yo no tenía acceso y de la que podía provenir en
cualquier momento un terremo
to que echaría a
bajo nuestra convivencia. No me acababa
de entrar a la cabeza
que Lily la chilenita aceptara que el
resto de su vida fuera lo que era ahora: la de una parisina
de clase media,
sin sorpresas ni misterio, sumida en una estrictísima rutina y desprovista de av
enturas.
Nunca estuvimos tan unidos como en los meses que siguieron a nuestra reconciliación, llamémosla así,
aque
lla noche en la que el desconocido clochard surgió en med
io de la lluvia y la oscuridad, en el Pont
Mirabeau, para
salvarme la vida. «¿No ser
ía el mismo Dios en persona el que te cogió de las piernas, niño
bueno?», se burlaba ella.
Nunca se creyó del todo que estuve a punto de matarme. «Cuando uno quiere
suicidarse, lo hace, y no
hay
clochard
te lo impida, Ricardito», me dijo más de una vez
. En
esa época
todavía los ataques de terror le sobrevenían de cuando en cuando. Entonces, exangüe, con los labios cár
denos,
muy pálida y con grandes ojeras, no se apartaba de
mí un solo segundo. Me seguía por toda la casa como un
perrito faldero, tomada
de mi mano, prendida de mi correa
o mi camisa, porque ese contacto físico le daba la
mínima
seguridad sin la cual, me decía balbuceando, «me desinte
graría». Verla sufrir de esa manera me hacía
sufrir a mí también. Y, algunas veces, la inseguridad que la p
oseía en medio de la crisis era tal que ni siquiera al
baño podía ir sola; muerta de vergüenza, con los dientes chocándole, me pedía que entrara con ella al excusado
y la tuviera de la mano mientras hacía sus necesidades.
Nunca pude hacerme una idea precis
a de la natu
raleza del miedo que de pronto la invadía, sin duda
porque ello no tenía una explicación racional. ¿Eran imáge
nes difusas, sensaciones, presentimientos, la
adivinación
de que algo terrible estaba por abatirse sobre ella y destro
zarla? «Eso y m
ucho más.» Cuando
padecía uno de esos
ataques de miedo, que por lo general le duraban unas ho
ras, esa mujercita tan audaz y de
tanto carácter se volvía
tan indefensa y vulnerable como una niñita de pocos años.
Yo la sentaba en mis
rodillas y la hacía acur
rucarse contra mí. La sentía temblar, suspirar, aferrada a mí con una de
sesperación
que nada atenuaba. Al cabo de un rato, caía dormida en un sueño profundo. Luego de una o dos horas,
despertaba y estaba bien, como si nada le hubiera ocurrido.
Todos mis r
uegos para que aceptara volver a la
clínica de
Petit Clamart fueron inútiles. Al final, dejé de insistir por
que la sola mención del tema la
enfurecía. En esos meses, pese a estar tan unidos físicamente, apenas hacíamos el amor, porque ni
siquiera en la in
timidad de la cama al
canzaba la mínima tranquilidad, el momentáneo abando
no, para
entregarse al placer.
El trabajo la ayudó a salir de ese período difícil. Las crisis no desaparecieron de golpe, pero fueron
hacién
dose menos frecuentes y también menos in
tensas. Ahora,
parecía mucho mejor, convertida casi en
una mujer nor
mal. Bueno, en el fondo yo sabía que ella no sería nunca
una mujer normal. Y tampoco
quería que lo fuese, porque lo que yo amaba en ella era también lo indómito e impre
visible de su
pers
onalidad.
En las charlas que reñíamos durante su convalecen
cia, el tío Ataúlfo nunca me hizo preguntas sobre el
pasado
de mi mujer. Le enviaba saludos, estaba encantado de tener
la en la familia, esperaba que alguna vez se
animara a venir a
Lima para cono
cerla, pues, en caso contrario, a él, a pesar de sus achaques, no le quedaría otro
remedio que ir a visitarnos
a París. Tenía enmarcada en una mesita de la sala la foto
que le enviamos,
tomada el día de nuestro matrimonio, al salir de la alcaldía, con el t
elón de fondo del Panteón.
En esas charlas, generalmente en las tardes, después
del almuerzo, que se prolongaban a veces horas,
hablába
mos mucho del Perú. Él había sido un belaundista entu
siasta toda su vida, pero ahora, apenado,
me confesó que
el segundo
gobierno de Belaunde Terry lo había decep
cionado. Salvo devolver los periódicos
y los canales ex
propiados por la dictadura militar de Velasco Alvarado, no se había atrevido a corregir ninguna
de las seudoreformas de aquélla, que habían empobrecido y enco
nado
aún más al Perú, y, además, habían
provocado una infla
ción que daría el triunfo al Apra en las próximas eleccio
nes. Y, a diferencia de su sobrino
Alberto Lamiel mi tío no
se hacía ilusiones con Alan García. Yo me decía que, sin
dupla, había en el pa
ís donde yo
había nacido y del que me
había apartado de una manera cada día más irreversible,
muchos hombres y
mujeres como él, básicamente decen
tes, que, a lo largo de toda una vida, habían soñado con un progreso
económico, social, cultural y político, q
ue hiciera
del Perú una sociedad moderna, próspera, democrática,
con
oportunidades abiertas a todos, sólo para verse frustra
dos una y otra vez, y que, como el tío Ataúlfo, llegaban a la
vejez
a orillas de la muerte
aturdidos, preguntándose
por qué en ve
z de avanzar retrocedíamos y estábamos
aho
ra peor
con más contrastes, desigualdades, violencias e
inseguridad
que cuando empezaron a vivir.
Qué bien hiciste en irte a Europa, sobrino
era su estribillo, que repetía atusándose la barbita
entrecana que s
e había dejado crecer
. Imagínate lo que sería de ti si te hubieras quedado a trabajar aquí,
con todos estos apa
gones, bombas y secuestros. Y la falta de trabajo para los
jóvenes.
No estoy tan seguro, tío. Sí, es verdad, tengo una
profesión que me permit
e vivir en una ciudad
maravillo
sa. Pero, allá, he terminado por convertirme en un ser sin
raíces, en un fantasma. Nunca seré un
francés, aunque ten
ga un pasaporte que diga que lo soy. Allá seré siempre
un
méteque.
Y he
dejado de ser un
peruano, porque aqu
í me
siento todavía más extranjero que en París.
Pues, supongo que sabes que, según una encues
ta de la Universidad de Lima, el sesenta por ciento de
los jóvenes tienen, como primera aspiración en la vida, irse al extranjero; la inmensa mayoría a Estados
Unidos
y el resto a Europa, a Japón, a Australia, a donde sea. Cómo podría
mos reprochárselo, ¿no es cierto? Si su país
no puede dar
les ni trabajo, ni oportunidades, ni seguridad, es lícito que quieran marcharse. Por eso le tengo
tanta admiración a Albert
o. Hubiera podido quedarse en Estados Unidos con un magnífico puesto y prefirió
venir a romperse el alma por el Perú. Ojalá no lo lamente. Él te ha tomado mucho aprecio, ¿te has dado cuenta,
no, Ricardo?
Sí, tío, y yo también a él. La verdad, es muy amabl
e. Gracias a mi sobrino he conocido otras caras de Li
ma. La de los millonarios y la de las barriadas.
Precisamente en ese momento sonó el teléfono y era Alberto Lamiel, que me llamaba.
¿Te gustaría conocer al viejo Arquímedes, el constructor de rompeolas
del que te hablé?
Claro que sí, hombre
le dije, entusiasmado.
Están construyendo un nuevo espigón en La Punta y el ingeniero de la municipalidad es mi amigo Chi
cho Cánepa. Mañana en la mañana, si te parece. Pasaré a buscarte a las ocho. ¿No es muy tem
prano para ti,
no?
Me debo haber vuelto muy viejo, tío Ataúlfo, a pesar de tener sólo cincuenta años
le dije a éste,
cuando colgué el teléfono
. Porque, Alberto, siendo tu sobrino, es en realidad mi primo. Pero él se empeña en
llamarme tío. Debo parecerl
e prehistórico.
No es eso
se rió el tío Ataúlfo
. Como vives en París, le inspiras respeto. Vivir en esa ciudad es toda
una credencial para él, equivale a haber triunfado en la vida.
A la mañana siguiente, puntual como un reloj, Alberto pasó unos minutos
antes de las ocho,
acompañado
del ingeniero Cánepa, encargado de los trabajos en la playa de Cantolao y el muelle de La Punta,
un hombre ya ma
yor, .de anteojos oscuros y con una gran barriga cervecera. Éste se bajó de la camioneta
Cherokee de Alberto y m
e cedió el asiento de adelante. Los dos ingenieros llevaban pantalones vaqueros,
camisas abiertas y casacas de cuero. Me sentí ridículo con mi ternito, mi camisa de cuello y mi corbata junto a
esos caballeros de atuendo deportivo.
Le va a impresionar much
o el viejo Arquímedes
me aseguró el ingeniero amigo de Alberto, al que
éste le decía Chicho
. Es un loco lindo. Lo conozco hace vein
te años y todavía me deja boquiabierto con las
historias que cuenta. Es un mago, ya lo verá. Y un contador de anéc
dotas a
menísimo.
Habría que ponerle una grabadora, te juro, tío Ricardo
empalmó Alberto
. Sus historias de los
rompeolas son macanudas, yo ando siempre jalándole la lengua.
Todavía no me cabe en la cabeza lo que me con
taste, Alberto
dije yo
. Sigo pensando q
ue me has
tado tomando el pelo. Me parece imposible que para cons
truir un espigón en el mar se necesite más un brujo
que un ingeniero.
Pues, mejor créaselo
lanzó una carcajada Chi
cho Cánepa
. Porque, si alguien lo sabe soy yo, por ex
periencia amarg
a.
Le dije que dejara de ustearme, que no era tan viejo, y que a partir de ahora nos tuteáramos.
bamos siguiendo la carretera de la playa, r
bo a Magdalena y San Miguel, al pie de los acantilados
desnu
dos y, a nuestra izquierda, un mar agitado y medio o
culto por la neblina en el que, a pesar de ser todavía
invierno, había algunos tablistas corriendo olas enfundados en sus trajes de goma. Silentes, borrosos,
cabalgaban sobre el mar,
algunos con los brazos en alto y balanceando el cuerpo para guardar el eq
uilibrio.
Chicho Cánepa contó lo que le había ocurrido con uno de los espigones de la Costa Ver
de que acabábamos de
dejar atrás, ese a medio hacer que lucía un mástil en la punta. La Municipalidad de Mira
lores le había
encargado ensanchar la pista y cons
truir dos rompeolas para ganarle una playa al mar. No tuvo ningu
na
dificultad con el primero, que se erigió en el lugar que Arquímedes aconsejó. Chicho quería que el segundo
estu
viera a distancia simétrica del otro, entre los restaurantes Costa Verde y L
a Rosa Náutica. Arquímedes se
obstinó: no iba a resistir, el mar se lo tragaría.
No había ninguna razón para que no resistiera
dijo el ingeniero Cánepa, enfático
. Yo sé de esas co
sas, para eso he estudiado. Las olas y las corrientes eran las mismas que
golpeaban al primero. La línea de ruga,
idén
tica, así como la profundidad del zócalo marino. Los peo
nes me insistieron que le hiciera caso a
Arquímedes, pero me pareció un capricho de un viejo borracho para justi
ficar su sueldo. Y lo construí donde me
pareció. ¡En ma
la hora, amigo Ricardo! Le metí el doble de piedras y de mezcla que al primero, y el maldito se
me arenaba una y otra vez. Provocaba remolinos que alteraban todo el en
torno y creaban corrientes y mareas
que volvieron la playa un peligro pa
ra los bañistas. En menos de seis meses, el mar me hizo trizas el
endemoniado espigón y lo dejó he
cho la ruina que has visto. Cada
ez que paso por ahí me arde la cara. ¡Un
monumento a mi vergüenza! La Munici
palidad me multó y resulté perdiendo plata.
Qué explicación te dio Arquímedes? ¿Por qué no podía construirse ahí el rompeolas?
Las explicaciones que te da no son explicacio
nes
dijo Chicho
. Son cojudeces. Como «El mar no lo
acepta ahí», «Ahí no encaja», «Ahí se va a mover y, si se
mueve, el agua
lo tumba». Huevadas así, sin pies ni
cabe
za. Brujerías, como tú dices, o lo que sea. Pero, después de lo que me pasó en la Costa Verde, yo, calladito,
lo que el viejo diga. En materia de rompeolas, no hay ingeniería que valga: él sabe más.
La verdad, me s
entía impaciente por conocer a esa maravilla de carne y hueso. Alberto dijo que ojalá lo
encontráramos en plena observación del mar. Entonces, Arquímedes se volvía un espectáculo: sentado en la
playa con las piernas cruzadas como un Buda, inmóvil, petrifi
cado, podía pasarse horas escudriñando las aguas,
en esta
do de metafísica comunicación con las fuerzas ocultas de las mareas y los dioses de las honduras
marinas, interro
gándolos, escuchándolos o rezándoles en silencio. Hasta que, por fin, parecía resuci
tar.
Mascullando algo se ponía de pie y, haciendo un enérgico ademán, sentenciaba: «Sí se puede», o «No se
puede», en cuyo caso había que irse a buscar otro lugar propicio para el rompeolas.
Y, entonces, de pronto, a la altura de la placita de
San Miguel e
mpapada por la garúa, sin sospechar la
con
moción que iba a desencadenar en mi intimidad, al ingeniero Chicho Cánepa se le ocurrió decir:
Es un viejo lind
o y fantaseador. Siempre anda
contando extravagancias, porque también le dan delirios
de grandeza. E
n una época se inventó que tenía una hija
en París y que se lo iba a llevar
a vivir allá, con ella, ¡a la
Ciudad Luz!
Fue como si la mañana se hubiera quedado
e re
pente a oscuras. Sentí la acidez que me producía
a ve
ces
una antigua úlcera al duodeno, un
chisporroteo de lu
ces de fogueo en la cabeza, no sé exactamente qué más
sentí pero fueron muchas cosas y, en ese momento, supe por qué, desde que a Alberto Lamiel se le ocurrió
contarme en el Regatas la historia de Arquímedes y los rompeolas de
Lima, habí
a sentido ansiedad, la extraña
comezón que pre
cede a lo inesperado, la premonición de un cataclismo o de un milagro, como si aquella
historia contuviera algo que me concernía profundamente. A duras penas me aguanté las ganas de abrumar a
preguntas a Chich
o Cánepa por lo que acababa de decir.
Apenas bajamos de la camioneta en el malecón Figueredo de La Punta, frente a la playa de Cantolao,
supe quién era Arquímedes sin necesidad de que me lo señala
ran. No se estaba quieto. Caminaba con las
manos en lo
bol
sillos, a la orilla misma donde venían a morir los suaves tumbos en la playita de piedras y
guijarros negros que yo no había vuelto a ver desde mi adolescencia. Era un cholo blancón y misérrimo,
esmirriado, con los pelos ralos y revueltos, alguien que habí
a traspasado seguramente hacía tiempo esa edad
donde comienza la vejez, la anodina esta
ción en la que desaparecen las distancias cronológicas y un hombre
puede tener setenta, ochenta y acaso noventa años sin que se note mucho la diferencia. Vestía una cam
isa azul
raída, en la que apenas quedaba un botón y a la que el vien
to de la fría y gris mañana inflaba, dejando ver e
pecho lampiño y huesudo del viejo, que, algo curvado sobre sí mismo y tropezando en las piedras de la playa,
iba de un lado al otro, da
ndo unas zancadas de garza y amenazando con derrumbarse a cada paso.
¿Ése es, no es cierto?
les pregunté.
Quién va a ser, sino é
dijo Chicho Cánepa, Y, haciendo bocina con las manos, gritó
: ¡Arquímedes!
¡Arquímedes! Ven, aquí hay alguien que quiere c
onocerte. Vino desde Europa para verte la cara, figúrate.
El viejo se detuvo y su cabeza dio un respingo. Nos miró, desconcertado. Luego, asintió y avanzó hacia
noso
tros, haciendo equilibrio sobre las piedras negras y plomi
zas de la. playa. Cuando estuvo
más cerca, pude
verlo mejor. Tenía las mejillas hundidas, como si hubiera perdido toda la dentadura, y le partía el mentón una
hendidura que bien podía ser una cicatriz. Lo más vivo y potente de su persona eran sus ojos, pequeños y
acuosos pero inten
sos
y beligerantes, que miraban sin pestañear, con fijeza insolente. Debía de ser muy viejo,
sí, por las arrugas de su frente y las que rodeaban sus ojos y daban a su cuello la apariencia de una cresta de
gallo, y por las manos nudosas de uñas negras que tendi
ó para saludarnos.
Eres tan famoso, Arquímedes, que, aunque no te lo creas, mi tío Ricardo ha venido desde Francia a co
nocer al gran constructor de rompeolas de Lima
le dijo Alberto, dándole una palmada en la espalda
. Quiere
que le expliques cómo, por
qué, sabes dónde se puede le
vantar un rompeolas y dónde no.
Eso no se explica
me estiró la mano el viejo, despidiendo una lluviecita de saliva al hablar
. Eso se
sien
te en las tripas. Mucho gusto, caballero. ¿Es usted un fran
chute, entonces?
No, soy
peruano. Pero vivo allá hace muchos años.
Tenía una vocecita cascada y aguda y apenas ter
minaba las palabras, como si le faltara el resuello para
pro
nunciar todas las letras. Casi sin hacer una pausa, apenas me hubo saludado se dirigió a Chicho Cánepa:
Lo siento, pero creo que aquí no se va a poder, ingeniero.
Cómo que crees
se enfureció éste, alzando !a voz
. ¿Estás o no estás seguro?
No estoy seguro
reconoció el viejo, incómodo, frunciendo todavía más la cara. Hizo una pausa y,
echan
do una ojeada
veloz al océano, añadió
: Mejor dicho, ni siquiera sé si estoy seguro. No se enoje usted
conmigo, pero hay algo como que me dice que no.
No jodas, pues, Arquímedes
protestó el ingeniero Cánepa, manoteando
. Tienes que darme una
con
clusión categórica. O,
carajo, no te pago.
Es que a veces el mar es una hembra mañosa, de esas que dicen «sí, pero no», «no, pero sí»
se rió el
viejo, abriendo de par en par una bocaza en la que se veían ape
nas dos o tres dientes. Y entonces me di cuenta
de que su aliento es
taba impregnado de un olor fuerte y picante, a algún cañazo o pisco muy recio.
Estás perdiendo tus poderes, Arquímedes
e dio otra palmada afectuosa mi sobrino Alberto
. Antes
nunca dudabas en estas cosas.
