Perez Reverte El Oro del rey


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2000, Arturo Prez-Reverte
2000, Grupo Santillana de Ediciones, S. A.
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A Antonio Cardenal,
Qu se saca de aquesto? Alguna gloria?
Algunos premios, o aborrecimiento?
Sabrlo quien leyere nuestra historia.
Garcilaso de la Vega
Ya estamos muy abatidos, porque los que nos han de hon-
rar nos desfavorecen. El solo nombre de espaol, que en
otro tiempo peleaba y con la reputacin temblaba de l
todo el mundo, ya por nuestros pecados lo tenemos casi per-
dido...
Cerr el libro y mir a donde todos miraban. Despus de varias
Jess Nazareno
impulsado por el viento de poniente que ahora hencha entre cru-
jidos la lona del palo mayor. Agrupados en la borda del galen,
bajo la sombra de las grandes velas, soldados y marineros seala-
ban los cadveres de los ingleses, muy lindamente colgados bajo
los muros del castillo de Santa Catalina, o en horcas levantadas a
ocano. Parecan racimos de uvas esperando la vendimia, con la
diferencia de que a ellos los haban vendimiado ya.
Perros dijo Curro Garrote, escupiendo al mar.
Tena la piel grasienta y sucia, como todos nosotros: poca agua
y jabn a bordo, y liendres como garbanzos despus de cinco se-
I. LOS AHORCADOS DE CDIZ
brazo izquierdo, medio estropeado por los ingleses en el reducto
de Terheyden, contemplando satisfecho la restinga de San Sebas-
tin; donde, frente a la ermita y su torre de la linterna, humeaban
los restos del barco que el conde de Lexte haba hecho incendiar
con cuantos muertos propios pudo recoger, antes de reembarcar a
do. Que si aquella infeliz Espaa era ya un imperio en decadencia,
con tanto enemigo dispuesto a mojar pan en la pepitoria y arre-
baar los menudos, an quedaban dientes y zarpas para vender
cara la piel del viejo len, antes de que se repartieran el cadver los
cuervos y los mercaderes a quienes la doblez luterana y anglicana
el diablo los cra y ellos se juntan permiti siempre conjugar sin
embarazo el culto a un Dios de manga ancha con la piratera y el
beneficio comercial; que entre herejes, ser ladrn devino siempre
truendo las bocas de bronce que asomaban por nuestras portas. En
la proa del
Jess Nazareno
, los marineros aprestaban las ncoras de
hierro para dar fondo. Y al cabo, cuando en la arboladura gualdra-
pe la lona recogida por los hombres encaramados a las antenas,
guard en la mochila el
Guzmn de Alfarache
pitn Alatriste en Amberes para disponer de lectura en el viaje y
fui a reunirme con mi amo y sus camaradas en la borda del combs.
Alborotaban casi todos, dichosos ante la proximidad de la tierra,
sabiendo que estaban a punto de acabar las zozobras del viaje, el pe-
ligro de ser arrojados por vientos contrarios sobre la costa, el hedor
de la vida bajo cubierta, los vmitos, la humedad, el agua semipo-
drida y racionada a medio cuartillo por da, las habas secas y el biz-
cocho agusanado. Porque si miserable es la condicin del soldado
en tierra, mucho peor lo es en el mar; que si all quisiera Dios ver al
Sonrea torcido, el aire canalla, y haba pronunciado el nombre
entre dientes, como si lo escupiese.
Se tocaba el brazo estropeado cual si de pronto le doliera, o pre-
guntndose para sus adentros en nombre de qu haba estado a
punto de dejarlo, con el resto del pellejo, en el reducto de Terhey-
den. Iba a decir algo ms; pero Alatriste lo observ de soslayo, el
mencos hasta sumar diecisis velas, habamos roto el bloqueo ho-
lands rumbo al norte, donde nadie nos esperaba, y cado sobre la
flota arenquera neerlandesa para ejecutar en ella muy linda mon-
tera antes de rodear Escocia e Irlanda y bajar luego hacia el sur
por el ocano. Los mercantes y uno de los galeones se desviaron de
camino, a Vigo y a Lisboa, y el resto de las grandes naves seguimos
rumbo a Cdiz. En cuanto a los corsarios, sos se haban quedado
por arriba, merodeando frente a las costas inglesas, haciendo muy
bien su oficio, que era el de saquear, incendiar y perturbar las acti-
haca a nosotros en las Antillas y en donde poda. Que a veces
Dios queda bien servido, y donde las dan las toman.
Fue en ese viaje donde asist a mi primer combate naval, cuan-
soberanos y gobernantes alentaron la ciencia nutica y cuidaron
a sus marinos, pagndolos bien; mientras que Espaa, cuyo inmen-
so imperio dependa del mar, vivi de espaldas a ste, habituada a
tener en ms al soldado que al navegante. Que cuando hasta las
chas. Y a poco, nosotros, que a bordo del
Jess Nazareno
ventebamos arcabuceando la otra banda del enemigo, vimos c-
mo los nuestros llegaban al alczar de la capitana holandesa y se
cobraban muy en crudo cuanto los otros les haban tirado de lejos.
Y baste, en resumen, apuntar que los ms afortunados entre los
herejes fueron quienes se echaron al agua glida con tal de escapar
al degello. De esa manera les tomamos dos urcas y hundimos
una tercera, escapando la cuarta bien maltrecha, mientras los cor-
sarios nuestros flamencos catlicos de Dunquerque no se que-
daron atrs en la faena saquearon e incendiaron muy a su gusto
veintids arenqueros, que navegaban dando bordos desesperados
en todas direcciones como gallinas a las que se les cuelan raposas
en el gallinero. Y al anochecer, que en la latitud de aquellos mares
llega cuando en Espaa apenas es media tarde, dimos vela al su-
doeste dejando en el horizonte un paisaje de incendios, nufragos
Ya no hubo ms incidentes salvo las incomodidades propias del
viaje, si descontamos tres das de temporal a medio camino entre
Irlanda y el cabo Finisterre que nos tuvieron a todos zarandeados
bajo cubierta con el paternoster y el avemara en la boca un ca-
paros, antes de que pudiramos trincarlo de nuevo y dejaron
maltrecho el galen
San Lorenzo
dose de nosotros para resguardarse en Vigo. Luego vino la noticia
de que el ingls haba ido otra vez sobre Cdiz, lo que conocimos
de la guardia de la carrera de Indias salan rumbo a las islas Azores,
al encuentro de la flota del tesoro para reforzarla y prevenirla, no-
sotros desplegamos vela para ir a Cdiz en buena hora; con oca-
sin, como dije, de ver las espaldas a los ingleses.
Todo aquel tiempo, en fin, lo utilic en leer con mucho deleite
y provecho el libro de Mateo Alemn, y otros que el capitn Ala-
triste haba trado, o pudo conseguir a bordo que fueron, si no
recuerdo mal, la
Vida del Escudero Marcos de Obregn
tro Seor, que visita Andaluca con Su Majestad la Reina;
y puesto que mi favor cerca de Philipo Cuarto y de su Atlante el
conde duque sigue en grata privanza (aunque ayer se fue, ma-
dos entre la gente, con tanto espacio para movernos tras demasia-
do tiempo en la cubierta de un buque. Nos deleitbamos con la
comida expuesta a la puerta de las tiendas: las naranjas, los limo-
nes, las pasas, las ciruelas, el olor de las especias, las salazones y el
pan blanco de las tahonas, las voces familiares que pregonaban g-
neros y mercancas singulares como papel de Gnova, cera de Ber-
bera, vinos de Sanlcar, Jerez y El Puerto, azcar de Motril... El
capitn se hizo afeitar y arreglar el pelo y el mostacho a la puerta
de una barbera; y permanec a su lado, mirando complacido alre-
dedor. En aquel tiempo Cdiz todava no desplazaba a Sevilla en la
carrera de Indias, y la ciudad era pequea, con cuatro o cinco po-
sadas y mesones; pero las calles, frecuentadas por genoveses, por-
tugueses, esclavos negros y moros, estaban baadas de luz cega-
dora y el aire era transparente, y todo era alegre y muy distinto a
Flandes. Apenas haba traza del reciente combate, aunque se vean
por todas partes soldados y vecinos armados; y la plaza de la Iglesia
Mayor, hasta la que nos llegamos tras lo del barbero, hormigueaba
queo y del incendio. El mensajero, un negro liberto enviado por
don Francisco de Quevedo, nos aguardaba all segn lo conve-
nido; y mientras nos refrescbamos en un bodegn y comamos
unas tajadas de atn con pan candeal y bajocas hervidas rocia-
Todas las caballeras estaban requisadas a causa del rebato de los
ingleses, explic, y el medio ms seguro de ir a Sevilla era cruzar
hasta El Puerto de Santa Mara, donde fondeaban las galeras del
rey, y embarcar en una que se dispona a subir por el Guadalquivir.
El negro tena preparado un botecillo con un patrn y cuatro ma-
rineros; as que volvimos al puerto, y de camino nos entreg unos
documentos refrendados con la firma del duque de Fernandina,
que eran pasaporte para que a Diego Alatriste y Tenorio, soldado
del rey con licencia de Flandes, y a su criado igo Balboa Aguirre,
se les facilitase libre trnsito y embarque hasta Sevilla.
En el puerto, donde se amontonaban fardos de equipajes y en-
seres de soldados, nos despedimos de algunos camaradas que por
medio manto que aprovechaban el desembarco para hacer buena
presa. Cuando le dijimos adis, Curro Garrote ya estaba pie a tie-
res que mayo, dndole a la desencuadernada como si le fuera la
vida en ello, desabotonada la ropilla y la mejor mano que tena
apoyada en el pomo de la vizcana por si las moscas, jugando con
la otra entre menudeos a un jarro de vino y a los naipes que iban y
venan entre blasfemias, porvidas y votos a tal, viendo ya en dedos
ajenos la mitad de su bolsa. Pese a todo, el malagueo interrumpi
el negocio para desearnos suerte, con la apostilla de que nos vera-
mos en cualquier parte, aqu o all.
Lo ms tarde, en el infierno concluy.
Despus de Garrote nos despedimos de Sebastin Copons, que
como recordarn vuestras mercedes era de Huesca y soldado viejo,
pequeo, seco, duro y todava menos dado a palabras que el pro-
pio capitn Alatriste. Copons dijo que pensaba disfrutar un par de
das de su licencia en la ciudad, y luego subira tambin hasta Sevi-
masiadas costuras en el cuerpo la ltima, la del molino Ruyter, le
cruzaba una sien hasta la oreja; y tal vez era tiempo, coment, de
pensar en Cillas de Ans, el pueblecito donde haba nacido. Una
mujer moza y un poco de tierra propia haranle buen acomodo, si
es que lograba acostumbrarse a destripar terrones en vez de lutera-
nos. Mi amo y l quedaron en verse en Sevilla, donde la hoste-
ra de B
ecerra. Y al despedirse observ que se abrazaban en silen-
cio, sin aspavientos pero con una firmeza que les cuadraba mucho
Sent separarme de Copons y de Garrote; incluso del ltimo,
co, con su pelo ensortijado, su pendiente de oro y sus peligrosas
maneras de rufin del Perchel. Pero ocurra que sos eran los ni-
cos camaradas de nuestra vieja escuadra de Breda que nos acompa-
aban hasta Cdiz. El resto se haba ido quedando por aqu y por
all: el mallorqun Llop y el gallego Rivas bajo dos palmos de tie-
rra flamenca, uno en el molino Ruyter y otro en el cuartel de Ter-
soldados se haban visto licenciados de grado o por fuerza; y de
este modo volvan a Espaa en el
Jess Nazareno
base principal de las galeras del rey nuestro seor, y mi amo lo co-
noca del tiempo en que anduvo embarcado contra turcos y berbe-
riscos. En cuanto a las galeras, esas mquinas de guerra movidas
por msculos y sangre humana, tambin saba de ellas ms de lo
que muchos quisieran saber. Por eso, tras presentarnos al capitn
Levantina
, que visto el pasaporte nos autoriz a quedarnos a
bordo, Alatriste busc un lugar cmodo en una ballestera, enseb
las manos del cmitre de la chusma con uno de a ocho, y se instal
conmigo, recostado en nuestro equipaje y sin quitar mano de la
daga en toda la noche. Que en gurapas, o sea, en galeras, me dijo
en susurros y con una sonrisa bailndole bajo el mostacho, desde
el capitn hasta el ltimo forzado, el ms honesto no se licencia
para la gloria con menos de trescientos aos de purgatorio.
Dorm arropado en mi ruana, sin que las cucarachas y piojos
pitn Bragado al trmino de la campaa de Breda, y ni entonces ni
despus pude arrancarle una slaba sobre el particular; pero intuyo
que algo tuve que ver con esa decisin. Slo ms tarde supe que en
algn momento Alatriste baraj la posibilidad, entre otras, de pa-
sar conmigo a las Indias. Ya he contado que desde la muerte de mi
padre en un baluarte de Jlich, corriendo el ao veintiuno, el ca-
ca, til para un mozo de mi siglo y condiciones si no dejaba en ella
la salud, la piel o la conciencia, ya era tiempo de prevenir mi edu-
cacin y futuro regresando a Espaa. No era el de soldado el oficio
que Alatriste crea mejor para el hijo de su amigo Lope Balboa,
aunque eso lo desment con el tiempo, cuando despus de Nord-
lingen, la defensa de Fuenterraba y las guerras de Portugal y Cata-
lua, fui alfrez en Rocroi; y tras mandar una bandera sent plaza
como teniente de los correos reales y luego como capitn de la
guardia espaola del rey don Felipe Cuarto. Pero tal biografa da
cumplida razn a Diego Alatriste; pues aunque pele honrosa
como buen catlico, espaol y vascongado en muchos campos de
batalla, poco obtuve de eso; y deb las ventajas y ascensos ms al
favor del rey, a mi relacin con Anglica de Alquzar y a la fortuna
que me acompa siempre, que a los resultados de la vida militar
propiamente dicha. Que Espaa, pocas veces madre y ms a me-
nudo madrastra, mal paga siempre la sangre de quien la vierte a su
servicio; y otros con ms mrito se pudrieron en las antesalas de
funcionarios indiferentes, en los asilos de invlidos o a la puerta
de los conventos, del mismo modo que antes se haban podrido
en los asaltos y trincheras. Que si yo fui afortunado por excepcin,
da viendo granizar las balas sobre los arneses era terminar:
Bien roto, con mil heridas,
yendo a dar tus memoriales
O pedir no ya una ventaja, un beneficio, una bandera o siquie-
ra pan para tus hijos, sino simple limosna por venir manco de Le-
panto, de Flandes o del infierno, y que te dieran con la puerta en
Si a Su Majestad sirvi
y el brazo le estrope
su poca ventura all,
hemos de pagarle aqu
lo que en Flandes pele?
Tambin, imagino, el capitn Alatriste se haca viejo. No ancia-
no, si entienden vuestras mercedes; pues en esa poca finales del
primer cuarto cumplido del siglo deba de andar por los cuarenta
y muy pocos aos. Hablo de viejo por dentro cual corresponde a
hombres que, como l, haban peleado desde su mocedad por la
verdadera religin sin obtener a cambio ms que cicatrices, traba-
jos y miserias. La campaa de Breda, donde Alatriste haba puesto
algunas esperanzas para l y para m, haba sido ingrata y dura, con
jefes injustos, maestres crueles, harto sacrificio y poco beneficio;
y salvo el saco de Oudkerk y algunas pequeas rapias locales, al
cabo de dos aos estbamos todos tan pobres como al principio, si
ros no cobrbamos que en forma de algunos escudos de plata iba
a permitirnos sobrevivir unos meses. Pese a ello, el capitn an ha-
bra de pelear ms veces, cuando la vida nos puso en la ocasin
ineludible de volver bajo las banderas espaolas; hasta que, ya con
vir: de pie, el acero en la mano y los ojos tranquilos e indiferentes,
en la jornada de Rocroi, el da que la mejor infantera del mundo
se dej aniquilar, impasible, en un campo de batalla por ser fiel a
su rey, a su leyenda y a su gloria. Y con ella, del modo en que siem-
pre lo conoc, tanto en la fortuna, que fue poca, como en la mise-
mo. Consecuente con sus propios silencios. A lo soldado.
Pero no adelantemos episodios, ni acontecimientos. Deca a
vuestras mercedes que desde mucho antes de que todo eso ocu-
rriera, algo mora en el que entonces era mi amo. Algo indefinible,
de lo que empec a ser de veras consciente en aquel viaje por mar
que nos trajo de Flandes. Y a esa parte de Diego Alatriste, yo, que
tender bien lo que era, la vea morir despacio. Ms tarde deduje
que se trataba de una fe, o de los restos de una fe: quizs en la con-
dicin humana, o en lo que descredos herejes llaman azar y los
hombres de bien llaman Dios. O tal vez la dolorosa certeza de que
aquella pobre Espaa nuestra, y el mismo Alatriste con ella, se des-
lizaba hacia un pozo sin fondo y sin esperanza del que nadie iba a
va me pregunto si mi presencia a su lado, mi mocedad y mi mira-
da yo an lo veneraba entonces no contribuiran a hacerle man-
tener la compostura. Una compostura que en otras circunstancias
tal vez quedase anegada como mosquitos en vino, en aquellas ja-
rras que de vez en cuando eran demasiadas. O resuelta en el negro
y definitivo can de su pistola.
Habr que matar dijo don Francisco de Quevedo. Y puede
que mucho.
Slo tengo dos manos respondi Alatriste.
Cuatro apunt yo.
El capitn no apartaba los ojos de la jarra de vino. Don Francis-
co se ajust los espejuelos y me mir reflexivo, antes de volverse
hacia el hombre sentado junto a una mesa al otro extremo, en un
II. UN ASUNTO DE ESPADA
gajos y papeles. Ahora lo vimos asentir, prudente, a la pregunta
muda que le haca don Francisco.
El negocio tiene dos partes confirm Quevedo al capitn.
En la primera, lo asistiris en ciertas gestiones indic al hombre-
cillo, que se mantena impasible ante nuestro escrutinio... Para la
segunda, podris reclutar la gente necesaria.
La gente necesaria cobra una seal por adelantado.
Dios proveer.
Ahora sonrea amistoso y tranquilizador, con aquel afecto sin-
gular que siempre haba reservado para nosotros.
Vesta de pardo, con jubn de gamuza, valona lisa, gregescos
de lienzo y polainas, a lo militar. Sus ltimas botas se haban que-
dado con las suelas llenas de agujeros a bordo de la
Levantina
cambiadas al sotacmitre por unas huevas secas de mjol, habas
Por esa, entre otras razones, mi amo no pareca lamentar dema-
invitacin para volver a su antiguo oficio. Quiz porque el encar-
go vena de un amigo, o porque el amigo deca transmitir ese en-
cargo de ms arriba y ms alto; y sobre todo, imagino, porque la
bolsa que traamos de Flandes no sonaba al agitarla. De vez en
cuando el capitn me miraba pensativo, preguntndose en qu lu-
que yo andaba en sazn, y la destreza que l mismo me haba en-
seado. Yo no cea espada, por supuesto, y slo mi buena daga
de misericordia colgaba del cinto a la altura de los riones; pero
ya era mochilero probado en la guerra, listo, rpido, valiente y lis-
to para hacer buen avo cuando se terciara. La cuestin para Ala-
triste, imagino, era dejarme dentro o dejarme fuera. Aunque tal y
ms, como l mismo acababa de decir, cada hombre tiene su pro-
pia sombra. En cuanto a don Francisco, por el modo en que me
observaba, admirando el estirn de la juventud y el bozo en mi
en la edad en que un mozo es tan capaz de dar estocadas como de
recibirlas.
contra la corriente. El cmitre, el sotacmitre y el alguacil pasea-
ban por la cruja atentos a sus parroquianos; y de vez en cuando el
rebenque se abata sobre la espalda desnuda de algn remoln
para tejerle un jubn de azotes. Era penoso contemplar a los reme-
ros, ciento veinte hombres repartidos en veinticuatro bancos, cin-
co por cada remo, cabezas rapadas y rostros hirsutos, relucientes
sus torsos de sudor mientras se incorporaban y volvan a dejarse
caer atrs impulsando los largos maderos de los costados. Haba
all esclavos moriscos, antiguos piratas turcos y renegados, pero tam-
bin cristianos que remaban como forzados, cumpliendo conde-
nas de una Justicia que no haban tenido oro suficiente para com-
prar a su gusto.