No creo que sea así, ingeniero
dijo Arquíme
s, poniéndose muy serio. Señaló con un ademán las
aguas verde grisáceas
. Son cosas del mar, que tiene sus secre
tos, como todo el mundo. Casi siempre me doy
cuenta a la primera luqueada si se puede o no se puede. Pero esta playa de Cantolao es bien jodida
, tiene sus
truquitos y me despista.
La resaca y el ruido de los tumbos al golpear con
tra las piedras de la playa eran muy fuertes y, por
momen
tos, la voz del viejo se me perdía. Le descubrí un tic: de tanto en tanto se llevaba una mano a la nariz y la
obaba, muy rápido, como espantando un insecto.
Se habían acercado un par de hombres con botas y casacas de lona con unas letras amarillas estampadas
que decían «Municipalidad del Callao». Chicho Cánepa y Al
berto hicieron un aparte con ellos. Oí que aquél
les
decía, sin importarle que lo oyera Arquímedes: «Ahora resulta que el pendejo no está seguro si se puede o no
se puede. Así que la decisión tendremos que tomarla nosotros, nomás».
El viejo estaba a mi lado, pero no me miraba. Aho
ra tenía de nuevo la vi
sta clavada en el mar y, al mismo
tiempo, movía despacito los labios, como rezando o ha
blando solo.
Arquímedes, me gustaría invitarlo a almorzar
le dije, en voz baja
. Para que me hable un poco de
los rompeolas. Es un tema que me interesa muchísimo. Ust
ed y yo solos. ¿Aceptaría?
Volvió la cabeza y me clavó su mirada quieta, aho
ra grave. Lo había desconcertado mucho mi invitación.
Una expresión de recelo asomó entre sus arrugas y frunció el ceño:
¿A almorzar?
repitió, confuso
. ¿Adonde?
A donde usted
quiera. A donde le guste. Usted elige el lugar y yo lo invito. ¿Aceptaría?
¿Y, cuándo?
ganó tiempo el viejo, escrután
dome con desconfianza creciente.
Ahora. Hoy, por ejemplo. Digamos que lo re
cojo aquí mismo, a eso de las doce, y nos vamos a almor
zar
juntos donde usted escoja. ¿Aceptaría?
Después de un rato, asintió, sin dejar de mirarme, como si yo, de pronto, me hubiera vuelto una amenaza
para él. «¿Qué demonios puede querer este sujeto conmi
go?», decían sus ojos quietos y líquidos, de un color
par
do amarillento.
Cuando, media hora después, Arquímedes, Alber
to, Chicho Cánepa y los tipos de la Municipalidad del
Callao acabaron de discutir, y mi sobrino y su amigo su
bieron a la camioneta que habían dejado cuadrada en el
malecón Figueredo, les anunci
é que yo me quedaría por aquí. Quería caminar un poco por La Punta,
reco
rda
ndo mi juventud, cuando a veces veníamos con mis amigos del Barrio Alegre a los bailes del Regatas
Unión y a ena
morar a unas mellizas rubiecitas, las Lecca, que vivían cerca de aqu
í y que participaban en los
campeonatos de ve
eros del verano. Luego me regresaría a Miraflores en un taxi. Se
quedaron un poco
sorprendidos, pero, al final, partieron, no sin recomendarme que tuviera mucho cuidado dónde me metía, el
Callao estaba lleno de
pericotes y los atracos y los secuestros estaban a la orden del día últimamente
Di un largo paseo, remontando los malecones Figueredo, Pardo y Wiese. Las grandes casonas de cuaren
ta o cincuenta años atrás lucían descoloridas, mordidas y ensuciadas por l
a humedad y el tiempo, y sus jardines
marchitos. Aunque en franca decadencia, el barrio guar
daba rastros de su antiguo esplendor, como una vieja
ñora que arrastrara consigo una sombra de la belleza que fue. Estuve curioseando las instalaciones de la
cuela Na
val, a través de las rejas. Vi a un grupo de cadetes, con uniformes blancos de diario, desfilando, y a
otro que, a la orilla del embarcadero, ataba los cabos de una lancha al muelle. Y, mientras, todo el tiempo, me
repetía: «Es impo
sible. Es absu
rdo. Un disparate sin pies ni cabeza. Olví
date de esa fantasía, Ricardo
Somocurcio». Era una demen
cia suponer semejante asociación. Pero, al mismo tiempo, recapacitaba: ya me
habían pasado bastantes co
s en la vida para saber que nada era imposible, que
las más estra
falarias e
inverosímiles coincidencias y ocurrencias podían suceder cuando estaba de por medio esa mujercita que era
ahora mi mujer. A pesar de las decenas de años que no volvía por aquí, La Punta no había cambiado tanto como
Miraflores, ten
ía siempre un aire señorial, pasado de mo
da, una pobreza elegante. Ahora entre las casas,
también habían surgido algunos edificios impersonales y opresi
vos, como en mi antiguo barrio, pero eran
escasos y no llegaban a destruir del todo la armonía del con
junto. Las calles estaban casi desiertas, salvo por
alguna que otra sir
vienta que venía de hacer las compras, y alguna que otra ama de casa que empujaba un
cochecito con un niño o ha
bía sacado a su perro a orinar a la orilla del mar.
A las doce llegué de
nuevo a la playa de Cantolao, ahora casi enteramente cubierta por la neblina.
Sorprendí a Arquímedes en la postura en que me lo había descrito Alberto: sentado como un Buda, inmóvil,
mirando fija
mente el mar. Estaba tan quieto que una bandada de ga
viota
s blancas caminaba alrededor de él,
indiferente a su presencia, picoteando entre las piedras en busca de algo de comer. El rumor de la resaca era
más fuerte. A ratos, las gaviotas chillaban al mismo tiempo: un sonido entre ron
co y agudo, a veces estrident
Sí se puede construir el rompeolas
dijo Ar
químedes al verme, con una sonrisita de triunfo. Y chas
queó los dedos
: Al ingeniero Cánepa le voy a dar un alegrón.
¿Ahora sí está usted seguro?
Segurísimo, claro que sí
dijo, moviendo va
rias veces la c
abeza y con un tonito jactancioso. Sus ojitos
brillaban de satisfacción.
Me señaló el mar con absoluta convicción, como indicándome que la evidencia estaba allí para
cualquiera que se dignara verla. Pero yo lo único que veía era una lengua de agua gris ver
dosa, manchada de
espuma, que embestía contra las piedras, provocando un ruido simétri
co y por momentos estruendoso, y se
retiraba dejando unas madejas de yuyos color marrón. La neblina avanzaba y pronto nos iba a envolver.
Me deja usted maravillado, Arq
uímedes. ¡Qué facultades tiene! ¿Qué ha pasado desde esta mañana,
cuando usted dudaba, y ahora, en que por fin está seguro? ¿
Ha visto
algo? ¿Ha oído algo? ¿Ha sido un p
lpito,
una adivinación?
Como vi que el viejo tenía dificultades para incorporarse, lo a
yudé, tomándolo del brazo. Era delgadito,
sin músculos, de huesos blandos, como
a extremidad de un batracio.
He sentido que sí se podía
me explicó Arquímedes, callándose de inmediato, como si ese verbo
pudie
ra aclarar todo el misterio.
Remontamos en si
lencio la empinada playa pedre
gosa, hacia el malecón Figueredo. Al viejo se le hundían
en las piedras, las zapatillas agujereadas y, corno me pare
ció que en cualquier momento se iba a caer, lo cogí
otra vez del brazo para sostenerlo, pero él se zafó, con
un gesto de fastidio.
¿Dónde quiere que vayamos a almorzar, Arquímedes?
Dudó un segundo y, después, señaló hacia el bo
rroso y fantasmal horizonte del Callao.
Allá, en Chucuito, conozco un sitio
dijo, dudando
. El Chim Pum
Callao. Hacen buenos ceviches
, con
pescado fresquito. A veces, el ingeniero Chicho va allá a empujarse unas butifarras.
Estupendo, Arquímedes. Vamos allá. Me gusta mucho el ceviche y hace siglos que no me como una
butifarra.
Mientras caminábamos hacia Chucuito escoltados por una bris
a fría, oyendo los chillidos de las gaviotas y
el estrépito del mar, le dije a Arquímedes que el nombre de ese restaurante
e recordaba a la hinchada del
Sport Boys, el celebérrimo equipo de fútbol del Callao, que, en los par
tidos en el Estadio Nacional,
en la calle
José Díaz, cuando yo era niño, atronaba las tribunas con esa barra estentórea: «¡Chim Pum! ¡Callao! ¡Chim
Pum! ¡Callao!». Y, también, que, pese a todos los años pasados, recordaba siempre a esa pareja milagrosa de
delanteros del Sport Boys, Val
eriano López y Jerónimo Barbadillo, el terror de todos los defen
sores que se
enfrentaban al cuadro de las camisetas rosadas.
A Barbadillo y a Valeriano López los conocí yo de muchachos
dijo el viejo; caminaba algo encogido,
mirando al suelo, y el viento
alborotaba sus pelos ralos y blancuzcos
. Hasta pateamos pelota juntos algunas
veces en el estadio del Potao, donde el Boys entrenaba, o en los descampados del Callao. Antes de que se
hicieran famosos, por supuesto. En esa época, los futbolistas juga
ban
sólo por la gloria. A lo más, les caían
propinas, de cuando en cuando. A mí me gustaba mucho el fútbol. Pero nunca fui buen futbolista, no tenía
resistencia. Me cansaba rápido y llegaba al segundo tiempo jadeando co
mo un perro.
Bueno, usted tiene otras h
abilidades, Arquímedes. Eso que usted domina, dónde construir los rompeo
las, lo sabe muy poca gente en el mundo. Es una geniali
dad sólo suya, le aseguro.
El Chim Pum Callao era una fondita de mala muer
te, en una de las esquinas del Parque José Calvez. L
os
al
rededores estaban llenos de vagos y chiquillos que ven
dían dulces, loterías, maní, manzanas confitadas, en
unos carritos de madera o en tablas tendidas sobre caballetes. Arquímedes debía andar por aquí con
frecuencia, porque saludaba con la mano a l
os transeúntes y algunos perros callejeros vinieron a enredarse en
sus pies. Al entrar al Chim Pum Callao, la patrona del local, una negra gorda con ruleros que atendía detrás del
mostrador, un largo ta
blón apoyado en dos barriles, lo saludó con afecto: «
Hola, viejito rompeolero». Había
unas diez mesitas rústicas, con asientos que eran bancas, y sólo una parte del techo tenía calamina; en la otra,
abierta, se divisaba el cielo
nubos
o y triste del invierno. Una radio tocaba a
odo v
olume
n una salsa de Rubén
Blades: Pedro Navaja. Nos senta
os en una mesa cerca de la puerta, pedimos ceviches, butifa
rras y una
cerveza Pilsen bien helada.
La negra con ru
eros era la única mujer en todo el local. Casi todas las mesas estaban ocupadas, por dos,
tres
o cuatro come
nsales, hombres que debían de trabajar por las cercanías pues algunos tenían los
guardapolvos que lle
van los obreros de los frigoríficos y, en una mesa, al pie de las bancas, había unos cascos y
maletines de electricistas.
¿Qué es lo que usted quería sab
er, caballero?
abrió el fuego Arquímedes. Me miraba lleno de curio
sidad y, a intervalos sincrónicos, se llevaba la mano a la nariz, para sobársela y espantar al inexistente insecto
.
A qué debo esta invitación, quiero decir.
Cómo descubrió que tenía ust
ed esa facultad pa
ra adivinar las intenciones del mar
le pregunté
.
¿De niño? ¿De joven? Cuénteme. Todo lo que me pueda decir al respecto me interesa mucho.
Se encogió de hombros, como si no recordara o co
mo si la cosa no mereciera que se ocuparan de el
la.
Mur
muró que alguna vez un periodista de La Crónica había venido a entrevistarlo sobre eso y pareció que
enmudecía. Por fin, murmuró: «No son cosas que pasan por mi cabe
za y por eso no puedo explicarlo. Sé dónde
se puede y dón
de no. Pero, hay veces q
ue me quedo en ayunas. Quiero decir, no siento nada». Volvió a
quedarse callado un buen rato. Sin embargo, apenas trajeron la cerveza y brindamos y nos tomamos un trago,
se lanzó a hablar y a contarme su vida, con bastante desenvoltura. No había nacido en
Lima, sino en la sierra, en
Fallanca, pero su familia bajó a la costa cuando él estaba apenas empezando a caminar, de manera que no tenía
ningún recuerdo de la sierra y era como si hubiera nacido en el Callao. Se sentía un chalaco cabal, de corazón.
Había
aprendido a leer y escribir en la Escuela Fiscal Número 5, de Bellavista, pero no terminó ni siquiera la
primaria porque, para «parar la olla de la fa
milia», su padre lo puso a trabajar de vendedor de helados, en un
triciclo de una heladería famosísima, y
a desapare
cida, que estaba en la avenida Sáenz Peña: La Deliciosa.
De
niño y de joven había sido un poco de todo, ayudante de carpintero, albañil, mandadero de una agencia de
adua
nas, hasta que por fin entró a trabajar como ayudante de una lancha pesque
ra, que tenía su base en el
Terminal Marítimo. Ahí empezó a descubrir, sin darse cuenta có
mo ni por qué, que él y el mar «se entendían
como dos yuntas». Sabía olfatear antes que nadie dónde había que tirar las redes porque allí vendrían a buscar
comida lo
s ban
cos de anchoveta y también dónde no, porque allí las malaguas espantarían a los peces y no
picaría el anzuelo ni un mísero bagre. Se acordaba muy bien de la primera vez que ayudó a construir un espigón
en el mar del Callao, a la al
tura de La Perla,
más o menos donde termina la avenida de las Palmeras. Todos los
esfuerzos de los maestros de obra para que la estructura resistiera el oleaje fueron inútiles. «¿Qué mierda pasa,
por qué se arena todo el tiempo esta maldita cojudez?» El contratista, un chin
ocholo chiclayano cascarrabias, se
jalaba los pelos y mandaba a la concha de su madre al mar y a todo el mundo. Pero, por más que puteara y
carajeara, el mar decía nones. Y, cuando el mar dice nones, es nones, caballero. En esa época él no había
cumplido a
ún veinte años y andaba saltón porque todavía podían levarlo para el servicio militar.
Entonces, Arquímedes se había puesto a pensar, a reflexionar, y, en lugar de putearlo, se le ocurrió
«hablarle al mar». Más todavía que eso, «a escucharlo como se escu
ha a un amigo». Se llevó la mano a la oreja
y adoptó una expresión atenta y sometida, como si ahora mismo estu
viera recibiendo las confidencias secretas
del océano
na vez, el párroco de la iglesita del Carmen de la Legua le había dicho: «¿Tú sabes a quié
escuchas, Arquímedes? A Dios. El te dicta esas cosas sabias que dices sobre el mar». Bueno, tal vez, tal vez Dios
vivía en el mar. Y así fue, pues. Se pu
so a escuchar y entonces sí, caballero, el mar le hizo sentir
que, si en vez de
levantarlo ahí, dond
e no quería, lo plan
taban cincuenta metros más al norte, hacia La Punta, «el mar se
resignaría al rompeolas», fue y se lo dijo al maes
tro de obras. El chiclayano, primero, se cagó de risa, co
mo era
de suponer. Pero, después, de pura desesperación, dijo:
«Probemos, maldita sea». Probaron en el sitio que
sugirió Arquímedes y el rompeolas le paró los machos al mar. Ahí estaba todavía, enterito, resistiendo los
clones. Se corrió la voz y Arquímedes se fue haciendo fama de «brujo», de «mago», de «rompeolero».
Desde
entonces, no se hacía un rompeolas en toda la bahía de Lima sin que los maestros de obra o los ingenieros lo
consultaran. No sólo en Lima. A él lo habían llevado a Cañete, a Pisco, a Supe, a Chincha, a un montón de sitios,
para que asesora
ra en la
construcción de espigones. Tenía el orgullo de decir que, en toda su larga vida
profesional, muy pocas veces se había equivocado. Aunque algunas sí, porque el único que no se equivoca
nunca es Dios, y tal vez el Dia
blo, caballero.
El ceviche ardía como si
el ají que llevaba fuera rocoto arequipeño. Cuando la botella de cerveza quedó
va
cía, pedí otra, que nos tomamos despacio, saboreando unas excelentes butifarras de chancho en pan francés,
bien acom
pañadas de una salsa de lechuga, cebollas y ají. Animado
por lo:, vasos de cerveza, en uno de los
silencios de Arquí
medes, me atreví p
r fin a hacerle la pregunta que me que
maba la garganta hacía tres horas
Me han dicho que tien
usted una hija en París. ;Es cierto, Arquímedes?
Se me quedó mirando, intrigado
de que yo estu
viera al tanto de esas intimidades de la familia. Y, poco a
poco,
a expresión distendida que tenía se le fue avina
grando. Antes de contestarme, se sobó la nariz con furia y
espantó con un latigazo de su mano al invisible insecto.
esa
descastada, no quiero saber nada
Gruñó
Y
menos
hablar de ella, caballero. Le juro que si,
arrepentida, viniera a verme, le cerraría en la nariz la puer
ta di1 mi casa.
Al verlo tan enojado, le pedí excusas por mi impert
nencia. Había oído decir a uno d
e los ingenieros de
esta mañana lo de su hija, y, como yo vivía también en París, me dio curiosidad, pensé que a lo mejor la conocía.
No habría mencionado el asunto si hubiera sospechado que a él lo fastidiaba.
Sin responder nada a mis explicaciones, Arquí
medes siguió dando cuenta de su butifarra y bebiendo
traguitos de cerveza. Como casi no le quedaban dientes, masti
caba con dificultad, haciendo ruidos con la
lengua, y se demoraba en tragar cada bocado. Incómodo con el largo silencio, convencido de que ha
bía
cometido un error pre
guntándole por su hija
¿qué esperabas oír, Ricardito?
, alcé la mano para llamar a la
negra con ruleros a pedirle la cuenta. Y, en ese mismo momento, Arquímedes se lanzó otra vez a hablar:
Porque ésa es una descastada, se lo jur
afirmó, la cara fruncida en una expresión muy severa
. Ni
para el entierro de su madre mandó plata. Una egoísta, eso es lo que es. Se fue allá y nos dio la espalda. Se
creerá muy arriba y que eso le da derecho a despreciarnos, ahora. Como si no llevara
en sus venas la misma
sangre de su padre y su madre.
Estaba hecho una verdadera furia. Al hablar, hacía unas muecas que le arrugaban más la cara. Murmuré
de nuevo que sentía haberle tocado ese tema, no era ni in
tención hacerle pasar un mal rato, que hablá
ramos
de otra cosa. Pero él no me escuchaba. En sus ojos fijos, las pupi
las brillaban, líquidas e incandescentes.
Yo me rebajé a pedirle que me llevara allá, cuan
do hubiera podido ordenárselo, para eso soy su padre
dijo, golpeando la mesa. Los labios l
e temblaban
. Me re
bajé, me humillé. Ella no tenía que mantenerme,
nada de eso. Yo trabajaría en lo que fuera. Por ejemplo, ayudando a construir los rompeolas. ¿No se construyen
rompeolas, allá en París? Bueno, pues, entonces yo podía trabajar allá en eso
. Si soy bueno aquí, por qué no
allá. Lo único que le mendigué fue el pasaje. No para su madre, ño para sus hermanos. Sólo a mí. Yo me
rompería el lomo, ganaría, ahorraría e iría llevando al resto de la familia poco a po
co. ¿Era mucho pedir? Era
poco, cas
i nada. ¿Y cuál rué su proceder? No contestarme más una carta. Ni una, nunca más, como si la
espantara la idea de verme caer por allá. ¿Es eso lo que hace una hija? Yo sé por qué digo que se vol
vió una
descastada, caballero.
A la negra con ruleros que se
había acercado a la mesa contoneándose como una pantera, en vez de la
cuen
ta le pedí otra cerveza bien fría. El viejo Arquímedes había hablado tan alto que de varias mesas se
volvieron a mirarlo. Él, al darse cuenta, disimuló, tosiendo, y bajó la voz.
principio sí se acordaba de su familia, eso también hay que decirlo. Bueno, muy de cuando en cuan
do, pero algo es mejor que nada
prosiguió, más calma
. No cuando estaba en Cuba; allá, parece, por las
cosas de la política, no podía escribir cartas. Es
o es al menos lo que dijo después, cuando se fue a vivir a Francia,
ya casa
da. Entonces, sí, de vez en cuando, para Fiestas Patrias, o mi cumpleaños, o para las Navidades,
mandaba una carta y un chequecito. Qué trajines para cobrarlo. Llevar al banco pape
les de identidad y en el
banco se tiraban no sé cuánto en comisiones. Pero, en fin, en esa época, aunque muy de tarde en tarde, se
acordaba que tenía una familia. Hasta que le pedí el pasaje para Francia. Ahí cortó. Nunca más. Hasta hoy.
Como si toda su pa
rentela se hubiera muerto. Nos enterró, le digo. Ni siquiera cuando uno de sus hermanos le
escribió pidiendo ayuda, para ponerle una lápi
da de mármol a su madre, se dignó contestar.
Serví a Arquímedes un vaso de la espumosa cerve
za que la negra de los ru
leros acababa de traer y me
serví otro. Cuba, casada en París: qué duda podía caber. Quién sino ella. Ahora, yo me había puesto a temblar.
Me sentía desasosegado, como si de la boca del viejo fuera a salir en cualquier momento una revelación
terrible. Dije
«Salud, Arquímedes» y los dos bebimos un largo trago. Desde mi posición podía ver una de las
zapatillas agujereadas del viejo, por la que asomaba un tobillo nudoso, con costras o suciedades, entre las que
caminaba una hormiguita que él parecía no sentir.
¿Era posible semejante coincidencia? Sí, lo era. Ahora no me
cabía la menor duda.
Yo creo que la conocí, alguna vez
dije, simu
lando hablar por hablar, sin ningún interés personal
¿Su hija estuvo becada en Cuba por un tiempo, no? ¿Y, después, se casó c
on un diplomático francés, cierto? Un
señor que se apellidaba Arnoux, si no me equivoco.
No sé si era diplomático o qué, ella ni siquiera nos mandó una fotografía
respingó Arquímedes, ma
noteando su nariz
. Pero, era un franchute importante y ganaba buen
a plata, eso me dijeron. ¿No tiene, en
esos casos, una hija, obligaciones con la familia? Sobre todo, si su familia es pobre y pasa penalidades.
Volvió a tomar otro traguito de cerveza y quedó ensimismado, un buen rato. Una música chicha, desafi
nada y mon
ótona, entonada por Los Shapis reemplazó a la salsa. En la mesa del lado, los electricistas hablab
an
de las carreras de caballos del domingo y uno de ellos juró: «En la tercera, Cleopatra es una fija». De pronto,
acordán
dose de algo, Arquímedes levantó la
cabeza y me clavó sus ojitos afiebrados:
¿Usted la conoció?
Creo que sí, vagamente.
El tipo ese, el franchute, ¿tenía mucha plata, de
veras?
No lo sé. Si hablamos de la misma persona, era un funcionario de la Unesco. Una buena posición, sin
duda. Su h
ija, las veces que la vi, estaba siempre muy bien vestida. Era una mujer guapa y elegante.
Otilita siempre soñó con lo que no tenía, desde chiquita
dijo Arquímedes, de pronto, dulcificando la
voz y esbozando una inesperada sonrisa llena de indul
gencia
Era muy viva, en el colegio sacaba premios. Eso
sí, tenía delirios de grandeza desde que nació. No se con
formaba con su suerte.
No pude contener la carcajada y el viejo se me quedó mirando, desconcertado. Lily la chilenita, la
camarada Arlette, madame Ro
bert Arnoux, Mrs. Richardson, Kuriko y madame Ricardo Somocurcio, se llamaba,
en realidad, Otilia. Otilita. Qué risa.
Nunca me hubiera imaginado que se llamaba Otilia
le expliqué
. Yo la conocí con otro nombre, el
de su marido. Madame Robert Arnoux. En F
rancia se usa así, cuando una mujer se casa adopta el nombre y el
ape
llido de su marido.
Vaya costumbres
comentó Arquímedes, sonriendo y alzando los hombros
. ¿Hace mucho que no la
ve?
Mucho, sí. No sé siquiera si vive todavía en Pa
rís. Siempre que se
trate de la misma persona, claro. La
peruana que le digo había estado en Cuba y se casó allá, en La Habana, con un diplomático francés. Él se la llevó
luego a vivir a París, en los años sesenta. Allí nos vimos por última vez hará cuatro o cinco años. Recu
erdo que
blaba mucho de Miraflores, decía que había pasado su in
fancia en ese barrio.
El viejo asintió. En su mirada acuosa, la nostalgia había desplazado a la furia. Tenía el vaso de cerveza en
el aire y soplaba la espuma del borde, despacito, igualán
dola.
Es la misma
afirmó, asintiendo varias veces a la vez que se sobaba la nariz
. Otilita vivió en
Miraflores cuando era chiquilla, porque su madre trabajó de cocine
ra en una familia que vivía por allá. Los
señores Arenas.
¿En la calle Esperanza?
regunté.
El viejo asintió, clavándome los ojos, sorprendido.
¿Eso también lo sabe usted? ¿Cómo es que sabe tantas cosas de Otilita?
Pensé: «¿Cómo reaccionaría si le digo: Porque ella es mi mujer?».
Bueno, ya se lo dije. Su hija se acordaba siem
pre de Mi
raflores y de su casita de la calle Esperanza. Es
un barrio donde yo viví de chico, también.
Detrás del mostrador, la negra con ruleros seguía los compases dislocados de Los Shapis moviendo la
cabe
za a uno y otro lado. Arquímedes bebió un largo trago y qu
edó un bozal de espuma alrededor de sus labios
didos.
Desde que era de este tamaño, Otilita se avergonzaba de nosotros
dijo, enfureciéndose otra vez
Ella quería ser como los blancos y los ricos. Era una chiqui
lla resabida, llena de mañas. Bastante
despierta, pero
de armas tomar. No cualquiera se manda mudar al extranjero sin tener un cobre, como hizo ella. Una vez ganó
un concurso, en Radio América. Imitando a los mexicanos, i los chilenos, a los argentinos. Y tenía apenas nueve
o diez años, creo.
Como premio, le regalaron unos patines. Se conquistó a la familia esa donde su madre
trabajaba de co
cinera. Los señores Arenas. Se los ganó, le digo. La trataban como a una niñita de la casa. La
dejaban ser amiga de su
ija. La maleducaron, pues. Desde en
tonces, se avergonza
ba más de ser hija de su
madre y de su padre. O sea, desde chiquillita se veía lo descastada que sería de grande.
De pronto, a estas alturas de la conversación, em
pecé a sentirme hastiado. ¿Qué hacía aquí, metiendo la
nariz en esas in
timidades sórdidas? ¿Qué más quenas sa
ber, Ricardito? ¿Para qué? Empecé a buscar un
pretexto para despedirme, porque, de repente, el Chim Pum Ca
llao se volvió una jaula. Arquímedes seguía
hablando de su familia. Todo lo que contaba me deprimía y entriste
cía más. Por lo visto, tenía un montón de
hijos, en tres mu
jeres diferentes, «todos reconocidos». Otilita era la hija primogénita de su primera mujer, ya
fallecida. «Dar de comer a doce bocas, mata», repetía, con expresión resigna
da. «A mí, me ha ido mol
iendo. No
sé cómo tengo fuer
zas todavía para seguir ganándome el pan, caballero.» En efecto, se lo veía gastado y frágil.
Sólo sus ojos, vivos y dis
puestos, mostraban voluntad de continuar; el resto de su cuerpo parecía vencido y
acobardado.
Debían de ha
ber pasado lo menos dos horas desde que entramos al Chim Pum Callao. Todas las mesas,
sal
vo la nuestra, se habían quedado vacías. La patrona apagó la radio, insinuando que era hora de cerrar. Pedí la
cuen
ta, pagué, y, al salir a la calle, le rogué a Arqu
ímedes que me aceptara como regalo un billete de cien
dólares.
Si alguna
ez se vuelve usted a topar allá en Pa
rís con Otilita, dígale que se acuerde de su padre y que
no sea tan mala hija, que en la otra vida la pueden castigar
me dio la mano el viejo.
Se quedó mirando el billete de cien dólares como si fuera un objeto caído del cielo. Creí que iba a llorar
de la emoción. Balbuceó: «¡Cien dólares! Dios se lo pagara, caballero». Yo pensé: «¿Y si le dijera: Es usted mi
suegro, Arquímedes, figúrese?».
Cuan
do, en la misma plaza José Calvez, después de un rato apareció un taxi destartalado al que paré por
señas, una nube de chiquillos desarrapados me rodeaba, con las manos estiradas, pidiendo limosna. Le indiqué
al chofer que me llevara a la calle Esperanza,
en Miraflores.
En el largo trayecto, en la carcocha humeante y traqueteante, lamenté haber provocado aquella
conversa
ción con Arquímedes. Me sentía apenado hasta los huesos pensando en lo que debía de haber sido la
niñez de Otilita en una de esas barriada
s del Callao. Sabiendo que me era imposible acercarme a una realidad
tan remota de la mira
ri
na que me había tocado la suerte de vivir, la imaginaba de pequeñita, en la
promiscuidad y la mugre de esas casuchas contrahechas de las orillas del Rímac
al pa
sar junto, a ellas, el taxi
se llenó de moscas
donde las vivienda? se confundían con las pirámides de basuras acumuladas allí quién
sabe desde cuándo, y la escasez, la pre
cariedad, la i
eguridad de cada día, hasta que, regalo pro
videncial,
había conseg
uido la madre aquel trabajo de cocinera, en una familia de clase media, en un barrio residencial,
adonde había conseguido arrastrar a su hija mayor. Imaginaba las mañas, mimos, gracias, de que Otilita, la niña
dotada de un instinto excepcionalmente desarro
llado para la supervivencia y la adaptación, se fue valiendo
hasta conquistar a los dueños de casa. Primero, se reirían de ella; luego, les caería en gracia lo vivaracha que era
la hijita de la cocinera. Le regalarían los zapatitos, los vestiditos, que ib
an quedando chicos a la verdadera n
iña
de la casa, a Lucy, la otra chilenita. De este modo, la hi
jit
a de Arquímedes habría ido trepando, consiguiendo un
lugar
cito en la familia Arenas. Hasta que, al fin, alcanzaría el derecho de poder jugar, salir, de igu
al a igual,
como una amiga, como una hermana, con la niña de la casa, aunque ésta fuera a un co
legio privado y ella a una
escue
lita
isca
Ahora sí estaba claro, después de treinta años, por qué la chilenita Lily de mi infancia no quería
tener enamorado n
i invitaba a nadie a su casa de la calle Esperanza. Y, sobre todo, estaba clarísimo por qué
había decidido montar aquel teatro, desperuanizarse, transubstanciarse en una chileni
ta para ser admitida en
Mira
lores. Me sentía enternecido hasta las lágrimas.
Estaba loco de impaciencia por tener a mi mujer en mis
brazos, quería acariciarla, mimarla, pedir
le perdón por la infancia que tuvo, hacerle cosquillas, con
tarle chistes,
hacer el payaso para escucharla reír, prome
terle que nunca volvería a sufrir.
La c
alle Esperanza no había cambiado tanto. La recorrí dos veces, de la avenida Larco hasta el Zanjón, ida
y vuelta. La librería Minerva seguía en la esquina frente al Parque Central, aunque ya no estaba en ella, detrás
del mostrador, atendiendo a los clientes
, aquella señora italiana de cabellos blancos, siempre tan seria, la viuda
de José Carlos Mariátegui. No existía ya el Gambrinus, el restaurante alemán, ni la tienda de cintas y botones
donde alguna vez acompañé a hacer compras a la tía Alberta. Pero el ed
ificio de tres pisos donde vivían las
chilenitas seguía allí. Angosto, apretado entre una casa y otro edificio, descolorido, con sus balconcitos de
pasamanos de madera, se lo veía pobretón y anticuado. En ese departamento de cuartos oscuros y estrechos,
aquel huequito junto a la cocina que sería el cuarto de la servidumbre y donde su madre le tendería cada
noche un colchón en el suelo, Otilita habría sido infinitamente menos desdichada que en la casa de
Arquímedes. Y, acaso, aquí mismo, cuando era todaví
a una mocosita impúber, tomó ya la temeraria decisión de
salir adelante, haciendo lo que fuera, de dejar de ser Otilita la hija de la cocinera y el constructor de rompeolas,
de huir para siempre de esa trampa, cárcel y maldición que era para ella el Perú,
y partir lejos, y ser rica
sobre
todo eso: rica, riquísima
, aunque
para ello tuviera que hacer las peores travesuras, correr los riesgos más
temibles, cualquier cosa, hasta convertirse en una mujercita fría, desamorada, calculadora, cruel. Sólo lo había
conseguido por cortos períodos y lo había pagado ca
rísimo, dejando pedazos de su piel y de su alma en el cami
no. Cuando la recordé, en el peor período de sus crisis, sen
tada en el excusado, temblando de miedo, prendida
de mi mano, tuve que hacer un gran
esfuerzo para no llorar. Claro que tenías razón, niña mala, de no querer
volver al Perú, de odiar al país que te recordaba todo lo que habías aceptado, padecido y hecho para escapar de
él. Hiciste muy bien en no acompañarme en este viaje, amor mío.
Di un
largo paseo por las calles de Miraflores siguiendo los itinerarios de mi juventud: el Parque Central,
la avenida Larco, el Parque Salazar, los malecones. Tenía el pecho estrujado por la urgencia de verla, de oír su
voz. Por supuesto, nunca le diría que hab
ía conocido a su pro
genitor. Por supuesto, jamás le confesaría que
sabía su ver
dadero nombre. Otilia, Otilita, qué risa, no le iba para na
da. Por supuesto, me olvidaría de
Arquímedes y de todo lo que le había escuchado esta mañana.
Cuando llegué a su ca
sa, el tío Ataúlfo estaba ya acostado. La viejita Anastasia me había dejado la comida
servida en la mesa, bajo una cubierta para que se conser
vara caliente. Comí sólo un bocado y, apenas me levan
té de la mesa, fui a encerrarme en la salita. Me molestaba
hacer una llamada internacional, porque sabía que el
tío Ataúlfo no me dejaría pagársela, pero tenía tanta n
cesidad de hablar con la niña mala, de oír su voz, de
cirle que la extrañaba, que me decidí. Sentado en el sillón de la esquina en el que el tío
Ataúlfo leía sus
periódicos, donde estaba la mesita del teléfono, con la habitación a oscuras, la llamé. El teléfono repiqueteó
varias veces sin que nadie lo levantara. ¡La diferencia de horas, claro! En París eran
las cuatro de la madrugada.
Pero, precisa
mente, era impo
sible que la chilenita
Otilia, Otilita, qué risa
no oye
ra el teléfono. Si estaba en
el velador, junto a su oreja. Y ella tenía el sueño muy ligero. La única explicación era que hu
biera salido en uno
de esos viajes de trabajo a los que l
a enviaba Martine. Subí a mi cuarto arrastrando los pies, frus
trado y tristón.
Por supuesto, no pude pegar los ojos por
que cada vez que sentía llegar el sueño, me despertaba, sobresaltado y
lúcido, viendo dibujarse en las sombras el rostro de Arquímedes,
mirándome burlón y repitiendo el nombre de
su hija mayor: Otilita, Otilia. ¿Sería posible que? No, una idea estúpida, un ataque de celos ridículos en un
cincuentón. ¿Otro jueguecito, para tenerte intran
quilo, Ricardito? Imposible, cómo hubiera podido sos
char
ella que la ibas a llamar por teléfono hoy, a estas ho
ras de la noche. La explicación lógica era que no estaba en
casa porque había salido en viaje de trabajo, a Biarritz, a Niza, a Cannes, a cualquiera de esas ciudades balneario
don
de se celebra
ban convenciones, conferencias, encuentros, bodas y demás pretextos que buscaban los
franceses para beber y comer como heliogábalos.
La seguí llamando los tres días siguientes y nunca contestó el teléfono. Consumido por los celos, ya no vi
nada, ni a nadie
, y sólo conté los días eternos que faltaban para tomar el avión de vuelta a Europa. El tío Ataúlfo
ad
virtió mi nerviosismo, a pesar de que yo exageraba los es
fuerzos por parecer normal, y a
so justamente por
eso. Se limitó a preguntarme dos o tres vece
s si no me sentía bien, porque apenas probaba bocado y porque no
acepté una invitación a salir a comer y a una peña criolla a escu
char a mi cantante preferida, Cecilia Barraza,
que me hizo el amable Alberto Lamiel.
Al cuarto día partí de regreso a París.
El tío Ataúl
fo escribió
a la niña mala de su puño y letra una carta
pidiéndole perdón por haberle robado a su marido estas dos semanitas, pero, añadía, esta visita del sobrino
había sido milagrosa, lo había ayudado a sortear un mal trance y ase
gurado una
larga longevidad. No dormí, no
comí, las casi dieciocho horas que tomó el vuelo, por una larguísima es
cala del avión de Air France en Pointe
Pitre, para repa
rar una avería. ¿Qué me esperaría esta vez, al abrir la puer
ta de mi departamento de la École
Militaire? ¿Otra cartita de la niña mala, diciéndome, con la frialdad de antaño, que había decidido partir porque
ya estaba harta de esa aburrida vida de ama de casa pequeñoburguesa, cansada de preparar desayunos y
tender camas? ¿Podía seguir con esas gra
cias, a su edad?