Nunca me dijo Diego Alatriste en un aparte dejes que te
traigan aqu vivo.
Sus ojos claros y fros, inexpresivos, miraban bogar a aquellos
desgraciados. Ya dije que mi amo conoca bien ese mundo, pues
haba servido como soldado en las galeras del tercio de Npoles
Si la camisa les quitas
y lavas sus carnes bellas,
vers las firmas en ellas
San Francisco y la Iglesia Mayor, y de all por la calle del Aceite
nos llegamos a la Casa de la Moneda, cercana a la Torre del Oro,
donde Olmedilla tena ciertas diligencias. Yo, como pueden supo-
ner vuestras mercedes, iba mirndolo todo con los ojos muy abier-
tos: los portales recin barridos donde las mujeres echaban agua de
na militar y la verdadera religin, la empeaban contra medio or-
be; dinero ms necesario an, si cabe, en una tierra como la nues-
tra, donde como ya apunt alguna vez todo cristo se daba aires,
el trabajo estaba mal visto, el comercio careca de buena fama, y el
venes preferan probar fortuna en las Indias o Flandes a languide-
cer en campos yermos a merced de un clero ocioso, de una aristo-
cracia ignorante y envilecida, y de unos funcionarios corruptos
que chupaban la sangre y la vida: que muy cierta llega la asolacin
de la repblica el da que los vicios se vuelven costumbre; pues
deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natu-
vo durante mucho tiempo un imperio basado en la abundancia de
oro y plata, y en la calidad de su moneda, que serva lo mismo para
pagar ejrcitos cuando se les pagaba que para importar mercan-
cas y manufacturas ajenas. Porque si bien podamos enviar a las
Indias harina, aceite, vinagre y vino, en todo lo dems se dependa
del extranjero. Eso obligaba a buscar fuera los abastos, y para ello
nuestros doblones de oro y los famosos reales de a ocho de plata,
que eran muy apreciados, jugaron la carta principal. Nos sostena-
Mjico y el Per viajaba a Sevilla, desde donde se esparca luego a
todos los pases de Europa e incluso a Oriente, para acabar hasta
en la India y China. Pero lo cierto es que aquella riqueza termin
aprovechando a todo el mundo menos a los espaoles: con una
Corona siempre endeudada, se gastaba antes de llegar; de manera
que apenas desembarcado, el oro sala de Espaa para dilapidarse
en las zonas de guerra, en los bancos genoveses y portugueses que
eran nuestros acreedores, e incluso en manos de los enemigos,
como bien cont el propio don Francisco de Quevedo en su in-
mentos slo una vez los holandeses nos tomaron una flota com-
Y qu dice el rey de todo eso?
la Torre de la Plata, mientras el tal Olmedilla resolva sus asuntos
en la Casa de la Moneda. Quevedo seal las murallas del antiguo
castillo rabe que se prolongaban hacia el altsimo campanario de
la Iglesia Mayor. Los uniformes amarillos y rojos de la guardia es-
vestirlo yo mismo animaban sus almenas adornadas con las ar-
mas de Su Majestad. Otros centinelas con alabardas y arcabuces
vigilaban la puerta principal.
La catlica, sacra y real majestad no se entera sino de lo que le
cuentan dijo Quevedo. El gran Philipo est alojado en el Alc-
zar, y slo sale de all para ir de caza, de fiestas o para visitar de
noche algn convento... Nuestro amigo Guadalmedina, por cier-
to, le hace de escolta. Se han vuelto ntimos.
Pronunciada de aquel modo, la palabra
convento
nestos recuerdos; y no pude evitar un escalofro acordndome de
la pobre Elvira de la Cruz y de lo cerca que yo mismo haba estado
de tostarme en una hoguera. Ahora don Francisco observaba a
una seora de buen ver, seguida por su duea y una esclava moris-
aeja y enlutada con sus tocas de cuervo y el rosario largo de quin-
ce dieces, lo fulmin con la mirada, y Quevedo le sac la lengua.
Vindolas irse, sonri con tristeza y volvise a nosotros sin decir
cos de la ciudad, con Triana al otro lado, las velas de las carabelas
de la sardina y los camaroneros, y toda clase de barquitos yendo y
viniendo entre las orillas, las galeras del rey atracadas en la banda
trianera, cubrindola hasta el puente de barcas, el Altozano y el si-
niestro castillo de la Inquisicin que all se alzaba, y la gran copia
de grandes naos en el lado de ac: un bosque de mstiles, vergas,
antenas, velas y banderas, con el gento, los puestos de comercian-
tes, los fardos de mercancas, el martilleo de los carpinteros de ri-
bera, el humo de los calafates y las poleas de la machina naval con
y caminaba hacia nosotros con la misma cordialidad que si le lle-
vramos la extremauncin: serio, enlutado hasta la gola, sombrero
negro de ala corta y sin plumas, y aquella curiosa barbita rala que
acentuaba su aspecto ratonil y gris; su aire antiptico, de humores
Para qu nos necesita semejante estafermo? murmur el ca-
pitn, mirndolo acercarse.
Quevedo encogi los hombros.
Est aqu con una misin... El propio conde duque mueve los
hilos. Y su trabajo incomodar a ms de uno.
Salud Olmedilla con una seca inclinacin de cabeza y echa-
mos a andar tras l hacia la puerta de Triana. Alatriste le hablaba
a Quevedo a media voz:
Cul es su trabajo?
Tiene una maldita buena memoria, el privado dijo.
S. Para lo que le interesa.
Estudi mi amo al contador Olmedilla, que caminaba unos pa-
sos adelante, las manos cruzadas a la espalda y el aire antiptico,
entre el bullicio de la marina.
No parece muy hablador coment.
No Quevedo rea, guasn. En eso vuestra merced y l se lle-
varn bien.
Ya lo he dicho: slo un funcionario. Pero se encarg de todo el
papeleo en el proceso por malversacin contra don Rodrigo Cal-
dern... Os convence el dato?
Dej correr un silencio para que el capitn captase las implica-
ciones del asunto. Alatriste silb entre dientes. La ejecucin pbli-
ca del poderoso Caldern haba conmocionado aos atrs a toda
Y a quin sigue el rastro ahora?
Pues me temo que aoraris las trincheras de Breda Quevedo
suspir, volvindose en torno como quien busca cambiar de con-
versacin... Lamento no poder contaros ms, por ahora.
No necesito mucho ms a mi amo le bailaban la irona y la
resignacin en la mirada glauca. Slo quiero saber de dnde ven-
Quevedo encogi los hombros.
De cualquier sitio, como suelen segua ojeando alrededor,
indiferente. Ya no estis en Flandes... Esto es Espaa, capitn
Quedaron en verse por la noche, en la hostera de Becerra.
El contador Olmedilla, siempre ms triste que una carnicera en
dad, y mujeres a las que miraba con inters desde mis experien-
cias flamencas trigueas, aseadas y desenvueltas, cuyo peculiar
tiempos. Eso y mi juventud me pintaban buena estampa, creo; y
que puso mostaza en las narices del otro. Me empuj sin cortesa;
y yo, a quien mi edad y el reciente pasado flamenco hacan poco
sufrido en esa materia, lo tuve a gran bellaquera y revolvme co-
mo galgo joven, la mano en el mango de la daga. El sargento, un
Vaya. Matamoros tenemos dijo, recorrindome de arriba
abajo. Demasiado pronto galleas, galn.
Le sostuve los ojos por derecho, sin vergenza de hacer desver-
Voto a Cristo que voy a...
Echaba mantas el sargento, y no de lana. Alz una mano para
se desboc cual si acabaran de soltarle rienda. Todo me dio vuel-
tas. Pasaban los carruajes entre saludos y vtores de la gente que
corra para agolparse a su paso, y una mano real, blanca, bella y
enjoyada, se agitaba con elegancia en una de las ventanillas, co-
rrespondiendo gentil al homenaje. Pero yo estaba pendiente de
otra cosa, y busqu afanoso, en el interior de los otros carruajes
vastada por la viruela y por las cicatrices que le daba un aspecto ca-
diriga, en vez de atenuar, acentuaba.
Has crecido repiti, reflexivo.
Pareci a punto de aadir desde la ltima vez, pero no lo hi-
zo. La ltima vez haba sido en el camino de Toledo, el da que me
condujo en un coche cerrado hasta los calabozos de la Inquisicin.
Por diferentes motivos, el recuerdo de aquella aventura era tan in-
No respond, limitndome a sostener su mirada, oscura y fija
como la de una serpiente. Al pronunciar el nombre de mi amo, la
sonrisa se haba hecho ms peligrosa bajo el fino bigote recortado
del italiano.
Veo que sigues siendo mozo de pocas palabras.
Apoyaba la mano izquierda, enguantada de negro, en la cazole-
ta de su espada, y se volva a un lado y a otro, el aire distrado. Lo
o suspirar levemente. Casi con fastidio.
As que tambin Sevilla dijo, y luego se qued callado sin que
Movi la cabeza. Ahora haba unas pocas canas, observ, en
sombrero. Tambin arrugas nuevas, o cicatrices, en su cara. Los
aos pasan para todos, pens. Incluso para los espadachines mal-
vados.
S dnde estuviste dijo. Pero Flandes mediante o no, sera
bueno que recordaras algo: la honra siempre resulta complicada de
adquirir, difcil de conservar y peligrosa de llevar... Pregntaselo, si
Lo encar con cuanta dureza pude mostrar.
Vaya y pregnteselo vuestra merced, si tiene hgados.
A Malatesta le resbal el sarcasmo sobre la expresin impertur-
Yo conozco ya la respuesta dijo, ecunime. Son otros nego-
Cuando me gir de nuevo, Gualterio Malatesta ya no estaba
all. Haba desaparecido entre la gente y slo pude ver una som-
bra negra alejndose entre los naranjos, bajo el campanario de la
Aquella velada haba de resultar agitada y toledana; pero antes
de llegar a ello tuvimos cena e interesante pltica. Tambin hubo
la imprevista aparicin de un amigo: don Francisco de Quevedo
a entrevistarse por la noche era su amigo lvaro de la Marca, con-
de de Guadalmedina. Para sorpresa de Alatriste, y tambin ma, el
conde apareci en la hostera de Becerra apenas se puso el sol, tan
desenvuelto y cordial como siempre, abrazando al capitn, dedi-
la monarqua y cuantos parsitos albergaba. sa era la razn del
almojarifazgo: el cordn aduanero en torno a Sevilla, Cdiz y su
baha, puerta exclusiva de las Indias. De ah sacaban las arcas reales
linda copia de rentas; con la particularidad de que, en una admi-
nistracin corrupta como la espaola, ajustaba ms que los gesto-
res y responsables pagasen a la Corona una cantidad fija por sus
cargos, y de puertas adentro se las apaaran para su capa, robando
a mansalva. Sin que eso fuese obstculo, en tiempos de vacas fla-
cas, para que el rey ordenase a veces un escarmiento, o la incauta-
cin de tesoros de particulares que venan con las flotas.
El problema apunt entre dos chupadas a la pipa es que to-
dos esos impuestos, destinados a costear la defensa del comercio
con las Indias, devoran lo que dicen defender. Hace falta mucho
oro y plata para sostener la guerra en Flandes, la corrupcin y la
apata nacionales. As que los comerciantes deben elegir entre dos
males: verse desangrados por la hacienda real, o la ilegalidad del
contrabando... Todo eso alumbra una abundante picaresca mir
a Quevedo, sonriente, ponindolo por testigo... No es cierto, don
Francisco?
Ya lo hice.
Vaya. Me alegro.
Nace en las Indias honrado...
recit don Francisco, la jarra
de nuevo en los labios y ahuecndole la voz.
Ah, era eso el conde le gui un ojo a Alatriste. Lo crea de
llama de las velas que ardan sobre la mesa. La guerra es limpia,
haba dicho una vez, tiempo atrs. Y en ese momento yo com-
prend bien a qu se refera. En cuanto a los extranjeros, estaba di-
ciendo Guadalmedina, para esquivar el monopolio utilizaban a
intermediarios locales como terceros se les llamaba
te terceros, mercaderas, jarcia, alquitrn, velas y otros gneros ne-
cesarios tanto en la Pennsula como al otro lado del Atlntico. El
oro de las Indias escapaba as para financiar ejrcitos y naves que
Es slo la cantidad oficial precis Quevedo.
As es. De la plata se calcula que una cuarta parte ms viene de
contrabando. En cuanto al oro, casi todo pertenece al tesoro real...
Pero uno de los galeones trae una carga clandestina de lingotes.
Una carga que nadie ha declarado.
capitn entre el humo de su pipa... Comprendes por qu los in-
gleses estaban interesados en Cdiz?
Diablos, Alatriste. No lo sabemos nosotros?... Si con dinero
puede comprarse hasta la salvacin del alma, imagnate el resto. Te
veo algo ingenuo esta noche. Dnde has estado los ltimos
En Flandes, o en el limbo?
Alatriste se sirvi ms vino y no dijo nada. Sus ojos se posaron
en Quevedo, que amag una sonrisa y encogi los hombros. Es lo
que hay, deca el gesto. Y nunca hubo otra cosa.
En cualquier caso estaba diciendo Guadalmedina, importa
poco lo que el galen traiga declarado. Sabemos que carga ms
plata de contrabando, por un valor aproximado de un milln de
reales; aunque en este caso tambin la plata es lo de menos. Lo
importante es que el
Virgen de Regla
mil barras de oro sin declarar apunt al capitn con el cao de la
pipa... Sabes lo que esa carga clandestina vale, tirando muy por
No tengo la menor idea.
Pues vale doscientos mil escudos de oro.
El capitn se mir las manos inmviles sobre la mesa. Calcula-
ba en silencio.
Cien millones de maraveds murmur.
Exacto Guadalmedina se rea. Todos sabemos lo que vale
un escudo.
Alatriste alz la cabeza para observar con fijeza al aristcrata.
Vuestra merced se equivoca dijo... No todos lo saben como
lo s yo.
Guadalmedina abri la boca, sin duda para una nueva chanza,
pero la expresin helada de mi amo pareci disuadirlo en el acto.
Conocamos que el capitn Alatriste haba matado hombres por la
diez milsima parte de tal cantidad. Sin duda en ese momento
imaginaba, igual que yo mismo, cuntos ejrcitos podan com-
prarse con semejante suma. Cuntos arcabuces, cuntas vidas y
cuntos muertos. Cuntas voluntades y cuntas conciencias.
Amberes, y algunos personajes de la Corte... Uno de ellos parece
Ruyter, con el tambor que redoblaba a nuestra espalda llevando
a los que iban a morir la nostalgia de Espaa. El buen gallego Ri-
vas y el alfrez Chacn, muertos por salvar la bandera ajedrezada de
azul y blanco en la ladera del reducto de Terheyden. El grito de cien
gargantas saliendo al amanecer de los canales, al asalto de Oudkerk.
Los hombres que lloraban tierra despus de pelear al arma blanca
en las caponeras... De pronto yo tambin sent deseos de beber,
y vaci mi jarra de un golpe.
Quevedo y Guadalmedina cambiaban otra mirada.
Eso es Espaa, capitn Alatriste dijo don Francisco. Se nota
que vuestra merced ha perdido en Flandes la costumbre.
Sobre todo apostill Guadalmedina, lo que son es negocios.
Y no se trata de la primera vez. La diferencia es que ahora el rey,
y en especial Olivares, desconfan de Medina Sidonia... El recibi-
miento que les dispens hace dos aos en sus tierras de Doa Ana,
de que don Manuel de Guzmn, el octavo duque, se ha converti-
do en un pequeo rey de Andaluca... De Huelva a Mlaga y Sevi-
lla hace su voluntad; y eso, con el moro enfrente y con Catalua
y Portugal siempre cogidos con alfileres, resulta peligroso. Oliva-
res recela que Medina Sidonia y su hijo Gaspar, el conde de Nie-
bla, preparen una jugada para darle un sobresalto a la Corona...
En otro momento esas cosas se solucionaran degollndolos tras
un proceso a tono con su calidad... Pero los Medina Sidonia es-
tn muy alto, y Olivares, que pese a ser pariente suyo los aborre-
ce, nunca osara mezclar su nombre, sin pruebas, en un escnda-
lo pblico.
Salimos a pasear las calles estrechas y mal iluminadas, ya muy
entrada la noche. Haba luna menguante que daba una bella clari-
tros perfiles bajo los aleros y las copas sombras de los naranjos.
A veces cruzbamos bultos oscuros que apresuraban el paso ante
nuestra presencia, pues Sevilla era tan insegura como cualquier
meses de paciente investigacin de Olmedilla en los despachos,
covachuelas y archivos oportunos.
que sabe, tiene que desaparecer unos das. Vive solo con un cria-
do, as que a nadie le importar tampoco si desaparece para siem-
pre hizo una pausa significativa... Ni siquiera al rey.
Tras decir aquello, Guadalmedina camin un trecho en silen-
cio. Quevedo iba a mi lado, un poco ms atrs, balancendose con
su digna cojera, la mano en mi hombro como si en cierto modo
S confirm Guadalmedina. Porque cuando Garaffa cuente
de los domingos era ms frecuentada que comedia nueva: herva de
gente, con tocas y manos blancas a un lado de las rejas y galanes
suspirando al otro. Y referente a eso, se deca que caballeros de la
mejor sociedad incluidos forasteros ilustres, como el rey nuestro
seor llevaban su fervor hasta el extremo de acudir para sus devo-
En cuanto a la manceba del Comps, la expresin corriente
se deba precisamente a que una tal Mn-
Puto es el gusto, y puta la alegra
que el rato putaril nos encarece;
y yo dir que es puto a quien parece
que no sois puta vos, seora ma.
El burdel lo regentaba un tal Garciposadas, de familia conocida
juraban por el alma de Escamilla, rufianes, bravos del barrio de la
Heria, tratantes en vidas y mercaderes de cuchilladas, olla pinto-
resca que se especiaba con aristcratas perdidos, peruleros golfos,
burgueses con buena bolsa, clrigos disfrazados con ropa seglar,
gariteros, pagotes, soplones de alguacil, virtuosos del gatazo y pr-
jimos de toda laya; algunos tan pcaros que olan a un forastero a
tiro de arcabuz, y a menudo inmunes a una Justicia de la que, ya
Pero volvamos a lo nuestro, que tampoco es ir muy lejos. El ca-
so es que disponase lvaro de la Marca a decirnos adis bajo el ar-
quillo del Golpe, casi a la entrada de la manceba, cuando la mala
Disimule vuestra merced le entr con mucha cortesa al al-
guacil. Pero estos hidalgos son gente de honra.
Se acercaban curiosos a echar un vistazo, haciendo corro: un
garnacha del tamao de un cirio pascual. El propio Garciposadas
el Tostao asom la gaita bajo el arco. Semejante concurrencia en-
Y quin le pide a vuestra merced que explique lo que noso-
tros podemos averiguar solos?
O chasquear la lengua a Guadalmedina, impaciente. No se
disminuyan vuacedes, anim una voz oculta entre las sombras y
los curiosos. Tambin sonaron risas. Bajo el arquillo se congregaba
ms gente. Unos tomaban partido por la Justicia y otros, los ms,
nos alentaban a una linda montera de porquerones.