No. Cuando abrí la puerta del departamento de Joseph Granier
la mano me temblaba y no conseguía
encajar la llave en la cerradura
, ahí estaba ella, esperán
dome. Me abrió los brazos con una gran sonrisa:
¡Por fin! Ya me estaba cansando d
e andar sólita y abandonada.
Se había vestido como para una fiesta, con un ves
tido muy escotado y los hombros al aire. Cuando le pre
gunté a qué se debían esas elegancias, me dijo, mordis
queándome los labios:
A ti, tonto, a quién se van a deber. Te he e
stado esperando desde la mañanita, llamando a Air France
todo el tiempo. Me dijeron que el avión se había quedado va
rias horas en la Guadalupe. A ver, déjame ver
cómo
han tratado en Lima. Vienes con más canas, me parece. De
anto extrañarme, supongo.
arecía contenta de verme y yo me sentía obviado y avergonzado. Me preguntó si quería tomar, comer
algo, y, como me vio bostezando, me empujó hacia el dormitorio: «Anda, anda, échate a dormir un rato, yo me
ocupo de tu maleta». Me quité los zapatos, el pant
alón y la camisa
y, simulando dormir, la espié con los ojos
entrecerrados. Desempacaba despacio, concentrada en lo que hacía, con mucho orden. Iba separando la ropa
sucia y la metía en una bolsa que luego llevaría a la lavandería. La limpia, la acomodaba c
uidadosamente en el
clóset. Las medias, los pañuelos, el terno, la corbata. De tanto en tanto echaba una mirada a la cama y me
parecía que su expresión se tranquilizaba al verme allí. Tenía cuarenta y ocho años y nadie lo creería viendo su
silueta de model
o. Estaba muy bonita con ese vestido verde claro, que dejaba sus hom
bros y parte de su
espalda desnuda, y maquillada con tan
to esmero. Se movía despacio, con gracia. En una de ésas la vi acercarse
yo cerré los ojos del todo y entreabrí la boca, simuland
o dormir
y sentí que me cubría con la col
cha. ¿Podía
ser una farsa todo aquello? Jamás de los ja
mases. Pero, por qué no, con ella la vida podía volverse en cualquier
momento teatro, ficción. ¿Le preguntaría por qué no me había contestado el teléfono est
os últimos días?
¿Trataría de averiguar si había estado en viaje de trabajo? ¿O, mejor, te olvidabas de ese asunto y te sumergías
en es
ta tierna mentira de la felicidad doméstica? Sentía un can
sancio infinito. Más tarde, cuando estaba
empezando a pescar
el sueño de verdad, la sentí que se echaba a mi la
do. «Qué tonta, te he despertado.»
Estaba vuelta hacia mí, y con una de sus manos me revolvía los cabellos. «Estás llenándote de canas, viejito», se
rió. Se había quitado el ves
tido y los zapatos y la ena
gua que llevaba era de un tono mate claro, parecido al de
su piel.
Te he extrañado
me dijo, de pronto, ponién
dose muy seria. Me clavaba sus ojos color miel de una
manera que, de golpe, me recordó la mirada fija del cons
tructor de rompeolas
. En las noc
hes, no podía
dormir, pensando en ti. Casi todas las noches me he masturbado, imaginando que me hacías venirme con tu
boca. Una noche llore, pensando que re podía pasar algo, una enferme
dad, un accidente. Que me llamarías
para decirme que ha
bías decidido
quedarte en Lima con una peruanita y que no te vería más.
Nuestros cuerpos no se tocaban. Ella tenía siem
pre su mano sobre mi cabeza, pero, ahora, pasaba las ye
mas de sus dedos sobre mis cejas, mi boca, como para ve
rificar que estaban de verdad allí. S
us ojos seguían
muy serios. Había en el fondo de sus pupilas un brillo acuoso, como si estuviera conteniéndose las ganas de
llorar.
Una vez, hace un montón de años, en este mis
mo cuarto me preguntaste qué era para mí la felicidad,
¿te acuerdas, niño buen
o? Y yo te dije que era el dinero, en
contrar un hombre poderoso y muy rico. Me
equivocaba. Ahora sé que tú eres para mí la felicidad.
Y, en ese momento, cuando iba a tomarla en mis brazos porque los ojos se le habían llenado de lágrimas,
la campanilla del
teléfono repiqueteó, haciéndonos dar un pequeño brinco a los dos.
¡Ah, por fin!
exclamó la niña mala, levantan
do el fono
. El maldito teléfono. Lo arreglaron. Oui, oui,
monsieur.
a marche tres bien, maintenant! Merci.
Antes de que colgara yo había sal
tado sobre ella y la abrazaba, apretándola con todas mis fuerzas. La
besaba con furia, con ternura, se me atr
pellaba la voz mientras le decía:
¿Sabes qué es lo más bonito, lo que más me ha alegrado de todas esas cosas que me has dicho,
chil
ita? «Oui, o
ui, monsieur.
a marche tres bien,
intena
Ella se echó a reír y murmuró que era la huachafería menos romántica de todas las que le había dicho
hasta ahora. Mientras la desnudaba y me desnudaba yo, le dije al oído, sin dejar un momento de besarla: «Te
llame cua
tro días seguidos, a todas horas, de noche, al amanecer,
y, como no contestabas, me volví loco de
desesperación. No comí, no viví, hasta ver que no te habías ido, que no estabas con un amante. Me ha vuelto la
vida al cuerpo, niña mala». La oía r
etorcerse con las carcajadas. Cuando me obligó con sus dos manos a
apartarle la cara para mi
rarme a los ojos, todavía la risa le impedía hablar. «¿De veras estabas loco de celos?
Qué buena noticia, todavía es
tás enamorado de mí como un becerro, niño buen
o.» Fue la primera vez que
hicimos el amor sin dejar de reírnos.
Al fin, nos quedamos dormidos, entreverados y fe
lices. En el sueño, de tanto en tanto, yo abría los ojos
para verla. Nunca sería tan dichoso como ahora, jamás volvería a sentirme tan colmado
. Nos despertamos ya de
noche y, luego de ducharnos y vestirnos, llevé a la niña mala a ce
nar a La Closerie des Lilas, donde, como dos
amantes en luna de miel, nos hablábamos bajito, mirándonos a los ojos, tomados de la mano, sonriendo,
besándonos, mien
ras bebíamos una botella de champagne. «Dime alguna cosa bonita», me rogaba ella, de
tanto en tanto.
Al salir de La Closerie des Lilas, en la pequeña placita donde la estatua del Mariscal Ney amenaza con su
sable a las estrellas, a orillas de l'avenue de l
'Observatoire, sentados en una banca, había dos clochards. La niña
mala se detuvo y me los señaló:
¿Es ése, el de la derecha, el clochard que te salvó la vida esa noche, en el Pont Mirabeau, no es cierto?
No, no creo que fuera él.
Sí, sí
taconeó ella, e
nojada, ansiosa
. Es él, dime que sí es él, Ricardo.
Sí, sí, fue él, tienes razón.
Dame toda la plata que tengas en la ca
rt
era
me ordenó
. Los billetes y el sencillo también.
Hice lo que me pedía. Ella, entonces, con el di
nero en la mano, se acercó a l
os dos clochards. La miraron
omo a un bicho raro, me imagino, pues estaba dema
siado oscuro para verles las caras. Inclinada sobre él, la vi
hablarle, entregarle el dinero, y, finalmente, vaya sorpresa, besar al clochard
n las mejillas. Luego vino hacia
mí, son
riendo como una niña que acaba de hacer una buena ac
ción. Se cogió de mi brazo y echamos a andar
por el boulevard Montparnasse. Hasta la École Militaire teníamos una buena media hora de marcha. Pero no
hacía frío y no iba a llover.
Ese clochard c
reerá que ha tenido un sueño, que se le apareció un hada caída del cielo. ¿Qué le dijiste?
Muchas gracias, señor clochard, por haberle sal
vado la vida a mi felicidad.
Te estás volviendo huachafita tú también, niña mala
la besé en los labios
. Dime otra
, otra, por
favor.
VII
Marcella en Lavapiés
Hace cincuenta años el barrio madrileño de Lava
piés, antaño enclave de judíos y moriscos, era considera
do todavía uno de los barrios más castizos de Madrid, donde se conservaban, como curiosidades arqueológ
icas,
el chulapo y la chulapa y demás personajes de las zarzuelas, guapos de chaleco, gorra, pañuelo al cuello y
pantalones ajustados, y manólas embutidas en vestidos de lunares, grandes aretes y sombrillas y pañuelos
ceñidos sobre unas cabelleras recogida
s en moños esculturales.
Cuando vine a vivir en Lavapiés, el barrio había cambiado de tal manera que a ratos me preguntaba si en
esa Babel quedaba todavía algún madrileño de cepa o to
dos los vecinos éramos, como Marcella y yo,
madrileños importados. Los e
spañoles del barrio procedían de todos los rincones de España y con sus acentos y
su variedad de tipos físicos contribuían a dar a esa mazamorra de ra
zas, lenguas, dejes, costumbres, atuendos y
nostalgias de Lavapiés el semblante de un microcosmos. La geo
grafía humana del planeta parecía representada
en su puñado de manzanas.
Al salir de la calle Ave M
ría, donde vivíamos en el tercer piso de un edificio descolorido y averiado, se
llaba uno en una Babilonia en la que convivían mercade
res chinos y paqui
staníes, lavanderías y tiendas
hindúes, saloncitos de té marroquíes, bares repletos de sudamerica
nos, narcos colombianos y africanos y, por
doquier, fo
mando
upos en los zaguanes y las esquina
s, cantidad de
rumanos, yugoslavos, moldavos,
dominicanos, ec
uatoria
nos, rusos y asiáticos. Las familias españolas del barrio opo
nían a las transformaciones
los viejos usos haciendo tertu
lia de balcón a balcón, poniendo a secar la ropa en cordeles tendidos en aleros y
ventanas, y, los domingos, yendo en parejas,
ellos con corbatas y ellas de negro, a oír misa a la iglesia de San
Lorenzo, en la esquina de las calles del Doc
tor Piga y del Salitre.
Nuestro piso era más pequeño que el que yo tenía en la rué Joseph Granier, o me lo parecía, por lo
atestado que estaba
con los modelos en cartón, papel y madera bal
sa de los decorados de Marcella, que, como
los soldaditos de plomo de Salomón Toledano, invadían los dos cuartitos y hasta la cocina y el bañito de la casa.
Pese a ser tan diminuto y estar repleto de libros y d
iscos, no resultaba claustrofóbico gracias a las ventanas a la
calle por las que entraba a chorros la vivísima luz blanca de Castilla, tan distinta de la parisina, y porque tenía un
balconcito, don
de, en las noches, podíamos colocar una mesa y cenar ba
las estrellas madrileñas, que existen,
aunque difumina
das por el reflejo de las luces de la ciudad.
Marcella conseguía trabajar en el piso, tumbada en la cama si dibujaba, o sentada sobre la alfombra
afgana de la salita comedor si armaba sus modelos con
pedazos de car
tón, tablitas, goma, engrudo, cartulinas y
lápices de colores. Yo prefería irme a hacer las traducciones que me conseguía el editor Mario Muchnik, a un
cafecito vecino, el Café Barbieri, donde pasaba varias horas al día, traduciendo, leyen
o y observando la fauna
que frecuentaba el café y que nunca me aburría, porque encarnaba todo lo multicolor de esta naciente Arca de
Noé en el corazón del viejo Ma
drid.
El Café Barbieri estaba en la misma calle Ave Ma
ría y parecía
así me lo dijo Ma
cell
a la
prime
ra vez que
me llevó allí y ella sabía de esas cosas
un decorado expresionista del Berlín de los años veinte o un grabado de
Grosz o de Otto Dix, con sus paredes desportilladas, sus rincones oscuros, sus medallones de damas romanas en
el cielorra
so y sus cubículos misteriosos donde, parecería, se podían cometer crímenes sin que los parroquianos
se enteraran, apostar sumas enloquecidas en partidas de póquer en las que salieran a relucir cuchillos, o
celebrar misas ne
gras. Era enorme, anguloso, lle
no de vericuetos, techos sombríos con plateadas telarañas,
mesitas enclenques y si
llas cojas, bancas y repisas a punto de desmoronarse de puro gastadas, oscuro, humoso,
siempre lleno de gente que parecía disfrazada, una masa de extras de una comedia bufa
apretujada entre
bambalinas esperando salir a esce
na. Procuraba sentarme en una mesita del fondo, a la que llegaba un poco
más de luz y porque allí, en vez de sillas, había un sillón bastante cómodo, forrado de un terciope
lo que alguna
vez fue rojizo y q
ue se estaba desintegrando con los huecos abiertos por las quemaduras de cigarrillos y el roce
de tantos traseros. Una de mis distracciones, ca
da vez que entraba al Café Barbieri, consistía en identifi
car los
idiomas que oía desde la puerta hasta la mesa
del fondo, y alguna vez conté media docena en esa brevísima
trayectoria de una treintena de metros.
También camareras y camareros representaban la diversidad del barrio: suecos, belgas,
norteamericanos, marroquíes, ecuatorianos, peruanos, etcétera. Cambia
ban todo el tiempo, porque debían de
est
ar
mal pagados, y las ocho horas que hacían de corrido, en dos turnos, los clientes los tenían llevando y
trayendo cervezas, cafés, tes, chocolates, copas de vino y bocadillos. Apenas me veían instalado en la mesa
bitual, con mis cuadernos y mis plumas y el li
bro que estaba traduciendo, se apresuraban a traerme el
cafecito cortado y la botella de agua mineral sin gas.
En esa mesita hojeaba los periódicos de la maña
na, y, en
as tardes, cuando me cansaba de traduci
r, me
ponía a leer, ya no por trabajo sino por placer. Los tres li
bros que llevaba traducidos, de Doris Lessing, de Paul
Auster y de Michel Tournier, no me habían costado gran esfuerzo, pero tampoco me divertí mucho vertiéndolos
en español. Aunque sus aut
ores estaban de moda, las novelas que me dieron a traducir no eran las mejores que
habían escrito. Como siempre sospeché, las traducciones litera
rias estaban pésimamente pagadas, muy por
debajo de las comerciales. Pero yo ya no estaba en condiciones de ha
cer estas últimas, pues, debido al
cansancio mental que me venía cuando hacía un esfuerzo de concentración prolon
gado, avanzaba muy
despacio. De todas maneras, estos ma
gros ingresos me permitían ayudar a Marcella con los gastos de la casa y
no sentirme u
n mantenido. Mi amigo Muchnik había tratado de ayudarme a conseguir alguna traduc
ción del
ruso
era lo que más me ilusionaba
, y estu
vimos a punto de convencer a un editor a que se animara a
publicar Padres e hijos de Turgueniev, o el estremecedor Réquie
m de Anna Ajmátova, pero no resultó porque la
lite
ratura rusa interesaba todavía poco a los lectores españoles e hispanoamericanos y aún menos la poesía.
No podría decir si Madrid me gustaba o no. Co
nocía poco los otros barrios de la ciudad, en los que a
nas me había aventurado las veces que iba a un museo o a los espectáculos acompañando a Marcella. Pero me
sentía a gusto en Lavapiés, a pesar de haber sido atracado
sus calles por primera vez en mi vida, por un par
de ára
bes
que me robaron el reloj,
un monedero con algo de sencillo y mi lapicero Mont Blanc, mi último lujo.
La verdad, allí me sentía en casa, inmerso en una vida búlleme. A veces, en las tardes, Marcella venía a
buscarme al Barbieri y dá
bamos un paseo por el barrio, que llegué a conocer
como
a palma de
i mano.
Siempre le descubría alguna curiosidad o extravagancia. Por ejemplo, la tienda
locutorio del boliviano Alcérreca,
quien, para poder atender mejor a sus clientes africanos, había aprendido a hablar swahili. Si daban algo
interesan
te, nos íbamos a la Filmoteca a ver una película clásica.
En esos paseos, Marcella hablaba sin descanso y yo escuchaba. Intervenía muy de cuando en cuando
para darle un respiro y, mediante una pregunta u observación, ani
marla a que continuara contándome e
n qué
proyecto le gustaría estar metida. A
veces no prestaba mucha atención a lo que me contaba, por fijarme tanto
en la manera como lo hacía: con pasión, convicción, ilusión y alegría. Nunca conocí a nadie que se entregara de
manera tan total
tan fanátic
a, diría, si la palabra no tuviera reminiscencias te
nebrosas
a su vocación, que
supiera de manera tan excluyente lo que quería hacer en la vida.
Nos habíamos conocido años atrás, en París, en una clínica de Passy donde yo me iba a hacer unos análi
sis y
ella a visitar a una amiga recién operada. En la media hora que compartimos la sala de espera me habló
con tanto entusiasmo de una obra de Moliere, El burgués gentilhombre, montada en un teatrito de Nanterrc,
cuyos de
corados había hecho ella, que
ui a ve
rla. Encontré a Marcella en el teatro y, al terminar la función, le
propuse que tomáramos una copa en un bistrot vecino a la estación del metro.
Hacía dos años y medio
ue vivíamos juntos, el primer año en París y, luego, en Madrid. Marcella era
italiana,
veinte años más joven que yo. Estudió arquitectura en Roma para dar gusto a sus padres, ambos
arquitectos, y desde estudiante comenzó a trabajar como decoradora de teatro. Que no ejerciera nunca la
arquitectura resintió a sus padres y durante unos años est
uvieron distanciados.
Se reconciliaron cuando ellos
comprendieron que lo de su hija no era un capricho sino una verdadera vocación. De cuando en cuando, iba a
pasar unas temporadas con sus padres, en Roma, y, como tenía pocos ingresos
era la persona más
trabajadora del mundo, pero los decorados que le encargaban eran de poca monta, en teatros margi
nales, y le
pagaban poco y a veces nada
, sus padres, bas
tante acomodados, le enviaban de tanto en tanto unos giros
gracias a los cuales ella podía dedicar su
tiempo y su energía al teatro. No había triunfado, y no era algo que le
importara mucho, porque ella tenía
y yo también
la seguridad absoluta de que tarde o temprano la gente
de teatro de España, de Italia, de toda Europa, terminaría por reconocer su ta
lento. Aunque hablaba
muchísimo, mo
viendo las manos como una italiana de caricatura, a mí no me aburría nunca. Me quedaba
embebido oyéndola describirme las ideas que le revoloteaban en la cabeza para revolucionar la ambientación
de El jardín de los ce
rez
os, Esperando a Godot, Arlequín, servidor de dos amos o La Celestina. Alguna vez la
contrataron en el cine como ayudante de decoradores y hubiera podido abrirse camino en ese medio, pero a
ella le gustaba el teatro y no estaba dispuesta a sacrificar su voc
ación, aunque fuera más difí
cil salir adelante
decorando obras de teatro que películas o programas de televisión. Gracias a Marcella, aprendí a ver los
espectáculos con otros ojos, a prestar atención cuida
dosa no sólo a las historias y a los personajes,
también a
los lugares, a la luz dentro de la cual se movían y a lis co
sas que los rodeaban.
Era menuda, de cabellos claros, ojos verdes y una piel muy blanca y tersa, con una sonrisa muy alegre.
Transpiraba dinamismo. Andaba vestida de cualquier manera, c
on sandalias, vaqueros y una chamarra gastada
la mayor parte del tiempo, y usaba anteojos para leer y para el cine,
unas minúsculas gafas sin montura que
daban a su expre
sión un aspecto algo payaso. Era desinteresada, falta de cál
culo, generosa, capaz de
dedicar
mucho tiempo a trabajos insignificantes, como una única representación de una comedia de Lope de Vega por
los estudiantes de un cole
gio, en cuyo .decorado de cuatro cachivaches y un par de lonas pintadas se volcaba
con la obstinación con que lo h
aría el decorador al que por primera vez le encargaba un decorado l'Opéra de
París. La satisfacción que sentía la compensaba con creces por lo poco o nada que le repor
taba aquella
aventura. Si a alguien le convenía aquello de «trabajar por amor al arte» e
ra a Marcella.
e los modelos que asfixiaban nuestro piso, me
nos de la décima parte habían subido a un escenario. La
mayoría se frustraron por falta de financiación, ideas que tuvo al leer una obra que le gustó y para la que
concibió ese decorado que no p
asó del dibujo y la maqueta. Nunca discutía los honorarios cuando la
contrataban y era capaz de rechazar un encargo importante si el director o el productor le parecían unos
fariseos, desinteresados de lo estético y atentos sólo a lo mercantil. En cambio,
cuando aceptaba el encargo
por lo general de grupos de vanguardia, sin ac
ceso a los teatros establecidos
, se entregaba en cuerpo y alma.
No sólo se desvivía por hacer bien lo suyo, colabora
ba en todo lo demás, ayudando a sus compañeros a buscar
patroci
nios, conseguir local, donativos y préstamos de mo
biliario y atuendo, y trabajaba hombro a hombro con
car
pinteros y electricistas y, si hacía falta, barriendo el escena
rio, vendiendo entradas y acomodando al público.
Siempre me maravillaba verla volcada
de ese modo en su trabajo, al extremo de que yo tuviera que recordarle,
en esos períodos de fiebre, que no sólo de decorados teatrales vivía un ser hu
mano, también de comer, dormir
e interesarse un poco por las demás cosas de la vida.
Nunca entendí por q
ué Marcella estaba conmigo, qué agregaba yo a su vida. En lo que a ella más le
intere
saba en el mundo, su trabajo, yo podía ayudarla muy poco. Todo lo que sabía de escenografía teatral me
lo había en
señado ella, y las opiniones que podía darle eran super
fluas, porque, como todo auténtico creador,
ella sabía muy bien lo que quería hacer sin necesidad de asesoría. Sólo podía ser para ella una oreja atenta vez
que necesitaba verter en voz alta el chorro de imágenes, posibilidades, alternativas y dudas que la
asaltaban
cuando se embarcaba en un pro
yecto. Yo la escuchaba con envidia, todo el tiempo que hiciera falta. La
acompañaba a la Biblioteca Nacional a consultar grabados y libros, a visitar artesanos y anticua
rios, al infalible
recorrido dominical al Ras
tro. No lo ha
cía sólo por cariño, sino porque lo que decía era siempre novedoso,
sorprendente, a veces genial. A su lado cada día aprendía algo nuevo. Nunca hubiera adivinado, sin cono
cerla,
cómo en una historia teatral pueden influir de ma
nera tan dete
rminante, aunque siempre discreta, el deco
rado,
la iluminación, la presencia o la ausencia del objeto más corriente, una escoba, un simple florero.
La diferencia de veinte años de edad entre noso
tros no parecía preocuparla. A mí, sí. Siempre me decía
la buena relación que teníamos se empobrecería cuan
do yo fuera sesentón y, ella, todavía una mujer joven.
tonces, se enamoraría de alguien de su edad. Y partiría. Era atractiva, pese a lo poco que se ocupaba de su
físico, en la calle los hombres la se
guían con los ojos. Un día que estábamos haciendo el amor me preguntó:
«¿Te
por
taría que tuviéramos un hijo?». No. Si a ella le hacía ilu
sión, yo encantado. Pero me asaltó de
inmediato la angus
tia. ¿Por qué tuve esa reacción? Tal vez porque, dadas mis
prolongadas aventuras y
desventuras con la niña mala, me resultaba imposible a mis cincuenta y pico de años creer
en la perennidad de
una pareja, incluso la nuestra, que funcionaba sin altibajos. ¿No era absurda esa duda? Nos llevábamos tan bien
que en es
os dos años y medio juntos no habíamos tenido una sola pelea. Pequeñas discusiones y enojos
pasajeros a lo más. Pero nunca algo que pudiera semejarse a una ruptura. «Me alegra que no te importe», me
dijo Marcella aquella vez. «No te lo pregunté para que en
carguemos un bambino ahora, sino cuando hayamos
cho algunas cosas importantes.» Hablaba por ella, que, sin duda, haría en el futuro cosas dignas de ese
calificativo. Yo me contentaría con que, en los años siguientes, Maño Muchnik me consiguiera algún li
bro ruso
que me diera mucho esfuerzo y entusiasmo traducir, algo más creativo que esas novelitas light que se me iban
desvaneciendo de la memoria a la velocidad con que las iba reescribiendo en es
pañol.
Sin duda estaba conmigo porque me quería; no tenía n
inguna otra razón. Yo, incluso, le resultaba en cier
ta medida una carga económica. ¿Cómo había podido ena
morarse de mí, siendo yo para ella un viejo, nada
apuesto, sin vocación, algo disminuido en mis facultades intelec
tuales y cuya única finalidad en l
a vida había
sido, desde niño, instalarse para el resto de sus días en París? Cuando le conté a Marcella que ésa había sido mi
única vocación, se echó a reír: «Bueno, caro, lo conseguiste. Estarás con
tento, has vivido en París toda tu vida».
Lo decía con
cari
ño, pero sus palabras me sonaron algo siniestras.
Marcella se interesaba en mí más que yo mismo: que tomara las pastillas para la presión, que caminara a
diario por lo menos media hora, que no me excediera nun
ca de las dos o tres copitas diarias de v
ino. Y siempre
repe
tía que, cuando consiguiera una buena comisión, nos gas
taríamos ese dinero haciendo un viaje al Perú.
Ella, antes que el Cusco y Machu Picchu, quería conocer el barrio limeño de Miraflores de
que tanto le había
hablado. Yo le seguía l
a cuerda, aunque, en el fondo, sabía que nunca ha
ríamos ese viaje, pues yo me
encargaría de darle largas hasta el infinito. No pensaba volver al Perú. Desde la muerte del tío Ataúlfo mi país se
me había desvanecido como los espejismos en el arenal. Ya no
tenía allá ni parientes ni amigos y hasta se me
habían ido esfumando los recuerdos de mi juventud.
Me enteré de la muerte del tío Ataúlfo varias semanas después de ocurrida, a los seis meses de estar
viviendo en Madrid, por una carta de Alberto Lamiel. Me
la trajo Marcella al Barbieri y, aunque sabía que iba a
ocu
rrir en cualquier momento, la noticia me causó tremenda impresión. Dejé de trabajar y me fui a caminar
como un sonámbulo por los caminitos del Retiro. Desde mi último viaje al Perú, a finales de 1
984, nos habíamos
escrito to
dos los meses, y, en su letra temblorosa, que había que descifrar como un paleógrafo, yo había
seguido paso a pa
so los desastres económicos que acarreaban al Perú las po
líticas de Alan García, la inflación,
las nacionalizacio
nes, la ruptura con los organismos de crédito, el control de precios y de cambios, la caída del
empleo y de los niveles de vida. Las cartas del tío Ataúlfo delataban la amargura con que esperaba la muerte.
Había fallecido en el sueño. Alberto Lamiel añadía
que él estaba haciendo gestiones para irse a Boston, donde,
gracias a los padres de su mujer norteamericana, tenía posibilidades de trabajo. Me de
cía que había sido un
imbécil creyendo en las promesas de Alan García, por quien había votado en las ele
ccio
es del 85, como tantos
profesionales incautos. Confiado en la palabra del Presidente de que no los tocaría, había con
servado los
certificados en dólares en que tenía todos sus ahorros. Cuando el flamante mandatario decretó la con
versión
forzosa de los c
ertificados de divisas en soles
peruanos, el patrimonio de Alberto se deshizo. Fue sólo el principio de una cadena de reveses. Lo mejor
que podía hacer era «seguir tu ejemplo, tío Ricardo, y partir en bus
ca de mejores horizontes, porque en este
país ya no
es po
sible trabajar si uno no está conchabado con el gobierno».
Ésta fue la última noticia que tuve de las cosas en el Perú. Desde entonces, como en Madrid no veía
prácti
camente a ningún peruano, sólo me enteraba de lo que ocurría allí las rarísimas vec
es que alguna noticia
se fil
traba en los periódicos madrileños, generalmente el naci
miento de quintillizos, un terremoto o el
desbarrancamiento de un ómnibus en la Cordillera de los Andes con una treintena de muertos.
Nunca le conté al tío Ataúlfo que
matrimonio había naufragado, de modo que él, en sus cartas, hasta
el final siguió mandándole saludos a «mi sobrina» y yo, en las mías, devolviéndole los de ella. No sé por qué se
lo oculté. Tal vez porque hubiera tenido que explicarle lo ocurrido y cualqu
ier explicación le hubiera parecido
ab
surda e incomprensible, como me lo parecía a mí.
Nuestra separación ocurrió de manera inesperada y brutal, como habían ocurrido siempre las
desapariciones de la niña mala. Aunque esta vez no se trató propiamen
te de u
na fuga, sino de una separación
urbana, conversa
da. Por eso mismo supe que, a diferencia de las otras, ésta sí era definitiva.
La luna de
iel que tuv
mos, desde que volví a París de Lima, aterrado de que se hubiera ido porque no
me contestó el teléfono t
res o cuatro días, duró algunos meses. Al principio, ella estuvo tan cariñosa come la
tarde que me recibió con aquellas demostraciones de amor. Conseguí un contrato de la Unesco de un mes y, al
regre
sar a la casa, ella había vuelto de su oficina antes y t
enía preparada la cena. Una noche me esperó con la
de la
salita apagada y la mesa iluminada por unas velas román
ticas. Luego, tuvo que hacer dos viajes de un
par de días cada uno a la Costa Azul enviada por Martine y me llamó todas las noches. ¿Qué má
s podía desear?
Tenía la impre
sión de que a la niña mala le había llegado la edad de la ra
zón y de que nuestro matrimonio era
ya irrompible.
Entonces, en algún momento que mi memoria no podría precisar, su humor y sus maneras comenzaron a
cambiar. Fue un
cambio discreto, que ella disimulaba, tal vez porque todavía tenía dudas, del que sólo
retroactiva
mente tomé conciencia. No me llamó la atención que la actitud tan apasionada de las primeras
semanas cediera poco a poco el paso a una actitud más distante,
ella había sido siempre así y lo inusitado era
que se mostrara efusiva. Advertí que se distraía, que se perdía en unas cavilaciones que parecían llevársela
fuera de mi alcance, con el ceño fruncido. De esas fugas volvía asustada, dando un respin
go, cuand
o yo la
regresaba a la realidad con una broma: «¿Qué tendrá la princesa de la boca de
fresa? ¿Por qué estará tan
pensativa? ¿Estará enamorada la princesa?». Se rubori
zaba y me respondía con una risita forzada.
Una tarde, al regresar yo de la antigua ofici
na del señor Chames
éste se había retirado a pasar su vejez
en el sur de España
, donde por tercera o cuarta vez me di
jeron que no tenían para mí trabajo alguno por el
mento, apenas abrí la puerta del departamento de la rué Joseph Granier y la vi, sen
tada en la sala, con el
trajéate sastre marrón y el maletín de mano que llevaba siempre en sus viajes, comprendí que ocurría algo
grave,
Esta
ba desencajada.
¿Qué te pasa?
Suspiró, tomando fuerzas
tenía unas ojeras azu
les, le brillaban los ojos
, y, sin
rodeos, me soltó la
frase que sin duda había preparado con mucha antelación:
No he querido irme sin hablar contigo, para que no pienses que me estoy escapando
la dijo de un
tirón, con la voz helada que solía poner para las ejecuciones sen
timentales
. Po
r lo que más quieras, te ruego
que no me hagas una escena ni me amenaces con suicidarte. Ya no estamos ninguno en edad para esas cosas.
Perdona que te hable con tanta crudeza, pero creo que es lo mejor.
Me dejé caer sobre el sillón, frente a ella. Sentí in
finita fatiga. Tuve la sensación de estar oyendo un disco
que repetía, cada vez más deformada, la misma frase mu
sical. Ella estaba muy pálida siempre, pero, ahora, su
presión era irritada, como si tener que estar allí dándome explicaciones la hubiera
llenado de resentimiento
con
tra mí.
Te consta que he tratado de adaptarme a este tipo de vida, para darte gusto, para pagarte lo que me
ayu
daste cuando estuve enferma
su frialdad parecía ahora hirviendo de furor
. No puedo más. Esto no es
vida pa
ra mí
. Si me sigo quedando contigo por compasión, ter
minaría odiándote. Yo no quiero odiarte. Trata de
com
prenderme, si puedes.
Calló, esperando que yo le dijera algo, pero me sentía tan cansado que no tenía fuerzas ni ganas de decir
le nada.
Aquí me asfixio
añadió, echando una ojeada a su alrededor
. Estos dos cuartitos son una cárcel y ya
no los soporto. Yo sé cuál es mi límite. Me está matando esta rutina, esta mediocridad. Yo no quiere» que el
resto de mi vida sea así. A ti no te importa, tú estás conten
to, me
jor para ti. Pero yo no soy como tú, yo no sé
conformar
me. He tratado, has visto que he tratado. No puedo. No voy a pasarme el resto de la vida a tu lado
por compasión. Perdona que te hable con esta franqueza. Es mejor que se
pas la verdad y que la
aceptes,
Ricardo.
¿Quién es él?
le pregunté, al ver que callaba otra vez
. ¿Puedo saber al menos con quién te vas?
¿Me vas a hacer una escena de celos?
reaccio
nó, indignada. Y con sarcasmo me recordó
: Yo soy
una mujer libre, Ricardito. Nuestro matri
monio fue sólo para conseguirme los papeles. Así que no vengas a
tomarme cuentas de nada.
Me desafiaba, encrespada como un gallito. Al cansancio, ahora, se añadía una sensación de ridículo.
Tenía razón: ya estábamos viejos para estas escenas.
Ya veo que l
o tienes todo decidido y que no hay mucho más que hablar
la interrumpí, poniéndome
de pie
. Me voy a dar una vuelta, para que hagas con calma tus maletas.
Ya están hechas
me repuso, con el mismo tonito exasperado.
Lamenté que no se hubiera ido como otra
s veces, dejándome unas líneas. Cuando me dirigía hacia la
puer
ta, la oí decir a mis espaldas con una vocecita que quería ser apaciguadora:
Por si acaso, no voy a reclamarte nada de lo que me corresponde por ser tu mujer. Ni un centavo.
«Eres muy amable»
, pensé, cerrando despacito la puerta de calle. «Pero, lo único que podrías
reclamarme serían deudas y la hipoteca de este piso que, al paso que vamos, muy pronto me van a embargar.»
Al salir a la calle comenzó a llover. No había sacado paraguas, de manera
que fui a refugiarme en el café de la
esquina, donde estuve mucho rato, tomando a sorbitos una taza de té que < fue enfriando hasta volverse
insípida. La verdad, había en ella algo que era imposible no admirar, por esas razones que nos llevan a apreciar
as obras bien hechas, aunque sean perversas. Había logrado una conquista, con todo cálculo, para, una vez
más, conseguir un estatuto social y económico que le diera mayor segu
ri
dad, que la sacara de los dos cuartitos
carceleros de la rué Joseph Granier. Y,
aho
ra, sin un pestañeo, se mandaba mudar, echándome al tarro de la
basura. ¿Quién sería esta vez el galán? Alguien que habría conocido gracias a su trabajo con Martine, en uno de
esos congresos, conferencias y celebraciones que orga
nizaban. Un buen trab
ajo de seducción, sin duda. Ella se
conservaba muy bien, pero, de todos modos, ya tenía más de cincuenta años. Chapea
! ¿Un vejete, sin duda, al
que mataría acaso de placer para heredarlo, como la heroína de La Raboui
euse, de Balzac? Cuando escampó di
a caminata por los alrededores de la École Militaire, hacien
do tiempo.
Regresé cerca de las once de la noche, y ya había partido, dejando las llaves en la salita comedor. Se ha
bía llevado toda su ropa en las dos maletas que teníamos y echado a las bolsas
de basura lo que estaba viejo o
le so
braba: unas zapatillas, unas enaguas, una bata de levan
tarse y algunas medias y blusas, así como muchos
pomos de cremas y de maquillaje. No había tocado los francos que guardábamos en la pequeña caja fuerte en
un arm
ario de la sala.
¿Alguien que conoció en el gimnasio de l'avenue Montaigne, tal vez? Era un local caro, allí iban a rebajar
la barriga viejos prósperos que podían asegurarle una vida más divertida y cómoda. Sabía que lo peor que podía
ocurrirme era seguir
barajando hipó
esis de esta índole y que, por salud mental, tenía que olvidarme de ella
cuanto antes. Porque, esta vez sí, la separación era definitiva, el fin de esa historia de amor. ¿Se podía llamar
historia de amor a esa pa
yasada de treinta y pico de
años, Ricardito?
Conseguí no pensar mucho en ella los días, se
manas y meses siguientes, en los que, sintiéndome una
bolsa de huesos, piel y músculos desprovista de alma, andaba todo el día buscando trabajo.
Me
urgía porque
necesi
taba afrontar las deudas
y los gastos diarios y porque sabía que la mejor manera de pasar este período
era entregán
dome con afán a una obligación.