Tnganse presos en nombre del rey.
Aquello no auguraba nada bueno. Guadalmedina y Quevedo
cambiaron una mirada, y vi cmo el aristcrata terciaba la capa al
hombro, descubriendo brazo y espada y aprovechando al tiempo
para rebozarse el rostro.
No es de bien nacidos sufrir este desafuero dijo.
Que vuestra merced lo sufra o no expuso desabrido el algua-
cil, se me da dos maraveds.
Con aquella fineza, el lance estaba servido. En cuanto a mi
cualquier cosa por una espada, porque los otros eran cinco, y no-
sotros cuatro. Al instante rectifiqu, desconsolado. Con mis dos
cuartas de acero slo sumbamos tres y medio.
Entreguen las espadas dijo el alguacil y hagan la merced de
Es gente principal hizo el ltimo intento Quevedo.
Y yo soy el duque de Alba.
Resultaba claro que el alguacil estaba dispuesto a salirse con la
suya, haciendo un quince con dos ochos. Eran sus pastos, y lo ob-
servaban sus parroquianos. Los cuatro porquerones sacaron las es-
padas y comenzaron a rodearnos en un semicrculo amplio.
Si salimos bien y nadie nos identifica susurr framente Gua-
dalmedina, la voz sofocada por el embozo, maana habr tierra
sobre el asunto... Si no, seores, la iglesia ms prxima es la de San
Francisco.
Los de la gura estaban cada vez ms cerca. Con sus ropajes ne-
dindose de l, iba a fijarse en otro, como si aquel trmite lo diera
por resuelto.
Dos...
y el de la cara picada arrodillado junto a la pared, gimiendo bajo
una mscara de sangre.
En las galeras del rey darn razn! voce Guadalmedina con
Diego Alatriste aguardaba recostado en la pared, a la sombra de
IV. LA MENINA DE LA REINA
vez recuerden vuestras mercedes, tras la represin contra los mo-
riscos en Valencia el capitn haba pedido licencia de su tercio pa-
al menos que puedan defenderse, fueron sus razones, permane-
ciendo embarcado hasta la almogavara naval del ao quince,
radas la costa turca, todos regresaron a Italia con ricos botines, y l
diose muy buena vida en Npoles. Todo eso termin como en la
juventud suelen terminar tales cosas: una mujer, un tercero, una
marca en la cara para la mujer, una estocada para el hombre, y
Diego Alatriste fugitivo de Npoles gracias a su vieja amistad con
de Gayona y en muchas otras propias de su arte, quedase corto en
mritos a la hora de hacerse un nombre en tan ilustre cofrada.
Recordaba todo eso ahora, con un punto de nostalgia que tal
vez no era del pasado, sino de su perdida juventud; y lo haca a po-
ca distancia del mismo corral de comedias de Doa Elvira, donde
en aquel momento de mocedad se haba aficionado a las represen-
taciones de Lope, Tirso de Molina y otros all vio por vez primera
El perro del hortelano
El vergonzoso en palacio
, en noches que
empezaban con versos y lances fingidos sobre el tablado, y termi-
naban de veras entre tabernas, vino, coimas complacientes, alegres
compadres y cuchilladas. Aquella Sevilla peligrosa y fascinante se-
gua viva, y la diferencia no haba que buscarla fuera, sino dentro
de l mismo. El tiempo no pasa en vano, reflexionaba apoyado a la
sombra del zagun. Y los hombres envejecen tambin por dentro,
Cagenlostia, capitn Alatriste... Qu pequeo es el mundo.
Se volvi, desconcertado, mirando al que acababa de pronun-
ciar su nombre. Resultaba extrao ver a Sebastin Copons tan le-
jos de una trinchera flamenca y en el acto de pronunciar ocho pa-
labras seguidas. Tard unos instantes en situarlo en el presente: el
viaje por mar, la reciente despedida del aragons en Cdiz, su li-
cencia e intencin de viajar a Sevilla, camino del norte.
Me alegro de verte, Sebastin.
Era cierto y no lo era del todo. En realidad no se alegraba de
verlo all en ese momento; y mientras ambos se agarraban por los
brazos, con sobrio afecto de viejos camaradas, mir sobre el hom-
bro del recin llegado hacia el extremo de la calle. Por suerte Co-
pons era de confianza. Poda quitrselo de encima sin desairarlo,
seguro de que entendera. A fin de cuentas, lo bueno de un verdade-
ro amigo era que siempre te dejaba dar las cartas sin preocuparse
Paras en Sevilla? pregunt.
Algo.
Copons, pequeo, enjuto y duro como de costumbre, vesta de
Aunque no lo haya.
En ese momento Alatriste vio aparecer al contador Olmedilla
por el extremo de la calle. Vesta de negro, como siempre, aboto-
nado hasta la gola, con su sombrero de ala corta y su aire de fun-
cionario annimo que pareca directamente salido de un despacho
de la Real Audiencia.
Tengo que dejarte... Nos vemos en la hostera de Becerra.
Puso la mano en el hombro de su camarada, y despidindose
sin ms palabras abandon el apostadero. Cruz la calle con aire
casual, para converger con el contador ante la casa de la esquina:
una puerta cerrada. Entonces Alatriste sac la espada, abri de
Jernimo Garaffa mova angustiado la cabeza, an con su redecilla
puesta. El genovs estaba en una silla, maniatado al respaldo. Pese
a que la temperatura era razonable, gruesas gotas de sudor le corran
desde el pelo, por las patillas y la cara que ola a gomas, colirios y un-
gento de barbero.
Le juro a vuestra merced...
Olmedilla interrumpi la protesta con un gesto seco de la mano,
y volvi a sumirse en el estudio de los documentos que tena delan-
te. Sobre la bigotera que les daba un aire grotesco de mscara en
Carnaval, los ojos de Garaffa fueron a posarse en Diego Alatriste,
que escuchaba en silencio, la toledana de nuevo en la vaina, cruza-
dos los brazos y la espalda en la pared. La expresin helada de sus
Cristo no tiene nada que ver con este negocio.
Esto es un desafuero... Exijo que la Justicia...
El ltimo intento de Garaffa por dar firmeza a su protesta se
quebr en un sollozo. Bastaba verle la cara a Diego Alatriste para
comprender que la Justicia a la que se refera el genovs, la que es-
taba sin duda acostumbrado a comprar con lindos reales de a ocho,
resida demasiado lejos de aquella habitacin, y no haba quien le
echara un galgo.
Virgen de Regla
? volvi a preguntar Ol-
No s... Virgen Santa... No s de qu me hablis.
El contador se rasc la nariz como quien oye llover. Miraba a
Alatriste de modo significativo, y ste se dijo que era en verdad la
viva estampa del funcionario de aquella Espaa austraca, siempre
minuciosa e implacable con los desdichados. Poda haber sido per-
quiera de las sabandijas que vivan y medraban al amparo de la
monarqua. Guadalmedina y Quevedo haban dicho que Olme-
dilla era honrado, y Alatriste lo crea. Pero en cuanto al resto de su
talante y actitudes, nada haba de diferente, decidi, con aquella
escoria de negras urracas despiadadas y avarientas que poblaban
las audiencias y las procuraduras y los juzgados de las Espaas, de
manera que ni en sueos hallranse Luzbeles tan soberbios, ni Ca-
cos tan ladrones, ni Tntalos tan sedientos de honores, ni hubo nun-
ca blasfemia de infiel que se igualara a sus textos, siempre a gusto
del poderoso y nefastos para el humilde. Sanguijuelas infames en
quienes faltaban la caridad y el decoro, y sobraban la intemperancia,
la rapia y el fantico celo de la hipocresa; de manera que quienes
deban amparar a los pobres y a los mseros, esos precisamente los
despedazaban entre sus vidas garras. Aunque el que tenan hoy
entre manos no fuera precisamente el caso. Ni pobre ni msero, se
dijo. Aunque sin duda miserable.
En fin concluy Olmedilla.
Ordenaba los papeles sobre la mesa sin apartar sus ojos de Ala-
triste, con gesto de estar ya todo dicho, al menos por su parte. Trans-
currieron as unos instantes, en los que Olmedilla y el capitn si-
guieron observndose en silencio. Luego ste descruz los brazos y
se apart de la pared, acercndose a Garaffa. Cuando lleg a su la-
do, la expresin aterrorizada del genovs era indescriptible. Alatris-
te se puso frente a l, inclinndose un poco hasta mirarle los ojos
con mucha intensidad y mucha fijeza. Aquel individuo y lo que re-
presentaba no movan en lo ms mnimo sus reservas de piedad.
Bajo la redecilla, el pelo teido del mercader dejaba regueros de su-
dor oscuro en su frente y a lo largo del cuello. Ahora, pese a los afei-
tes y pomadas, ola agrio. A transpiracin y a miedo.
Jernimo... susurr Alatriste.
Al or su nombre, pronunciado a tres pulgadas escasas de la ca-
ran el oro escondido, mientras oan los gritos de sus hijas de doce
aos forzadas por los soldados...
Se call de pronto, como si hubiera podido seguir contando ca-
sos como aquellos indefinidamente, y fuera absurdo continuar. En
cuanto al rostro de Garaffa, pareca que acabara de pasarle por en-
cima la mano de la muerte. De pronto haba dejado de sudar; co-
mo si bajo su piel, amarilla de terror, no quedase gota de lquido.
Te aseguro que todos hablan tarde o temprano concluy el
capitn. O casi todos. A veces, si el verdugo es torpe, alguno mue-
re antes... Pero t no eres de sos.
Todava lo estuvo contemplando un poco ms de ese modo,
muy cerca, y luego se dirigi a la mesa. De pie frente a ella y vuel-
to de espaldas al prisionero, se remang el puo y la manga de
la camisa sobre el brazo izquierdo. Mientras lo haca, su mirada se
cruz con la de Olmedilla, que lo observaba con atencin, un po-
co desconcertado. Despus cogi la palmatoria con la vela para
fundir lacre y volvi junto al genovs. Al mostrrsela, alzndola un
poco, la luz de la llama arranc reflejos verdigrises a sus ojos, de
nuevo fijos en Garaffa. Parecan dos inmviles placas de escarcha.
Mira dijo.
Le mostraba el antebrazo, donde una cicatriz delgada y larga
suba entre el vello por la piel curtida, hasta el codo. Y luego, ante
la nariz del espantado genovs, el capitn Alatriste acerc la llama
de la vela a su propia carne desnuda. La llama crepit entre olor a
el horror. Aquello dur un momento que pareci interminable. Des-
pus, con mucha flema, Alatriste dej la palmatoria sobre la mesa,
volvi a ponerse ante el prisionero y le mostr el brazo. Una atroz
quemadura, del tamao de un real de a ocho, enrojeca la piel abra-
sada en los bordes de la llaga.
Jernimo... repiti.
Haba acercado otra vez su cara a la del otro, y de nuevo le ha-
blaba en voz baja, casi confidencial:
Si esto me lo hago yo, imagina lo que soy capaz de hacerte a ti.
Un charco amarillento se extenda bajo las patas de la silla, pier-
nas abajo del prisionero. Garaffa empez a gemir y a estremecerse,
y continu as por un espacio muy largo. Al fin recobr el uso de
la palabra, y entonces comenz a hablar de un modo atropellado
y prodigioso, torrencial, mientras el contador Olmedilla, diligen-
te, mojaba la pluma en el tintero, tomando las notas oportunas.
ponerse en la quemadura. Cuando regres, vendndose el ante-
brazo con un lienzo limpio, Olmedilla le dirigi una mirada que
en individuos de otros humores equivaldra a grande y manifiesto
jama. Y tampoco, aunque por motivos distintos a los de Jernimo
despus am nunca de tal modo como en ese tiempo amaba a An-
glica de Alquzar.
puertas estaba abierta, y un soldado de la guardia tudesca, fuerte
y rubio, me observaba en silencio. Hizo al cabo una sea, y me
qu con mucha prevencin, recelando un mal lance. Pero el tudes-
co no pareca hostil. Me examinaba con curiosidad profesional, y
al llegar a su altura hizo un gesto para que le entregara mi daga.
Sonrea bonachn entre las enormes patillas rubias que se le junta-
ban al mostacho. Luego dijo algo as como
komensi herein,
que yo
me haba hartado de ver tudescos vivos y muertos en Flandes
saba que significaba anda, pasa dentro, o algo por el estilo. No te-
na eleccin, de modo que le entregu la daga, y cruc la puerta.
Hola, soldado.
Estaba tan hermosa que dola mirarla. En la habitacin de colum-
nas moriscas, abierta a un pequeo jardn de los Reales Alczares,
el sol volva blanco el contorno de su cabello al contraluz. Sonrea
como sonri siempre: misteriosa y sugerente, con un punto de iro-
na, o de maldad, en su boca perfecta.
Mucho tiempo pude articular por fin.
No quiero nada dijo. Tena curiosidad por encontraros de
nuevo... Os reconoc en la plaza.
Se call un momento. Miraba mis manos, y otra vez mi rostro.
Habis crecido, caballero.
Tambin vos.
Se mordi levemente el labio inferior mientras asenta muy des-
pacio con la cabeza. Los tirabuzones le rozaban con suavidad la piel
plida de las mejillas, y yo la adoraba.
Habis luchado en Flandes.
No era afirmacin ni pregunta. Pareca reflexionar en voz
Creo que os amo dijo de pronto.
Me levant del escabel, con un respingo. Anglica ya no sonrea.
Me miraba desde su asiento, alzados hacia m sus ojos azules como
el cielo, como el mar y como la vida. Que el diablo me lleve si no
Cristo murmur.
Yo temblaba como las hojas de un rbol. Ella permaneci in-
mvil, callada durante un largo rato. Al fin encogi un poco los
hombros.
Quiero que sepis dijo que tenis amigos incmodos. Co-
mo ese capitn Batiste, o Triste, o como se llame... Amigos que
son enemigos de los mos... Y quiero que sepis que eso tal vez os
Ya estuvo a punto de ocurrir respond.
Y pronto ocurrir de nuevo.
Haba vuelto a sonrer del mismo modo que antes, reflexiva
Esta tarde prosigui hay una velada que ofrecen los duques
No respondi, limitndose a acentuar la sonrisa. Y yo termin
de comprender cuanto acababa de decirme. La certeza lleg con tan
espantosa claridad que me estremec ante el clculo con que ella
Cruji el brocado de su falda al ponerse en pie. Ahora estaba
cerca. Muy cerca.
Y que tal vez os ame siempre.
Mir hacia el jardn por donde paseaba la duea. Luego an se
acerc un poco ms.
Recordadlo hasta el final... Llegue cuando llegue.
Ments dije.
cita solo, afrontando de ese modo mi destino, con la daga de mise-
ricordia y la toledana del alguacil un buen acero con las marcas del
espadero Juanes que guardaba envuelto en trapos viejos, escondido
en la posada como nica compaa. Pero aquel iba a ser, de cual-
quier modo, un lance sin esperanza. La figura sombra de Malatesta
se perfilaba en mi imaginacin como un oscuro presagio. Frente a
l, yo no tena ninguna posibilidad. Eso, adems, en el improbable
caso de que el italiano, o quien fuese, acudiera a la cita solo.
Sent deseos de llorar de rabia y de impotencia. Yo era vasconga-
do e hidalgo, hijo del soldado Lope Balboa, muerto por su rey y por
la verdadera religin en Flandes. Mi honra y la vida del hombre al
Casa de Contratacin. Mi primer impulso fue correr a su encuen-
tro; pero me contuve, limitndome a observar la delgada figura de
mi amo, que iba silencioso, las anchas alas del chapeo sobre el ros-
tro, la espada balancendose al costado, junto a la presencia enlu-
tada del funcionario.
Los vi perderse tras una esquina y segu sentado donde estaba,
inmvil, los brazos en torno a las rodillas. Despus de todo, con-
clu, la cuestin era simple. Aquella noche tocaba decidir entre ha-
trago que vaci la jarra. Su acompaante segua mirndolo con
No me engaaron sobre vuestra merced dijo al fin.
Lo del genovs era fcil repuso Alatriste, sombro.
Luego call. He hecho otras cosas menos limpias, deca aquel si-
los Reyes Catlicos, y nadie discuta su valor al hacerlos sonar so-
bre una mesa. Conoca a hombres capaces de acuchillar a su ma-
dre por una de aquellas piezas.
Habr seis veces esa suma aadi Olmedilla cuando todo
haya terminado.
Bueno es saberlo.
El contador contempl pensativo su jarra de vino. Una mosca
nadaba en ella, haciendo mprobos esfuerzos por liberarse.
La flota llega dentro de tres das dijo, atento a la agona de la
Cuntos hombres hacen falta?
Olmedilla seal con un dedo manchado de tinta la orden de
pago.
Eso lo decide vuestra merced. Segn el genovs, el
Niklaas-
lleva veintitantos marineros, capitn y piloto... Todos fla-
mencos y holandeses, excepto el piloto. Puede que en Sanlcar su-
Alatriste hizo un clculo rpido.
Doce, o quince. Los que puedo conseguir con este oro harn
de sobras el avo.
Olmedilla movi la mano, evasivo, dando a entender que el
avo de Alatriste no era asunto suyo.
Deberis dijo tenerlos listos la noche anterior. El plan con-
siste en bajar por el ro, llegando a Sanlcar al atardecer siguiente
algo... Yo ir tambin.
Hasta dnde?
Ya veremos.
El capitn lo mir sin ocultar su sorpresa.
No ser un lance de tinta y papel.
Da lo mismo. Tengo obligacin de comprobar la carga y orga-
nizar su traslado, una vez el barco est en nuestras manos.
Ahora Alatriste disimul una sonrisa. No imaginaba al conta-
dor entre gente de la calaa que pensaba reclutar; pero compren-
da que desconfiara en negocio como aquel. Tanto oro de por
medio resultaba una tentacin, y era fcil que algn lingote pudie-
ra distraerse en el camino.
Excuso decir apunt el contador que cualquier desvaro sig-
nifica la horca.
Tambin para vuestra merced?
Puede que tambin para m.
Alatriste se pas un dedo por el mostacho.
Barrunto que vuestro salario dijo con irona no incluye esa
clase de sobresaltos.
Mi salario incluye cumplir con mi obligacin.
La mosca haba dejado de moverse, y Olmedilla continuaba
mirndola. El capitn se puso ms vino en la jarra. Mientras be-
ba, vio que el otro levantaba de nuevo los ojos hacia l para con-
templar, interesado, las dos cicatrices de su frente, y luego su brazo
izquierdo, donde la manga de la camisa ocultaba la quemadura
bajo el vendaje. Que por cierto, dola como mil diablos. Al fin Ol-
medilla frunci otra vez el entrecejo, cual si llevara rato dndole
vueltas a un pensamiento que dudaba formular en voz alta.
Me pregunto dijo qu habra hecho vuestra merced si el ge-
novs no se hubiera dejado impresionar.
Alatriste pase la vista por la calle; el sol que reverberaba en la
pared frontera le haca entornar los ojos, acentuando su expresin
inescrutable. Despus mir la mosca ahogada en el vino de Olme-
dilla, sigui bebiendo del suyo, y no dijo nada.
Las columnas de Hrcules, altas de dos alabardas y recortadas
en la claridad lunar, destacaban frente a la Alameda. Las copas de
V. EL DESAFO
Aunque no tan desierta, despus de todo. Una mula relinch
bajo los olmos. Busqu, sobrecogido, y cuando mis ojos se acos-
tumbraron a la oscuridad del bosquecillo, advert la forma de un
Sois muy estpido dijo o sois muy hidalgo.
Call. Era demasiado feliz para estropear ese momento con pa-
labras. La penumbra permita adivinar el reflejo de sus ojos. Se-
gua mirndome sin decir nada. Yo rozaba el raso de su falda.
Dijisteis que me amabais murmur por fin.
Hubo otro largusimo silencio, interrumpido por el relincho im-
paciente de las mulas. O cmo el cochero se agitaba en el pescan-
te, serenndolas con un chasquido de las riendas. El postilln de la
Qued callada un instante, cual si realmente hiciera memoria
de lo conversado por la maana, en los Alczares.
Tal vez sea cierto concluy.
Yo os amo a vos declar.
Por eso estis aqu?
Inclinaba su rostro hacia el mo. Juro por Dios que poda sentir
el roce de sus cabellos en mi cara.
En tal caso susurr eso merece su recompensa.
Pos una mano en mi cara con dulzura infinita, y de pronto
sent sus labios oprimir los mos. Los tuve en la boca, suaves y fres-
raba enloquecido en torno a mi cabeza, y tard un rato largo en re-
cobrar la cordura.
Entonces mir alrededor y vi las sombras.
Vaya dijo Malatesta.
Su comentario se quebr en un sobresalto cuando afirm los
por delante a cuenta de una pulgada. Salt atrs para esquivarme,
y todava pude largarle otra cuchillada de revs, con los filos, antes
de que empuara su espada. Sali sta con siniestro siseo de la
vaina, y vi relucir su hoja mientras el italiano tomaba distancia
para darse tiempo a soltar la capa y afirmarse en guardia. Sintien-
afirmado en guardia, que era lo impuesto por la verdadera destre-
bras confusas que se reconocan a ratos y por la voz, y se daban es-
tocadas entre empujones, traspis y revuelo de capas. Afirm mi
acero en la diestra y fui sin rodeos contra el que me pareci ms
prximo; y en aquella confusin, con una facilidad de la que yo
Una sombra se interpuso. El brazo me dola de tanto moverlo,
y empezaba a acusar la fatiga. Comenzaron a llover estocadas de
Fue entonces cuando Alatriste se gir a mirarme. Cre advertir
sus ojos fijos en m con el tenue resplandor de la luna.
Nunca ms hagas eso dijo.
Jur que nunca ms lo hara. Luego recogimos nuestros som-
breros y capas, y echamos a correr bajo los olmos.
Han pasado muchos aos desde entonces. Con el tiempo, cada
vez que vuelvo a Sevilla encamino mis pasos a aquella Alame-
da que permanece casi igual a como la conoc, y all me dejo,
una y otra vez, envolver por los recuerdos. Hay lugares que marcan
la geografa de la vida de un hombre; y se fue uno de ellos, como
lo fueron el portillo de las nimas, las crceles de Toledo, las llanu-
ras de Breda o los campos de Rocroi. Entre todos, la Alameda de
Hrcules ocupa un lugar especial. Sin advertirlo, yo haba cuajado
en Flandes; pero no lo supe hasta aquella noche, en Sevilla, cuan-
do me vi solo frente al italiano y sus esbirros, empuando una
Anglica de Alquzar y Gualterio Malatesta, sin proponr-
selo, me hicieron la merced de que tomara conciencia de eso. Y de
tal modo aprend que es fcil batirse cuando estn cerca los camara-
das, o cuando te observan los ojos de la mujer a la que amas, dn-
testigo que tu honra y tu conciencia. Sin premio y sin esperanza.
Ha sido un largo camino, pardiez. Todos los personajes de esta
historia, el capitn, Quevedo, Gualterio Malatesta, Anglica de Al-
quzar, murieron hace mucho; y slo en estas pginas puedo ha-
cerlos vivir de nuevo, recobrndolos tal y como fueron. Sus som-
mi memoria, con aquella poca bronca, violenta y fascinante que
para m ser siempre la Espaa de mi mocedad, y la Espaa del
capitn Alatriste. Ahora tengo el pelo gris, y una memoria tan agri-
dulce como lo es toda memoria lcida, y comparto el singular
cansancio que todos ellos parecan arrastrar consigo. Con el paso
de los aos tambin yo aprend que la lucidez se paga con la deses-
peranza, y que la vida del espaol fue siempre un lento camino
hacia ninguna parte. Recorriendo mi espacio de ese camino perd
m sigue siendo interminable a veces rozo la sospecha de que
igo Balboa no morir nunca, poseo la resignacin de los re-
cuerdos y los silencios. Y al fin comprendo por qu todos los h-
roes que admir en aquel tiempo eran hroes cansados.
Apenas dorm esa noche. Tumbado en mi jergn, oa la respira-
cin pausada del capitn mientras vea la luna ocultarse en un n-
gulo de la ventana abierta. La frente me arda como si tuviera cuar-
tanas, y el sudor empapaba las sbanas alrededor de mi cuerpo. De
la manceba cercana llegaba a veces una risa de mujer o las notas
Destemplado, incapaz de conciliar el sueo, me levant descalzo
y fui hasta la ventana, acodndome en el alfizar. La luna daba a los
tejados una apariencia irreal, y la ropa tendida en las terrazas penda
inmvil como blancos sudarios. Naturalmente, pensaba en Anglica.
No o al capitn Alatriste hasta que estuvo a mi lado. Iba en ca-
misa, descalzo como yo. Se qued tambin mirando la noche sin
decir nada, y observ de soslayo su nariz aquilina, los ojos claros
absortos en la extraa luz de afuera, el frondoso mostacho que
acentuaba su perfil formidable de soldado.
Ella es fiel a los suyos dijo al fin.
en su boca me hizo estremecer. Luego asent sin decir
sobre el particular, pero no aquel, tan inesperado. Yo poda com-
prender eso.
No supe si se refera a Anglica o a mis propios y encontrados
sentimientos. De pronto sent una desazn que me suba por el
pecho. Una extraa congoja.
Tuve una intensa vergenza apenas lo dije. Pero el capitn ni se
burl de m, ni hizo comentarios ociosos. Permaneca inmvil, con-
Todos amamos alguna vez dijo. O varias veces.
Varias?
Mi pregunta pareci cogerlo a contrapi. Call un momento,
cual si considerase que era su obligacin aadir algo ms, pero no
supiera muy bien qu. Carraspe. Lo notaba moverse cerca, inc-
modo.
Un da deja de ocurrir aadi al fin. Eso es todo.
Yo la amar siempre.
El capitn tard un instante en responder.
Claro dijo.
Se qued un rato callado y luego lo repiti en voz muy baja:
Claro.
Sent que alzaba la mano para ponrmela en el hombro, del
mismo modo que haba ocurrido en Flandes el da que Sebastin
Ruyter. Pero esta vez dej sin acabar el gesto.
Tu padre...
Tambin dej esa frase en el aire, sin concluirla. Tal vez, pens,
buscaba decirme que a Lope Balboa, su amigo, le habra gustado
daza de plata. Un aula magna, en fin, de los mayores bellacos que
Dios cri, llena de iglesias para acogerse en sagrado, donde se ma-
taba al fiado por un ochavo, por una mujer o por una palabra.
Quien vio a Gonzalo Xeniz,
y a Gayoso y a Ahumada,
hendedores de personas
y pautadores de caras...
La cuestin era que en una Sevilla de aquella Espaa donde to-
do se llevaba con fieros y poca vergenza, entre tanto matarife profe-
so no pocos lo eran de boquilla, de esos mancebos de la carda que
menudeaban en juramentos de valenta, y entre brindis y brindis
despachaban de parola a veinte o treinta a caballo; voceadores de
hombres que no mataron y de guerras donde no sirvieron, que
alardeaban de liquidar lo mismo al natural que de cuchillada o de
San Felipe de Madrid. El corral, por su carcter de recinto sagra-
do, era lugar elegido como asilo por rufianes, valentones y malhe-
Media docena de valentones congregados bajo el arco de la puer-
muy abiertos de valona, medias de color y tahals de un palmo de
ancho con descomunales herreruzas. El ms joven llevaba un pisto-
las del perrillo, y adornaba sus gregescos de lienzo basto con unos
inslitos lazos verdes y amarillos. Se qued mirando a mi amo segn
Que me cuelguen en la ele de palo dijo al fin, boquiabierto
hurgonada a un mercader, cuado de un cannigo de la catedral,
Eso puede arreglarse.
Y que lo digis el valentn se contoneaba, el puo en la cade-
ra, muy puesto en bravo. As que le respond que por esa tarifa lo
mucho de doce... Discutimos, no hubo arreglo, y a pique estuve
de darle el hurgn al cliente, pero gratis.
Alatriste miraba alrededor.
Para lo nuestro necesito gente de fiar... No matachines de pas-
tel, sino espadas de las buenas. Poco amigos de cantarle coplas a
un escribano.
Sabia prudencia apunt Alatriste.
El conde iba con sus criados y con unos amigos jvenes como l,
Prosigui sin ms novedad la conversacin, de modo que todo
qued ajustado para el da siguiente, con la promesa de Alatriste
Esa noche acudimos al velatorio de Nicasio Ganza. Pero antes
dediqu un rato a cierto asunto personal que me traa alterados los
pulsos. En realidad apenas saqu nada en limpio de ello; pero sir-
VI. LA CRCEL REAL
Jerez. Lo de Jerez tiene su miga, y no estar de ms acotar a vues-
tras mercedes que por esos das, igual que lo haba hecho Galicia,
no gozaban de otro valimiento que el del rey, y los de la periferia,
escudados en fueros locales y antiguos privilegios, que ponan el
sen ejrcitos. Eso sin contar que la Iglesia iba a su aire. De modo
que la mayor parte de la actividad poltica consista en un tira y
afloja con el dinero como fondo; y todas las crisis que ms tarde
habamos de vivir bajo el cuarto Felipe, las conjuraciones de Me-
dina Sidonia en Andaluca y la del duque de Hjar en Aragn, la
secesin de Portugal y la guerra de Catalua, estuvieron motivadas,
de una parte, por la rapacidad de la hacienda real; y de la otra, por
la resistencia de los nobles, los eclesisticos y los grandes comer-
ciantes locales a aflojar la mosca. Precisamente la visita realizada
por el rey a Sevilla el ao veinticuatro, y la que ahora llevaba a cabo,
que slo en parte, pues terminaron por abrirse las puertas, la guar-
dia borgoona form un pasillo de honor, y los reyes en persona,
acompaados por nobles y autoridades sevillanas, recorrieron a
pie la poca distancia que los separaba de la catedral. Me fue impo-
sible asistir en primera fila, pero entre las cabezas de la muche-
dumbre que aclamaba a sus majestades pude presenciar su paso
solemne. La reina Isabel, joven y bellsima, saludaba con graciosos
movimientos de cabeza. A veces sonrea, con aquel peculiar encan-
hacindose legendaria. No era un rey antiptico, sin embargo; nos
sali muy aficionado a la poesa, las comedias y los esparcimientos
literarios, las artes y los usos caballerescos. Tena valor personal,
aunque nunca pis un campo de batalla salvo muy de lejos y ms
adelante, cuando la guerra de Catalua; pero en la caza, que era su
pasin, corra riesgos ms que razonables, y lleg a matar jabales
de Medina Sidonia, el conde de Niebla, que muy elegante y con la
ba a la sazn el de Niebla veintipocos aos, muy lejos todava del
tiempo en que, ya noveno duque de su casa, perseguido por la ene-
mistad y la envidia de Olivares y harto de la rapacidad real sobre
sus prsperos estados revalorizados por el papel de Sanlcar de
Barrameda en la carrera de Indias, cay en la tentacin pactando
con Portugal el intento de secesin de Andaluca de la corona de
deshonor, su ruina y su desgracia. Vena tras l gran squito de da-
mas y caballeros, incluidas las azafatas de la reina. Y al mirar entre
ellas sent un vuelco en el corazn, porque Anglica de Alquzar
estaba all. Vesta hermossima, de terciopelo amarillo con pasadu-
ras de oro, y sostena con gracia el ruedo de la falda realzada por el
amplio guardainfante. Bajo su mantilla, de encaje finsimo, relu-
can al sol de la tarde aquellos tirabuzones dorados que slo unas
horas antes haban rozado mi rostro. Fuera de m, intent abrirme
paso entre la gente, acercndome a ella; pero me impidi ir ms
all la ancha espalda de un guardia borgon. Anglica cruz as a
pocos pasos, sin verme. Busqu sus ojos azules, pero stos se aleja-
ron sin leer el reproche y el desdn y el amor y la locura que se agi-
na y primoroso ejemplar de la jacaranda sevillana, muy apreciado
entre los de su oficio. Al da siguiente iban a sacarlo con tambores
destemplados y una cruz delante para entorpecerle el resuello con
esparto; de manera que a su ltima cena acuda lo ms ilustre de la
cofrada de la hoja, y lo haca con la gravedad, la resignacin pro-
fesional y la cara de circunstancias que el caso reclamaba. A tan
que menos saba que el oficio de valenta y el andar en trabajos,
como se llamaba entonces a buscarse la vida con un acero o de
radas las palmas en el pescuezo de un remo bajo el ltigo del cmi-
tre, o en el ms solvente mal de soga o enfermedad de cordel, muy
contagioso entre la gente de la carda.
poco duran los valientes,
mucho el verdugo los gasta.
Haba una docena de vozarrones aguardentosos cantando
a los presos en capilla. El resto de la crcel, las tres puertas famosas,
las rejas, los corredores y el pintoresco ambiente que en ella se vi-
va fue contado ya por mejores polas que la ma, y a don Miguel
de Cervantes, a Mateo Alemn o a Cristbal de Chaves puede acu-
dir el curioso. Yo me limitar a referir lo que vi en nuestra visita, a esa
hora en que ya se haban cerrado las puertas, y los presos que goza-
ban del favor del alcaide o de los carceleros para salir y entrar del
talego como Pedro por su casa se hallaban puntuales en sus cala-
bozos, salvo los privilegiados de posicin o dinero, que dorman
donde les sala de la bolsa. Todas las mujeres, coimas y familiares
de presos haban abandonado tambin el recinto, y las cuatro ta-
bernas y bodegones vino del alcaide y agua del bodegonero de
que gozaba la parroquia carcelaria estaban cerrados hasta el da si-
comida y verdura. En resumen, aquella Espaa en pequeo que
era la prisin real sevillana se haba ido a dormir, con sus chinches
en las paredes y sus pulgas en las mantas incluso en los mejores ca-
labozos, que los presos con posibles alquilaban por seis reales al
mes al sotalcaide, quien haba comprado su cargo por cuatrocien-
tos ducados al alcaide, tan bellaco como el que ms, que a su vez se
enriqueca con sobornos y contrabandos de todo jaez. Tambin
all, como en el resto de la nacin, todo se compraba y se venda, y
era ms desahogado gozar de dinero que de justicia. Con lo que se
confirmaba muy en su punto el viejo refrn espaol de a qu pasar
hambre, si es de noche y hay higueras.
De camino al velatorio habamos tenido un encuentro inespe-
rado. Acabbamos de dejar atrs el pasillo de la reja grande y la
crcel de mujeres, que quedaba al entrar a mano izquierda, y junto
al rancho donde paraban los que iban rematados a galeras, unos
parroquianos de conversacin tras los barrotes se asomaron a mi-
rarnos. Haba un hachn encendido en la pared, que iluminaba
aquella parte del corredor, y a su luz uno de los de adentro recono-
ci a mi amo.
O estoy ciego de uvas dijo o es el capitn Alatriste.
Nos paramos ante la reja. El fulano era un jayn muy grande,
con unas cejas tan negras y espesas que parecan una. Vesta una ca-
misa sucia y calzones de pao basto.
Pardiez, Cagafuego dijo el capitn. Qu hace vuestra mer-
ced en Sevilla?
El grandulln sonrea de oreja a oreja con una boca enorme,
encantado con la sorpresa. En lugar de los incisivos de arriba tena
un agujero negro.
Pues ya puede verlo voac. Camino de gurapas, me tienen.
Hay por delante seis aos vareando peces en el charco.
va a espuertas, pero la zarzamora nos madrug, y aqu nos trajo.
Nos bajan el lunes al Puerto de Santa Mara.
Lo siento.
No lo sienta uced, seor capitn. Yo no soy hombre de cotufas,
y stos son gajes de la carda. Podra haber sido peor, porque a algn
que otro camarada le cambiaron las gurapas por las minas de azo-
gue de Almadn, que eso ya es el finibusterre. Y de ah salen pocos.
Puedo ayudaros en algo?
Cagafuego baj la voz.
Si tuviera voac algn sonante que le sobrara, le quedara muy
reconocido. Aqu un servidor y los amigos no tenemos con qu so-
corrernos.
Alatriste sac la bolsa y puso en las manazas del jayn cuatro es-
Cmo anda Blasa Pizorra?
No diga uced eso el jayn pareca de veras ofendido. Que
una cosa es una cosa, y otra cosa es otra cosa. Y ni el rey ni Cristo
tienen la culpa de que me vea como ahora me veo.
Tenis razn, Cagafuego. Os deseo suerte.
Y yo a voac, capitn Alatriste.
Se qued apoyado en las rejas, mirndonos ir corredor adelan-
te. Cantaban, como dije antes, las voces de los valentones en la en-
fermera, entre notas de guitarra que algn preso de los calabozos
prximos acompaaba con repicar de cuchillos en los barrotes,
msica de caas rotas o alguna palma suelta. La sala del velatorio
tena un par de bancos y un altarcillo con un Cristo y una vela, y
en el centro se le haba instalado para la ocasin una mesa con
ges y las jotas muy a lo jcaro, diciendo gerida, aliherarse, jumo,
mohar, harro y ajogarse. Se brindaba por el alma de Escamilla, por
la de Escarramn y por la de Nicasio Ganza, esta ltima all pre-
sente y todava dentro de su pescuezo. Tambin se brindaba por la
decan los bravos, y cada vez todos los presentes se llevaban muy
serios los vasos a la boca para hacer la razn; que no se viera igual
en un velorio de Vizcaya ni en una boda flamenca. Y me maravi-
llaba, en aquello de la mentada honra de Ganza, al verlos beber,
El que quisiere triunfar
con esta baraja
salga de oros
que salir siempre de espadas
Seguan los cantos y el sorbo y la conversacin, y seguan lle-
al vino del que haban cado ya varios azumbres y aguardaban otros
tantos, que no faltaba porque al no ser de confianza el que venda
robar, corromper, sobornar, no era grave. Lo otro, s. Como lo era
blasfemar, o la hereja.
Por el siglo de mi abuelo, que gran verdad es sa repuso Gan-
za, sereno. Que ninguno me la hizo que no me la pagase. Y si
alguno queda, el da de la resurreccin de la carne, cuando yo pise
de nuevo tierra, darsela a l hasta el nima.
Asintieron solemnes los germanes, que as hablaban los hidal-
volver el rostro ni predicar; que para algo era muchsimo hombre
y vstago de Sevilla, resultaba pblico que La Heria no para co-
bardes, y otros antes que l gustaron sin ascos aquella conserva.
Con acento lusitano argument otro, como consuelo, que al me-
nos era la justicia real, o como quien dice el rey en persona, quien
sacaba del mundo a Ganza, y no un cualquiera. Que en tan ilus-
tre bravo fuera deshonra verse despachado por un don nadie. Es-
ta ltima filosofa result muy celebrada por la concurrencia, y el
propio interesado se atus el bigote, complacido por tan justa consi-
deracin del asunto. El concepto corresponda a un valentn con
Slo lo siento por mi Maripizca dijo Ganza, entre vino
y vino.
Maripizca la Aliviosa era la coima del jaque, a la que su ejecu-
cin dejaba sola en el mundo, a juicio del velado. Haba estado a
visitarlo por la tarde con mucho grito y alboroto: a ver la luz de
prueba era que a l mismo se le arrasaban de lgrimas los ojos cada
vez que se vea en la obligacin de molerla a palos. Encima, la Ali-
dolo en la crcel con buenos dineros ganados con unos trabajos
que iban en descuento de sus pecados, si es que pecado era velar
Tampoco estara de ms se acord el rufin tras pensar un
rato saludar de mi parte al platero.