Durante algunos meses sólo conseguí traduccio
nes mal pagadas. Por fin, un día me llamaron para un
reemplazo en una conferencia inte
rnacional sobre dere
chos de autor patrocinada por la Unesco. Desde hacía
al
gunos días tenía continuas neuralgias, que achaqué a mi mal estado de ánimo y a lo poco que dormía. Las
combatía con analgésicos que me recetaba el boticario de la esquina. Mi ree
mplazo al intérprete de la Unesco
fue un desastre. Las neuralgias me impedían hacer bien mi trabajo, y, a los dos días, tuve que rendirme y
explicarle al jefe de intér
pretes lo que me ocurría. El médico de la Seguridad Social me diagnosticó una otitis y
e envió a un especialista. Tuve que hacer una cola de varias horas en el Hospital de la Salpétriére y volver
varias veces hasta poder ingresar al consultorio del doctor Pennau, un otorrinolaringólogo. Éste me confirmó
que tenía una pequeña infección en un
oído y me la curó en una semana. Pero, como las neural
gias y los
mareos no cedieron, me derivó a un nuevo mé
dico internista del mismo hospital. Luego de examinarme, este
último me hizo tomar toda clase de análisis, incluida una resonancia magnética. Teng
o un feo recuerdo de los
treinta o cuarenta minutos que pasé en ese tubo metálico, enterrado vivo, inmóvil como una momia y con los
oídos atormentados por rachas de ruidos atontadores.
La resonancia estableció que yo había padec
ido
un pequeño ataque cerebr
al. Esa era la verdadera razón
de las neuralgias y los mareos. Nada muy grave; el peligro había pasado. En adelante, debería cuidarme, hacer
ejercicios, dietas equilibradas, controlarme la presión, poco alcohol y una vida tranquila. «De jubilado»,
prescrib
ió el doctor.
Mi trabajo podría verse disminuido, cabía esperar una mer
ma de la concentración y de la
memoria.
Afortunadamente para mí, en esa época los Gravoski vinieron a pasar un mes a París, esta vez con Yilal.
Había crecido mucho y en su manera de ha
blar y de ves
tirse se había, vuelto un gringuito cabal. Cuando le ex
pliqué que la niña mala y yo nos habíamos separado, puso una cara apenada: «Por eso no me contesta las
cartas hace tiempo», susurró.
La compañía de esos amigos fue muy oportuna. Hablar c
on ellos, bromear, salir a cenar, al cine, me
devol
vió un poco el gusto a la vida. Una noche, tomando una cerveza en la terraza de un bistrot del boulevard
Raspail, Elena dijo, de pronto:
Esa loquita estuvo a punto de matarte, Ricardo. Y a mí que me caía
tan simpática con todas sus locuras.
Ésta, no se la voy a perdonar. Te proh
bo que te vuelvas a amistar con ella.
Nunca más
le prometí
. He aprendido la lección. Además, como soy ahora una ruina humana, no
hay el menor riesgo de que vuelva a meterse en
mi vida.
¿Así que las penas de amor causan los derrames cerebrales?
dijo Simón
. ¿El romanticismo, otra
vez?
En este caso sí, belga sin alma
replicó Elena
. Ricardo no es como tú. Él es un romántico, un hombre
sensible. Ella ha podido matarlo con su úl
tima gracia. No se lo voy a perdonar, te juro. Y espero que tú, Ricardo,
no seas tan cacaseno de irte tras ella como un perrito cuando te vuelva a llamar para que la saques de un nuevo
enredo.
Está visto que tú me quieres más que la niña mala, amiga
le b
esé la mano
. Cacaseno es una pala
bra que me va perfecta, por lo demás.
En eso todos estamos de acuerdo
sentenció Simón.
¿Qué es un cacaseno?
preguntó el gringuito.
A instancias de los Gravoski fui a ver a un neurocirujano, en una clínica privada de P
assy. Mis amigos in
sistieron en que, por pequeño que hubiera sido, un derra
me cerebral podía tener consecuencias y que debía
saber a qué atenerme. Yo, sin muchas esperanzas, había pedido un nuevo préstamo a mi banco, para hacer
frente a los in
tereses de
la hipoteca y de los dos préstamos anteriores, y, para mi sorpresa, me lo concedieron.
Me puse en manos del doctor Fierre Joudret, un hombre encantador y, hasta donde yo podía juzgar, un
profesional competente. Me volvió a someter a toda clase de análisis
y me prescribió un tratamiento para
controlar la presión arterial y mante
ner una buena circulación de la sangre. En su consultorio, en esos días,
conocí una tarde a Marcella.
Aquella noche, en Nanterre, luego de la función de El burgués gentilhombre, en
que fuimos a tomar una
copa de vino a un bistrot, la decoradora italiana me pare
ció muy simpática y, fascinantes, el ardor y la
convicción con que hablaba de su trabajo. Me contó su vida, las pe
leas y reconciliaciones con sus padres, las
escenografías qu
e había diseñado en pequeños teatros de España y de Italia. La de Nanterre era una de las
primeras que hacía en Francia. En un momento dado, entre otras mil cosas, me aseguró que los mejores
decorados teatrales que había visto en París no estaban en los es
cenarios sino en los es
caparates de las tiendas.
¿Me gustaría
acer un recorrido para que se me quitara la cara de escéptico con que la es
cuchaba?
Nos despedimos en la estación del metro con besos en las mejillas y quedamos en vernos el sábado
siguiente.
La excursión fue muy divertida, no tanto por las vitrinas que me llevó a ver sino por sus explicaciones
e interpretaciones. Me mostró, por ejemplo, que aquel arenal con palmeras, de
uz blanca, de La Samaritaine
serviría maravillosamente pa
ra Oh, les bea
ux jours! de Beckett, la marquesina de rojos encendidos de un
restaurante árabe de Montparnasse co
mo telón de fondo de Orfeo en los infiernos y la vitrina de una zapatería
popular cerca de la iglesia de Saint Paul, en Le Marais, como la casa de Gepetto, e
n una adaptación tea
tral de
Pinocho. Todo lo que decía era ingenioso, inespera
do, y su entusiasmo y su alegría me tuvieron entretenido y
contento. Durante la cena, en La Petite Périgourdine, un restaurante de la rué des Écoles, le dije que me
gustaba y l
a besé. Ella me confesó que desde el día que conversamos en la sala de espera de la clínica de Passy
supo que «algo había pasado e
re nosotros». Me contó que había vivido cerca de dos años con un actor y que
habían roto hacía poco, aunque seguían siendo b
uenos amigos.
Fuimos al pisito de Joseph Granier e hicimos el amor. Tenía un cuerpo menudo, con unos pechitos de
licados, y era tierna, ardiente y sin complicaciones. Exa
minó mis libros y me riñó por tener sólo poesía, novelas y
algunos ensayos pero ni un
solo libro de teatro. Ella se en
cargaría de ayudarme a llenar ese vacío. «Has llegado
a pun
to a mi vida, caro», añadió. Tenía una sonrisa ancha, que parecía salir no sólo de sus ojos y su boca,
también de su frente, su nariz y sus orejas.
Marcella debía
regresar a Italia un par de días después, por un posible trabajo en Milán, y la acompañé a
la estación, porque viajaba en tren (
enía pavor al avión). Hablamos por teléfono varias veces y cuando regresó
a París se vino a mi casa en vez de ir al hotelito d
el Barrio Latino en el que se alojaba. Trajo consigo una bolsa
con un puñado de pantalones, blusas, chompas y sacones arrugados, y un baúl con libros, revistas, figurines y
maquetas de sus montajes.
La instalación de Marcella en mi vida fue tan rápi
da que
casi no tuve tiempo de reflexionar, de
preguntarme si no
aba un paso precip
o. ¿No
hubiera
ido
más sensato esperar un poco, conocerse mejor,
ver si la rela
ción iba a funcionar? Después de todo, ella era una chi
quilla y yo podía ser su padre. .Pero,
la
relación funcionó, gracias a su manera de ser tan adaptable, tan sencilla en sus gustos, tan dispuesta a poner
buena cara ante cual
quier contrariedad. No hubiera podido decir que la que
ría, no en todo caso como había
querido a la niña mala, pero me s
entía bien a su lado, agradecido de que estuviera conmigo y hasta enamorada
de mí. Me rejuvenecía y me ayudaba a echar tierra a los recuerdos.
A Marcella le salían de cuando en cuando algunos encargos, escenografías en teatros de barrio,
subsidiados por lo
s ayuntamientos. Entonces, se dedicaba con tanto enloquecimiento a su trabajo que se
olvidaba de mi existencia. Yo tenía cada vez más dificultad para conseguir traducciones. Había renunciado a la
interpretación, no me sentía capaz de hacer ese trabajo con
la seguridad de antes. Y, tal vez porque se había
corrido la voz sobre mis problemas de salud en el medio, cada vez me confiaban menos textos para traducir. Y
los que conseguía tarde, mal y nunca, me tomaban mucho tiempo, porque a la hora u hora y media de
estar
trabajando, recomenzaban los ma
reos y los dolores de cabeza. En los primeros meses de vi
da en común con
Marcella, mis ingresos se redujeron casi a nada y volví a verme angustiado con los pagos de la hi
poteca y los
intereses de los préstamos.
El a
dministrador de la oficina de la Société Gené
rale, a quien expliqué el problema, me dijo que la solu
ción era vender el piso. Se había valorizado y podía obte
ner un precio que, luego de canceladas la hipoteca y las
deudas, me dejaría una cantidad que, ad
ministrada con prudencia, podía darme un desahogo por un buen
tiem
po. Lo consulté con Marcella y ella me animó también
a que lo vendiera. Que me sacara de la cabeza la
preocu
pación por esos pagos que me desvelaban cada mes. «No te preocupes por el futuro
, caro. Pronto
empezaré a te
ner buenas comisiones. Si nos quedamos sin un centavo, nos iremos donde mis padres, a Roma.
Nos instalaremos en una buhardilla donde, de chiquita, yo daba funcio
nes de ilusionismo y magia para mis
amistades, y donde guardo tod
a clase de cachivaches. Te llevarás muy bien con mi padre, que es casi de tu
edad.» Vaya perspectiva, Ricardito.
Vender el departamento nos tomó algún tiempo. Era verdad, su precio se había triplicado, pero los candi
datos a comprarlo que traían las agenci
as inmobiliarias po
nían peros, pedían rebajas o arreglos y las cosas se
alarga
ron cerca de tres meses. Por fin, llegué a un acuerdo con un funcionario del Ministerio de las Fuerzas
Armadas, un señor atildado que llevaba monóculo. Empezaron enton
ces los
aburridos trámites con notarías y
abogados y la venta de los muebles. El día que firmamos la minuta de venta e hicimos el traspaso, al salir yo de
la notaría, en una trans
versal de l'avenue de Suffren, una señora al verme se detu
vo en seco y me quedó
mir
ando. Sin reconocerla, la salu
dé con una inclinación de cabeza.
Soy Martine
dijo ella, secamente, sin estirar
me la mano
. ¿No me recuerda?
Estaba distraído
me disculpé
. Claro que la recuerdo muy bien. Cómo está, Martine.
Muy mal, cómo voy a estar
repuso ella. El disgusto le avinagraba la cara. No me quitaba la vista
Pero, sepa que yo no me dejo pisotear. Sé muy bien defenderme. Le aseguro que este asunto no se va a quedar
así.
Era una mujer alta y reseca, de cabellos grises. Llevaba impermeable y
me escudriñaba como si quisiera
rom
perme en la cabeza el paraguas que tenía en la mano.
No sé de qué me habla, Martine. ¿Ha tenido us
ted problemas con mi esposa? Nosotros nos separamos
ce algún tiempo, ¿no se lo dijo?
Se quedó muda y me examinó, des
concertada. Su mirada me decía que yo le parecía un bicho muy raro.
¿Usted no sabe nada, entonces?
murmuró
. ¿Vive en las nubes, entonces? ¿Con quién cree usted
que se largó esa mosquita muerta? ¿No sabe que fue con mi marido?
No supe qué responderle. Me
sentí estúpido, un bicho raro, sí. Haciendo un esfuerzo, musité:
No, no lo sabía. Ella sólo me dijo que se iba y se fue, No he vuelto a saber nada de ella. Lo siento
mucho, Martine.
Yo le di todo, trabajo, amistad, mi confianza, pasando por alto lo de s
us papeles, que nunca estuvieron
muy claros. Le abrí mi casa. Y así me pagó, quitándome a mi marido. No porque se enamorara de él, sino por
codi
cia. Por puro interés. No le importó destrozar a toda una familia.
Me pareció que, si no me iba de allí, Martin
e me abofetearía, como responsable de su desgracia familiar.
Tenía la voz rajada por la indignación.
Le advierto que esto no se va a quedar así
re
pitió, accionando con el paraguas a unos centímetros de
mi cara
. Mis hijos no lo van a permitir. Ella sólo
quiere esquilmarlo, porque eso es lo que es, ana cazafortunas.
Mis hijos han emprendido ya las acciones legales y
varán a la cárcel. Y usted hubiera hecho mejor vigila
do
un poco más a su mujer.
Lo siento mucho, debo partir, esta conversación no t
iene sentido
le dije, alejándome a largos
trancos.
En vez de regresar a recoger a Marcella, que estaba despachando al depósito los enseres de la casa que
no habíamos conseguido vender, fui a sentarme a un café de la Ecole Militaire. Traté de poner en orde
n mi
cabeza. Se me debía haber subido algo la presión porque me sentía congestionado y aturdido. No conocía al
marido de Martine, pero sí a uno de sus hijos, un hombre hecho y dere
cho al qué había visto de paso, una sola
vez. La nueva conquista de la niña
mala debía de ser, pues, muy mayor, un vejestorio como imaginé. Por
supuesto que no se ha
bía enamorado de él. Nunca se había enamorado de na
die, salvo, acaso, de Fukuda. Lo
había hecho para escapar del aburrimiento y la mediocridad de la vida en el pisi
to de la École Militaire, y en
busca de aquello que había sido su primera prioridad desde que, de niñita, descubrió la vida de perro de los
pobres y lo bien que vivían los ricos: esa seguridad que sólo el dinero garantizaba. Una vez más se había
engatusado
a sí misma con el espejismo del hom
bre rico; después de oír a Martine decir, con acento de trágica
griega, «Mis hijos han iniciado acciones legales», era seguro que también esta vez las cosas no acabarían co
mo
ella creía. Le guardaba rencor pero, ahora,
imaginán
dola con aquel vejete, también cierta compasión.
Encontré a Marcella extenuada. Había despacha
do ya el camioncito al depósito con lo que no pudimos
vender y algunos cajones de libros. Sentado en el suelo de la salita, examiné las paredes y el es
pacio vacío con
nostal
gia. Nos fuimos a instalar a un hotelito de la rué de Cher
che
Midi. Allí vivimos muchos meses, hasta la
partida a España. Teníamos un cuarto pequeño y claro, con una ventana bastante amplia desde la que se
divisaban los te
chos veci
nos y a cuyo alféizar venían a comer las palomas los granos de maíz que les ponía
Marcella (a mí me toca
ba limpiar las cagarrutas). Pronto se llenó de libros, dis
cos, y, sobre todo, de dibujos y
maquetas de Marcella. Te
nía una mesa larga, que en teoría
compartíamos, pero, en
verdad, la ocupaba sobre
todo Marcella. Ese año me fue todavía más difícil conseguir traducciones, de modo que la venta del piso resultó
muy conveniente. Había coloca
do el dinero sobrante en una cuenta a plazo fijo, y la pe
queña me
nsualidad que
cobraba nos exigía vivir con gran modestia. Tuvimos que suprimir restaurantes caros, con
ciertos, ir al cine no
más de una vez por semana y sólo a los espectáculos para los que Marcella conseguía invita
ciones. Pero era un
alivio vivir sin de
udas.
La idea de mudarnos a España nació luego de que un conjunto italiano de danza moderna, de Barí, con el
que Marcella había trabajado, y al que habían invitado a presentar un espectáculo en un festival de Granada, le
dió que se encargara de la ilumi
nación y el decorado. Via
jó allá con ellos y dos semanas después volvió
encantada. El espectáculo había marchado muy bien, había conocido a gente de teatro y se le habían abierto
algunas posibilida
des. En los meses siguientes hizo decorados para dos con
juntos jóvenes, uno en Madrid y otro
en Barcelona, y de ambos viajes volvió a París eufórica. Decía que en España había una vitalidad cultural
extraordinaria y que todo el país estaba lleno de festivales y de directores, actores, bai
larines y músicos
ansi
osos por poner a la sociedad españo
la al día, de hacer cosas nuevas. Había allí más espacio para los jóvenes
que en Francia, donde el medio estaba sobre
saturado. Además, en Madrid se podía vivir mucho más barato
que en París.
No me apenó dejar la ciudad
que, desde niño, yo asociaba con la idea del paraíso. En los años que llevaba
en París había tenido experiencias maravillosas, de esas que parecen justificar toda una vida, pero todas ellas
vincula
das a la niña mala, a la que yo para entonces, creo, recor
daba ya sin amargura, sin odio, con cierta
ternura incluso, sabiendo muy bien que mis infortunios sentimentales se
debían más a mí que a ella, por
haberla querido de una manera que ella nunca hubiera podido quererme a mí, aunque, en algunas contadas
ocasi
ones, lo intentara: ésos eran mis recuerdos más gloriosos de París. Ahora que aque
lla historia estaba
definitivamente cerrada,
i vida futura en esta ciudad sería una paulatina decadencia agravada por la falta de
trabajo, una vejez con estrecheces y muy s
litaria cuando la cara Marcella encontrara que tenía me
jores cosas
que hacer que cargar a cuestas con un hombre mayor, que tenía la cabeza bastante débil y que podía vol
verse
gag
una manera educada de decir imbécil
si le repetía el ataque cerebral.
Mejor irme y empezar en otro
lado.
Marcella encontró el pisito en Lavapiés y, como se lo alquilaron amueblado, yo terminé por regalar a
organizaciones caritativas los restos de los muebles que tenía
mos en el depósito así como los libros de mi
biblioteca.
Me llevé a Madrid sólo un puñadito de títulos preferi
dos, casi todos rusos y franceses, y mis
gramáticas y dic
cionarios.
Al año y medio de estar viviendo en Madrid tuve el palpito de que, esta vez sí, Marcella iba a dar el gran
salto. Una tarde cayó muy
excitada al Café Barbieri a con
tarme que había conocido a un bailarín y coreógrafo
for
midable y que iban a trabajar juntos en un proyecto fan
tástico: Metamorfosis, un ballet moderno inspirado
en uno de los textos reunidos por Borges en su Manual de Zool
gía Fantástica: «A Bao A Qu», una leyenda
recogida por uno de los traductores ingleses de Las mil y una noches. El muchacho era un alicantino, formado
en Alemania, donde había trabajado profesionalmente hasta hacía poco tiem
po. Ahora había reunido un gr
upo
de diez bailarines, cin
co mujeres y cinco hombres, y diseñado la coreografía de Metamorfosis. El cuento en
cuestión, traducido y acaso
enriquecido por Borges, refería la historia de un maravi
lloso animalito que vivía en
lo alto de una torre en estado
letárgico y sólo despertaba a la vida activa cuando alguien subía la escalera.