Qued incluido el platero en la relacin. Y ya puestos, se convi-
no que si al da siguiente el verdugo no resultaba lo bastante bien
templado por la Aliviosa y se propasaba al hacer su oficio, no dn-
dole las vueltas del garrote con la limpieza y decoro requeridos,
tambin tocara su astilla en el reparto. Que una cosa era ajusticiar
de traidores y ahembrados, no guardarle las formas a un hom-
su acento lusitano, ver cmo se despide de este mundo la gente de
son desvergenza y malas costumbres. Pues dejando aparte la for-
tuna de nacer en Portugal que no estaba al alcance de todos, por
desgracia nada instrua tanto como ver bien morir, tratar a hom-
bres sabios, conocer tierras y la leccin continua de buenos libros.
As concluy, potico con Virgilio dir el rapacio
Arma vi-
rumque cano
Plus quam civilia campos
con Lucano.
Hubo luego prolija parla y buen menudeo del jarro. Antojsele
en sas un rentoy a Ganza, a modo de ltimas manos con los ca-
maradas; y Guzmn Ramrez, un jaque silencioso y de cara som-
la mesa. Dironse hojas del libro real, jugaron unos ocho, mira-
ron otros y bebimos todos. Echbanse dineros y, fuese por suerte o
porque los camaradas le daban cuartel, Ganza fue teniendo bue-
Seis granos juego, y va mi vida.
Alce vuac por la mano.
Yo la doy.
Matantes tengo.
Pues a m, que las vendo.
En sas andaban cuando oyronse pasos en el corredor, y entra-
ron, negros como cuervos, el escribano de la Justicia, el alcaide con
alguaciles y el capelln de la crcel para leer la ltima sentencia.
Y salvo que Ginesillo el Lindo dej de tocar la guitarra, nadie hizo
ademn de apercibirse, ni el reo principal mud el semblante; sino
que ms bien siguieron todos menudeando alpiste, cada uno con
sus tres cartas en la mano y atentos a la muestra, que era el dos de
oros. Se aclar la garganta el escribano y ley que por justicia del
rey a tantos de tantos y por tal y cual, denegada la apelacin, el lla-
Lo hay. A las ocho en punto.
El juez Fonseca.
Mir el reo a sus compaeros de modo significativo, y le res-
pondi un crculo de guios y mudos asentimientos. A ser posi-
rencia ni su reverencia es para m... Y al insistirle el sacerdote, re-
mat: Qudese con Dios, padre, que anteayer lo hicieron cura, y
ya quiere confesar a un hombre que ha matado a medio mundo.
El caso es que tornronse a barajar los naipes mientras el agusti-
no y los otros se dirigan a la puerta. Y cuando estaban a medio ca-
mino, Ganza record algo y los llam.
Una cosa, seor escribano. El mes pasado, cuando le anuda-
ron el gaznate a mi compadre Lucas Ortega, uno de los escalones
del patbulo estaba flojo, y Lucas estuvo a punto de caerse cuando
suba... A m me da lo mismo, pero hganme la merced de compo-
nerlo para quien venga despus, porque no todos tienen mi cuajo.
Tomo nota lo tranquiliz el escribano.
Pues no digo ms.
No ha sido una mala vida dijo de pronto el jaque, pensati-
vo. Perra, pero no mala.
Por la ventana llegaron las campanadas cercanas de San Salva-
No siempre se inspira uno en Sneca y Tcito dijo, acomo-
dndose los anteojos para ver mejor.
A Ganza deban de haberle contado lo de los reyes, porque
cuando lo sacaron de la crcel vestido con el sayo, maniatado y a
lomos de una mula, se aderez los bigotes llevndose las manos
a la cara, y hasta salud mirando los balcones. Estaba el valentn
todo repeinado, limpio, muy gallardo y tranquilo, y la resaca de la
do topaba una cara conocida entre la gente, saludaba con mucha
parsimonia, como si lo llevaran de romera al prado de Santa Jus-
ta. Iba, en fin, con tanto decoro que vindolo daban ganas de ha-
cerse ajusticiar.
El verdugo aguardaba junto al garrote. Cuando Ganza subi
y eso le vali al escribano, que andaba por all, una mirada severa
del jaque, todo el mundo se hizo lenguas de sus buenas maneras
y de sus hgados. Salud con un gesto a los camaradas y a la Alivio-
sa, confortada en primera fila por una docena de rufianes, y que
lloraba con mucho duelo pero alabndose, eso s, de lo bien plan-
tado que iba su hombre camino de lo que iba; y luego se dej pre-
dicar un poco por el agustino de la noche anterior, asintiendo con
de su agrado. Se impacientaba un poco el verdugo, con mal sem-
arriscada y derecha, por no dar mala estampa. Y cuando el otro di-
jo la frmula habitual de perdneme hermano, que slo hago mi
oficio, le contest que estaba perdonado de all a Lima, pero que
lo hiciera de perlas porque en la otra vida veranse de nuevo las
caras, y a esas alturas a l iban a darle igual ocho que ochenta. Sen-
tse luego sin parpadear ni hacer visajes cuando le pusieron el ga-
rrote en el pescuezo, el aire como aburrido; atusse por ltima vez
los bigotes, y a la segunda vuelta de cordel se qued tan sereno y
bien compuesto que no haba ms que pedir. No pareca sino que
estuviera pensando.
Llegaba la flota, y Sevilla, y toda Espaa, y la Europa entera se
aprestaban a beneficiarse del torrente de oro y plata que traa en
sus bodegas. Escoltada desde las islas Terceras por la Armada del
Mar Ocano, la inmensa escuadra que llenaba el horizonte de ve-
las haba arribado a la embocadura del Guadalquivir; y los prime-
ros galeones, cargados de mercancas y riquezas hasta casi hundir las
bordas, empezaban a echar el ancla frente a Sanlcar o en la baha de
Cdiz. Para agradecer a Dios haber conservado la flota a salvo
de los temporales, de los piratas y de los ingleses, las iglesias orga-
nizaban misas y tedeums. Los armadores y cargadores hacan
tas del beneficio, los comerciantes disponan sus tiendas para ins
las nuevas mercancas y organizaban su transporte a otros lugares,
VII. POR ATN Y A VER AL DUQUE
ban las manos pensando en su propio bolsillo. Toda Sevilla se en-
galanaba para el acontecimiento, reviva el comercio, ponanse a
punto crisoles y troqueles para acuar moneda, se limpiaban los
almacenes de las torres del Oro y de la Plata, y bulla de actividad
el Arenal, con carros, bastimentos, curiosos, y esclavos negros y mo-
riscos preparando los muelles. Se barran y regaban las puertas de
las casas y los comercios, se adecentaban posadas, tabernas y man-
cebas, y desde el orgulloso noble hasta el humilde mendigo o la ms
Bebimos todos, tras levantar nuestras jarras de loza vidriada. El
vino no era gran cosa, pero s la ocasin. Don Francisco de Queve-
expedicin ro abajo, no poda hacerlo por razones evidentes, y eso
que pondr cuando se entere de la noticia... Amn que el oro es el
oro, y su catlica majestad lo necesita como cualquiera.
Incluso ms suspir Quevedo.
De codos sobre la mesa, Guadalmedina baj la voz.
Anoche, en circunstancias que no viene a cuento referir, su
majestad pregunt quin diriga el golpe dej un poco las pala-
bras en el aire, a la espera de que su sentido calase en nosotros...
Se lo pregunt a un amigo tuyo, Alatriste. Comprendes?... Y ste
Le habl maravillas, supongo dijo Quevedo.
El aristcrata lo mir, ofendido por el supongo.
Tratndose de un amigo, ya podis imaginar, pardiez.
Y qu dijo el gran Philipo?
Como es joven y aficionado a lances, mostr vivsimo inters.
Hasta habl de caer de incgnito esta noche por el lugar de em-
barque, para satisfacer su curiosidad... Pero Olivares puso el grito
en el cielo.
Un silencio incmodo se adue de la mesa.
Slo faltaba eso coment al fin Quevedo. Tener al Austria
Guadalmedina le daba vueltas a su jarra entre las manos.
En cualquier caso dijo tras una pausa, el xito nos ira muy
vez all, debes quemarlo. A partir de ese momento, si alguien pre-
gunta tendrs que ingenirtelas a tu aire el aristcrata se acaricia-
ba la perilla, sonriente... Siempre puedes decir, como el viejo re-
frn, que vais a Sanlcar por atn y a ver al duque.
Veremos qu tal se porta Olmedilla dijo Quevedo.
En cualquier caso no tiene por qu ir al barco. Su presencia
slo es necesaria para hacerse cargo del oro. De ti depende cuidar
El capitn miraba el documento.
Se har lo que se pueda.
Ms nos vale.
El capitn guard el papel en la badana del sombrero. Se mos-
traba tan fro como de costumbre, pero yo me remov en el tabu-
los o en parejas, iban llegando otros, andares zambos y recelar za-
no, resonantes de hierros, tomando asiento por aqu y por all sin
que ninguno se dirigiera la palabra. El grupo ms numeroso que
De ese modo qued redondo el grupo, y nadie falt a la cita. Yo
acechaba la expresin de Olmedilla al comprobar el fruto de la re-
antiptico, inexpresivo y silencioso como sola, cre vislumbrarle
un toque de aprobacin. Aparte de los mentados, y segn conoc
por sus buenos o malos nombres de all a poco, estaban presentes
el murciano Pencho Bullas, los soldados viejos Enrquez el Zurdo
y Andresito el de los Cincuenta, el cariacuchillado y grasiento Bra-
vo de los Galeones, un marinero de Triana llamado Surez, otro
tal Mascara, un fulano con aire de hidalgo tronado, ojeroso y p-
lido al que llamaban el Caballero de Illescas, y un jienense rubi-
cundo, barbudo y sonriente, de crneo afeitado y fuertes brazos,
que tena por nombre Juan Eslava, y era notorio rufin de canto-
neras sevillanas viva de cuatro o cinco, y las cuidaba como a hijas,
o casi, lo que justificaba su apodo, ganado en buena lid: el Galn
de la Alameda. Imaginen vuestras mercedes el cuadro, con todas
aquellas bravas piezas medio embozadas en el corral del Negro, re-
sonndoles bajo la capa, cada vez que se movan, el tintineo ame-
nazador de dagas, pistolas y espadas. Que de no saber uno que es-
taban de su parte al menos de momento, habra sido incapaz de
Triana dorma en tinieblas, y lo que permaneca en vela procu-
raba apartarse, prudente, de nuestro camino. La luna ultimaba su
menguante, pero an nos serva con un poco de luz; la suficiente
para ver recortada en la orilla una barca con la vela recogida en el
mstil. Haba un farol encendido a proa y otro en tierra, y dos bultos
inmviles, patrn y marinero, aguardaban a bordo. Fue all donde
Hay que aligerar muchas nimas?
Mir de solayo al contador Olmedilla, oscuro y negro en su ga-
bn, y vi que pareca escarbar el suelo con la punta de un pie, inc-
modo, como si estuviera lejos de all o pensando en otra cosa. Sin
duda, hombre de papeles y tinteros, no estaba acostumbrado a cier-
tas crudezas.
No se rene a gente de esta calidad respondi Alatriste para
Hubo algunas risas, pardieces y votos a tal. Cuando se apaga-
ron, mi amo seal la barca.
Embarquen y acomdense lo mejor que puedan. Y a partir de
este momento considrense vuestras mercedes como en milicia.
Qu significa eso? pregunt otra voz.
A la luz parva del farol, todos pudieron ver que el capitn apo-
yaba su mano izquierda, como al descuido, en el puo de la tole-
dana. Sus ojos horadaban la penumbra.
Significa dijo despacio que a quien desobedezca una orden
o tuerza el gesto, lo mato.
Olmedilla observ al capitn con mucha fijeza. En el corro no se
oa el zumbido de un mosquito. Cada cual rumiaba aquello para s,
procurando que le hiciera buen provecho. Entonces, en mitad del
silencio, se escuch ruido de remos a poca distancia, junto a los
barcos amarrados en la orilla del ro. Todos los jaques se volvieron a
mirar: un botecillo haba salido de las sombras. En el rielar de las
aparecidas en sus manos casi por arte de magia; y el capitn Alatris-
te empuaba, como un relmpago, el acero de su espada desnuda.
Por atn y a ver al duque dijo una voz familiar en la oscu-
Como si fueran un santo y sea, aquellas palabras nos relajaron al
Tranquilizse la jbega mientras mi amo envainaba y Copons
guardaba las pistolas. El bote haba tocado tierra ms all de la proa
de nuestra embarcacin, y los tres hombres que iban de pie se co-
lumbraban ahora en la vaga claridad del farol. Alatriste pas junto
a Copons, acercndose a la orilla. Lo segu.
Hay que despedir a un amigo dijo la misma voz.
Tambin yo haba reconocido al conde de Guadalmedina. Iba,
como sus dos acompaantes, embozado con sombrero y capa. Tras
ellos, entre los remeros, vi brillar medio ocultas las mechas encen-
didas de un par de arcabuces. Los acompaantes de lvaro de la
Marca eran hombres dadosa tomar precauciones.
No disponemos de mucho tiempo dijo el capitn, seco.
un momento observndolos. l mismo estaba iluminado por el fa-
rol de la proa de la barca, rojizo el perfil de halcn sobre el mosta-
cho, los ojos vigilantes bajo el ala oscura del fieltro, la mano rozando
menor estatura, que se hallaba entre l y Guadalmedina, y que ha-
ba asistido en silencio al embarque de los hombres, estudiaba
Haba innumerables estrellas en el cielo, y los rboles y los ar-
bustos desfilaban como tupidas sombras negras a derecha e izquier-
da, a medida que seguamos el Guadalquivir. Sevilla quedaba muy
atrs, al otro lado de los recodos del cauce, y el relente de la noche
empapaba de humedad las maderas de la barca y nuestras capas.
Tendido cerca de m, el contador Olmedilla tiritaba de fro. Yo
contemplaba la noche con mi manta hasta la barbilla y la cabeza re-
plan de ataque al galen flamenco. La idea consista en abordarlo
mientras estaba fondeado en la barra de Sanlcar, cortar sus ama-
rras y aprovechar la corriente y la marea, que de noche solan ser fa-
vorables, para llevarlo a la costa, embarrancarlo all y transportar el
botn a la playa, donde aguardara una escolta oficial prevenida al
ranjos una temporada... Un mal asunto en Npoles, me dijeron.
Con una muerte.
Dicen que es soldado viejo y ha estado en Flandes.
la fortuna de que dos galeras de Malta les ahorraran verse al remo
para los restos.
Es hombre de hgados, entonces dijo uno.
Puede uced jurarlo, camarada.
Y de potra apunt otro.
Eso ltimo no lo s. Ahora, por lo menos, las cosas no parecen
irle mal... Si puede aliviarnos a nosotros de la gura, dndonos el
noli me tngere como lindamente ha hecho, algo de mano tendr.
Quines eran los embozados del bote?
Ni idea. Pero se morda gente principal. Igual son los que afo-
Y el de negro?... Me refiero al torpe que casi se cae al agua.
Sobre ese, a iglesia me llamo. Pero si es de la carda, yo soy Lutero.
O nuevos chorros de vino y un par de eructos satisfechos.
Buena fatiga parece sta, por lo menos dijo alguien, al rato.
Hay oro y camaradas.
Sonre, a mi vez. Nosotros s la tenamos. l y yo.
Subir a la urca con nosotros?
Alatriste encogi un poco los hombros.
Quin sabe dijo.
Habr que cuidar de l murmur, preocupado.
Cada uno deber cuidarse solo. Cuando llegue el momento,
ocpate de ti mismo.
Nos quedamos callados, pasndonos la bota de vino. Mi amo
estuvo un rato mascando.
Te has hecho mayor dijo entre dos bocados.
Segua observndome, pensativo. Yo sent una suave oleada de
satisfaccin entibiarme la sangre.
Quiero ser soldado dije a bocajarro.
Cre que con lo de Breda tenas bastante.
Quiero serlo. Como mi padre.
Dej de masticar, an sigui atento a m un trecho, y al cabo
seal con el mentn hacia los hombres tumbados en la barca.
No es un gran futuro opin.
embarcacin. Ahora el paisaje empezaba a colorearse de rojo tras
De cualquier modo dijo de pronto Alatriste faltan un par
descuidado tu educacin. As que, a partir de pasado maana...
Call de nuevo, para dirigir otra ojeada a los hombres dormi-
dos. La luz levante acentuaba las cicatrices de su cara.
En este mundo dijo al cabo, a veces llega la pluma donde
Pues resulta injusto respond.
Quizs.
Haba tardado un poco en decirlo, y cre advertir mucha amar-
gura en el quizs. Por mi parte, encog los hombros bajo la manta.
A los diecisis aos, yo estaba seguro de que llegara fcilmente a
donde fuera menester llegar. Y maldita la tecla que tocaba el D-
mine Prez en todo aquello.
Todava no es pasado maana, capitn.
te nosotros. Sin volverme, supe que Alatriste me estudiaba con
mucha atencin; y cuando por fin gir el rostro, vi que el sol na-
ciente le tea de rojo los iris glaucos.
Tienes razn dijo, pasndome la bota. Todava nos queda
mucho camino.
El sol nos alumbr vertical ya ms abajo de la venta de Tarfia,
donde el Guadalquivir tuerce a poniente y empiezan a adivinarse
las marismas de Doa Ana en la margen derecha. Los frtiles cam-
pos del Aljarafe y las orillas frondosas de Coria y Puebla fueron de-
jando paso a dunas de arena, pinares y arbustos entre los que a veces
asomaban gamos, o jabales. El calor se hizo ms intenso y hme-
do, y en la barca los hombres liaron sus mantas, desabrochando
VIII. LA BARRA DE SANLCAR
Hice un poco de rancho aparte con Sebastin Copons y con el
contador Olmedilla; al que, pese a seguir tan antiptico como
de costumbre, me crea en la obligacin moral de cuidar un poco
entre semejante parroquia. Compartamos el vino de la bota y las
provisiones, y aunque ni el soldado viejo de Huesca ni el funcio-
nario de la hacienda real eran hombres de muchas ni de pocas
palabras, yo me mantena cerca de ellos por un sentimiento de leal-
tad. Con Copons, por lo vivido juntos en Flandes; y con Olme-
dilla, por las circunstancias. En cuanto al capitn Alatriste, estuvo
las doce leguas de viaje a lo suyo, siempre sentado a popa junto al
patrn, dormitando slo durante breves intervalos cuando lo ha-
ca cubra su rostro con el sombrero, como en guardia para que no
lo viesen dormido, y sin apenas quitar ojo a los hombres. Los es-
ms de lo que era. Que aquella germana all hilvanada representa-
ba, al cabo, una Espaa en miniatura; y toda la gravedad y honra y
orgullo nacional que Lope, Tirso y los otros ponan en escena en
ya ms que en el teatro. Tan slo nos quedaban la arrogancia y la
crueldad; de modo que cuando uno consideraba el aprecio que to-
dos tenamos de nuestras particulares personas, la violencia de cos-
tumbres y el desprecio a las otras provincias y naciones, se explicaba
que con buen derecho los espaoles fusemos odiados de la Eu-
ropa toda y de medio mundo.
En cuanto a nuestra expedicin, participaba naturalmente de
todos esos vicios, y la virtud le era tan natural como al diablo un
arpa, un aura y unas alas blancas. Pero al menos, aunque mezqui-
nos, crueles y fanfarrones, los hombres que viajaban en nuestra barca
las salinas. Entre los densos arenales y los pinares vimos el puerto
de Bonanza, con su ensenada donde haba ya numerosas galeras
y otras naves; y ms lejos, bien definida en la claridad de la tarde,
la torre de la Iglesia Mayor y las casas ms altas de Sanlcar de
Barrameda. Entonces el marinero baj la vela, y el patrn llev
la barca hacia la orilla opuesta, buscando el margen derecho de la
anchsima corriente que se verta legua y media ms all, en el
ocano.
Desembarcamos mojndonos los pies, al amparo de una duna
grande que prolongaba su lengua de arena en la corriente. Tres
hombres al acecho bajo un bosquecillo de pinos vinieron a nues-
tro encuentro. Vestan de pardo, con ropas de cazadores; pero al
acercarse observamos que sus armas y pistolas no eran de las que se
usan para abatir conejos. El que pareca el jefe, un individuo de bi-
gote bermejo y ademanes militares mal disimulados bajo la rstica
indumentaria, fue reconocido por el contador Olmedilla; y ambos
Luego llev aparte a mi amo, y estuvieron hablando otro rato en
voz baja. Y a veces, mientras lo haca, Alatriste dejaba de mirar
entre sus botas para observarnos. Al cabo se call Olmedilla, y vi
como el capitn haca dos preguntas y el otro afirmaba dos veces.
Entonces se pusieron en cuclillas, y Alatriste sac la daga y estuvo
haciendo con ella dibujos en el suelo; y cada vez que alzaba el rostro
para interrogar al contador, ste afirmaba de nuevo. Tras estar as
mucho rato, el capitn se qued un espacio inmvil, pensando.
Despus vino y nos dijo cmo bamos a asaltar el
Niklaasbergen.
explic en pocas palabras, sin comentarios superfluos ni adornos.
Dos grupos, en botes. Uno atacar primero la parte del alc-
zar, procurando hacer ruido. Pero no quiero tiros. Dejaremos las
Hubo un murmullo, y algunos hombres cambiaron vistazos in-
los qued mirando y algunos terminaron bajndola tambin. Ade-
deproa llevar dos hachas para eso... Todos permaneceremos a bor-
do hasta que el barco toque fondo en la barra... Entonces iremos
a tierra, que desde all puede alcanzarse con el agua por el pecho, de-
jando el asunto en manos de otra gente que est prevenida.
Los hombres se miraron. Del bosquecillo de pinos llegaba el
chirrido montono de las cigarras. Con el zumbido de las moscas
que nos acosaban en enjambres, ese fue el nico sonido que se oy
Ningn tripulante llegar vivo al banco de arena... Cuantos
ms asustemos al principio, menos habr que matar.
Y los heridos, o los que pidan cuartel?
Esta noche no hay cuartel.
Algunos silbaron entre dientes. Hubo palmadas guasonas y
risas en voz baja.
Y qu hay de nuestros heridos? pregunt Ginesillo el Lindo.
Bajarn con nosotros y sern atendidos en tierra. All cobrare-
mos todos, y cada mochuelo a su olivo.
Y si hay muertos? el Bravo de los Galeones sonrea con su
cara acuchillada... Se cobra suma fija, o repartimos al final?
Ya veremos.
El jaque observ a sus camaradas y despus acentu la sonrisa.
Sera bueno verlo ahora dijo con mala fe.
Alatriste se quit con mucha pausa el sombrero, pasndose una
mano por el pelo. Luego se lo puso de nuevo. La forma en que mi-
raba al otro no daba lugar al menor equvoco.
Bueno, para quin?
Haba hablado arrastrando las palabras y en voz muy baja; con
Sangonera alz una mano, curioso.
Y si algn tripulante se embanasta dentro?
Si eso pasa, yo dir quin baja a buscarlo.
El Bravo de los Galeones se acariciaba reflexivo el pelo grasien-
dose amenazador para respaldar al capitn; y yo mismo llev la
mano a la espalda tanteando mi daga. La mayor parte de los hom-
bres desviaba los ojos, sonrea a medias o miraba cmo Alatriste
de barcos, urcas, galeazas, carabelas, naves pequeas y grandes, em-
barcaciones ocenicas y costeras fondeadas entre los bancos de are-
na o en movimiento por todas partes, y prolongndose todava el
panorama por la costa hacia levante, en direccin a Rota y a la
baha de Cdiz. Algunos aguardaban la marea ascendente para
subir hasta Sevilla, otros descargaban las mercancas en embarca-
ciones auxiliares, o aparejaban para rendir viaje en Cdiz despus
que los funcionarios reales subieran para comprobar su carga. En
la otra orilla podamos ver a lo lejos la prspera Sanlcar extendida
sobre la margen izquierda, con sus casas nuevas bajando hasta el
borde mismo del agua y el enclave antiguo y amurallado sobre la
colina, donde destacaban las torres del castillo, el palacio de los du-
ques, la Iglesia Mayor y el edificio de la aduana vieja, que a tanta
gente enriqueca en jornadas como aqulla. Dorada por la luz del
sol, con la arena de su marina salpicada de barquitas de pescadores
varadas, la ciudad baja herva de gente y de pequeos botes con
velas yendo y viniendo hacia los barcos.
Virgen de Regla
dijo el contador Olmedilla.
Hablaba bajando la voz, como si pudieran ornos al otro lado
del ro, y se enjugaba el sudor del rostro con un paizuelo empapa-
do. Estaba ms plido que nunca. No era hombre de caminatas ni de
arrastrarse tras dunas ni arbustos, y el esfuerzo y el calor empezaban
a hacerle mella. Su ndice manchado de tinta indicaba un galen
grande, fondeado entre Bonanza y Sanlcar, al resguardo de una
lengua de arena que la bajamar empezaba a descubrir. Tena la proa
en direccin al vientecillo del sur que rizaba la superficie del agua.
Y aqul aadi sealando otro ms prximo es el
Niklaas-
Segu la mirada de Alatriste. Con el ala del sombrero sobre los
ojos para protegrselos del sol, el capitn observ cuidadosamente
el galen holands. Estaba fondeado aparte, cerca de nuestra ori-
lla, hacia la punta de San Jacinto y la torre viga que all se levanta-
ba para prevenir incursiones de los piratas berberiscos, holande-
ses e
ingleses. El
Niklaasbergen
era una urca negra de brea, con tres
palos en cuyas gavias estaban aferradas las velas. Era corto y feo, de
lores blancos, rojos y amarillos: un barco de lo ms comn, dedi-
cado al transporte, que no llamaba la atencin. Tambin apuntaba
su proa al sur, y tena las portas de los caones abiertas para venti-
lar las cubiertas bajas. Veamos poco movimiento a bordo.
Estuvo fondeado junto al
Virgen de Regla
hasta que se hizo de
da explic Olmedilla. Luego vino a echar el ancla ah.
Ah est el bajo que llaman del Cabo dijo. Lo recuerdo
bien... Las galeras procuraban evitarlo siempre.
No creo que deba preocuparnos respondi Olmedilla. A esa
hora nos favorecern la marea, la brisa y la corriente del ro.
Ms vale. Porque si en vez de dar con la quilla en la arena da-
mos en esas piedras, nos iremos al fondo... Y el oro tambin.
Como gustis dijo de pronto. Yo en cuestiones de obliga-
Me dorm. Como muchas veces haba ocurrido en Flandes an-
tes de una marcha o de un combate, cerr los prpados y aprove-
ch el espacio que tena por delante para reponer fuerzas. Al prin-
cipio fue una duermevela indecisa, abriendo de vez en cuando los
ojos para percibir las ltimas luces del da, los cuerpos tumbados a
mi alrededor, sus respiraciones y ronquidos, las charlas en voz baja
y la figura inmvil del capitn con el sombrero encima. Luego el
sopor se hizo ms profundo, y me dej flotar en las aguas negras y
mansas, a la deriva por un mar inmenso surcado por velas innu-
merables que lo llenaban hasta el horizonte. Anglica de Alquzar
apareci al fin, como tantas otras veces. Y esta vez me ahogu en
sus ojos y sent de nuevo en mis labios la dulce presin de los su-
yos. Busqu a mi alrededor, en demanda de alguien a quien gritar
mi felicidad; y all estaban, inmviles entre la bruma de un canal
flamenco, las sombras de mi padre y del capitn Alatriste. Me un
a ellos chapoteando en el barro, a punto para desenvainar la espada
frente a un ejrcito inmenso de espectros que salan de sus tumbas,
gos, ni se vean luces. La luna, menguante y muy escasa, apenas
en susurros, y o, apagada, la risa del mulato Campuzano. Tron en-
tonces la voz del capitn ordenando silencio, y nadie volvi a abrir
Al pasar junto al bosquecillo de pinos reson el rebuzno de una
mula, y mir hacia all, curioso. Haba caballeras ocultas entre los
rboles, y confusas figuras humanas junto a ellas. Sin duda se tra-
taba de la gente que ms tarde, cuando el galen estuviese varado
en la barra, se encargara de transbordar el oro. Para confirmar mis
Alguien pregunt qu diablos era aquello, y el Portugus, sin
alterarse, respondi con su educado acento y sus eses prolongadas
vantes, que l antes de batirse recitaba lo que le sala de los h-
Os Lusadas
gusto en acuchillarse con l y con su santa madre.
Ѓramos pocos y pari el Tajo dijo alguien.
No hubo ms comentarios, el Portugus continu entre dientes
con sus versos, y seguimos camino. Junto a las estacas de una vieja
encaizada de pescadores vimos dos barcas esperando, con un hom-
bre en cada una. Nos agrupamos en la orilla, expectantes.
Cagendiela, Diego respondi el aragons, que se anudaba
el cachirulo en torno a la cabeza. Demasiados encargos para una
Alatriste emiti una risa queda, entre dientes.
Quin nos lo iba a decir, verdad?... Degollar flamencos en
Sanlcar.
Copons solt un gruido.
Cuenta. Puestos a degollar, igual da un sitio que otro.
El grupo de popa ya embarcaba tambin. Fui con ellos, me mo-
j los pies, pas la pierna sobre la regala y me acomod en un ban-
co. Un momento ms tarde, el capitn se reuni con nosotros.
A los remos dijo.
Pusimos los cordeles de los maderos en los esclamos y empeza-
mos a bogar, alejndonos de la orilla, mientras el marinero del
bote diriga el timn hacia una luz cercana que rielaba en el agua
rizada por la brisa. El otro bote se mantena cerca, silencioso, me-
tiendo y sacando con mucho tiento los remos en el agua.
Despacio dijo Alatriste... Despacio.
Con los pies apoyados en el banco de delante, sentado junto a
Bartolo Cagafuego, yo doblaba el espinazo en las paladas, antes de
echar el cuerpo hacia atrs tirando fuerte del remo. Al final de
cada movimiento quedaba mirando hacia arriba, a las estrellas que
se dibujaban ntidas en la bveda del cielo. Al inclinarme hacia
adelante, a veces me volva observando a mi espalda, entre las ca-
bezas de los camaradas. La luz de popa del galen estaba cada vez
ms cerca.
A la postre murmuraba Cagafuego, rezongante sobre el re-
El otro bote empez a alejarse del nuestro, con la pequea si-
buscando los sitios que la luz del fanal dejaba en sombras. Todos
mirbamos hacia arriba conteniendo el resuello, con la aprensin
de ver aparecer all un rostro en cualquier momento, seguido de
un grito de alerta y una granizada de balas o un caonazo de me-
tralla. Por fin los remos cayeron al fondo del bote, y ste se desliz
hasta dar con las tablas del costado, junto al chinchorro y exac-
tamente bajo la escala. El ruido del golpe, pens, habr despertado
a toda la baha. Pero lo cierto es que nadie grit dentro, ni hubo
alarma alguna. Un estremecimiento de tensin recorri el bote
mientras los hombres liberaban de trapos las armas y se disponan
Mierda de Dios dijo alguien abajo.
Entonces son un grito de alarma sobre nuestras cabezas, y al
mirar vi asomarse un rostro iluminado a medias por el fanal. Tena
expresin espantada, y nos vea trepar como si no diera crdito a lo
que pasaba. Y tal vez muri sin llegar a creerlo del todo, porque el
mesana, junto a la escala que conduca al alczar. Haba ahora ms
de los nuestros llegando a cubierta por las cuerdas de los arpeos, y
era un milagro que no estuviese all todo el galen despierto para
darnos una linda bienvenida, con el tiro de arcabuz y todo aquel
escndalo de pasos y ruidos y carreras y chirriar de aceros al salir
de las vainas.
Saqu la espada con la diestra y ech mano con la zurda a la
daga, mirando alrededor, confuso, en busca de un enemigo. Y en-
tonces vi que un tropel de hombres armados sala a cubierta desde
el interior del barco, y que muchos eran grandes y rubios como los
que conocamos de Flandes, y que haba otros a popa y en el com-
czar. Acud en socorro de mi amo, sin comprobar si Cagafuego y
los otros nos seguan o no. Lo hice musitando el nombre de Ang-
lica como postrera oracin; y con la ltima sensatez, mientras me
lanzaba al asalto aullando enloquecido, comprend que si Sebas-
Niklaasbergen
nuestra ltima aventura.
Tambin la mano y el brazo se cansan de matar. Diego Alatriste
habra dado lo que le quedaba de vida que tal vez era muy poco
por bajar las armas y tumbarse en un rincn durante un rato. A esas
tal vez la indiferencia respecto al resultado lo mantena paradjica-
mente vivo en medio de la confusa refriega. Peleaba tan sereno co-
mo de costumbre, fiado en su golpe de vista y en la respuesta de sus
msculos, sin reflexionar. En hombres como l, y en tales lances,
el modo ms eficaz de tener a raya al destino.
Arranc su espada del hombre que acababa de atravesar y lo
empuj de una patada, para ayudarse a liberar la hoja. A su alrede-
dor todo eran gritos, maldiciones y gemidos; y de vez en cuando
IX. VIEJOS AMIGOS
en tropel, y los charcos rojos que el oscilar de la cubierta encami-
Sintindose dueo de una singular lucidez, par un golpe de al-
fanje, hurt el cuerpo, y respondi con una estocada en el vaco
que apenas le import no lograr. El otro se puso en cobro, y fue a
sima, Jess, Madre Santsima. No supo quin era ni tuvo tiempo
de averiguarlo. Se desembaraz del cado, ponindose en pie con la
espada en una mano y la daga en la zurda, sintiendo que la oscuri-
dad se volva roja a su alrededor. Los hombres gritaban de forma es-
pantosa y era imposible dar tres pasos por la cubierta sin resbalar en
la sangre.
Cling, clang. Todo pareca transcurrir tan despacio que le sor-
prendi que entre cada estocada suya no le colaran diez o doce los
otros. Sinti un golpe en la cara, muy fuerte, y la boca se le llen
guien le asestaba ahora golpes con la culata de un arcabuz, as que
hurt la cabeza, agachndose. Dio con otro, e incapaz de saber si era
amigo o enemigo, dud, acuchill y dej de acuchillar, por si acaso.
La espalda le dola mucho; quiso gemir, para aliviarse gemir lar-
go, entre dientes, era buena forma de engaar el dolor, desahogn-
dolo, pero de su garganta no brot sonido alguno. La cabeza le
zumbaba, segua notando sangre dentro de la boca, y los dedos es-
en su espalda, contra las tablas de cubierta, la hoja de mi toledana.
rriga. A las primeras me sorprendi orlo gritar en espaol, y por
un momento pens que me haba equivocado, y que acababa de
despachar a un camarada. Pero la luz del combs alumbr a me-
dias un rostro desconocido. Haba espaoles a bordo, comprend.
Todo encajaba, pens fugazmente Diego Alatriste mientras se
pona en guardia. El oro, Luis de Alquzar, la presencia de Gualte-
rio Malatesta en Sevilla y luego all, a bordo del galen flamenco.
El italiano escoltaba el cargamento, y por eso haban encontrado
una resistencia tan inesperada a bordo del
Niklaasbergen
: la mayor
parte de los que les hacan frente no eran marineros sino mercena-
rios espaoles, como ellos. En realidad, aquella era una escabechi-
na entre perros de la misma jaura.
No tuvo tiempo de meditar nada ms, porque tras la sorpresa
inicial a Malatesta se le vea tan desconcertado como lo estaba l
mismo el italiano ya le vena encima, negro y amenazador, con la
espada por delante. De pronto al capitn se le esfum la fatiga co-
mo por ensalmo. Nada tonifica tanto los humores de la sangre
el viejo odio; y el suyo ardi como era debido, bien reavivado y
candente. De modo que el deseo de matar result ms poderoso
que el instinto de supervivencia. Alatriste fue incluso ms rpido que
su adversario, porque cuando lleg la primera estocada, l ya se
espada lleg a una pulgada del rostro del otro, que se fue dando
traspis para evitarla. Esa vez, advirti el capitn yndole encima,
tirur-ta-
bien recio, bajo la misma escala del alczar, y siguieron luego de
cerca con las dagas y golpendose con las guarniciones de las tole-
danas hasta la obencadura de la otra borda. Entonces el italiano
dio contra el cascabel de uno de los caones de bronce que all es-
ojos cuando l se volvi de medio lado, le tir de zurda y luego de
diestra, a punta y a revs, con la mala suerte de que en ese ltimo
tajo se le volvi al capitn la espada de plano. Aquello bast al otro
para lanzar una exclamacin de alegra feroz; y con la eficacia de
una serpiente dio tan recia cuchillada, que si Alatriste no llega a
saltar atrs, del todo descompuesto, all mismo habra entregado
Qu pequeo es el mundo murmur Malatesta, entrecorta-
do el aliento.
An pareca sorprendido de ver all al viejo enemigo. Por su
parte el capitn no dijo nada, limitndose a afirmar de nuevo los
pies, muy en guardia. Se quedaron as estudindose, espadas y da-
en el brazo izquierdo, hacindole soltar la daga con un juramento.
ya, largando tan atroz pualada baja que la destroz al errar y gol-
pearse con el can. Por un instante Malatesta y l se miraron muy
paba las tablas de la cubierta. Debo hacer algo, pens, o me desan-
gro aqu como un verraco. La idea me hizo desfallecer, y aspir
aire en boqueadas luchando por seguir consciente; un desvaneci-
miento era el modo ms cierto de vaciarme por la herida. Alrede-
dor segua la pelea, y todos estaban harto ocupados para que yo
pidiese ayuda; con el agravante de que poda acudir un enemigo
que me rebanase lindamente el pescuezo. As que resolv cerrar la
boca y aparmelas solo. Dejndome caer despacio sobre el cos-
encima, casi patendome en sus prisas, y se arrojaron al agua. Oa
sus chapoteos y sus gritos de pnico. Mir hacia arriba, aturdido, y
me pareci que alguien haba trepado a la gavia de la vela mayor
y cortaba los matafiones, porque sta se despleg de pronto, ca-
yendo medio hinchada por la brisa. Entonces torc la boca en una
mueca estpida y feliz. Una mueca que deba de ser una sonrisa,
pues comprend que habamos vencido, que el grupo de proa
haba logrado cortar el cabo del ancla, y que el galen derivaba en
la noche, hacia los bancos de arena de San Jacinto.
Espero que tenga lo que hay que tener y no se rinda, pens
Diego Alatriste, afirmndose de nuevo con la espada. Confo en
que este perro siciliano tenga la decencia de no pedir cuartel, por-
que voy a matarlo de cualquier manera, y no quiero hacerlo cuan-
do est desarmado. Con ese pensamiento, espoleando por la urgen-
No haba terminado de hablar cuando el capitn le dio un pi-
Me sent mejor cuando dej de fluir la sangre, y mis piernas re-
cobraron las fuerzas. Sebastin Copons haba hecho un vendaje de
fortuna sobre la herida, y con ayuda de Bartolo Cagafuego fui a
reunirme con los otros al pie de la escalera del alczar. Los nuestros
desalojaban la cubierta arrojando cadveres por la borda, tras des-
a quienes pagaban su estipendio de funcionario. Estaba algo ms
plido que de costumbre, impreso el rictus malhumorado bajo su
bigotito de ratn cual si lamentara no disponer de tiempo para re-
pulos, y en este caso la bolsa del mismo rey. Las barras de oro refle-
abiertos de Copons. Y yo asista al espectculo, fascinado.