Dotado de la propiedad de transformar
se, cuando alguien bajaba o ascendía los peldaños el ani
malito
empezaba a moverse, a iluminarse, a cambiar de forma y color. Víctor Almed
a, el alicantino, había conce
bido un
espectáculo en el que, emulando aquel prodigio, los bailarines y bailarinas, subiendo y bajando aquellas es
caleras mágicas que diseñaría Marcella y gracias a los efec
tos de las luces también a su cargo, irían cambian
do
de personalidad, de movimiento, de expresiones, hasta con
vertir el escenario en un pequeño universo en el
que cada danzante sería muchos, en que cada hombre y mujer con
tendría a innumerables seres humanos. La
Sala Olimpia, un viejo cine convertido en
teatro de la plaza de Lavapiés, donde funcionaba el Centro Nacional de
Nuevas Ten
dencias Escénicas, había aceptado la propuesta de Víctor Almeda e iba a patrocinar el espectáculo.
Nunca vi a Marcella trabajar con tanta felicidad en una escenografía como e
n ésta, ni hacer tantos
bocetos y maquetas. Cada día me contaba con regocijo el torrente de ideas que alborotaban su cabeza y los
progresos que hacía el elenco. Un par de veces la acompañé al ruinoso Olimpia y, una tarde, nos tomamos un
café en la misma pl
aza con Víctor Almeda, un muchacho muy moreno, de cabellos largos que sujetaba en cola
de caballo, y un cuer
po atlético que delataba muchas horas de gimnasio y de ensayos. A diferencia de Marcella,
no era exuberante ni extrovertido, más bien reservado, pe
ro sabía muy bien lo que quería hacer en la vida. Y lo
que quería es que Meta
morfosis fuera un éxito. Tenía cultura literaria y pasión por Borges. Para este
espectáculo había leído y visto mil cosas sobre el tema de la metamorfosis, empezando por
Ovidio,
y la verdad
es que, aunque hablaba poco, lo que decía era inteligente y, para mí, novedoso: nunca había escuchado antes
hablar a un coreógrafo y bailarín de su vocación. Esa noche, en casa, después de decirle a Marcella la buena
impresión que me había hech
o Víctor Almeda, le pregunté si era gay. Reaccionó indignada. No lo era. Qué
prejuicio tan tonto creer que todos los bailarines eran gays. Ella estaba segura, por ejemplo, de que en el
gremio de los intérpretes y traductores había un porcentaje tan grande
de gays como entre los bailarines. Le
pedí discul
pas, le aseguré que no tenía el menor prejuicio, que mi pre
gunta había sido hecha por pura
curiosidad, sin la menor trastienda.
El éxito de Metamorfosis fue total y merecido. Víc
tor Almeda consiguió mucha
publicidad anticipada y la
noche del estreno el Olimpia reventaba, había incluso gen
te de pie y predominaban los jóvenes. Las escaleras
en que las cinco parejas evolucionaban se metamorfoseaban igual que los bailarines, y eran, con las luces, los
verdade
ros pro
tagonistas del espectáculo. No había música. El ritmo lo marcaban los propios danzantes con las
manos, los pies, y emitiendo sonidos agudos, guturales, roncos o silbantes, según cambiaban1 de identidad. Los
mismos bailarines an
teponían por turnos
a los reflectores unas pantallas que cam
biaban la intensidad y el color
de la luz, gracias a lo cual los personajes parecían efectivamente tornasolar, cambiar de piel. Era bonito,
sorprendente, imaginativo, un espectá
culo de una hora que el público seguí
a inmóvil, expectan
te, sin que se
oyera el zumbido de una mosca. El grupo iba a dar cinco funciones y terminó dando diez. Hubo ar
tículos muy
positivos en la prensa y en todos se mencio
naba, con elogios, la escenografía de Marcella. La televi
sión lo fil

para pasar un fragmento en un programa dedicado a las artes.
Fui a ver el espectáculo tres veces. Siempre lo en
contré lleno de público y el entusiasmo era idéntico al
del día del estreno. La tercera vez, al terminar la función, cuando trepaba la tortuo
sa escalerilla del Olimpia
hacia los camerines en busca de Marcella, me di poco menos que de bruces con ella, en brazos del apuesto y
sudoroso Víctor Almeda. Se besaban con cierta furia y, al sentirme llegar, se soltaron, muy confundidos. Me
hice el que no
había advertido nada extraño y los felicité, asegurándoles que la función me había gustado
todavía más que las dos veces anteriores.
Más tarde, camino a la casa, Marcella, a quien no
taba muy incómoda, me encaró:
Bueno, supongo que te debo una explicació
n por lo que has visto.
No me debes ninguna, Marcella. Tú eres una persona libre y yo lo soy también. Vivimos juntos y nos
llevamos muy bien. Pero, eso no debe recortar en lo más mínimo nuestra libertad. No hablemos más del
asunto.
Sólo quiero que sepas
que lo siento mucho
me dijo
. Aunque las apariencias digan otra cosa, te
aseguro que no ha pasado absolutamente nada entre Víctor y yo. Lo de esta noche ha sido una tontería sin
ninguna impor
tancia. Y no se va a repetir.
Te creo
le dije yo, cogiéndola
de la mano, por
que me apenaba ver lo mal que se sentía
. Olvidemos
todo esto. Y no pongas esa cara, por favor. Tú eres bonita sobre todo cuando sonríes.
En efecto, los días siguientes no volvimos a hablar del tema, y ella hizo muchos esfuerzos para mostra
rse
riñosa. La verdad, no me afectó mucho saber que proba
blemente había surgido un romance entre Marcella y
el coreógrafo alicantino. Nunca me había hecho muchas ilu
siones sobre lo que duraría nuestra relación. Y
ahora, además, sabía que mi amor por e
lla, si eso era amor, era un sentimiento bastante superficial. No me
sentía herido ni humillado; sólo curioso por saber cuándo tendría que mudarme a vivir solo una vez más. Y
desde entonces em
pecé a preguntarme si me quedaría en Madrid o volvería a París.
Dos o tres semanas
después, Marcella me anunció que habían invitado a Víctor Almeda a presentar Meta
morfosis en Frankfurt, en
un festival de danza moderna. Era una ocasión importante para que ella diera a conocer su trabajo en
Alemania. ¿Qué me parecía?
Magnífico
le dije
. Estoy seguro que Metamorfosis tendrá allá tanto éxito como en Madrid.
Por supuesto que vendrás conmigo
se apre
suró a decir ella
. Allá podrás seguir con las traduccio
nes
y...
Pero yo la acariñé y le dije que no fuera tonta ni pusi
era esa cara de angustia. Yo no iría a Alemania, no
teníamos dinero para eso. Me quedaría en Madrid traba
jando en mi traducción. Yo tenía confianza en ella. Que
preparara su viaje y se olvidara de todo lo demás, porque podía ser decisivo para su carrera.
Se le salieron unos
grimones al abrazarme y decirme al oído: «Te juro que aquella tontería no se repetirá jamás, caro».
«Por supuesto, por supuesto, bambina», la besé.
El mismo día que Marcella partió a Frankfurt, por tren
yo fui a despedirla a la esta
ción de Atocha
,
Víc
tor Almeda, que debía viajar dos días después por avión con el resto de la compañía, vino a tocarme la
puerta del pisito de la calle Ave María. Traía una cara muy seria, co
mo si lo devoraran profundas cuestiones.
Supuse que venía a da
rme alguna explicación por el episodio del Olimpia y le propuse que tomáramos un café
en el Barbieri.
En realidad, venía a decirme que él y Marcella estaban enamorados y que él consideraba su obligación
moral hacérmelo saber. Marcella no quería hacerme suf
rir y por eso se sacrificaba siguiendo a mi lado a pesar
de amar
lo a él. Ese sacrificio, además de hacerla desdichada, iba a perjudicar su carrera.
Le agradecí su franqueza y le pregunté si, contándome todo eso, esperaba que yo les resolviera el
problema.
Bueno
vaciló un momento
, en cierta for
ma, sí. Si usted no toma la iniciativa, ella no la tomará
nunca.
¿Y por qué tomaría yo la iniciativa de romper con una muchacha a la que tengo tanto cariño?
Por generosidad, por altruismo
dijo él en el acto, co
n una solemnidad tan teatral que tuve ganas de
reírme
. Porque usted es un caballero. Y porque ahora ya sabe que ella me ama a mí.
En ese momento me di cuenta que el coreógrafo me trataba ahora de usted. Las veces anteriores,
siempre nos habíamos tuteado.
¿Pretendía de este modo recordar
me los veinte años que yo le llevaba a
Marcella?
Tú no eres franco conmigo, Víctor
le dije
. Confiésame toda la verdad. ¿Marcella y tú planearon
esta visita tuya? ¿Te pidió ella que me hablaras porque ella no se atrevía?
Lo vi removerse en el asiento y negar con la cabe
za. Pero, al abrir la boca, asintió:
Lo decidimos entre los dos
reconoció
. Ella no quiere que tú sufras. Tiene toda clase de
remordimien
tos. Pero yo la he convencido de que la primera lealtad no es con
el qué dirán sino con los
sentimientos.
Estuve a punto de decirle que lo que acababa de oír era una huachafería, y explicarle ese peruanismo,
pero no lo hice porque ya estaba harto de él y quería que se fuera. De modo que le pedí que me dejara a solas,
ref
xionando sobre todo lo que me había dicho. Pronto to
aría una decisión al respecto. Le deseé muchos
éxitos en Frankfurt y le di un apretón de mano. En realidad ya ha
bía decidido dejar a Marcella con su bailarín y
regresarme a París. Entonces, ocurrió l
o que tenía que ocurrir.
Dos días después, mientras trabajaba en la tarde en mi querencia del fondo del Café Barbieri, una elegan
te silueta femenina se sentó de pronto en la mesa, frente a mí:
No te voy a preguntar si sigues enamorado de mí, porque ya sé
que no
dijo la niña mala
. Infanti
cida.
La sorpresa fue tan mayúscula que, no sé cómo, eché al suelo la botella de agua mineral medio llena, que
se quebró en pedazos y salpicó a un muchacho con pelo de puercoespín y tatuajes de la mesa del lado.
Mientra
s la camarera andaluza se afanaba levantando los pedazos de vidrio, yo examinaba a la dama que, de la
manera más ines
perada, luego de tres años, bruscamente resucitaba en el momento y el lugar más inesperado
del mundo: el Café Bar
bieri de Lavapiés.
A pes
ar de que estábamos a fines de mayo y hacía calor, ella llevaba un saquito de media estación azul
claro sobre una blusa blanca abierta, y alrededor de la garganta le bailaba una cadenita de oro. El cuidado
maquillaje no ocultaba lo demacrado de su rostro,
los huesos salidos de sus pómulos y las pequeñas bolsas
alrededor de los ojos. Habían pasado sólo tres, pero a ella le habían caído diez años encima. Era una vieja.
Mientras la chica andaluza es
tuvo limpiando el suelo, ella tamborileaba en la mesa con una
de sus manos, dé
uñas cuidadosamente arregladas y pintadas, como si acabaran de pasar por la manicurista. Sus dedos se habían
alargado y enflaquecido. Me miraba sin pestañear, sin humor y
¡colmo de los colmos!
me tomaba cuentas
por mi mal comportamiento:
Nunca hubiera creído que te pondrías a vivir con una mocosa que puede ser tu hija
repitió, indigna
. Y, además, una hippy que seguro no se baña nunca. Qué bajo has caído, Ricardo Somocurcio.
Tenía ganas de apretarle el pescuezo y de echarme a reír a
carcajadas. No, no era broma: ¡me estaba
haciendo una escena de celos! ¡Ella a mí!
Tú tienes ya 53 o 54 años, ¿no?
prosiguió, tam
borileando siempre en la mesa
. ¿Y cuántos esa
lolita? ¿Veinte?
Treinta y tres
le dije yo
. Representa me
nos, es verdad.
Porque es una chica feliz y la felicidad re
juvenece a la gente. Tú no pareces muy feliz, en cambio.
¿Se baña alguna vez?
se exasperó ella
. ¿O a la vejez te ha dado por eso, por la suciedad?
He aprendido del Yakuza Fukuda
le dije yo
. He comprobado qu
e las porquerías tienen también su
gra
cia, en la cama.
Por si quieres saberlo, en este momento te odio con toda mi alma y quisiera que te murieras
dijo
ella, sordamente. No me había quitado la vista ni había pesta
ñeado una sola vez.
Cualquiera que no
te conociera diría que estás celosa.
Por si quieres saberlo, sí lo estoy. Pero, sobre to
do, decepcionada de ti.
Le cogí la mano y la obligué a acercarse un poco, para decirle, sin que oyera nuestro vecino, el
puercoespín tatuado:
¿Qué significa esta pay
asada? ¿Qué haces aquí? Me clavó las uñas en la mano antes de contestar
me.
Lo hizo bajando también la voz:
No sabes cómo lamento haberte buscado todo este tiempo. Pero y
. sé que esa hippy te va a hacer
pasar
las de Caín, te va a meter cuernos y te va a
dejar tirado co
mo un trapo sucio. Y no sabes cuánto me
alegro.
Estoy perfectamente entrenado para eso, niña mala. En cuestión de cuernos y abandonos, sé todo lo
que hay que saber y todavía más.
Le solté la mano pero, en el acto, ella me la volvió a coger
Me había jurado no decirte nada sobre esa hippy
dijo, suavizando la voz y la expresión
. Pero, ape
nas te vi, no pude contenerme. Todavía me dan ganas de rasguñarte. Sé un poco más galante y pídeme una taza
de té.
Llamé a la camarera andaluza y traté d
e soltarle la mano, pero la suya seguía aferrada a la mía.
¿La quieres a esa hippy asquerosa?
me pre
guntó
. ¿La quieres más de lo que me querías a mí?
A ti yo no creo que te haya querido nunca
le aseguré
. Tú eras para mí lo que era Fukuda para ti:
a enfermedad. Ahora me he curado, gracias a Marcella.
Me examinó un rato y, sin soltarme la mano, son
rió con ironía por primera vez, mientras me decía:
Si no me quisieras no te habrías puesto tan páli
do ni tendrías tan quebrada la voz. ¿No irás a ponert
e a
llorar, Ricardito? Porque tú eres bastante lloroncito, si mal no recuerdo.
Te prometo que no. Tienes la maldita costum
bre de aparecer de pronto, como una pesadilla, en los
mentos menos pencados. Ya no me hace gracia. La ver
dad, no esperaba volver
a verte nunca más. ¿Qué es
lo que quieres? ¿Qué haces acá en Madrid?
Cuando le trajeron la taza de té, pude examinarla un poco mientras ella le echaba un terrón de azúcar,
vía el líquido, y escudriñaba la cucharilla, el platito y la taza haciendo ascos
. Llevaba una falda blanca y unos
patos también blancos y calados, que dejaban ver sus peque
os pies, de uñas pintadas con un esmalte
transparen
te. Sus tobillos eran otra vez dos cañitas de bambú. ¿Ha
bría estado enferma de nuevo? Sólo en la
época de l
a clí
nica de Pétit Clamart la había visto tan delgada. Llevaba los cabellos echados hacia atrás en dos
bandas y sujetos con unos prendedores a la altura de las orejas, que lucían airosas como siempre. Se me ocurrió
que, sin el enjuague al que probablement
e debían su negrura, sus cabellos de
bían ser ya grises, acaso blancos
como los míos.
Todo parece sucio aquí
dijo, de pronto, mi
rando a su alrededor y exagerando la expresión de disgus
. La gente, el local, hay telarañas y polvo por todas partes. Has
ta tú pareces sucio.
Esta mañana me duché y me jaboné de arriba abajo, palabra.
Pero estás vestido como un pordiosero
dijo ella, cogiéndome la mano otra vez.
Y tú como una reina
le dije yo
. ¿No tienes miedo de que te asalten y te roben en un sitio de
muertos de hambre como éste?
En esta nueva etapa de mi vida estoy dispuesta a correr cualquier peligro por ti
se rió ella
Además, tú, que eres un caballero, me defenderías hasta la muerte, ¿no? ¿O desde que te juntas con hippies ya
dejaste de ser un c
aballerito miraflorino?
Se le había pasado la furia de un momento atrás y, ahora, apretándome la mano con firmeza, se reía. En
sus ojos había una lejana reminiscencia de aquella miel oscura, una lucecita que encendía su cara demacrada y
envejerida.
¿Cómo
me has encontrado?
Me costó mucho trabajo. Meses. Mil averiguaciones, por todas partes. Y un montón de plata. Estaba
muerta de susto, llegué a pensar que te habías suicidado. Esta vez de verdad.
Esas estupideces se hacen sólo una vez, cuando uno está imb
ecilizado de amor por alguna mujer. Ya no
es mi caso, felizmente.
Tratando de encontrarte, me he peleado con los Gravoski
me dijo de pronto, enfureciéndose otra
vez
. Elena me trató muy mal. No me quiso dar tu dirección ni decirme nada sobre ti. Y se pus
o a tomarme
cuentas. Que yo te había hecho desgraciado, que estuve a punto de ma
tarte, que tuve la culpa de que te diera
un ataque cerebral, que he sido la tragedia de tu vida.
Elena te dijo la pura verdad. Tú has sido la desgracia de mi vida.
La mandé
a la mierda. No pienso hablarle ni ver
la nunca más. Lo siento por Yilal, porque ya no creo que
vuelva a verlo tampoco a él. Quién se ha creído esa idiota para tomarme cuentas a mí. ¿No estará enamorada
de ti,
ésa?
Se movió en el asiento y, de repente, me
pareció que empalidecía.
¿Se puede saber para qué me has
buscado?
Quería verte y hablar contigo
dijo, sonriendo otra vez
. Te extrañaba. ¿Tú también a mí, un
poquito?
Tú reapareces y me buscas siempre entre dos amantes
le dije, tratando de zafarme de
su mano. Esta
vez lo logré
. ¿Te ha echado el marido de Martine? ¿Vie
nes a hacer un intermedio en mis brazos hasta que
caiga en tus redes el próximo vejete?
Ya no
me interrumpió, volviendo a cogerme
a mano y adoptando el tonito burlón de antaño
. He
cidido poner punto final a mis locuras. Voy a pasar mis últimos años con mi marido. Siendo una esposa
modelo.
Me eché a reír y ella se rió también. Me rascaba la mano con sus deditos y yo tenía cada vez más ganas
de sacarle los ojos.
¿Tienes un marido, tú
? ¿Se puede saber quién es?
Todavía soy tu mujer y puedo probarlo, tengo los certificados
dijo, poniéndose seria
. Tú eres mi
marido. ¿Ya no te acuerdas que nos casamos en la mairie del Cinquiéme?
Fue una farsa, para conseguirte papeles
le recordé
. Nu
nca has sido mi mujer de verdad. Has
estado conmigo por épocas, cuando tenías problemas, mientras no conseguías algo mejor. ¿Me vas a decir para
qué me has buscado? Esta vez, si es que estás en problemas, no po
dría ayudarte aunque quisiera. Pero
tampoco q
uiero. No tengo un centavo y vivo con una muchacha a la que quie
ro y que me quiere.
Una hippy mugrienta que te va a largar en cualquier momento
dijo, enojándose otra vez
. Que no
se ocupa dé ti para nada, a juzgar por la manera como andas vestido. En ca
mbio, de ahora en adelante yo te
voy a cui
dar. Me voy a ocupar de ti las veinticuatro horas del día. Como una esposa modelo. Para eso he venido,
ya lo sabes.
Hablaba con la carita de burla de otros tiempos, desmintiendo con el irónico brillo de sus ojos l
as
palabras que me iba diciendo. De tanto en tanto, tomaba un sorbito de té. Ese jueguecito estúpido consiguió
irritarme.
¿Sabes una cosa, niña mala?
le dije atrayéndola un poco para poder hablarle en voz muy baja, con
toda la cólera que tenía acumulada
. ¿Te acuerdas de esa noche, en el departamento, en que estuve a punto
de apretarte el pescuezo? Mil veces he lamentado no haberlo hecho.
Todavía tengo ese vestido de bailarina árabe
susurró, con toda la picardía que le quedaba
. Me
acuerdo muy bien de e
sa noche. Me pegaste y después hi
cimos el amor riquísimo. Me dijiste unas cositas muy
nitas. Hoy, no me has dicho ni una sola todavía. Estoy por creer que es verdad que ya no me quieres.
Tenía ganas de abofetearla, de sacarla del Café Barbieri a puntap
iés, de hacerle todo el daño físico y mo
ral que un ser humano puede hacer a otro, y, al mismo tiempo, gran imbécil, tenía ganas de tomarla en mis bra
zos, preguntarle por qué estaba tan delgadita y acabada, y acariñarla y besarla. Me ponía los pelos de pu
nta
imaginar que ella pudiera leer mis pensamientos.
Si quieres que reconozca que me he portado mal contigo y que he sido una egoísta, lo reconozco
me
susurró, acercándome la cara, pero yo le alejé la mía
. Si quieres que me pase el resto de la vida dici
éndote
que Ele
na tiene razón, que te he hecho daño y no he sabido valo
rar tu amor y esas idioteces, bueno, lo haré.
¿Eso es lo que quieres para que se te quite el rencor, Ricardito?
Quiero que te vayas. Que de una vez por todas y para siempre desaparezc
as de mi vida.
Vaya, una huachafería. Ya era hora, niño bueno.
No te creo una palabra de lo que dices. Sé muy bien que me buscas porque crees que te puedo echar
una mano en alguno de tus enredos, ahora que ese pobre ve
jete te ha echado.
No me echó, lo
eché yo a él
me corrigió, con mucha calma
. Mejor dicho, se lo entregué enterito a
sus hijitos que tanto extrañaban a su papito. Debías estar
me agradecido, niño bueno. Si supieras los dolores de
beza y la plata que te ahorré yéndome con él, me besaría
s las manos. No sabes lo cara que le ha costado al
pobre esta aventura.
Lanzó una risita penetrante, burlona, malvada a más no poder.
Me acusaron de haberlo secuestrado
añadió, como festejándose una gracia
. Presentaron
certificados médicos falsos al jue
z, diciendo que su padre tenía demen
cia senil, que no sabía lo que hacía
cuando se escapó conmigo. La verdad, no valía la pena perder el tiempo pelean
do por él. Se lo devolví
encantada. Que ellos y Martine le limpien los mocos y le tomen la presión arter
ial dos veces al día.
Eres la persona más perversa que he conocido, niña mala. Un monstruo de egoísmo y de
insensibilidad. Capaz de apuñalar con la mayor frialdad a las personas que mejor se portan contigo.
Bueno, sí, tal vez sea así
asintió ella
. A mí
tambié
me han dado muchas puñaladas en la vida, te
aseguro. No me arrepiento de nada de lo que he hecho. Bueno, salvo de haberte hecho sufrir a ti. He decidido
cambiar. Por eso estoy aquí.
Se me quedó mirando con una carita de mosquita muerta que me irri
tó todavía más.
Quien no te conozca que te compre. ¿Se te ocu
rre que voy a tomar en serio ese numérico de esposa
arrepentida? ¿Tú, niña mala?
Sí, yo. He venido a buscarte porque te quiero. Porque te necesito. Porque no puedo vivir con nadie que
no seas
tú. Aunque te parezca un poco tarde, ahora ya lo sé. Por eso, de ahora en adelante, aunque me muera
de ham
bre y tenga que vivir como una hippy, voy a vivir contigo. Y con nadie más. ¿Te gustaría que me vuelva
una hippy y deje de bañarme? ¿Que me vista com
o el espantapájaros con el que andas? Lo que tú quieras.
Tuvo un ataque de tos y se le enrojecieron los ojos por el fuerte espasmo. Bebió un trago de mi vaso de
agua.
¿No te importa que salgamos de aquí?
me di
jo, tosiendo de nuevo
. Con este humo y este
polvo no
puedo respirar. Todo el mundo fuma aquí en España. Es una de las cosas que no me gusta de este país. Donde
vayas, la gente te echa encima bocanadas de humo.
Pedí la cuenta, pagué y salimos. Cuando llegamos a la calle y la vi a la luz del día, me
quedé espantado
con su flacura. Sentada, sólo había advertido la delgadez de su cara. Pero, ahora, de pie, sin penumbra, era un
desecho humano. Se había curvado un poco y caminaba insegura, como sorteando obstáculos. Sus pechos
parecían haberse reducido ha
sta casi desaparecer y los huesitos de los hom
bros resaltaban, nítidos, por debajo
de la blusa. Además de una cartera llevaba una carpeta abultada.
Si te parece que me he vuelto muy flaca, muy fea y muy vieja, no me lo digas, por favor. ¿Dónde pode
mos i
r?
A ningún sitio. Aquí, en Lavapiés, todos los ca
fés son tan viejos y polvorientos como éste. Y todos están
llenos de fumadores. Así que mejor nos despedimos aquí.
Necesito hablar contigo. No será muy largo, te prometo.
Estaba cogida de mi brazo y sus
dedos, tan delgaditos, tan huesudos, parecían los de una niñita.
¿Quieres ir a mi casa?
le dije, arrepintiéndome al tiempo que se lo proponía
. Vivo aquí
erca. Pero,
te advierto, te dará más asco que este café.
Vamos a donde sea
dijo ella
. Eso sí, si
apa
rece esa hippy maloliente, le sacaré los ojos.
Ella está en Alemania, no te preocupes.
La subida de los cuatro pisos fue larga y complica
da. Subía los peldaños muy desp
y en cada rellano
se detenía a descansar. En ningún
omento se soltó de mi b
razo. Cuando llegamos al último piso había
palidecido todavía más y tenía la frente con brillos de sudor.
Apenas entramos, se dejó caer en el silloncito de la sala y respiró hondo. Luego, sin decir palabra, ni
moverse del sitio, comenzó a examinar todo lo
que tenía alrededor, con los ojos muy graves y el ceño y la frente
fruncidos: los
modelos y los dibujos y los trapos de Marcella desparramados por doquier, las revistas y los libros
apilados en los rin
cones y en los estantes, el desbarajuste generalizado.
Cuando llegó a la cama desarreglada, vi
que su semblante se demu
daba. Fui a la cocinita a traerle una botella de agua mineral. La encontré en el mismo
sitio, mirando fijamente la cama.
Tú tenías la manía del orden y de la limpieza, Ricardito
musitó
. M
e parece increíble que vivas en
semejante pocilga.
Me senté a su lado y me invadió una gran tristeza. Lo que decía era cierto. Mi pisito de la École Militaire,
pequeño y modesto, siempre estuvo impecablemente lim
pio y ordenado. En cambio, este burdel refl
ejaba muy
bien tu irreversible decadencia, Ricardito.
Necesito que firmes algunos papeles
dijo la niña mala, señalándome la carpeta, que había puesto en
el suelo.
El único papel que te firmaría a ti sería el del divorcio, si ese matrimonio todavía vale
le respondí
Conociéndote, no me extrañaría que me hagas firmar cualquier embrollo y que termine en la cárcel. Hace
cuarenta años que te conozco, chilenita.
Me conoces mal
dijo ella, muy tranquila
. Tal vez, a otros les podría hacer maldades. Pero a ti
, no.
A mí me has hecho las peores maldades que pue
de hacerle una mujer a un hombre. Me has hecho
creer que me querías, mientras que, con toda la tranquilidad del mundo, seducías a otros caballeros porque
tenían más dinero, y me largabas sin el menor car
go de conci
enci
a. No lo has hecho una sino dos, tres veces.
Dej
me
des
trozado, aturdido, sin ánimos de nada. Y, encima, tienes una vez más el atrevimiento de volver a
decirme, con la cara más fresca, que quieres que vivamos juntos de nuevo. La verdad,
eres como para exhibirte
en los circos.
Estoy arrepentida. No volveré a hacerte ningu
na mala pasada.
No tendrás ocasión, porque nunca volveré a vi
vir contigo. A ti nadie te ha querido como yo, nadie ha
cho todo lo que yo... Bueno, me siento estúpido
dicién
dote estas tonterías. ¿Qué es lo que quieres de mí?
Dos cosas
dijo ella
. Que dejes a esa hippy sucia y te vengas a vivir conmigo. Y que firmes esos
pape
les. No hay ninguna trampa. Te he traspasado todo
o que tengo. Una casita en el sur de Fran
cia, cerca de
Séte, y unas acciones de la Electricidad de Francia. Todo está puesto a tu nombre. Pero tienes que firmar esos
papeles para que e
traspaso valga. Léelos, consulta un abogado. No lo hago por mí, sino por ti. Para dejarte
todo lo que tengo.
uchas gracias, pero no te puedo aceptar ese regalo tan generoso. Porque, probablemente, esa casita
y esas acciones son robadas a mañosos y no tengo ninguna gana de ser testaferro tuyo o del gángster de turno
para el que estás trabajando. ¿No será otra vez
el famoso Fukuda, espero?
Entonces, antes de que yo pudiera atajarla, me echó los brazos al cuello y se prendió de mí con todas sus
fuerzas.
Deja de reñirme y de decirme maldades
se quejó, mientras me besaba el cuello
. Dime más bien
que estás contento d
e verme. Dime que me has extrañado y que me quieres a mí, no a esta hippy con la que
vives en este chiquero.
Yo no me atrevía a apartada, aterrado de sentir el esqueleto que era su cuerpo, una cintura, unas
espaldas, unos brazos en los que parecían haber d
esaparecido todos los músculos, quedar sólo los huesos y el
pellejo. La frágil, delicada personita que se apretaba contra mí despedía una fragancia que me hacía pensar en
un jardín lleno de flores. No pude seguir simulando
ás.
¿Por qué estás tan flaquita
le pregunté al oído.
Dime primero que me quieres. Que a esta hippy no la quieres, que te pusiste a vivir con ella sólo por
des
pecho, porque te dejé. Dímelo. Desde que supe que esta
bas con ella me estoy muriendo de celos a
poquitos.
Yo sentía ahora su
pequeño corazón, latiendo con
tra el mío. Le busqué la boca y la besé, largamente.
Sentía su lengüita enredada en la mía, y tragaba su saliva. Cuan
do metí la mano por debajo de su blusa y le
acaricié la es
palda sentí en mis dedos todas sus costillas y l
a columna vertebral, como si no los separara de mis
dedos ni una ín
fima película de carne. No tenía pechos; sus pezones, di
minutos, estaban a ras de piel.
¿Por qué estás tan flaquita?
le volví a preguntar
. ¿Has estado enferma? ¿Qué has tenido?
No pue
do hacer el amor contigo, no me toques ahí. Me han operado, me han sacado todo. No quiero
que me veas desnuda. Tengo el cuerpo lleno de cicatrices. No quiero que tengas asco de mí.
Lloraba con desesperación y no conseguía calmar
la. Entonces, la senté en m
is rodillas y la acaricié mucho
rato, como solía hacerlo en París, cuando tenía los ataques de miedo. También su potito se había escurrido,
como sus pechos, y sus muslos eran tan delgaditos como sus brazos. Parecía uno de esos cadáveres vivientes
que muest
ran las fotografías de los campos de concentración. La acariñaba, la besaba, le decía que la quería,
que yo la cuidaría, y, al mismo tiempo, tenía un indescriptible horror porqu
taba absolutamente seguro de
que ella no había estaco gra
ve, que lo estab
a ahora y que muy pronto iba a morir. Na
die podía enflaquecer así y
recuperarse.
Todavía no me has dicho que me quieres más que a esa hippy, niño bueno.
Claro que te quiero más que a ella y que a na
die, niña mala. Tú eres la única mujer que yo he queri
do y
quiero en el mundo. Y, aunque me has hecho maldades, me has dado también una felicidad maravillosa. Ven,
quie
ro tenerte en mis brazos desnuda y hacerte el amor.
La llevé a la cama, la tendí y la desnudé. Ella, con los ojos cerrados, se dejó desnudar,
ladeándose, para
ponerme su cuerpo lo menos posible. Pero, yo, acaricián
dola, besándola, la hice desencogerse y estirarse. No
la ha
bían operado sino destrozado. Le habían sacado los pechos y repuesto los pezones con torpeza, dejando
las gruesas cicat
rices circulares, como dos rojizas corolas. Pero, la cicatriz peor arrancaba de su vagina y subía
hasta el ombligo, serpenteando, una costra entre marrón y rosada que pare
cía reciente. La impresión que tuve
fue tan grande que, sin darme cuenta de lo que h
acía, la cubrí con la sábana. Y supe que nunca más podría
hacerle el amor.
Yo no quería que me vieras así y que tuvieras asco de tu mujer
dijo ella
. Pero...
Pero yo te quiero y añora te voy a cuidar hasta que estés completamente curada. ¿Por qué no me
llamas
te, para que yo te acompañara?
No te encontraba por ninguna parte. Hace me
ses que te busco. Era lo que más me desesperaba:
morirme sin volver a verte".
La habían operado la segunda vez apenas hacía tres semanas, en un hospital de Montpellier. Los
médicos
habían sido muy francos. El tumor en la vagina había sido detectado muy tarde y aunque lo extrajeron, el
examen postoperatorio indicó que la metástasis había comenzado y que prácticamente no había nada que
hacer. La quimio
terapia sólo retardaría l
o inevitable y además, en el estado de debilidad extrema en que se
encontraba, probablemen
te no la resistiría. La operación de los pechos fue un año
antes, en Marsella. Por su
extrema debilidad no habían podido intervenirla de nuevo, para reconstruirle el
busto. Ella y el marido de
Martine, desde que se fugaron, habían vivido en la costa mediterránea, en Frontignan, cerca de Séte, donde él
tenía propiedades. Se había portado muy bien con ella cuando le detectaron el cáncer. Había sido generoso y
atento y l
a había colmado de atenciones, sin hacerle notar, cuando le sacaron los pechos, que se sentía
decepcionado. Por el contrario, fue ella la que poco a poco lo convenció de que, en vista de que su suerte
estaba echa
da, lo mejor que podía hacer era reconcilia
rse con Marti
ne y acabar el pleito con sus hijos, del que
sólo iban a sacar buena tajada los abogados. El caballero volvió donde su fa
milia, despidiéndose de la niña mala
con generosidad: le compró la casita en Séte que ahora ella pretendía traspasar
me
y le colocó en el banco unas
acciones de la Electricidad de Francia que le permitieran vivir sin angustias económi
cas lo que le quedaba de
vida. Ella había comenzado a bus
carme hacía un año por lo menos, hasta dar conmigo en Madrid, gracias a una
agencia
de detectives, «que me sacó un ojo de la cara». Cuando le comunicaron mi paradero, es
taba en plenos
exámenes en el hospital de Montpellier. Co
mo los dolores en la vagina los tenía desde los tiempos de Fukuda,
ella no les había hecho mucho caso.
Me contó
todo esto en una larguísima conversación que duró toda la tarde y buena parte de la noche,
echados en la cama, ella apretada contra mí. Se había vuelto a vestir. A ratos se callaba para que yo pudiera
besarla y decirle que la quería. Me contó esa historia
¿Cierta? ¿Muy adornada? ¿Totalmente falsa?
sin
dramatismo, con aparente objeti
vidad, sin autocompasión, pero, eso sí, con alivio, conten
ta, como si luego de
contármela pudiera morirse en paz.
Duró 37 días más, en los que se portó, tal como me había jur
ado que lo haría en el Café Barbieri, como
esposa modelo. Por lo menos, cuando los terribles dolores no la tenían acostada y sedada con morfina. Me
trasladé a vivir con ella a un aparthotel de Los Jerónimos, donde estaba alojada, llevándome una sola ma
leta
con cuatro co
sas que ponerme y algunos libros, y dejé a Marcella una carta muy hipócrita y digna, diciéndole
que había decidi
do partir, devolviéndole la libertad, porque no quería ser un obstáculo para una felicidad que,
lo comprendía muy bien, no p
odía darle yo, dada la diferencia de edad y de vocaciones, sino un joven de su
edad y de disposición afín como Víctor Almeda. A los tres días partimos la niña ma
la y yo, en tren, a su casita de
las afueras de Séte, en lo alto de una colina, desde la que s
e veía el hermoso mar can
tado por Valéry en El
cementerio marino. Era una casita pequeña, austera, bonita, bien arreglada, con un pequeño jardín. Durante
dos semanas, ella estuvo tan bien, tan con
tenta, que, contra toda razón, pensé que podía recuperar
e. Una
tarde, sentados en el jardín, a la hora del crepúscu
lo, me dijo que, si algún día se me ocurría escribir nuestra
historia de amor, que no la hiciera quedar muy mal por
que, entonces, su fantasma vendría a jalarme los pies to
das las noches.
¿Y por
qué se te ha ocurrido eso?
Porque siempre has querido ser un escritor y no te atrevías. Ahora que te vas a quedar sólito, puedes
aprovechar, así no me extrañarás tanto. Por lo menos, confiesa que te he dado tema para una novela. ¿No, niño
bueno?

Приложенные файлы

  • pdf 18333778
    Размер файла: 2 MB Загрузок: 0

Добавить комментарий