Somos idiotas, Diego dijo el aragons.
las palabras de su camarada. Lo ramos por no izar todas las velas,
si hubiramos sabido cmo hacerlo, y seguir navegando, no hacia
los bancos de arena, sino hacia el mar abierto, hacia las aguas que
baaban tierras habitadas por hombres libres sin amo, sin dios
y sin rey.
Virgen santa dijo una voz a nuestra espalda.
Nos volvimos. El Bravo de los Galeones y el marinero Surez
estaban en la escalera, mirando el tesoro con las caras desencajadas.
Traan sus armas en las manos, y talegos a la espalda donde haban
lo, aturdido por el descubrimiento.
Me parece, compaero le dijo el Bravo de los Galeones, que
habr que hablar de esto con los otros... Sera linda chanza que...
Las palabras se ahogaron en su garganta cuando Alatriste, sin
ms prembulos, le pas el pecho con la espada, y con tanta rapi-
dez que cuando el jaque se mir el golpe, estupefacto, el acero ya
estaba otra vez fuera de la herida. Cay con la boca abierta y un
suspiro desesperado, primero sobre el capitn, que se apart, y
luego rodando por los escalones, hasta el pie mismo de un barril
lleno de plata. Al ver aquello, Surez solt un horrorizado voto
a Cristo y levant el alfanje que llevaba en la mano; pero pareci
pensarlo mejor, pues en el acto gir sobre sus talones y empez a
tia. Y sigui chillando hasta que Sebastin Copons, que haba de-
senvainado la daga, corrile al alcance, atrapndolo por un pie, y
tras hacerlo caer, le fue encima, lo asi por el pelo, y echndole
Yo asist a la escena paralizado por el estupor. Inmvil y sin
atreverme a mover un dedo, vi que Alatriste limpiaba la espada en
el cuerpo del Bravo de los Galeones, cuya sangre se derramaba
hasta manchar los lingotes de oro apilados en el suelo. Luego hizo
al aire como para s mismo, o como quien suelta una blasfemia si-
lenciosa; y al encontrarse mis ojos con los suyos me estremec,
porque miraba igual que si no me conociera, y por un instante lle-
gu a temer que tambin me clavara a m la espada.
Vigila la escalera le dijo a Copons.
Asinti el aragons, que tambin limpiaba su daga arrodillado
junto al cuerpo inerte de Surez. Despus Alatriste pas a su la-
do sin mirar apenas el cadver del marinero, y subi a cubierta. Lo
segu, aliviado por dejar atrs el paisaje atroz de la bodega, y una
y el del bigote bermejo se qued observando un rato el cadver de
Olmedilla. Luego vino hasta el capitn.
Cmo pas? quiso saber, sealando el cuerpo del contador.
Pas dijo Alatriste, lacnico.
El otro se lo qued mirando con mucha atencin.
Buen trabajo dijo por fin, ecunime.
Alatriste no respondi. Por la borda seguan subiendo hombres
muy bien armados. Algunos traan arcabuces con las mechas en-
Me hago cargo del barco dijo el del bigote bermejo en nom-
bre del rey.
Vi que mi amo asenta, y lo segu al dirigirse a la borda por don-
de Sebastin Copons se descolgaba ya. Entonces Alatriste se volvi
Seguimos camino hasta una venta cercana, que ya estaba dis-
puesta para que pasramos la noche. Al ventero gente bellaca
donde las haya le bast vernos las caras, los vendajes y los hierros
para volverse tan diligente y obsequioso como si fusemos grandes
de Espaa. De modo que all hubo vino de Jerez y Sanlcar para
todos, fuego para secar las ropas y comida abundante de la que no
combate en la cubierta del
Niklaasbergen
y la sangre del Bravo de
los Galeones manchando de rojo el oro del rey.
Tampoco olvido al capitn Alatriste como lo vi esa madrugada
en que el dolor no me dejaba dormir, sentado aparte en un tabure-
Imponente en su uniforme amarillo y rojo, el sargentode la
guardia espaola me observ irritado, reconocindome cuando
franque la puerta de los Reales Alczares con don Francisco de
Quevedo y el capitn Alatriste. Era el individuo fuerte y mostachu-
do con el que yo haba tenido das atrs unas palabras frente a las
murallas; y sin duda le sorprenda verme ahora con jubn nuevo,
bien repeinado y ms galn que Narciso, mientras don Francisco le
mostraba el documento por el que se nos autorizaba a asistir a la re-
cepcin que sus majestades los reyes daban al municipio y al consu-
lado de Sevilla, para celebrar la llegada de la flota de Indias. Otros
invitados entraban al mismo tiempo: ricos comerciantes con espo-
sas bien provistas de joyas, mantillas y abanicos, caballeros de la no-
estrenar ropa aquella tarde, eclesisticos de sotana y manteo, y re-
presentantes de los gremios locales. Casi todos miraban a uno y otro
EPLOGO
lado extasindose boquiabiertos e inseguros, impresionados por la
esplndida apariencia de las guardias espaola, borgoona y tudesca
que custodiaban el recinto, cual si temieran que de un momento a
otro alguien preguntase qu hacan all antes de echarlos a la calle.
Hasta el ltimo invitado saba que slo iba a ver a los reyes un ins-
narla al paso de sus augustas majestades y poco ms; pero hollar los
jardines del antiguo palacio rabe y asistir a una jornada como aqu-
lla, adoptando el continente hidalgo y endomingado propio de un
fulas que todo espaol del siglo, hasta el ms plebeyo, cultivaba den-
tro. Y de ese modo, cuando tambin al otro da el cuarto Felipe
plantease al municipio la aprobacin de un nuevo impuesto o una
tasa extraordinaria sobre el tesoro recin llegado, Sevilla tendra en
ms mortales estocadas son las que traspasan el bolsillo, y aflojara
la mosca sin excesivos melindres.
All est Guadalmedina dijo don Francisco.
cortesano contrastaba con el sobrio indumento de Quevedo, ne-
groy con la cruz de Santiago al pecho, y tambin con el de mi amo,
que iba de pardo y negro, con un jubn viejo pero cepillado y lim-
pio, gregescos de lienzo, botas, y la espada reluciente en el cinto re-
cin pulido. Sus nicas prendas nuevas eran el sombrero un fieltro
de anchas alas con una pluma roja en la toquilla, la blanqusima
valona almidonada que llevaba abierta, a lo soldado, y la daga que
reemplazaba a la rota durante el encuentro con Gualterio Malatesta:
una magnfica hoja larga de casi dos cuartas, con las marcas del es-
padero Juan de Orta, que haba costado diez escudos.
No quera venir dijo don Francisco, sealando al capitn con
un gesto.
Ya lo supongo respondi Guadalmedina. Pero hay rdenes
que no se pueden discutir gui un ojo, familiar... Mucho
Guadalmedina segua riendo bajito, muy puesto en chanza, sin
cortesano.
El conde duque est en la gloria prosigui. Ms feliz que si
Cristo fulminase a Richelieu... Por eso quiere que ests hoy aqu:
para saludarte, aunque sea de lejos, cuando pase con los reyes... No
me digas que no es un honor. Invitacin personal del privado.
Nuestro capitn dijo Quevedo opina que el mejor honor que
As ser, si t lo dices lvaro de la Marca encoga los hom-
bros. Lo de hoy es, digamos, un colofn honorfico... Al rey le
han picado la curiosidad, recordndole que fuiste t el de las esto-
cadas del prncipe de Gales en el corral del Prncipe hace un par de
aos. As que tiene antojo de verte la cara el aristcrata hizo una
pausa cargada de intencin... La otra noche, la orilla de Triana
Dicho eso call de nuevo, atento al rostro impasible de Ala-
Has odo lo que acabo de decir?
Mi amo sostuvo aquello sin responder, como si lo que planteaba
lvaro de la Marca fuese algo que ni le importaba ni deseaba re-
cordar. Algo de lo que prefera mantenerse al margen. Tras un ins-
tante el aristcrata pareci entenderlo; porque sin dejar de ob-
servarlo movi lentamente la cabeza mientras sonrea a medias, el
tumbra, te mirar un momento. Olivares har lo mismo. T salu-
Gran honor dijo Quevedo, irnico. Y luego recit, en voz
muy baja, hacindonos acercar en corro las cabezas:
Veslos arder en prpura, y sus manos
en diamantes y piedras diferentes?
Pues asco dentro son, tierra y gusanos.
Guadalmedina, que aquella tarde estaba muy puesto en vena
cortesana, dio un respingo. Volvase en torno, molesto, acallando
Debo reunirme con ellos se despidi Guadalmedina. Hasta
luego, Alatriste. Y si es posible, intenta sonrer un poco cuando te
vea el privado... Aunque pensndolo bien, mejor qudate serio...
Una sonrisa tuya hace temer una estocada!
Se alej y quedamos donde nos haba dispuesto, en la orilla mis-
ma del camino de albero que cruzaba por la mitad del jardn,
tras la gente abra plaza a uno y otro lado, todos pendientes de la
comitiva que avanzaba despacio por la avenida. Iban delante dos
fijeza, sin volver la cara ni descomponer su continente. Y de pronto,
cuando ya estaba a punto de rebasarme y no poda seguir mirando
sin volver el rostro, sonri. Y la suya fue una sonrisa esplndida,
luminosa como el sol que doraba las almenas de los Alczares.
Despus pas de largo, alejndose por la avenida, y qued boquia-
de plumas y joyas que acentuaba la expresin juvenil, simptica, de
su rostro. Ella s sonrea con donaire a todo el mundo, a diferencia
reina espaola de nacin francesa, hija, hermana y esposa de reyes,
cuya alegre naturaleza alegr la sobria Corte durante dos dca-
das, despert suspiros y pasiones que contar en otro episodio a
vuestras mercedes, y se neg siempre a vivir en El Escorial: el im-
presionante, oscuro y austero palacio construido por el abuelo de
su esposo, hasta que paradojas de la vida, que a nadie excluyen
de un lado a otro, identificando, estableciendo, conociendo siem-
ba all su mirada digna y franca que sostena la de Felipe Cuarto
con la equidad de quien nada debe y nada espera. Record en ese
momento el motn del tercio viejo de Cartagena frente a Breda,
cuando yo estuve a punto de unirme a los revoltosos, y las banderas
salan de las filas para no verse deshonradas por la revuelta, y Alatris-
Tu rey es tu rey. Y era all, en el patio de los Reales Alczares de Se-
En ese momento ocurri algo inslito que interrumpi mis refle-
xiones. El conde duque de Olivares concluy su breve relacin, y los
ojos por lo comn impasibles del monarca, que ahora adoptaban
una expresin de curiosidad, se mantuvieron fijos en el capitn mien-
tras aquel haca un levsimo gesto de aprobacin con la cabeza.
Y entonces, llevando muy pausadamente la mano a su augusto pe-
cho, el cuarto Felipe descolg la cadena de oro que en l luca, y se la
pas al conde duque. Sopesla en la mano el privado, con una son-
risa pensativa; y luego, para asombro general, vino hasta nosotros.
A su majestad le place tengis esta cadena dijo.
Haba hablado con aquel tono recio y arrogante que era tan su-
preguntndose quin diablos era ese afortunado a quien el conde
duque en persona entregaba un presente del rey. Don Francisco
de Quevedo rea en voz baja, encantado con aquello, haciendo
y caminaba hacia nosotros con la misma cordialidad que si le lle-
v‡ramos la extremaunci—n: serio, enlutado hasta la gola, sombrero
negro de ala corta y sin plumas, y aquella curiosa barbita rala que
acentuaba su aspecto ratonil y gris; su aire antip‡tico, de humores
ÐÀPara quŽ nos necesita semejante estafermo? Ðmurmur— el ca-
pit‡n, mir‡ndolo acercarse.
Quevedo encogi— los hombros.
ÐEst‡ aqu’ con una misi—n... El propio conde duque mueve los
hilos. Y su trabajo incomodar‡ a m‡s de uno.
Salud— Olmedilla con una seca inclinaci—n de cabeza y echa-
mos a andar tras Žl hacia la puerta de Triana. Alatriste le hablaba
a Quevedo a media voz:
ÐÀCu‡l es su trabajo?
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cos de la ciudad, con Triana al otro lado, las velas de las carabelas
de la sardina y los camaroneros, y toda clase de barquitos yendo y
viniendo entre las orillas, las galeras del rey atracadas en la banda
trianera, cubriŽndola hasta el puente de barcas, el Altozano y el si-
niestro castillo de la Inquisici—n que all’ se alzaba, y la gran copia
de grandes naos en el lado de ac‡: un bosque de m‡stiles, vergas,
antenas, velas y banderas, con el gent’o, los puestos de comercian-
tes, los fardos de mercanc’as, el martilleo de los carpinteros de ri-
bera, el humo de los calafates y las poleas de la machina naval con
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a–eja y enlutada con sus tocas de cuervo y el rosario largo de quin-
ce dieces, lo fulmin— con la mirada, y Quevedo le sac— la lengua.
ViŽndolas irse, sonri— con tristeza y volvi—se a nosotros sin decir
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ÐÀY quŽ dice el rey de todo eso?
la Torre de la Plata, mientras el tal Olmedilla resolv’a sus asuntos
en la Casa de la Moneda. Quevedo se–al— las murallas del antiguo
castillo ‡rabe que se prolongaban hacia el alt’simo campanario de
la Iglesia Mayor. Los uniformes amarillos y rojos de la guardia es-
vestirlo yo mismoÐ animaban sus almenas adornadas con las ar-
mas de Su Majestad. Otros centinelas con alabardas y arcabuces
vigilaban la puerta principal.
ÐLa cat—lica, sacra y real majestad no se entera sino de lo que le
cuentan Ðdijo QuevedoÐ. El gran Philipo est‡ alojado en el Alc‡-
zar, y s—lo sale de all’ para ir de caza, de fiestas o para visitar de
noche algœn convento... Nuestro amigo Guadalmedina, por cier-
to, le hace de escolta. Se han vuelto ’ntimos.
Pronunciada de aquel modo, la palabra
convento
nestos recuerdos; y no pude evitar un escalofr’o acord‡ndome de
la pobre Elvira de la Cruz y de lo cerca que yo mismo hab’a estado
de tostarme en una hoguera. Ahora don Francisco observaba a
una se–ora de buen ver, seguida por su due–a y una esclava moris-
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mentos Ðs—lo una vez los holandeses nos tomaron una flota com-
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que apenas desembarcado, el oro sal’a de Espa–a para dilapidarse
en las zonas de guerra, en los bancos genoveses y portugueses que
eran nuestros acreedores, e incluso en manos de los enemigos,
como bien cont— el propio don Francisco de Quevedo en su in-
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n’a militar y la verdadera religi—n, la empe–aban contra medio or-
be; dinero m‡s necesario aœn, si cabe, en una tierra como la nues-
tra, donde Ðcomo ya apuntŽ alguna vezÐ todo cristo se daba aires,
el trabajo estaba mal visto, el comercio carec’a de buena fama, y el
venes prefer’an probar fortuna en las Indias o Flandes a languide-
cer en campos yermos a merced de un clero ocioso, de una aristo-
cracia ignorante y envilecida, y de unos funcionarios corruptos
que chupaban la sangre y la vida: que muy cierta llega la asolaci—n
de la repœblica el d’a que los vicios se vuelven costumbre; pues
deja de tenerse por infame al vicioso y toda bajeza se vuelve natu-
vo durante mucho tiempo un imperio basado en la abundancia de
oro y plata, y en la calidad de su moneda, que serv’a lo mismo para
pagar ejŽrcitos Ðcuando se les pagabaÐ que para importar mercan-
c’as y manufacturas ajenas. Porque si bien pod’amos enviar a las
Indias harina, aceite, vinagre y vino, en todo lo dem‡s se depend’a
del extranjero. Eso obligaba a buscar fuera los abastos, y para ello
nuestros doblones de oro y los famosos reales de a ocho de plata,
que eran muy apreciados, jugaron la carta principal. Nos sosten’a-
MŽjico y el Perœ viajaba a Sevilla, desde donde se esparc’a luego a
todos los pa’ses de Europa e incluso a Oriente, para acabar hasta
en la India y China. Pero lo cierto es que aquella riqueza termin—
aprovechando a todo el mundo menos a los espa–oles: con una
Corona siempre endeudada, se gastaba antes de llegar; de manera
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San Francisco y la Iglesia Mayor, y de all’ por la calle del Aceite
nos llegamos a la Casa de la Moneda, cercana a la Torre del Oro,
donde Olmedilla ten’a ciertas diligencias. Yo, como pueden supo-
ner vuestras mercedes, iba mir‡ndolo todo con los ojos muy abier-
tos: los portales reciŽn barridos donde las mujeres echaban agua de
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Si la camisa les quitas
y lavas sus carnes bellas,
ver‡s las firmas en ellas
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contra la corriente. El c—mitre, el sotac—mitre y el alguacil pasea-
ban por la cruj’a atentos a sus parroquianos; y de vez en cuando el
rebenque se abat’a sobre la espalda desnuda de algœn remol—n
para tejerle un jub—n de azotes. Era penoso contemplar a los reme-
ros, ciento veinte hombres repartidos en veinticuatro bancos, cin-
co por cada remo, cabezas rapadas y rostros hirsutos, relucientes
sus torsos de sudor mientras se incorporaban y volv’an a dejarse
caer atr‡s impulsando los largos maderos de los costados. Hab’a
all’ esclavos moriscos, antiguos piratas turcos y renegados, pero tam-
biŽn cristianos que remaban como forzados, cumpliendo conde-
nas de una Justicia que no hab’an tenido oro suficiente para com-
prar a su gusto.
ÐNunca Ðme dijo Diego Alatriste en un aparteÐ dejes que te
traigan aqu’ vivo.
Sus ojos claros y fr’os, inexpresivos, miraban bogar a aquellos
desgraciados. Ya dije que mi amo conoc’a bien ese mundo, pues
hab’a servido como soldado en las galeras del tercio de N‡poles
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en la edad en que un mozo es tan capaz de dar estocadas como de
recibirlas.
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Ahora sonre’a amistoso y tranquilizador, con aquel afecto sin-
gular que siempre hab’a reservado para nosotros.
Vest’a de pardo, con jub—n de gamuza, valona lisa, gregŸescos
de lienzo y polainas, a lo militar. Sus œltimas botas se hab’an que-
dado con las suelas llenas de agujeros a bordo de la
Levantina
cambiadas al sotac—mitre por unas huevas secas de mœjol, habas
Por esa, entre otras razones, mi amo no parec’a lamentar dema-
invitaci—n para volver a su antiguo oficio. Quiz‡ porque el encar-
go ven’a de un amigo, o porque el amigo dec’a transmitir ese en-
cargo de m‡s arriba y m‡s alto; y sobre todo, imagino, porque la
bolsa que tra’amos de Flandes no sonaba al agitarla. De vez en
cuando el capit‡n me miraba pensativo, pregunt‡ndose en quŽ lu-
que yo andaba en saz—n, y la destreza que Žl mismo me hab’a en-
se–ado. Yo no ce–’a espada, por supuesto, y s—lo mi buena daga
de misericordia colgaba del cinto a la altura de los ri–ones; pero
ya era mochilero probado en la guerra, listo, r‡pido, valiente y lis-
to para hacer buen av’o cuando se terciara. La cuesti—n para Ala-
triste, imagino, era dejarme dentro o dejarme fuera. Aunque tal y
m‡s, como Žl mismo acababa de decir, cada hombre tiene su pro-
pia sombra. En cuanto a don Francisco, por el modo en que me
observaba, admirando el estir—n de la juventud y el bozo en mi
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gajos y papeles. Ahora lo vimos asentir, prudente, a la pregunta
muda que le hac’a don Francisco.
ÐEl negocio tiene dos partes Ðconfirm— Quevedo al capit‡nÐ.
En la primera, lo asistirŽis en ciertas gestiones Ðindic— al hombre-
cillo, que se manten’a impasible ante nuestro escrutinioÐ... Para la
segunda, podrŽis reclutar la gente necesaria.
ÐLa gente necesaria cobra una se–al por adelantado.
ÐDios proveer‡.
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Habr‡ que matar Ðdijo don Francisco de QuevedoÐ. Y puede
que mucho.
ÐS—lo tengo dos manos Ðrespondi— Alatriste.
ÐCuatro ÐapuntŽ yo.
El capit‡n no apartaba los ojos de la jarra de vino. Don Francis-
co se ajust— los espejuelos y me mir— reflexivo, antes de volverse
hacia el hombre sentado junto a una mesa al otro extremo, en un
II. UN ASUNTO DE ESPADA
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v’a me pregunto si mi presencia a su lado, mi mocedad y mi mira-
da Ðyo aœn lo veneraba entoncesÐ no contribuir’an a hacerle man-
tener la compostura. Una compostura que en otras circunstancias
tal vez quedase anegada como mosquitos en vino, en aquellas ja-
rras que de vez en cuando eran demasiadas. O resuelta en el negro
y definitivo ca–—n de su pistola.
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y salvo el saco de Oudkerk y algunas peque–as rapi–as locales, al
cabo de dos a–os est‡bamos todos tan pobres como al principio, si
ros no cobr‡bamosÐ que en forma de algunos escudos de plata iba
a permitirnos sobrevivir unos meses. Pese a ello, el capit‡n aœn ha-
br’a de pelear m‡s veces, cuando la vida nos puso en la ocasi—n
ineludible de volver bajo las banderas espa–olas; hasta que, ya con
vir: de pie, el acero en la mano y los ojos tranquilos e indiferentes,
en la jornada de Rocroi, el d’a que la mejor infanter’a del mundo
se dej— aniquilar, impasible, en un campo de batalla por ser fiel a
su rey, a su leyenda y a su gloria. Y con ella, del modo en que siem-
pre lo conoc’, tanto en la fortuna, que fue poca, como en la mise-
mo. Consecuente con sus propios silencios. A lo soldado.
Pero no adelantemos episodios, ni acontecimientos. Dec’a a
vuestras mercedes que desde mucho antes de que todo eso ocu-
rriera, algo mor’a en el que entonces era mi amo. Algo indefinible,
de lo que empecŽ a ser de veras consciente en aquel viaje por mar
que nos trajo de Flandes. Y a esa parte de Diego Alatriste, yo, que
tender bien lo que era, la ve’a morir despacio. M‡s tarde deduje
que se trataba de una fe, o de los restos de una fe: quiz‡s en la con-
dici—n humana, o en lo que descre’dos herejes llaman azar y los
hombres de bien llaman Dios. O tal vez la dolorosa certeza de que
aquella pobre Espa–a nuestra, y el mismo Alatriste con ella, se des-
lizaba hacia un pozo sin fondo y sin esperanza del que nadie iba a
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da viendo granizar las balas sobre los arneses era terminar:
Bien roto, con mil heridas,
yendo a dar tus memoriales
O pedir no ya una ventaja, un beneficio, una bandera o siquie-
ra pan para tus hijos, sino simple limosna por venir manco de Le-
panto, de Flandes o del infierno, y que te dieran con la puerta en
Si a Su Majestad sirvi—
y el brazo le estrope—
su poca ventura all’,
Àhemos de pagarle aqu’
lo que en Flandes pele—?
TambiŽn, imagino, el capit‡n Alatriste se hac’a viejo. No ancia-
no, si entienden vuestras mercedes; pues en esa Žpoca Ðfinales del
primer cuarto cumplido del sigloÐ deb’a de andar por los cuarenta
y muy pocos a–os. Hablo de viejo por dentro cual corresponde a
hombres que, como Žl, hab’an peleado desde su mocedad por la
verdadera religi—n sin obtener a cambio m‡s que cicatrices, traba-
jos y miserias. La campa–a de Breda, donde Alatriste hab’a puesto
algunas esperanzas para Žl y para m’, hab’a sido ingrata y dura, con
jefes injustos, maestres crueles, harto sacrificio y poco beneficio;
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pit‡n Bragado al tŽrmino de la campa–a de Breda, y ni entonces ni
despuŽs pude arrancarle una s’laba sobre el particular; pero intuyo
que algo tuve que ver con esa decisi—n. S—lo m‡s tarde supe que en
algœn momento Alatriste baraj— la posibilidad, entre otras, de pa-
sar conmigo a las Indias. Ya he contado que desde la muerte de mi
padre en un baluarte de JŸlich, corriendo el a–o veintiuno, el ca-
ca, œtil para un mozo de mi siglo y condiciones si no dejaba en ella
la salud, la piel o la conciencia, ya era tiempo de prevenir mi edu-
caci—n y futuro regresando a Espa–a. No era el de soldado el oficio
que Alatriste cre’a mejor para el hijo de su amigo Lope Balboa,
aunque eso lo desment’ con el tiempo, cuando despuŽs de Nord-
lingen, la defensa de Fuenterrab’a y las guerras de Portugal y Cata-
lu–a, fui alfŽrez en Rocroi; y tras mandar una bandera sentŽ plaza
como teniente de los correos reales y luego como capit‡n de la
guardia espa–ola del rey don Felipe Cuarto. Pero tal biograf’a da
cumplida raz—n a Diego Alatriste; pues aunque peleŽ honrosa
como buen cat—lico, espa–ol y vascongado en muchos campos de
batalla, poco obtuve de eso; y deb’ las ventajas y ascensos m‡s al
favor del rey, a mi relaci—n con AngŽlica de AlquŽzar y a la fortuna
que me acompa–— siempre, que a los resultados de la vida militar
propiamente dicha. Que Espa–a, pocas veces madre y m‡s a me-
nudo madrastra, mal paga siempre la sangre de quien la vierte a su
servicio; y otros con m‡s mŽrito se pudrieron en las antesalas de
funcionarios indiferentes, en los asilos de inv‡lidos o a la puerta
de los conventos, del mismo modo que antes se hab’an podrido
en los asaltos y trincheras. Que si yo fui afortunado por excepci—n,
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base principal de las galeras del rey nuestro se–or, y mi amo lo co-
noc’a del tiempo en que anduvo embarcado contra turcos y berbe-
riscos. En cuanto a las galeras, esas m‡quinas de guerra movidas
por mœsculos y sangre humana, tambiŽn sab’a de ellas m‡s de lo
que muchos quisieran saber. Por eso, tras presentarnos al capit‡n
Levantina
, que visto el pasaporte nos autoriz— a quedarnos a
bordo, Alatriste busc— un lugar c—modo en una ballestera, enseb—
las manos del c—mitre de la chusma con uno de a ocho, y se instal—
conmigo, recostado en nuestro equipaje y sin quitar mano de la
daga en toda la noche. Que en gurapas, o sea, en galeras, me dijo
en susurros y con una sonrisa bail‡ndole bajo el mostacho, desde
el capit‡n hasta el œltimo forzado, el m‡s honesto no se licencia
para la gloria con menos de trescientos a–os de purgatorio.
Dorm’ arropado en mi ruana, sin que las cucarachas y piojos
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soldados se hab’an visto licenciados de grado o por fuerza; y de
este modo volv’an a Espa–a en el
Jesœs Nazareno
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pensar en Cillas de Ans—, el pueblecito donde hab’a nacido. Una
mujer moza y un poco de tierra propia har’anle buen acomodo, si
es que lograba acostumbrarse a destripar terrones en vez de lutera-
nos. Mi amo y Žl quedaron en verse en Sevilla, donde la hoste-
r’a de B
ecerra. Y al despedirse observŽ que se abrazaban en silen-
cio, sin aspavientos pero con una firmeza que les cuadraba mucho
Sent’ separarme de Copons y de Garrote; incluso del œltimo,
co, con su pelo ensortijado, su pendiente de oro y sus peligrosas
maneras de rufi‡n del Perchel. Pero ocurr’a que Žsos eran los œni-
cos camaradas de nuestra vieja escuadra de Breda que nos acompa-
–aban hasta C‡diz. El resto se hab’a ido quedando por aqu’ y por
all‡: el mallorqu’n Llop y el gallego Rivas bajo dos palmos de tie-
rra flamenca, uno en el molino Ruyter y otro en el cuartel de Ter-
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rineros; as’ que volvimos al puerto, y de camino nos entreg— unos
documentos refrendados con la firma del duque de Fernandina,
que eran pasaporte para que a Diego Alatriste y Tenorio, soldado
del rey con licencia de Flandes, y a su criado ê–igo Balboa Aguirre,
se les facilitase libre tr‡nsito y embarque hasta Sevilla.
En el puerto, donde se amontonaban fardos de equipajes y en-
seres de soldados, nos despedimos de algunos camaradas que por
medio manto que aprovechaban el desembarco para hacer buena
presa. Cuando le dijimos adi—s, Curro Garrote ya estaba pie a tie-
res que mayo, d‡ndole a la desencuadernada como si le fuera la
vida en ello, desabotonada la ropilla y la mejor mano que ten’a
apoyada en el pomo de la vizca’na por si las moscas, jugando con
la otra entre menudeos a un jarro de vino y a los naipes que iban y
ven’an entre blasfemias, porvidas y votos a tal, viendo ya en dedos
ajenos la mitad de su bolsa. Pese a todo, el malague–o interrumpi—
el negocio para desearnos suerte, con la apostilla de que nos ver’a-
mos en cualquier parte, aqu’ o all‡.
ÐLo m‡s tarde, en el infierno Ðconcluy—.
DespuŽs de Garrote nos despedimos de Sebasti‡n Copons, que
como recordar‡n vuestras mercedes era de Huesca y soldado viejo,
peque–o, seco, duro y todav’a menos dado a palabras que el pro-
pio capit‡n Alatriste. Copons dijo que pensaba disfrutar un par de
d’as de su licencia en la ciudad, y luego subir’a tambiŽn hasta Sevi-
masiadas costuras en el cuerpo Ðla œltima, la del molino Ruyter, le
cruzaba una sien hasta la orejaÐ; y tal vez era tiempo, coment—, de
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dos entre la gente, con tanto espacio para movernos tras demasia-
do tiempo en la cubierta de un buque. Nos deleit‡bamos con la
comida expuesta a la puerta de las tiendas: las naranjas, los limo-
nes, las pasas, las ciruelas, el olor de las especias, las salazones y el
pan blanco de las tahonas, las voces familiares que pregonaban gŽ-
neros y mercanc’as singulares como papel de GŽnova, cera de Ber-
ber’a, vinos de Sanlœcar, Jerez y El Puerto, azœcar de Motril... El
capit‡n se hizo afeitar y arreglar el pelo y el mostacho a la puerta
de una barber’a; y permanec’ a su lado, mirando complacido alre-
dedor. En aquel tiempo C‡diz todav’a no desplazaba a Sevilla en la
carrera de Indias, y la ciudad era peque–a, con cuatro o cinco po-
sadas y mesones; pero las calles, frecuentadas por genoveses, por-
tugueses, esclavos negros y moros, estaban ba–adas de luz cega-
dora y el aire era transparente, y todo era alegre y muy distinto a
Flandes. Apenas hab’a traza del reciente combate, aunque se ve’an
por todas partes soldados y vecinos armados; y la plaza de la Iglesia
Mayor, hasta la que nos llegamos tras lo del barbero, hormigueaba
queo y del incendio. El mensajero, un negro liberto enviado por
don Francisco de Quevedo, nos aguardaba all’ segœn lo conve-
nido; y mientras nos refresc‡bamos en un bodeg—n y com’amos
unas tajadas de atœn con pan candeal y bajocas hervidas rocia-
Todas las caballer’as estaban requisadas a causa del rebato de los
ingleses, explic—, y el medio m‡s seguro de ir a Sevilla era cruzar
hasta El Puerto de Santa Mar’a, donde fondeaban las galeras del
rey, y embarcar en una que se dispon’a a subir por el Guadalquivir.
El negro ten’a preparado un botecillo con un patr—n y cuatro ma-
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tro Se–or, que visita Andaluc’a con Su Majestad la Reina;
y puesto que mi favor cerca de Philipo Cuarto y de su Atlante el
conde duque sigue en grata privanza (aunque ayer se fue, ma-
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sotros desplegamos vela para ir a C‡diz en buena hora; con oca-
si—n, como dije, de ver las espaldas a los ingleses.
Todo aquel tiempo, en fin, lo utilicŽ en leer con mucho deleite
y provecho el libro de Mateo Alem‡n, y otros que el capit‡n Ala-
triste hab’a tra’do, o pudo conseguir a bordo Ðque fueron, si no
recuerdo mal, la
Vida del Escudero Marcos de Obreg—n
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chas. Y a poco, nosotros, que a bordo del
Jesœs Nazareno
vente‡bamos arcabuceando la otra banda del enemigo, vimos c—-
mo los nuestros llegaban al alc‡zar de la capitana holandesa y se
cobraban muy en crudo cuanto los otros les hab’an tirado de lejos.
Y baste, en resumen, apuntar que los m‡s afortunados entre los
herejes fueron quienes se echaron al agua gŽlida con tal de escapar
al degŸello. De esa manera les tomamos dos urcas y hundimos
una tercera, escapando la cuarta bien maltrecha, mientras los cor-
sarios Ðnuestros flamencos cat—licos de Dunquerque no se que-
daron atr‡s en la faenaÐ saquearon e incendiaron muy a su gusto
veintid—s arenqueros, que navegaban dando bordos desesperados
en todas direcciones como gallinas a las que se les cuelan raposas
en el gallinero. Y al anochecer, que en la latitud de aquellos mares
llega cuando en Espa–a apenas es media tarde, dimos vela al su-
doeste dejando en el horizonte un paisaje de incendios, n‡ufragos
Ya no hubo m‡s incidentes salvo las incomodidades propias del
viaje, si descontamos tres d’as de temporal a medio camino entre
Irlanda y el cabo Finisterre que nos tuvieron a todos zarandeados
bajo cubierta con el paternoster y el avemar’a en la boca Ðun ca-
paros, antes de que pudiŽramos trincarlo de nuevoÐ y dejaron
maltrecho el gale—n
San Lorenzo
dose de nosotros para resguardarse en Vigo. Luego vino la noticia
de que el inglŽs hab’a ido otra vez sobre C‡diz, lo que conocimos
de la guardia de la carrera de Indias sal’an rumbo a las islas Azores,
al encuentro de la flota del tesoro para reforzarla y prevenirla, no-
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soberanos y gobernantes alentaron la ciencia n‡utica y cuidaron
a sus marinos, pag‡ndolos bien; mientras que Espa–a, cuyo inmen-
so imperio depend’a del mar, vivi— de espaldas a Žste, habituada a
tener en m‡s al soldado que al navegante. Que cuando hasta las
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mencos hasta sumar diecisŽis velas, hab’amos roto el bloqueo ho-
landŽs rumbo al norte, donde nadie nos esperaba, y ca’do sobre la
flota arenquera neerlandesa para ejecutar en ella muy linda mon-
ter’a antes de rodear Escocia e Irlanda y bajar luego hacia el sur
por el ocŽano. Los mercantes y uno de los galeones se desviaron de
camino, a Vigo y a Lisboa, y el resto de las grandes naves seguimos
rumbo a C‡diz. En cuanto a los corsarios, Žsos se hab’an quedado
por arriba, merodeando frente a las costas inglesas, haciendo muy
bien su oficio, que era el de saquear, incendiar y perturbar las acti-
hac’a a nosotros en las Antillas y en donde pod’a. Que a veces
Dios queda bien servido, y donde las dan las toman.
Fue en ese viaje donde asist’ a mi primer combate naval, cuan-
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Sonre’a torcido, el aire canalla, y hab’a pronunciado el nombre
entre dientes, como si lo escupiese.
Se tocaba el brazo estropeado cual si de pronto le doliera, o pre-
gunt‡ndose para sus adentros en nombre de quŽ hab’a estado a
punto de dejarlo, con el resto del pellejo, en el reducto de Terhey-
den. Iba a decir algo m‡s; pero Alatriste lo observ— de soslayo, el
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truendo las bocas de bronce que asomaban por nuestras portas. En
la proa del
Jesœs Nazareno
, los marineros aprestaban las ‡ncoras de
hierro para dar fondo. Y al cabo, cuando en la arboladura gualdra-
pe— la lona recogida por los hombres encaramados a las antenas,
guardŽ en la mochila el
Guzm‡n de Alfarache
pit‡n Alatriste en Amberes para disponer de lectura en el viajeÐ y
fui a reunirme con mi amo y sus camaradas en la borda del combŽs.
Alborotaban casi todos, dichosos ante la proximidad de la tierra,
sabiendo que estaban a punto de acabar las zozobras del viaje, el pe-
ligro de ser arrojados por vientos contrarios sobre la costa, el hedor
de la vida bajo cubierta, los v—mitos, la humedad, el agua semipo-
drida y racionada a medio cuartillo por d’a, las habas secas y el biz-
cocho agusanado. Porque si miserable es la condici—n del soldado
en tierra, mucho peor lo es en el mar; que si all’ quisiera Dios ver al
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do. Que si aquella infeliz Espa–a era ya un imperio en decadencia,
con tanto enemigo dispuesto a mojar pan en la pepitoria y arre-
ba–ar los menudos, aœn quedaban dientes y zarpas para vender
cara la piel del viejo le—n, antes de que se repartieran el cad‡ver los
cuervos y los mercaderes a quienes la doblez luterana y anglicana
Ðel diablo los cr’a y ellos se juntanÐ permiti— siempre conjugar sin
embarazo el culto a un Dios de manga ancha con la pirater’a y el
beneficio comercial; que entre herejes, ser ladr—n devino siempre
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brazo izquierdo, medio estropeado por los ingleses en el reducto
de Terheyden, contemplando satisfecho la restinga de San Sebas-
ti‡n; donde, frente a la ermita y su torre de la linterna, humeaban
los restos del barco que el conde de Lexte hab’a hecho incendiar
con cuantos muertos propios pudo recoger, antes de reembarcar a
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ÇYa estamos muy abatidos, porque los que nos han de hon-
rar nos desfavorecen. El solo nombre de espa–ol, que en
otro tiempo peleaba y con la reputaci—n temblaba de Žl
todo el mundo, ya por nuestros pecados lo tenemos casi per-
dido...È
CerrŽ el libro y mirŽ a donde todos miraban. DespuŽs de varias
Jesœs Nazareno
impulsado por el viento de poniente que ahora hench’a entre cru-
jidos la lona del palo mayor. Agrupados en la borda del gale—n,
bajo la sombra de las grandes velas, soldados y marineros se–ala-
ban los cad‡veres de los ingleses, muy lindamente colgados bajo
los muros del castillo de Santa Catalina, o en horcas levantadas a
ocŽano. Parec’an racimos de uvas esperando la vendimia, con la
diferencia de que a ellos los hab’an vendimiado ya.
ÐPerros Ðdijo Curro Garrote, escupiendo al mar.
Ten’a la piel grasienta y sucia, como todos nosotros: poca agua
y jab—n a bordo, y liendres como garbanzos despuŽs de cinco se-
I. LOS AHORCADOS DE CçDIZ
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ÀQuŽ se saca de aquesto? ÀAlguna gloria?
ÀAlgunos premios, o aborrecimiento?
Sabr‡lo quien leyere nuestra historia.
Garcilaso de la Vega
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A Antonio Cardenal,
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© 2000, Arturo PŽrez-Reverte
© 2000, Grupo Santillana de Ediciones, S. A.
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